Hacia una ontología metafísica del bolero

Tercera Parte

Arrierías 84.

Francisco A. Cifuentes S.

“Ese bolero es mío

Desde el comienzo al final

No importa quién lo haya hecho

Es mi historia y es real

Ese bolero es mío

Porque su letra soy yo”

(“Ese bolero es mío”. Mario de Jesús. 1924-2008)

Para Mario, mi bolerista insigne. 

ENTRE LO SAGRADO Y LO PROFANO.

“Siempre fuiste la razón de mi existir/Adorarte para mí fue religión” (Historia de un amor. Carlos Albarán)

“Es para ti, mujer, /toda mi vida;/Te quiero, aunque te llamen pervertida” (Pervertida. Agustín Lara)

Santo Tomás en la Summa Teológica y los otros Padres de la Iglesia, han derrochado tinta para tratar de explicar a Dios, para adorarle, elucidar sobre sus manifestaciones y, con otros santos y poetas, han producido la mejor oración y la más delicada poesía mística. Desde San Juan de la Cruz, hasta Sor Juana Inés de la Cruz, pasando por nuestra Sor Francisca Josefa del Castillo. Todo esto cabe dentro de la teología, la metafísica, la prosa divina y la lírica mística.  Es decir, un torrente de literatura para adorar a Dios. Desde esta misma matriz teorética han surgido la Teología de la Liberación con Leonardo Boff y la Filosofía de la Liberación con Enrique Dussel. Pero en todo lo anterior, abruptamente resumiendo existe un constructo teórico y literario para relacionar las categorías de Dios, Divinidad, Amor al Prójimo y Amor Así Mismo; pero también las de pecado, culpa, castigo, el bien y el mal; hasta llegar a la fe,  la esperanza, la redención y la salvación. Desde esta selva de manifestaciones

filosóficas y literarias surge, entre otras producciones artísticas, la llamada Música Barroca y la Música Gregoriana.

Todos los elementos anteriores los vamos a hallar en el bolero; porque somos hijos de España, de la Contrarreforma y, a la sazón fuimos adoctrinados en estos menesteres. Por ello, de la mano de Dios y del Amor, podemos categorizar y hablar de Teología, Teopoesía (MIRANDA, Gabriela. Teopoesía: dek dogma a la posibilidad de la curva. https://es.scribd.com>document) y Teomúsica. En esto se da un logos, que se hace verbo, poesía, letras y se vuelve canción y música. A través del bolero se adora y se habla, se producen silencios significantes. Solo que el bolero viene de ahí, pero es salvaje, pasional y erótico y por eso es transgresor por antonomasia. En el existe una simbiosis que nos ensimisma y nos lleva hasta la locura. Y aquí es donde se puede hablar de una “ideología melodramática” en los siguientes términos: “El bolero – como en cierto sentido el melodrama – es de hecho una combinación compleja de sexo más aura” (RODRIGUEZ, Juan Carlos. 2015. Entre el bolero y el tango o cuando los cuerpos hablan. AILI. España). Pero ya desde la reflexión, esto se puede completar con la siguiente frase: “El bolero es un pensamiento erótico que se sueña así mismo”. (ZABALA, Inés Maria.1990. De héroes y heroínas en lo imaginario social: el discurso amoroso del bolero. En: Rev. Casa de las Américas. No. 179. La Habana)

Desde esta perspectiva podemos escuchar a Julio Jaramillo cuando nos dice que Nuestro Juramento consiste en “amarnos hasta la muerte y después de muertos amarnos más”. O a Felipe Pirela al cantar Entre Tu Amor y Mi Amor “debe existir la verdad «porque hay “una promesa ante Dios” y por eso ruega “sálvame la vida con solo amarme más”. Por eso es preciso que un insigne transgresor como Don Agustín Lara, nos hable de Señora Tentación, y después queramos comulgar cuando Diego El Cigala cante así: “voy a mojarme la boca con agua vendita, para lavar los besos que una vez me diera tu boca maldita”. 

