El 05 de diciembre del 2023 quedó en los anales de la historia porque el Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco, aprobó en su décima octava sesión, celebrada en Kasane, Botsuana, la inscripción de la práctica cultural del bolero en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Esta decisión tiene unas implicaciones maravillosas en la práctica: reconocer la relevancia de la comunidad del bolero en el mundo entero, y llevar a cabo acciones en conjunto para fortalecer su composición, interpretación y transmisión de sus conocimientos y prácticas identitarias.

En 1883, el músico cubano Pepe Sánchez compuso Tristezas, considerado el primer bolero de la historia, y a partir de ahí este ritmo se extendió como un bello y deslumbrante manto por México y América Latina, cautivando con sus letras líricas de amor y desamor, con sus cadenciosas percusiones acompañadas de guitarras, bajos, pianos y alientos (instrumentos de viento), y después con el característico requinto mexicano que, con sus líneas melódicas llenas de filigrana y virtuosismo, junto con las voces solitarias o en grupo, lo enriqueció tanto en su país de origen como en las naciones que lo acogieron como propio.

Es así como el bolero se ha transmitido de generación en generación, aglutinando a sus portadores e impulsando su interacción y, más importante aún, promoviendo la transmisión de saberes, desde lo instrumental y vocal hasta lo lírico y dancístico.

Interpretar boleros por más de 20 años me ha dado el honor y la dicha de representar a Colombia en distintos festivales internacionales de Bogotá, Cali, Bucaramanga, Pereira, Manizales, Armenia, Panamá, Venezuela, Miami y el más prestigioso y emblemático de todos: el Festival Internacional Boleros de Oro, en La Habana, Cuba. Sin duda, cantar boleros en la Isla fue una experiencia musical más que hermosa, pues es allí, como en ninguna parte del mundo, donde se vive, se siente, se interpreta, se “sufre”, se dice, se susurra, se impregna… de manera única, este mágico ritmo.

Después de varios intentos fallidos me llegó la hora de, por fin, conocer la meca del bolero, y caminar, oler y sentir calles y parajes que sirvieron y sirven de musa inspiradora a tantos compositores y cantantes. Sí… fue allí donde este rico y fascinante aire musical tuvo sus primeros asomos rítmico-melódicos, derivados de otros ritmos isleños y de las “cadenciosas y rítmicas olas del mar caribeño”, según rezan las tradiciones orales juglarescas vernáculas.

La trigésima sexta versión del Festival Internacional Boleros de Oro, realizada en junio del 2023, acogió como siempre a varios intérpretes y compositores de distintas latitudes. Nos juntamos en una cofradía de hermandad con un solo propósito: enaltecer el bolero con nuestras voces, ponerlo de presente en los hermosos escenarios cubanos, y entregarles nuestros corazones a propios y visitantes, sin afanes de protagonismo y desprovistos de cualquier ego artístico.

Todo esto lo ratifica el hecho de que el Festival no entrega distinciones, no da galardones (es un encuentro y no un concurso) y no antepone la participación de nadie por encina de su majestad el bolero. Es un certamen prístino, transparente, auténtico, emotivo… que incluso deja ver y sentir de la manera más candorosa, si se quiere, las precariedades en las que vive la mayoría de la población cubana.

La Habana “hiere” de lo bella…

Mi hermosa experiencia comenzó con un recorrido a pie por el barrio El Vedado, muy bien trazado, con calles amplias y llenas de árboles, y edificado con inmensas casas señoriales de construcción variopinta entre lo colonial, barroco, art deco, neo clásico, ecléctico, contemporáneo y moderno.

Hace más de 40 años a muchas de estas edificaciones no se les pasa por encima un trapito, siquiera. No obstante, varias de ellas han sido restauradas magistralmente y ocupadas por distintas instituciones del Régimen. El mismo panorama encuentra uno en barrios tan tradicionales como Miramar, Playa, Cubanacán y Marianao, que al igual que El Vedado, “hieren” con su belleza.

Con algunas melodías de boleros cubanos rondando en mi cabeza, continué mi caminata hasta llegar a la Plaza de La Revolución donde está el majestuoso Teatro Nacional. Allí hice el ensayo y al día siguiente el concierto con la Orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión, dirigida por el maestro Miguel Patterson.

Todavía retumban bellamente en mis oídos y mi corazón, las primeras notas de los bronces con su presencia estentórea, brillante y de afinación perfecta. Esos compases que insinuaban el bolero Vieja luna, del cubano Orlando de la Rosa, y luego el sonido de la orquesta en pleno, invadieron inefablemente mis sentidos, me llevaron al nirvana y todavía me tienen levitando en un sueño del que no quiero despertar nunca.

