Una tarde me encontraba a solas en casa, cuando recibí su segunda llamada del día; apenas necesité escuchar la angustia de su voz para darme cuenta de que necesitaba ayuda.

Llegué a prisa y llamé a su puerta sin recibir respuesta. Seguro de que algo malo ocurría llamé a la policía, y tuvieron que derribar la puerta.

…Nos conocíamos desde cuando buscando darle sentido y provecho a las horas de ocio que dejaba mi trabajo, me matriculé en la universidad para participar en un curso de actualización en programas de computación y efectos especiales. Desde mi primer día de clases buscó mi amistad y me bastó poco tiempo para darme cuenta de que mi amigo era un genio y, gracias a todo lo que me enseñó, tuve la oportunidad de adelantarme un poco a mis compañeros. En los corrillos y en su ausencia comentábamos que no entendíamos qué hacía en un curso que nada podía transmitirle que no supiera.

Al entrar con los policías lo llamé sin obtener respuesta. Desesperado, y mientras lo buscábamos por el apartamento, no sé por qué pensé que encontraría a mi amigo muerto.

Era más joven que yo; vivía solo en un lujoso apartamento en el centro de la ciudad, y su padre, residente en el extranjero, proveía de todo lo necesario para sus gastos y más: para satisfacer sus gustos y cuanto tenía que ver con su pasión por la computación, a la que parecía dedicaría su vida. Amaba su carrera y era perfecto en su trabajo. Repito: era un genio con la computadora. Muchas veces me atreví a decir a mis compañeros que terminaría convertido en una computadora.

Una vez terminado el curso, nuestra amistad continuó: nos veíamos a diario en el café. A veces jugábamos billar y hablábamos de nuestros trabajos… Hacía pocos días me comentó que gracias a su padre, la posibilidad de trabajar para una productora de efectos especiales vinculada a otra gran empresa cinematográfica, era un hecho. …Cualquiera puede imaginar las ventajas que esto traería a mi amigo; yo daba por descontado que su trabajo sería de la mejor calidad y,que, gracias a sus grandes conocimientos, el éxito era lo menos que pudiera esperarse para una persona como él.

Acompañado de los policías fui hacia la sala de computación y, frente al computador, lo encontré sentado, riendo indiferente ante nuestra presencia. Se divertía en manipular el teclado para obligar a la figura que aparecía en la pantalla a ejecutar movimientos grotescos. Su risa era irracional.

Días antes recibí su primera llamada y sentí en su voz la alegría del chiquillo que juega con el más querido de sus juguetes. Con la emotividad que siempre lo caracterizó, dijo que hacía días tuvo la felicidad de aceptar el primer encargo de la productora de efectos especiales. Que le solicitó algo para una película que rodaría los próximos cinco meses, y por tanto, que no lo llamara puesto que se ocuparía en terminar lo iniciado el día anterior, consistente en  la elaboración computarizada de “un pequeño monstruo, un enano”, por no decírmelo de otro modo, que valiéndose de su cara simpática, entraría a los hogares que compraran los disquetes donde aparecía, y comenzaría a jugarles travesuras a quienes se atrevieran, una vez lo vieran en la pantalla, a burlarse de su figura. En pocas palabras: fue lo único que pude entender acerca de su “monstruo”.

Un día después me comentó que desde el momento en que comenzó a trabajar en la elaboración de tan siniestra figura, los problemas en su computadora empezaron a preocuparlo; que todo comenzó desde cuando trato de reducir el tamaño de las manos al pequeño monstruo, pues le parecía que ante ellas el resto de la figura casi desaparecía. Agregó que la noche anterior, estresado y después de tantos intentos por borrar las manos al enano y no lograrlo, trató de apagar la computadora y no pudo; que entonces sintió sueño y, en estado de duermevela, vio cómo la horrible figura, al pie de su cama, sonreía siniestra mientras dirigía hacia su cuello aquellas manos descomunales.

Por último, me dijo que hoy haría su último intento de borrar las manos al monstruo, y que, en caso de no lograrlo, lo destruiría.

Fue entonces cuando, sin acercarme demasiado, fije mi atención en la pantalla. Lo visto me horrorizó. Enloquecido, corrí hacia donde sabía que estaba conectado el enchufe de energía del computador, pero el monstruo, adivinando mi intención sacó su mano por la pantalla, sujetó a mi amigo por el cuello, y de inmediato la pantalla lo “absorbió”.

Pero el terror no paró ahí: como en el final de un cuento fantástico, el monstruo salió por la pantalla y quedé frente a frente con quien, ignorando a mis acompañantes, se levantó de la silla y con sus manos gigantescas en alto, se lanzó agresivo sobre mí para golpearme hasta hacerme perder el sentido.

No sé cuánto tiempo pasó, qué hizo a los policías y a mí, porque ahora veo como el pequeño monstruo de manos gigantescas, sentado en la silla maneja con el cursor los movimientos de mi amigo, y lo obliga a una danza ridícula al fondo de la pantalla…

Pero, ¿qué pasa ahora? Mientras todos a su alrededor reímos burlones y siniestros, el monstruo viene por mí.

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