Revista Digital Arrierías 69

Dos sucesos reales relacionados el primero con el mundo literario y el segundo con el entorno de la pintura, me conmueven desde cuando los conocí. Al discurrir en torno a las emociones y sentimientos que me despiertan, germinan imágenes, pensamientos y emociones contrapuestos sobre los protagonistas de ambos eventos y respecto a mí. Pero solo hablaré aquí, de uno: el último oficio de Franz Kafka.

Franz Kafka es el personaje del primero. Más preciso: la figura central es una niña llorando inconsolable en el lugar por donde al atardecer caminan el tuberculoso escritor y su última compañera, la joven polaca Dora Diamant, socialista y actriz, quien tenía 25 años y Kafka 40. En septiembre, convivieron en Berlín compartiendo extensas conversaciones sobre literatura yídica. Sucedió en el parque Steglitz, de Berlín, un año antes de fallecer Franz. Durante el asedio del ejército alemán a Stalingrado, el protagonista del segundo suceso es un solitario e imaginativo anciano. Este hombre trabajaba como guía en el museo del Hermitage. Un evento ocurre en 1923 y el otro en 1941. Independientes entre sí, ambos incidentes me provocan recóndita melancolía. 

Me acongojo al visualizar a yerba amarga caminando en frágil estado de salud por el parque Steglitz. Steglitz, es una localidad alemana del distrito de Steglitz-Zehlendorf al suroeste de Berlín.  Este narrador que, conjuntamente con sus cuentos y novelas exprimió su alma también con el género epistolar al redactar en un tenaz acto de confesión biográfica y de creatividad literaria decenas de cartas a Felice, a Milena y Ottla, ahora se sobrecoge con una niña que llora inconsolable la pérdida de su muñeca.

Durante 21 días, Kafka, posponiendo otras tareas, restándole tiempo a sus lecturas, interrumpiendo sus conversaciones sobre literatura yídica con Dora, en particular sobre las recopilaciones de tkhines u oraciones particulares que no forman parte de la liturgia, escritas por mujeres como Sara Bas-Toyvim y Sarah Rebekah Rachel Leah Horowitz, ambas del siglo XVIII; encendiendo trémulo la luz durante la noche al despertar con alguna convincente idea asediándolo para la carta que al día siguiente, cartero eficiente, entregaría por sí mismo a la anónima niña; sobreponiéndose a sus dolencias físicas, decide escribirle y entregarle día tras día sin faltar uno solo, las cartas enviadas por la muñeca.

Esto le asegura Kafka a esa desconocida niña, cuyo llanto aleja a las palomas y despierta la curiosidad de algunos pocos peatones que pasan junto a la sólida banca de cemento donde hay cuatro personas: tres mujeres y un hombre con rostro laxo en cuya mirada aflora una forma de escritura, entre lo infantil y lo absurdo, que no había ensayado en ninguno de sus libros. Sobre el enternecedor tema, el fecundo escritor barcelonés Jordi Sierra i Fabra, autor de más de 527 libros, escribió La muñeca viajera, poética novela breve de la cual no resisto incluir aquí el comienzo, para quien desee integrarse también a esta historia del último año de vida de Kafka:

“Los paseos por el parque Steglitz eran balsámicos.

Y las mañanas, tan dulces…

Parejas prematuras, parejas ancladas en el tiempo, parejas que aún no sabían que eran parejas, ancianos y ancianas con sus manos llenas de historias y sus arrugas llenas de pasado buscando los triángulos de sol, soldados engalanados de prestancia, criadas de impoluto uniforme, institutrices con niños y niñas pulcramente vestidos, matrimonios con sus hijos recién nacidos, matrimonios con sus sueños recién gastados, solteros y solteras de miradas esquivas, solteros y solteras de miradas procaces, guardias, jardineros, vendedores…

El parque Steglitz rezumaba vida en los albores del verano.

Un regalo.

Y Franz Kafka la absorbía, como una esponja, viajando con sus ojos, arrebatando energías con el alma, persiguiendo sonrisas entre los árboles. Él también era uno más entre tantos, solitario, con sus pasos perdidos bajo el manto de la mañana. Su mente volaba libre de espaldas al tiempo, que allí se mecía con la languidez de la calma y se columpiaba alegre en el corazón de los paseantes.

Aquel silencio…

Roto tan sólo por los juegos de los niños, las voces maternas de llamada, reclamo y advertencia, las palabras sosegadas de los más próximos y poco más.

