Estudiante Literatura Univalle.

Fue hace casi 32 años, pero en su memoria aún conserva algunos detalles de ese día en que, por casualidades de la vida, acabó por mezclarse entre los jóvenes manifestantes en el marco del tan desconocido “Tumacazo”, gracias a lo que él mismo considera que fue provocado por la picadura del bicho de la subversión.

Transcurría una mañana cualquiera el 20 de septiembre de 1988 cuando salió de casa camino a cumplir con sus obligaciones escolares, sin siquiera imaginar que terminaría envuelto en lo que hoy, lleno de reflexión y memoria se atreve a llamar en medio de risas “una aventura loca”.

Álvaro Pantoja tenía 19 años cuando como de costumbre asistió al colegio en el que cursaba grado décimo. Aquel día, con motivo de manifestaciones por parte de los estudiantes de la Universidad de Nariño, los cuales se oponían a lo que ocurría con el municipio de Tumaco, el colegio en el que estudiaba hizo un cese de actividades.

El “Tumacazo”, ocurrido el 16 de septiembre de 1988, fue la lucha y acompañamiento de un grupo de líderes y lideresas, que en ese tiempo se organizaron alrededor del Comité Cívico Tumaco Alerta S.OS. El municipio de Tumaco llevaba aproximadamente más de 20 días sin energía eléctrica, consiguiendo   así, que sus   habitantes   se levantaran   a reclamar por el “olvido total” de su pueblo, considerándose ellos mismos “huérfanos de la patria”.

Así entonces, cuatro días más tarde, los estudiantes de la universidad de Nariño salieron a las calles para manifestar en apoyo del municipio huérfano. Álvaro, junto con dos amigos más, se dirigieron a jugar billar luego de enterarse de la falta de clases aquel día y, después de un par de horas, aburridos y algo curiosos, se acercaron a la manifestación estudiantil con el fin de “VER” un poco mejor, todo lo que ocurría. Sin embargo, no pasó mucho rato para cuando apareció el tal bichito de la subversión y decidieron unirse a los estudiantes a “tirar piedras y cantar arengas”. Para aquel entonces, solo quedaban Álvaro y su amigo Iván quienes poco a poco, y, al igual que muchos de los manifestantes, en medio  del  alboroto  y  rodeados  por  muchos  miembros  de  la  policía,  acabaron acorralados hasta que no hubo mejor alternativa que ingresar a la universidad.

-Uno allá dentro, uno la piensa dos veces, pero sabe que no hay más pa’ hacer, una vez allá, ya está montado en la vaca loca.

Eran aproximadamente las 11:30 am cuando decidieron subir al tercer piso de la universidad, y mientras esperaban en la cafetería,

acordaron que sería pertinente tener algo para defenderse ya que “la guerra aún no acababa”. Así que uno de ellos se dispuso a hacer bombas molotov y siguieron esperando divididos en grupos   entre   los   cuales   lanzaban   desde   las ventanas: bombas, tejas y hasta escritorios, mientras la universidad era custodiada por lo que parecían más de 300 uniformados.

El sonar de la alarma que anunciaba el toque de queda se dio a las dos de la tarde. Sin embargo, para Álvaro y el resto de los estudiantes confinados en el campus universitario, significó también que no había marcha atrás y que debían ahorrar energía y fuerza para lo que les depararía el resto de la tarde y quizá la noc he. Estando allí, intentaron establecer comunicación con el gobernador y algunos otros personajes que les pudiesen asegurar una negociación y unas garantías en pro de todos.

3:00 pm, los estudiantes continuaban en la lucha. Para esta hora, se habían dispersado por algunas zonas del campus cuando una piedra aterrizó en la cabeza de uno de los manifestantes  haciendo  que  automáticamente empezara  a sangrar,  así que  Álvaro responde quitándose el pañuelo que le cubría el rostro para socorrer a aquel chico ; de repente, cae junto a ellos un proyectil de gases lacrimógenos afectándolos a ellos dos y a una manifestante más, por lo que no encontró otra alternativa que cubrirse el rostro nuevamente con el trapo que ahora estaba manchado de sangre mientras corría a refugiarse con los demás en el edificio de idiomas y posteriormente en una oficina.

El edificio estaba invadido, los estudiantes confinados y cansados buscaban un refugio.

-” Al ver que los tiras habían entrado al edificio, pero no a la oficina, tiré los libros de una biblioteca al piso, inclinándola un poco y coloqué la biblioteca a un lado para reforzar la entrada”.

Álvaro, con su rostro manchado de sangre ajena, esperaba refugiado mientras a las afueras de la oficina escuchaban los golpes de los uniformados en violentos intentos por ingresar a la oficina, hasta que lo consiguieron.

– “Después, los gritos de angustia de nosotros, diciéndoles que esperaran que estábamos haciendo negociación y la brusca respuesta de ellos que negociáramos con nuestra puta madre para después coger a cada uno de los que allí se encontraban y doblarlo de un bolillazo en las rodillas y un golpe en la cabeza para rematar”.

