Sentado en una de las cuatro butacas plásticas, ubicadas a la sombra del pequeño limonero y donde los taxistas esperan a su clientela, leía Sexus, de Henry Miller, y a veces ojeaba hacia la casa de dos plantas de color amarillo y el semáforo, a la espera del automóvil que lo traería de regreso a la capital del Quindío. Antes tomó fotos al busto de Heráclito Uribe Uribe, fundador de Sevilla, el 3 de mayo de 1903, y al parque que lleva su nombre.

El automóvil estacionó en una esquina de la carrera 48 con calle 50, junto al poste del semáforo en rojo levantado frente a la puerta del local de la parte baja de la casa amarilla y, antes de subirse, no pudo evitar mirar al interior del bar y leer la palabra “Casablanca” que, en letras negras y escritura cursiva, apenas sobresale en medio de las innumerables fotos de Gardel y otros cantantes hombres o mujeres, orquestas y grupos cultores del tango, que no dejan en las paredes ni el espacio entre las puertas y el techo, un resquicio en blanco.

Al fondo, una pareja abrazada y tres o cuatro hombres solitarios y desperdigados por las mesas escuchaban “cuesta abajo en mi rodada, las ilusiones pasadas”. Rápido, porque los carros pitaban al automóvil que esperaba, tomó fotos del interior y al subir pidió al hijo dar una vuelta al parque para fotografiar desde la distancia, la antigua casa esquinera en bahareque y puertas y ventanas amarillas.

Tenemos que volver, cuando pasen las fiestas del Grupo Bandola, dijo.

Y volvieron. Esta vez entró directo a sentarse y, decidido a conversar con el administrador o dueño de Casablanca, entregó a Manuela y Gloria, encargadas de atender, sus datos y la petición para una cita… En menos de cinco minutos, Manuela regresó a la mesa.

Aquí le entrego el teléfono de la señora Cristina, esposa de don Juan Bautista Marín, para que se pongan en contacto. Él no lo puede atender hoy porque está lejos de Sevilla, dijo.

Una semana después y acordados día y hora, el visitante anunció su llegada a Manuela y tomó asiento en la mesa de un rincón de Casablanca. En menos de dos minutos llegó Juan Bautista luciendo guayabera blanca, y después de un saludo cordial, dijo:

Estoy a sus órdenes, y empecemos de una vez porque sé que debe regresar temprano. ¿Usted recuerda la canción de Nelson Need que dice “lo que tiene que ser, será, y lo que ha de llegar vendrá?, y de repente solicitó: Pero no la tome por el lado romántico. No, mejor olvide lo que acabo de decir…

Aquellas palabras de entrada, aunque parecían enigmáticas y fuera de lugar, más tarde revelarían el carácter de la persona que tiene claro hacia dónde va y no se desvía en disquisiciones.

Le cuento, para empezar, que esto no está como antes… Las fotos que ve, y para que se ría, son regalos de mis amigos y clientes que, desde el principio, utilizo para tapar los huecos de las paredes. Mejor dicho, ellos se encargan de tapar los huecos aquí… (Ríe por primera vez)… Porque esta es una casa antigua, casi tanto como Sevilla, construida en bahareque, o sea que calcule así por encima, no menos de cien años y Sevilla tiene ciento veinte…

Juan Bautista hace una seña y Manuela pregunta al visitante: ¿Qué desea tomar?, y antes de un minuto coloca un pocillo inmenso con “pintado”, tan rebosante y alto de espuma coronada de canela en polvo, que más parece un cono gigantesco de crema helada.

Como le vengo diciendo, el primer cuadro que me regalaron lo trajo un médico amigo desde Uruguay… mírelo al frente; el mediano y a la derecha, es una foto de Gardel hecha en eso que llaman puntillismo. El de enseguida, a la izquierda y de color azul, es un regalo que trajo de Buenos Aires mi amiga Dora Patricia Bernal, también me regaló estos dos que ve aquí junto a la mesa, y son como un collage con fotos pequeñas de puertas y ventanas. Al principio recibía y guardaba las fotos regaladas en mi casa, hasta que un día otro amigo vino y preguntó qué había pasado con una foto que me regaló. Le cuento que ni me acordaba cuál era. Entonces, por adivinar el suyo, poco a poco los hice enmarcar casi todos, porque entendí que debía hacerlo como reconocimiento y gratitud a quienes regalaban las fotos y esperaban verlas adornando este sitio. Le digo que me costó, pero estoy satisfecho. Miré como se ven de bonitas y enmarcadas tapando los huecos de este negocio. (Juan Bautista ríe a gusto) Porque antes, le cuento, tenía en las paredes avisos con propaganda de cervezas, confites y gaseosas, pero un día decidí que si las grandes empresas promocionaban sus productos sin pagar a los dueños de los negocios, yo no tenía por qué hacerles propaganda gratis. Puede ver, no hay un afiche, sólo fotos, y eso que (ríe de nuevo) me falta pegar fotos en el cielo raso. La idea de pegarlas en los nichos que hay sobre las puertas, fue de un médico amigo; él mismo midió los espacios y trajo las fotos para colgarlas… son esas que ve allá…