El círculo del pecado y la tentación de Satanás pueden cerrarse, justo cuando se presenta un pugilato entre el hombre y Lucifer; como se da en muchas piezas clásicas, en la música llanera de El Caporal y el Espanto y en el vallenato a través del duelo de acordeón de Francisco El Hombre. Pero deseo aterrizar en un bolero colombiano que me ha hecho bailar a oscuras en los sacrosantos salones llamados de “mala muerte”. Se trata nada más y nada menos que de Diablo cantado por Tito Cortés: “Diablo, que tú me quieres matarrr”, “Diablo, que tú no puedes conmigo, ja ja jaaa…). Y no necesitó rezar, sino cantar con ironía, cinismo y comicidad mientras apretaba una cintura con toda sensualidad. Sólo así se puede decir que Triunfamos, como lo atestigua El Trio Martino: “por la gracia de Dios”, “por mandato divino” y “que el cielo te de explicación”.

Entre los ritos y los fetiches que invoca esta música, se presenta una apelación poética y musical a Dios por la vía del bolero. Se trata de querer un Dios y/o una Virgen; pero que se puedan abrazar, besar, acostar, comer y coitar. Así, orar es cantarle boleros al amor, a la mujer, al hombre y a la vida.

Ese Yo Lírico transgresor, que dice públicamente “Soy lo Prohibido”, se puede escuchar en cualquier voz; ya sea en la de Luis Miguel, Natalia Laforcade, María Marta Serra Lima, Patricia González, Enrique Ramil, Manuel Serrat, Los Macorinos o Diego El Cigala. Y muchos otros que hablan a nombre de los amantes más atrevidos. Pero a este escenario de las letras quiero citar a Olga Guillot, para que con su sentimiento fuerte me hable de la piel, del placer, el amor, del beso, del pecado y la dignidad:

“Soy ese erizo de tu piel que ya no puedes desprender…soy esa fiebre de tu ser que te domina sin querer…soy esa noche de placer, la que se entrega sin papel…soy el pecado que te dio nueva ilusión en el amor…soy ese beso que se da sin que se pueda comentar…soy ese amor que negarás para salvar tu dignidad” (Francisco Dino López Ramos y Roberto Cantoral García). Sin embargo, de semejante declaración; entra la duda y, en consecuencia, los amantes intentan renunciar a su perversa pasión y declaran, tal vez ante una copa de licor: “Porqué luchar/si lo nuestro es prohibido, / es reñido por leyes y moral” (Amor prohibido. Luis Felipe Castro).

Ante las incógnitas puramente humanas del amor, cuando ya no basta devorar la carne en una noche de placer, no queda otro recurso, que acudir al testimonio divino, en la voz de Sadel: “Mujer, si puedes tú con Dios hablar, /pregúntale si yo alguna vez/ te he dejado de adorar” (Perfidia. A. Domínguez). Es más, se acude a la dupla de la cultura occidental católica, para tratar de aclarar las mentiras propias de lo que se dice es amor: “Poniendo la Virgen/ y a Dios por testigo/ me hiciste creerte/ todas tus mentiras” (Tú me hiciste querer. Santiago Chago Alvarado). O “Dime que sí … como se nombra a Dios”

Claro que es la maravillosa Matilde Diaz y la Orquesta de Rafael de Paz, que me llevan a la adolescencia virginal, para justificar la búsqueda del amor: “Te busco por la distancia/ con una angustia de llanto/ amor de mi adolescencia, /virgencita de mi encanto” (Te busco. Armando Cañavera y Lucho Bermúdez).  Pero cuando salimos de ese paraíso, del edén perdido y, quedamos sin amor, sin Dios y sin ley, pedimos paz a gritos de bolero: “Ahora que te arrepientes, /dejas mi vida deshecha/sin Dios y sin Ley” (Déjame en paz. Luciano Miral)