Dos días después esa grata sensación invadió nuevamente mis sentidos cuando ensayé para mi segundo concierto con la Orquesta Charanga de Oro, dirigida por el maestro José Loyola, en el bellísimo e imponente Teatro América, ubicado en el Centro de La Habana que, dicho sea de paso, está en un estado de deterioro lamentable. A pesar de ello pude observar la arquitectura variada con los estilos que mencioné antes, me remonté unos 60 años atrás y pude dilucidar cómo sería de hermosa La Habana en esa época.

Pero sin lugar a dudas, entre las tantas atracciones de Cuba está la más sobresaliente, la más emblemática y superlativa, por encima de todas: LA MÚSICA.

Algunos colegas ya me habían advertido de la excelente calidad de los músicos cubanos, y lo he podido constatar con algunos de ellos que viven hace muchos años en Colombia. Pero otra cosa es verlos ejecutar los instrumentos en su tierra, al fragor de una excelsa banda en escena, y “sometidos” a la adrenalina que produce acompañar a cantantes de distintas partes del mundo.

Un testimonio lindo y conmovedor es Esther: una dama pequeña en estatura, pero inmensa en conocimientos musicales. En el ensayo nos atendió muy amablemente y nos solicitó las partituras. Revisó minuciosamente cada papel y luego nos dio instrucciones para alistarnos a sonar con la orquesta.

Hasta ahí todo estaba dentro los parámetros normales. Mi sorpresa y fascinación vino cuando uno de los participantes (un cantante de México) le informó muy asustado que había extraviado por accidente las partes de las trompetas y los trombones de los dos boleros que iba a interpretar. Esther, en una calma pasmosa revisó las partituras, y cuando se dio cuenta de que efectivamente faltaban esos fragmentos, sin titubear cogió papel pautado y escribió de su puño y letra las páginas que faltaban. Sin pretensiones y con una sonrisa bonachona le entregó al mexicano sus papeles, y en ese instante, todos… todos “hablamos” con la mirada… con los ojos desorbitados, sin mediar palabra, fuimos más que elocuentes al demostrar nuestra positiva estupefacción.

Acto seguido, el bolerista mexicano abrazó a la dama en mención y le dio las gracias por su gesto tan generoso. La Maestra, de nuevo haciendo gala de su mirada magnánima y picarona, le dijo: “las gracias son para ustedes los mexicanos, pues Cuba parió el bolero, y México lo amamantó”.

Esther es apenas un “pequeño” pero simbólico ejemplo de lo que son los músicos cubanos. Además, brotan de la tierra como hormigas, hay uno debajo de cada piedra… y se pueden apreciar y disfrutar en cada esquina de La Habana, tocando espontánea y magistralmente para los turistas.

Y si vas a los sitios oficiales famosos (Floridita, La Bodeguita del Medio, El Tropicana…), te embarga un doble sentimiento: la alegría que te produce ver y escuchar a semejantes exponentes del arte musical, e imaginarse amargamente y al mismo tiempo, cuántos dramas podrá haber detrás de cada instrumentista, de cada cantante, de cada bailarín… Eso hace doler el alma. ¡Se los puedo jurar! ¡Duele!

Fueron 10 días en la Isla de mucha música, de deliciosas conversaciones, de interacciones edificantes con colegas de muchas partes del mundo, de caminatas de observación y fascinación, de sentimientos encontrados, pero, sobre todo, de un reencuentro sin igual con el bolero que me “obligó” a entenderlo y amarlo más, y a reafirmar una decisión contundente de mi vida: seguir cantando boleros hasta el fin de mis días.

¡A Cuba hay que volver, y muchas veces! ¡Que viva el bolero! El corruptor de mayores.


Post scriptum: desde Armenia, Quindío se anuncia una programación cultural muy nutrida para este cuatrienio. Se vienen el Festival del Tango, el Festival de Músicas Sacra y Religiosa, y la Noche Bohemia del Bolero, entre otros eventos. Todos estos anuncios nos generan inmenso regocijo, pues el nuevo alcalde de Armenia, James Padilla, pone de presente que es un gobernante que le apuesta a cultura porque entiende que ésta es el resorte de la sociedad. ¡En buena hora!

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Join the discussion 2 Comments

  • Angela María Vélez dice:

    Mauricio hola,después de haber leído tan hermosa descripción del maravilloso viaje, no a una ciudad como tal sino a un mundo lleno de romanticismo y de nostalgia hace que uno sienta la magia y la belleza que tú sentiste…. mil gracias por compartir tan magníficas descripciones .

  • Buen texto, escrito con conocimiento y sentimiento.
    Conmueve leer que esos tantos lugares de La Habana «hieren» con su belleza y como «duele» sentir al estoico artista cubano. Que faro musical(que en efecto lo es) sería Cuba sin el bloqueo infame al que es sometida.
    Mauricio Ortiz da cuenta además de ser un excelente tenor lirico colombiano también un buen cronista.

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