Juan Bautista Marín Mejía tomó otro rumbo y puso sobre la mesa la variedad de estilo en su hilo narrativo:

Nací y me críe en el barrio Buenos Aires, acá cerca, a unas cuadras del parque Heraclio Uribe Uribe. Recuerdo que en mi casa paterna estábamos pendientes del reloj para correr a la casa de un vecino que nos dejaba ver los programas de televisión que preferíamos. En mi casa escuchábamos tangos y otras músicas. Entré a trabajar aquí, a Casablanca como cajero, cuando sus dueños eran Jairo Ospina Naranjo, un bohemio de postín, y Hernando Ramírez. Ellos tomaron este local, en 1987, al señor Jesús Hoyos Osorio, su fundador y quien antes instalarlo acá lo tuvo al frente, donde está la panadería. Luego, después de mucho tiempo y cambios de sitios y dueños, Jesús lo compró nuevo y pasó adonde está ahora, pero este local era más grande, atendían mujeres, tenía billares y buena clientela. Así estuve por 12 años, desde 1988 hasta 1998. Claro que antes de venir a Casablanca fui cajero en dos clubes y administrador del Club de Tiro y Caza. Bueno, volvamos al camino…

Aquí recuerdo la parte de la canción de Nelson Need, dijo Juan Bautista. Parece increíble, pero rondaba mi cabeza la idea de cambiar el ambiente de Casablanca: antes era un bar donde se reunían jóvenes y adultos a escuchar su música y tomarse sus cervezas o aguardientes. Quería cambiarlo a mi gusto, pero tenía que consultar a Hernando. Y no eran otros que los parecidos a lo visto en un sitio de Cali a donde fui por invitación de un cliente y médico cardiólogo en la Clínica Valle de Lilí. ¿Qué vi? Una especie de casa donde funcionaba un negocio para clientes reconocidos por su afición a la buena música. Ningún desconocido podía entrar si no iba en compañía de un cliente, o sea, entrada restringida. Allí me llamó la atención que fuera una casa corriente, y cada una de sus cinco habitaciones tuviera vitrinas repletas de discos. Usted pedía el disco que quisiera y al momento la escuchaba ahí, en esa habitación nada más, porque en las otras habitaciones escuchaban otras canciones por circuito cerrado… y sólo tomaban whisky. Ahora no recuerdo cómo se llamaba el sitio. Otra cosa: aunque no dudaba de lo que haría en Casablanca, un día vino un empleado de la bomba que hay en la salida hacia el Valle y me invitó a visitar la casa que había frente a ésa bomba de gasolina. Era parecida a la de Cali. Eso fue en 1988. Esta visita reafirmó tiempo después mi decisión, porque respondía a mi pregunta o sueño: ¿Por qué no hacer esos cambios aquí en Casablanca? Pues mire, aunque no es exacta, Casablanca tiene sus puertas abiertas, y sin restricción para su clientela.

La narrativa se interrumpió con la llegada de un cliente que cigarrillo en mano se acercó a Juan Bautista para decirle que deseaba escuchar El loco, de Javier Solís. Juan Bautista le pidió con amabilidad que fuera adonde Gloria o Manuela. El hombre fue y regresó a su silla, dobló una pierna y apoyado el tobillo sobre la otra rodilla, se recostó al espaldar, levantó la cabeza y envuelto o fascinado con la voz de Solís, miró embebido, quizás ido, cómo subían hasta el techo y en las espirales de humo lo que faltaba para disfrutar del cigarrillo.