Todo el bolero se enfrasca en la dicotomía del bien y del mal, que nos viene de la cultura católica, queriendo resolver el sufrimiento, por la vía de una pena que se tiene que pagar: “Si triunfa el bien sobre el mal/y la razón se impone al fin, /sé que sufrirás/porque tu hiciste sufrir mi corazón/y es una deuda que tienes que pagar/como se pagan las deudas del amor” (Deuda. Luis Marquetti)

Así el bolero acude al exorcismo, pero se mantiene entre la religiosidad y el hedonismo, entre la brujería y la sacralidad. Por eso declara que tiene “Poquita fe” o que tiene “la fe perdida” o simplemente que “mi fe es hoja seca que mató el dolor”. Pero al amado no le queda otra esperanza y, por eso canta así: “Espérame en el cielo corazón/si es que te vas primero/espérame que pronto yo me iré/ahí donde tú estés” (Espérame en el cielo. Francisco López), para llegar al albergue infinito del amor; que, si bien no tiene sitio definido, es una especie de entelequia querida y anhelada por todos.

EL BOLERO Y LA LOCURA

“Hay besos que producen desvarío/ de amorosa pasión ardiente y loca/ Tú los conoces bien, /son besos míos, /inventados por mi para tu boca” (Besos salvajes. E. Fontanal y Rufino Blanco Fombona)

“… en besos, no en razones”. (Quevedo). 

Todas las aporías persiguen y/o constituyen el fenómeno poético y musical denominado bolero (Te odio y te quiero): amor y odio, certeza y duda, cielo e infierno, tierra y estrellas, negro y blanco, noche y día, consciencia e inconsciencia, razón y locura. Estas categorías y muchas más están esparcidas por toda su poética y toda su musicalidad. De ahí nos interesa resaltar la famosa pareja de contrarios entre el corazón y la razón; para advertir como se compaginan y a la vez se enemistan. Esto ya está en el refranero popular, en varias versiones, que aluden lejanamente a la famosa sentencia del pensador sensible Blas Pascal, en sus Pensamientos (1669) y, que reza así: “El corazón tiene razones que la razón ignora”. Precisamente es a ese énfasis que el romanticismo del bolero les da a los sentimientos y figurativamente al corazón, en detrimento de los mandatos de la razón; lo que ha llevado comúnmente a decir “se está locamente enamorado”, “la locura del amor”, esa mujer o ese hombre lo tienen loco, por ella o por él perdió el juicio. Y los padres o los amigos intentan parar esta situación del delirio amoroso, diciendo “aterrice mijo”, “piénselo dos veces” y un sinnúmero de frases comunes y tradicionales, que nunca han tenido efecto reformatorio, para decirle a los amantes que de descarriaron. Pero esto lo resume muy bien Roland Barthes cuando afirma tajantemente que “el amor es igual a la locura, porque significa la pérdida del yo”. Se trata nada más y nada menos de ese desplazamiento de nuestro yo hacia la otra persona y viceversa, hasta llegar a una plena dominación o a una rara fusión, plagada de placeres y controversias. Si nuestro yo se pierde, experimentamos la llamada desazón del ser, la angustia, el destierro interior, el olvido de nosotros mismo; una entrega total que nos desplaza de nuestro territorio de vida, sentimientos y pensamientos; ahí es cuando se afirma: “esa mujer si le movió el piso” o “ese hombre te dejó en el aire”. La pérdida del yo o la obnubilación del ser, se busca ciegamente y cuando se ama se cae en sus garras misteriosas. Hoy en día investigaciones positivistas sobre el cerebro y su forma de actuar frente al otro, pueden dar explicaciones; así mismo lo pueden hacer la psicología, el psicoanálisis y todas las terapias conductuales y de sensibilidad y afectividad, que pretenden volver a encauzar a la persona, después de experimentar una depresión o una fuga amorosa. El bolero es el que, en la cama, en la alcoba, en la cantina o en el salón, nos dará cierta explicación, un raro solaz, una vivencia similar a la que se vive y no se entiende.  Ahí es donde consideramos que hay que darle la razón muchas veces al corazón o tratar de escudriñar en medio de esa selva humana y de esa maraña que poetiza y canta el bolero.

