Oculto para no ser visto por su hijo Serafín, y mientras su nieto Manuel se entretenía en golpear con un palito el aro roto que le regalaron, el abuelo Clemente observaba desde la mesa de la cafetería la plaza que por años fuera el sitio donde ejerciera su oficio de embaucador.

Desde su silla escucha a lo lejos la voz de Serafín repitiendo sus frase aprendidas para animar a la nueva generación apiñada a su alrededor, “Resultó buen alumno. La continuidad del oficio de mi padre Rudesindo está asegurada”, piensa Clemente. Pero acto seguido, al descubrir que sería el oficio que heredaría su nieto, sus pensamientos cambian…

Serafín supera los cuarenta años y aún lucha por ganarse la vida con el poder de sus palabras y maromas, siempre en el mismo trabajo. Nunca actúa en otro lugar distinto a la plaza donde lo hiciera su padre, y adonde llegan como ayer y poco a poco otros espectadores en busca del lugar que les permita olvidar por un rato el hastío hogareño.

Clemente recuerda que en su infancia y a regañadientes, tuvo que acompañar a su padre Rudesindo a llevar los implementos de trabajo, y que de tanto repetir la función callejera, aprendió en riguroso orden la totalidad de los trucos que empezaban y terminaba igual cuando los espectadores se iban uno a uno, como huyendo, a recuperar el hastío abandonado, o de repente a las volandas.

Desde su silla en la cafetería, Clemente observa ahora a su nieto Manuel, que con el aro de caucho entre las piernas se entretiene en golpearlo con el palito de madera, e ignora que, forzando la imaginación, su abuelo se ve sobre el pequeño rodillo giratorio, al tiempo que sosteniendo en su mentón el sillín de la bicicleta oxidada herencia de Rudesindo, hace girar las llantas y guarda el equilibrio mientras mueve los brazos como aspas de un molino de viento. Clemente piensa que su espejo de los recuerdos tiene el poder de distorsionar las imágenes reflejadas a través del tiempo.

Se escucha cuando anunciaba: “verán cómo soy capaz de soportar el peso de cuatro hombres juntos”, y se acostaba sobre un montón de vidrio picado y resistía la dura prueba. Escucha los viejos aplausos que pasaban de fuertes y en cascada, al golpeteo espaciado de gotas de lluvia, allá en el tugurio, sobre el techo de latas del rancho heredado de su padre Rudesindo. En su cinta de recuerdos aparecen los actos y palabras repetidos a través de los años, su salmodia sobre los hechizos y bebedizos, y sus torpes y embaucadoras explicaciones sobre la magia blanca y negra.

Mientras Serafín trabaja, y su nieto juega, Clemente se remueve y sonríe en la silla cuando recuerda que mostraba al público tres alfileres de cabeza roja azul y amarilla, y se detenía en toda suerte de detalles para explicar cómo poniéndole el nombre de la persona que traicionaba un amor al mismo muñeco de trapo sucio y deteriorado que sacaba del bolsillo, y que al recalcar que el infiel sufriría lo indecible si él le clavaba los alfileres en la sien y el corazón del muñeco, las mujeres abrían los ojos y los hombres se estremecían… Se escucha hablar de lo divino y lo humano, de lo que puede hacer cualquiera para perjudicar a su prójimo y de lo que debía aprenderse para quedar inmunes a las acechanzas del mundo, el demonio y la carne.

De soslayo y mientras observa al nieto entretenido con el aro, recuerda que en aquellos tiempos, para no dejar  respirar a su público sentenciaba que curaba las monedas contra la mala suerte, y peroraba sobre “la electricidad, los polos positivos y negativos, la dualidad que rige al planeta y sobre el bien y el mal que, aunque no lo crean, se disputan el fiel de la balanza en este mundo infernal”, y aseguraba que la moneda sola no tenía ningún poder diferente a comprar, que él poseía lo que a ella le hacía falta, y sacando del bolsillo el minúsculo almohadón de color verde, juraba que “en él tengo encerrado lo que hace falta para triunfar en la vida”. Que “si me dan una moneda o un billete los rezo para convertirlos en la rosa de los vientos que orienta sus viajes, negocios, y la felicidad eterna en su matrimonio”; que “mis sabias enseñanzas serán las rectoras del destino de quienes las aprendan de mis labios”.

En su hilo incontenible de recuerdos dispersos, Clemente se arrodilla y con extraña jerigonza reza en voz baja lo que parece la oración que cura todos los males pasados, presentes y futuros; pasa del ocultismo a la astrología; insiste en que “nadie escapa a la regencia astral de los planetas”. Que “si recibo unas monedas y dan a conocer su mes de nacimiento, entrego al interesado su carta astrológica rigurosamente elaborada”.

Encuentra por fin la punta del hilo, y llega al último acto en que, ante la paciencia sin límites de los vagos, recurría al único medio que los pondría en camino, y decía: “para dejar en el recuerdo de ustedes muestras de mi magnanimidad, les regalaré mi elixir alquimista”, y mostrando un frasco oscuro empezaba a servir y repartir el contenido en copitas de plástico, al tiempo que ponderaba la efectividad de su preparado y la generosidad de su corazón, “no cobraré moneda alguna por la pócima con la que hoy doy por terminada mi presencia ante tan respetadas personas”, se oye decir. Acto seguido, llena varias veces la copa que pasa de mano en mano y la beben los espectadores remisos a dejar el lugar, los convencidos por la magia de sus palabras.

Sin mirar al nieto no puede contener la risa al recodar lo que vendría: era cuestión de esperar que la pócima surtiera efecto, para que aquella función llegara a su punto culminante. Sabía que en menos de cinco minutos, y sin chistar por temor a las burlas, los bebedores saldrían a las volandas y solo quedarían en el parque él y su compinche: el padre de su nieto. “¡Qué tiempos aquellos…!”. 

Pone su mano en la cabeza de Manuel, va un poco más allá en el recuerdo: se ve ponerse la camisa, y mientras cuenta los billetes y las monedas, el niño Serafín recoge las cuerdas, los vidrios, el rodillo, los frascos, las cartas de naipe y otras chucherías más, y las mete sin afán en la misma maleta enorme, que amarran a la parrilla de la bicicleta, que meses después vendió, y pedalea, Serafín en la barra, por el camino que conduce a la salida del pueblo.

La voz del nieto rompe el hechizo del juego mental. El abuelo Clemente mira hacia la plaza y al escuchar a la distancia la voz del hijo, se levanta de la mesa decidido a romper el aro generacional de un oficio. No quiere que se repitan ni hagan realidad en su nieto, aquellas visiones.

Antes de que Serafín termine su trabajo callejero, Clemente permite a su nieto Manuel empujar con el palito el aro roto, y mientras piensa “mañana será otro día”, sin avisar a su hijo que parten adelante, marcha tras la sombra del nieto que, bajando a saltos por los senderos de los barrancos, llega a la puerta del rancho de cartón guaduas y latas, y como aviso para que les abran, empieza a silbar.

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