Juan Bautista añadió a lo visto:

Mírelo cómo está de contento mi cliente con su disco y su cigarrillo. No sé su nombre porque es un cliente ocasional que a veces aparece, vende uno o dos lapiceros, compra su copa de aguardiente según la venta, sale y de pronto vuelve. Pienso que tal vez viene de La Paila o Caicedonia.

No cabía duda de que el señor Marín Mejía contaba historias a su manera: coloquial, sencilla y sin arandelas… Pero, a la pregunta sobre libros, respondió: Sí, leí muchos durante años y mientras pude. Ahora no porque la enfermedad que padezco disminuye mi visión cada día.

Con elegancia y discreción, para no adentrarse en temas que no venían al caso, retomó mezclando entre sí otros capítulos de su historia:

Claro que este negocio lo tomé con deudas, y no pocas. Ahorrando y pensando en el próximo paso lo puse al día… Vuelvo atrás: muchos años antes, en 1964, Casablanca fue propiedad de Jesús Hoyos Osorio, su fundador, y funcionaba allá donde le dije, al frente. Después lo vendió, volvió a comprarlo y lo tuvo hasta el día en que el dueño del local se mató, se suicidó… La viuda pidió el local y ponga cuidado que aquí la historia de Casablanca se enreda un poco porque vivió una especie de odisea comercial que resumo: Le cambiaron el nombre por Taboga y lo llevaron a un local que había a media cuadra de aquí, después a la zona de tolerancia, y tal vez por afición al futbol le dieron otro nombre, El Campín, tenía mucha música pero no se quedó ahí, compraron más discos y El Campín tomó renombre. Después volvió al nombre anterior: Taboga, y lo instalaron aquí con el nombre de Las Antillas, y una noche regresó a su primer dueño y fundador, Jesús Hoyos.

Juan Bautista miró al frente como si buscara atrapar otros recuerdos en el ambiente; pasó su mano gruesa por los cabellos lacios, las mejillas, y dijo: Tómese otro.

Llamó a Manuela quien vino fue y regresó con lo pedido: un pintadito, no pintado gigantesco, pero igual de espumoso y “caneludo”.

A Juan Bautista no lo distrajo el pedido, retomó su historia: Después, este negocio regresó acá con el nombre de Las Antillas, y terminó funcionando en Caicedonia. Sería bueno saber en qué sitio estuvo por allá… Ahora volvamos al presente: cuando fui cajero acá, Casablanca tenía una discoteca de… calculo, 3.800 discos de 78 revoluciones, y unos 220 de 45. Pero me comprometí a comprar discos de larga duración de todos los géneros musicales, y en la actualidad pienso que el número está por los 4.500.

El hombre del cigarrillo regresó de improviso para pedir otro disco y ofrecer cinco lapiceros por el precio de cuatro. Lograda la venta se animó a comprar otro aguardiente y pedir otro disco a Juan Bautista, quien le enderezó de nuevo la ruta al mostrador donde ya se encontraba su esposa Cristina Villamizar que, según dijo con amor, gratitud y orgullo: “Ella hace de todo, tanto en turnos como en preparar mezclas de licores. Ella es tener mis ojos aquí. Nuestros mejores y más hermosos momentos, son y serán trabajando juntos en el Café Bar Casablanca”… A continuación sacó unas fotos del bolsillo, donde aparecen sonrientes y “apachuchados”. Luego volvió la vista a la mesa donde se repitió el cuadro del hombre que fuma y mira hacia el techo, pero esta vez embelesado en escuchar Quién eres tú, en la voz de Agustín Magaldi. Como un murmullo, Juan Bautista remató la escena: Lo conozco, mi cliente ya está a punto de caramelo y como prendidito con su aguardientico…