Otro francés grande, autor de los Manifiestos Surrealistas, escribe con locura, sobre la locura del amor; pues en este sentimiento, pensamiento y vivencia existe demasiada dimensión surrealista. Todo no está claro, ni en su expresión, ni en su experimentación. Siempre habrá un halo de misterio y, por eso, antes que el discernimiento filosófico, son la lírica y la música, quienes mejor lo identifican. Y ahí está precisamente el bolero para expresar la llamada locura del amor. André Bretón habla de los poderes del azar que se burlan de la verosimilitud y, en lo cual hay una búsqueda a través de la literatura automática, que lo lleva a signos premonitorios, lo guían con un alucinante magnetismo, por huellas anticipadas, hasta que llega la mujer, como transparente misterio y “el amor como único puente natural y sobre natural construido sobre la vida”.  Ahí es donde el acto amoroso disipa todas las contradicciones que enturbian el conocimiento humano, que está lleno de vigilia, sueño, conciencia, inconciencia, misterio y verdad (BRETÓN, André. 1967. El amor loco. Joaquín Mortiz. México).

Existen muchas piezas musicales que expresan estas situaciones. Ante la despedida fatal del amor, lo incógnito venidero aparece como locura: “Hoy mi playa se viste de amargura/porque tu barca tiene que partir/a cruzar otros mares de locura” (La Barca. Roberto Cantoral) 

En las tierras tropicales, cargadas de prácticas y expresiones culturales indígenas y africanas, es muy común relacionar el amor con la brujería, precisamente una de las vías que conducen a la locura del amor: “Si fuera vil gitano te dijera/tres frases que contengan brujerías/que vayas por el mundo muerta en vida y vivas mil años de hechicería” (Odio gitano. Cristóbal San Juan).

La figura poética del beso nos expresa el frenesí y, a su práctica se le adjudica la dimensión de la locura: «Bésame tu a mí/bésame igual que mi boca te besó;/dame el frenesí que mi locura te dio». (Frenesí. Alberto Domínguez)

La pieza tradicionalmente escuchada en la magnífica interpretación de María Elena Sandoval es toda una descripción de la situación caótica, cuando después de una intensa vivencia amorosa, viene el acabose: “Fue un instante de locura/como si el mundo se estrellara/un cataclismo para los dos” (Cataclismo.)

Pero es el brillante y sublime Barbarito Diez quien nos habla de “loco antojo” y “ansia loca” en Las perlas de tu boca. (Edmundo González y Eliseo Granet)

2o. DOS EXTREMOS DEL BOLERO

“Cuando el palacio de la noche/enciende su hermosura/

Pulsaremos los espejos/

Hasta que nuestros rostros canten como ídolos”

(Alejandra Pizarnik)

La magnífica y popular composición conocida como El bolero de Ravel (1928), tiene cierta inspiración y elementos de la danza española, lo que lo emparenta con los orígenes de nuestro bolero latinoamericano. Su estructura contiene una repetición hipnótica de un único tema melódico, y también de muchos boleros, evidenciándose en la repetición de palabras, versos y aires. Va gradualmente intensificado los elementos, hasta que la simplicidad se torna en una grandeza musical. Pero la letra está también muy ligada a la naturaleza del lenguaje del bolero. Veamos: “En la distancia, vi un bolero triste para tocar tu dolor … lo encontré al descubierto … ella se ha ido de mí en mi bolero”. Ahí están los temas comunes de la distancia, el dolor, la fuga, el amor y aquello particularmente especial, en lo cual es en la canción donde se sustancia el sujeto. Él no está, pero está la canción. La amada se ha ido, pero quedó el bolero. La percusión, que también es de la identidad bolerística, es quien va animado todos los otros instrumentos, en un ascenso fenomenal. 

