Cuando los críticos hablan de las cualidades de un texto literario, mencionan con frecuencia el encanto y la fluidez pero no nos dicen qué son esas cosas ni cómo se alcanzan.

Empecemos por el encanto. Es un concepto taquillero porque lo han encomiado Stevenson, Chesterton y Borges, y porque la palabra es tan encantadora como estos tres gentlemen, pero es obvio que el encanto no es una cualidad del estilo sino el efecto resultante, sobre el ánimo del lector, de una suma de cualidades.

La fluidez, por el contrario, es perfectamente conversable e incluso graficable: un texto fluido oscila de manera tranquila, limpia, sinusoidal, mientras que el texto no-fluido, o viscoso, es como una línea quebrada, una maraña.

El autor fluido dice “lluvia”; el viscoso, “precipitación pluvial”. Al primero le releemos sus frases por placer; al segundo, para saber si está a favor o en contra de los contradictores de las contradicciones.

El viscoso dice: “Antonio discutió con Pedro y este le disparó a aquel”. El fluido dice: “Pedro discutió con Antonio y le disparó”. Moraleja: no ponga dos sujetos en la misma frase. En gramática, uno es mayor que dos, siempre. Así, nunca ponga juntos dos verbos en infinitivo: “El no poder decidir el asunto los paralizó” es una construcción inferior a “La indecisión los paralizó”.

Tampoco suenan bien dos preposiciones juntas: “Todos tenemos una responsabilidad para con la patria” es una frase que demuestra la sordera de los patriotas. Quitamos ese odioso “para” y la frase fluye como el agua en el agua.

No incluya dos negaciones en una frase. El cerebro humano se cortocircuita cuando lee “Yo no dudo de que la gente no desconfía de la ciencia”. En cambio, hasta un lector de periódicos entiende “La gente confía en la ciencia”.

Salvo ventajas musicales muy evidentes, siga el viejo orden: sujeto, verbo, complemento. El poeta puede decir: “Su tumba fueron de Flandes las batallas”. El prosista debe decir: “Las batallas de Flandes fueron su tumba”.

Desde los gruñidos de las cavernas, las orejas humanas no habían escuchado nada más pedregoso que el lenguaje incluyente. “Todes los seres human@s y/o animales merecen un lugar bajo el cielo”.

Un pie de página largo rompe la unidad del texto y arruina la diagramación de la página. Es tan antiestético como un zócalo muy alto.

La mala puntuación es el alma del estilo viscoso: “En estos años, Carlos siempre refractario, a la norma ha incumplido sus deberes”. La puntuación correcta es: “En todos estos años, Carlos, siempre refractario a la norma, ha incumplido sus deberes”.

Las acciones rápidas deben contarse rápidamente. Estilo lento: “Juan ha saltado sobre la barra y aunque todos hemos tratado de detenerlo se nos zafó y, agarrando a Pedro de la camisa, lo fue encuellando y le propinó varias trompadas”. (Los gerundios y los tiempos compuestos ralentizan la acción).

Estilo rápido: “Juan saltó sobre la barra y aunque tratamos de detenerlo se nos zafó, encuelló a pedro y le propinó varias trompadas”.

La frase “habemos personas inteligentes” es incorregible; esféricamente bruta. No es viscosa, pero babea. Los gramáticos llevan siglos tratando de enderezarla. La solución clásica, “Hay conmigo personas inteligentes”, comprueba lo que sospechábamos: el autor de la frase, senador de la República o locutor deportivo, se ha infiltrado en un cenáculo muy exclusivo.

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