Otra vez pasó su mano por la frente para atrapar o remover recuerdos: Este cliente de los lapiceros me hace recordar que a Casablanca vinieron alguna vez como invitados: Jaime Betancurt Cuartas, hermano de Belisario, el general Óscar Naranjo, y como cosa rara, vinieron sin escoltas, o no sé, tal vez estaban por ahí escondidos para que no los vieran… y cantantes: Jerónimo, Ricardo Fuentes, Carlos Jarvis, integrante de Los Embajadores; también escritores: William Ospina; Héctor Abad Facciolince vino a recordar los tiempos y sitios en que su papá, por allá en los años 40, fue notario en Sevilla. Héctor Abad también visitó un sitio de tertulias llamado Carreta de guadua, y cambió el nombre a Casablanca por Cafeligresía. ¿Qué más le cuento? … Recuerdo que muchos de los cuadros que ve, los trajo de regalo un amigo que los compró en Cali, en un sitio llamado Bar y restaurante Gardel… A ver: cuadros tengo más en la casa que aquí, pero no los enmarco porque, ¿dónde los cuelgo? Por ejemplo: tengo tres regalos diferentes. Mire al frente: ese trabajo artesanal donde aparece una señora con blusa roja, corresponde a quien, mientras vivió, fue aseadora de la iglesia San Luis Gonzaga. En el otro, un loquito, Everardo López, vendedor de boletas muy conocido en Sevilla y a quien llamaban Repollo, y en el tercero, César, apodado Tapetusa, a quien le gustaba acompañar todos los entierros. Los tres son obra de Gloria Pino, una artesana muy reconocida en esta tierra.

Ahora déjeme le remato con esto (ríe mientras habla), que no es un corte de comerciales, sino una invitación: En Casablanca hay sitio para todos. Aquí cualquiera puede disfrutar algunos licores y escuchar tangos, boleros, baladas, música colombiana, cubana, española y bel canto…

En este punto de su narración, Juan Bautista se excusó para atender el llamado de uno de sus clientes recién llegado, y vino la señora Cristina (que además de oficiar como administradora de Casablanca y conoce en qué lugar de la casa guarda él sus cuadros), a continuar la charla y aportar en frases cortas:

Para Juan Bautista, Casablanca es su vida. A pesar de tener una discoteca numerosa, siempre viene alguien a ofrecer discos. Él escoge y compra sin parar. No puedo decir desde cuándo se aficionó al tango, porque no sé, aunque creo que desde niño. Comparo su virtud con la del buen bibliotecario: sabe el sitio exacto de cada disco, tanto que se da cuenta dónde fue mal ubicado en los casilleros, y lo regresa a su sitio. Considero que Casablanca es un café o lugar de tertulias con clientela selecta. Otros amigos y clientes le sugieren cambios acá, pero él es determinado y sabe lo que quiere hacer en su negocio. Los escucha pero sigue en su idea… además, ellos saben cómo es, y no le hacen fuerza. Aquí nunca pasan cosas extrañas ni salidas de tono, y menos, peleas. Cada cliente sabe dónde está, respeta este lugar y a quienes nos visitan. Usted me preguntaba por el nombre del cliente que vemos fumando en la mesa de allá y sólo puedo decir que lo llaman “el loco” (aquí el visitante dedujo que quizás sea esa la razón por la que aquel hombre pidió El loco, de Javier Solís). También sé de quién fue la idea de que las mesas mostraran fotos de artistas, y le cuento que pertenece a Julián Osorio, un médico cardiólogo de la clínica Valle de Lilí, en Cali. Él mismo tuvo la idea de cubrir con cuadros de Julio de Caro, Mercedes Simone y otros artistas los nichos que hay sobre las puertas. Además, se tomó el trabajo, él mismo, de diseñar las micelas que trajo de Bogotá para tapizar las diez y siete mesas. Son una especie de collage fotográfico…

Juan Bautista regresó. La señora Cristina volvió a su sitio tras el mostrador y el visitante, antes de salir, preguntó si, por lo narrado, la cita de la canción de Nelson Need tenía validez. Juan Bautista respondió con proverbial seguridad:

Sí. Esa frase, para mí, está entre las muchas que vale tener en cuenta. Me significa esperanza, ilusión en las metas, y ahora que conoce su historia, usted puede deducir la validez en la Casablanca que proyecté desde joven… Para terminar, se dice que el fundador tomó el nombre después de ver la película Casablanca de los años cuarenta (1942) protagonizada por Ingrid Bergman y Humphrey Bogart… y tal vez deslumbrado por la belleza de la Bergman…

Y llegó el largo silencio, el de la despedida que, a pesar de la voz de Gardel en Por una cabeza, invadió a Juan Bautista y se reflejó en los rostros de quienes sonreían en las fotos enmarcadas, e indicó al visitante el momento de colocar el punto final.

En segundos, desde la torre de iglesia de San Luis, el alarido estridente de la sirena rebotó en las paredes de la calles para anunciar el mediodía, y con él, la hora de partir, dejar atrás Sevilla, donde La Casablanca del tango, tiene abiertas sus puertas amarillas.

Sevilla, septiembre 14 de 2023

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