Nos atrevemos a proponer que el otro extremo de la cultura musical bol erística, está en el también conocidísimo Bolero Falaz (1995) del grupo rockero colombiano Aterciopelados. Es muy urbano, es más, representa a toda una generación y a las nuevas ciudadanías juveniles, es la historia de desengaño, pero también de un país en profunda crisis, tiene imagen kitsch, es muy audiovisual y está hibridado con el pop: “Malo si si, malo si no” … “que si vengo que si voy… y te cagaste de risa”. 

El bolero también se cataloga como cursi, llorón, lastimero, frívolo, tragicómico.  Indiscutiblemente de todo hallaremos allí; pero no somos vergonzantes al esconder esta otra dimensión, que también ha sido pegajosa y encantadora; precisamente porque el mismo amor y la vida misma, contienen de todo esto.  Al lado de lo serio, sensual, lírico, hermosamente delirante y locamente coherente, se encuentran versos, frases, aires que denotan cierta superficialidad en la escritura, en la música y en el sentimiento; todos captados por el bolero. En parte se puede afirmar, que lo cursi y el arte kitsch, tienen su relación pictórica, su expresión de una cotidianidad tardía y tradicionalista, que están presentes en la conciencia y en el gusto popular. Allí encuentran un sitial de admiración y distinción ciertos paisajes, el perrito, el gato, la ventanita aquella, el corazón de Jesús, la Virgen María y algunos artefactos ya inútiles que se elevan en el altar del arte popular. El hombre, la mujer y la familia sencilla tienen esta estética como su señuelo. Y esta hibridada con otras expresiones y vivencias, propias del ser humano, en cientos momentos y épocas. El bolero es híbrido en su naturaleza y, esto abarca el sentimiento humano, afecta el gusto y, en muchos aspectos lo define; por eso no deja de tener un clasicismo; precisamente con arreglos musicales y montajes orquestales de mucha calidad.  Dejemos que sea el mismo Agustín Lara quien mejor nos aclare la situación:

“Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen (…) ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia (Agustín Lara. Citado por Linero)

Para tentar amorosa y sexualmente a alguien, también se puede acudir a esta dimensión: “Quiero decirte mi trivial canción” (Señora tentación. Agustín Lara).  Y en el tradicional epistolario del amor, se presenta la misma situación; a lo que de ninguna manera escapa la actual comunicación amorosa en las redes, llenas de errores, contracciones, fugacidades y boberías. Por eso se retoma la siguiente expresión: “Son tus cartas mi esperanza; / mis temores, mi alegría, /y aunque sean tus tonterías, /escríbeme, escríbeme” (Escríbeme. Guillermo Castillo Bustamante)

Es “por ese embrujo zalamero”, que es el bolero, según los versos del indio Labroni, quien escribía el bolero en décimas, que también nos encanta tanto.  Hay mucho lloriqueo, ruegos, repeticiones, alaridos, frivolidad, cursilería; hasta decir en público y en demasía “por qué no he de llorar, si es lo que más quería”

NUESTRA EDUCACION SENTIMENTAL

“Me enseñaste a querer/por eso te quise/

Me enseñaste a olvidar/ y por eso te olvido/

Me enseñaste a llorar/ y por eso he llorado por ti”

(Niégalo. María del Rosario Ortega)