Angustia, miedo y algo de alivio era lo que sentían Álvaro, Iván y otros cuatro estudiantes que lograron permanecer a salvo, escondidos a unos dos o tres metros durante los más o menos 15 minutos que duró tal situación, y permanecieron ocultos por unos minutos más. En este lapso, el teléfono de la oficina repicaba sin parar. Sin embargo, ninguno se atrevió a acercarse y contestar hasta que escucharon unos pasos pesados acercarse a ellos, aumentando a cada golpe y cada timbrar su angustia. Para fortuna, quien ingresó fue un estudiante que se dirigió a levantar la llamada, mientras tanto, uno de los manifestantes que se encontraba refugiado cerca de donde estaba

Álvaro, había conseguido alterarle los nervios y desesperarlo un poco, ya que todo este tiempo estuvo comiéndose las uñas y temblando de una forma bastante estresante.

– “Me acuerdo de ese muchacho que estaba escondido a los pies míos, solo comía uña y temblaba mucho de los nervios, el sonido era bastante incómodo, en ese momento yo solo le decía: Marica no te movás.” – Comenta Álvaro, evocando aquella memoria entre risas – “También recuerdo que cuando entraron los policías a la biblioteca, a donde estábamos nosotros, yo alcancé a ver que una compañera cogió una hoja de papel y se la puso a los policías de frente como diciendo “Paz” para que no le fueran a hacer nada

– era una hoja blanca y vi como con el bolillo le quitaron la hoja y el bolillo le aterrizó en la cabeza y automáticamente vimos como la pelada empezó a sangrar. Se fueron al segundo piso y de allá empezaron a sacarlos a todos”.

Cuando los policías se retiraron del edificio, los estudiantes que aún se encontraban refugiados comenzaron a salir de sus respectivos escondites y a reunirse, notaron que aún quedaban un poco más de cien estudiantes en pie de lucha y con ayuda de aquel teléfono que minutos o quizá horas antes les había causado tanto estupor, empezaron a comunicarse con sus familiares.

Todo se había quedado en una relativa calma, pero en la mente de Álvaro, aun se reproducían las imágenes de aquellos estudiantes que eran sacados a rastras del plantel a manos de los uniformados, dejando a su paso un sendero de sangre y un indicio de lucha que posiblemente nadie reconocería después. Sin embargo, lo que más lo intrigó y hasta hoy, 34 años después, aún recuerda con claridad, más que las puertas destruidas y los senderos rojos, fue aquel zapato blanco teñido de sangre que quedó en medio del lugar que minutos atrás había sido caótico. Aquel zapato, que, sin siquiera pretenderlo, estaba representando su lucha y su esperanza.

Eran apenas las 4:30 pm, el día parecía no querer terminar, y a esa hora comenzaron a llegar algunos representantes de la universidad, el secretario de relaciones humanas, equipos periodísticos e incluso el alcalde. Las peticiones no se hicieron esperar y los estudiantes exhaustos ya, exigían de manera primordial, atención médica y una forma segura de llegar a sus respectivos hogares. Entre tanto, transcurrieron aproximadamente dos horas y mientras esperaban los buses que los recogerían se sentaron a charlar acerca de las eventualidades del día.

– “Hablábamos de la forma como les pegaron a las mujeres y la forma como vomitaban sus gritos sin piedad”.

Lo demás es puro cuento, y una espera que se mantuvo hasta más o menos las 10 pm que llegaron los buses que darían fin al eterno día. Los estudiantes empezaron a abordar entonces, ante la mirada de los uniformados y varios equipos periodísticos, mientras gritaban y arengaban frases célebres como “el pueblo, unido, jamás será vencido” en lo que eran apuntados y estrictamente vigilados por los fusiles de los uniformados

– “Todo se haría como pedimos y todos salimos con la cara tapada y las manos levantadas a los lados, mostrando al lado derecho a los policías y al izquierdo al ejército, el símbolo de VICTORIA, con el dedo índice y el corazón”

El dolor en el cuerpo se mantuvo uno o dos días más al igual que los reportajes en los diarios, las memorias poco a poco se fueron desvaneciendo, pero el orgullo y el deseo de lucha siempre estará presente, generación tras generación.


Alicia Pantoja Agudelo

 Estudiante de Lic. En literatura de la Universidad del Valle

“V” de Victoria nace gracias a un pequeño diario que mi papá escribe posterior a lo sucedido aquel 20 de septiembre de

1988 en un intento por no olvidar los detalles de aquella

experiencia y que yo, más de 30 años después, encontré entre un montón de memorias familiares. “V” de victoria nace gracias a ese pequeño diario y las vagas imágenes que aún viven en la memoria de mi papá para recordarnos que el orgullo y el amor a la patria quedan tallados siempre en el corazón.

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