La “Educación Sentimental” (1869) de Gustav Flaubert, el mismo de “La  Tentación de San Antonio”; (que además es pintura de Dalí, El Bosco y  Brueghel, y opera de Luis Jaime Cortés) y de la conocidísima “Madame Bovary”,  influenció demasiado a Vargas Llosa, el mismo de “El Elogio de la Madrasta”  1988, “Los Cuadernos de Don Rigoberto” 1997 y “Travesuras de la niña mala”  (2006); es una obra amorosa y romántica; cuyo título ha devenido en el  calificativo por excelencia para hablar de la educación del hombre  latinoamericano, por la vía de la música, la letra y el baile del bolero. Esta novela es antológica, como diario amoroso y el producto casi religioso del amor hacia una mujer. Pero tiene una actitud pesimista, habla del amor imposible y del desencuentro. Se trata de las relaciones entre Frederic y Arnoux y está llena de narraciones reales y ficciones amorosas. Por su temática, nos recuerdo la historia del bolero “Señora Bonita”, “porque usted me castiga”, “usted tiene dueño” y “digo mil veces que Dios la bendiga”. Todas las novelas citadas atrás tienen un trasfondo amoroso, romántico, ilusorio e incluso erótico y, por eso las deseo emparentar con el mundo del bolero.

El siguiente bolero retrata la inocencia o la frivolidad del tema: “Que te enseñen a querer en otra parte, /que te enseñen el amor de otra manera/Por mi parte terminaron ya tus clases, / Quedas libre de apuntarte en otra escuela, / en otra escuela donde la historia / de mi amor olvides” (Diploma. Julito Rodríguez). Pero es Roca, el poeta de la noche, el que nos introduce en nuestro tema de la siguiente manera:

“La educación sentimental del hombre latinoamericano, su cercanía a una poesía popular que casi siempre le ha llegado por vías del bolero, de su música más que del verso en sí mismo, le ha puesto en el centro de su vida un lirismo bailable” (ROCA, Juan Manuel. En: Magazín Dominical d El Espectador. Bogotá.  Citado por Linero).

Mucho antes de la cumbia, el vallenato, la salsa, la balada, la bachata y el reguetón el hombre latinoamericano bailo tango y bolero; se educó en sus ritmos, sus letras y sus melodías; amó con ellos; configurando una cultura del enamoramiento y si se quiere de todo un ethos sentimental. Versos, decires, ritmos, vestidos, besos, cartas, colores, sitios, gestos, ritos, escenarios, historias y mucho más, fueron configurando este campo de vida y de saber, que varios investigadores han dado en denominar como la educación sentimental del hombre latinoamericano.

Iniciando por cierta inocencia, la práctica del beso se relaciona con la religiosidad y el pecado a su vez: “Ya ves que venero/tu imagen divina, /tu párvula boca/que siendo tan niña/me enseñó a pecar”. Y es Don Agustín Lara, quien se casó con su hija adoptiva, a la sazón menor que él, quien nos lo dice en “Piensa en mí”, acompañado de su tradicional piano, su copa y su cigarro.  Pero a mí me han encantado desde la adolescencia, las enseñanzas de Las Hermanitas Padilla: “Déjame que te enseñe como se besa/para ser yo el primero que te besó” (Gracias mi amor. Las Hermanitas Padilla). Claro que el gran poeta de la lengua española, como calificó Gabo a Manzanero, va más allá agregándole a esta educación las ilusiones, el tema del tiempo y la felicidad: “Contigo aprendí/ a conocer un mundo lleno de ilusiones, / aprendí que la semana tiene más de siete días, /a hacer mayores mis contadas alegrías/y a ser dichoso, yo contigo lo aprendí” (Contigo aprendí. Armando Manzanero). Sin embargo, todo no es color de rosa, en consecuencia, no podía faltar en la escuela del bolero, su tragedia casi connatural. Por eso el enamorado fustiga a su profesora-amante: “Por eso me pregunto/ al ver que me olvidaste, / porque no me enseñaste/ cómo se vive sin ti”. (Tú me acostumbraste. Frank Domínguez). Es decir, definitivamente “sé que sufrirás porque la vida es la escuela del dolor”.

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