Aquel silencio…

El llanto de la niña, fuerte, convulso, repentino, hizo que Franz Kafka se detuviera.

Estaba muy cerca de él, a pocos pasos, y no había nadie más a su alrededor. No se trataba, pues, de una disputa entre pequeños, ni de un castigo de la madre, ni siquiera de un accidente, porque la niña no tenía signos de haberse caído.

Lloraba de pie, desconsolada, tan angustiada que parecía reunir en su rostro todos los pesares y las congojas del mundo.

Franz Kafka miró arriba y abajo.

Nadie reparaba en la niña.

Estaba sola”.

Allí en el parque Steglitz con su madre o con su abuela, tal vez con alguna niñera. No se sabe. No lo menciona la historia. La muñeca en realidad se fue de viaje, le dijo Franz a la niña.  No está perdida su muñeca, le aseguró Franz, tratando de ser lo más convincente posible para no despertarle temor. La niña deja de gemir y observa la palidez del rostro de ese hombre y el bruno cabello corto y enmarañado de la mujer que le acompaña.  No la hurtaron. Quién querría robarse una muñeca de trapo. No te abandonó, asegura Franz a la niña que ahora lo escucha con una ligera sonrisa en sus labios. Se fue de viaje y me encomendó entregarte las cartas que te enviará.

Un largo viaje, le previene Kafka, pero soy el cartero y tengo la tarea de entregarte las cartas que te enviará. La conforta el novelista mientras Dora pone su mano sobre la cabeza de la niña. El autor de Contemplación, cumpliendo cabal el último oficio de su vida, cartero de la muñeca andarina, consuma su tierna tarea antes de morir. Le entregó a la niña 21 cartas reales, escritas a mano. Todas perdidas. Solo nos queda la historia. En su novela Brooklyn Follies, el escritor norteamericano Paul Auster relata esto, sobre tal evento:

 «Estamos en el último año de la vida de Kafka, que se ha enamorado de Dora Diamant, una chica polaca de diecinueve o veinte años de familia hasídica que se ha fugado de casa y ahora vive en Berlín. Tiene la mitad de años que él, pero es quien le infunde valor para salir de Praga, algo que Kafka desea hacer desde hace mucho, y se convierte en la primera y única mujer con quien Kafka vivirá jamás. Llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente los más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación de la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados.

Todas las tardes Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad? Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve como se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades. 

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. Tres semanas. Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico, y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga. 

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen estas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja de existir”.

Franz Kafka en 1923, mientras reside una breve temporada en Berlín con su compañera y el gran amor del final de su vida, la judío-polaca Dora Diamant, desde septiembre hasta finales de noviembre, durante un recorrido por el citado parque se sobrecoge con una niña llorando porque perdió su muñeca. Con la tuberculosis en fase terminal, le conmueve el infantil drama. Consuela a la niña anunciándole lo ocurrido con su muñeca, “no se te perdió, se fue de viaje y soy el encargado de traer las cartas que va a enviarte durante su vagabundeo”, garantiza el enfermo mientras la niña cesa el llanto, observándole perpleja. En la biografía Dora Diamant, el último amor de Franz Kafka, (Barcelona, 2005) escrita por Khati Diamant -sin vínculos con aquella- se narra tan emotiva historia.

Treinta años después de fallecer el escritor, con el título deNotes inédites de Dora Dymant sur Kafka, en 1922, en la revista parisiense Evidences (1952, No. 28, págs. 38-42) Marthe Robert, traductora del escritor checo, comenta dicho suceso. Y es en la significativa obra de Kathi donde la encuentra el novelista Paul Auster realzándola en su novela atrás citada. Franz asumió con seriedad su novedosa función de cartero. Escribió constante y febril durante tres semanas una carta diaria para apaciguar a la niña, con quien estableció, ha firmes vínculos de afecto.

¿Se las entregaba en el parque? Tal vez, consciente de la gravedad de su salud, caminaba por aquel sector de Berlín, hasta la residencia de aquella y ejercía allí sus funciones de cartero de la errabunda muñeca. El resto de historia se pierde, para martirio de investigadores de la obra extraviada de Kafka y para complacencia de cuantos pretendan especular a partir de tal suceso. No fue contada. Dora nada expone sobre el contenido de aquellos insólitos textos del narrador checo. 

Hoy por hoy, varios expertos buscan pistas de la niña, quien tendría cerca de 100 años si estuviese viva en algún lugar de Alemania o Europa. Si hubiera tenido algún hijo, este rondaría los 90 años. Filólogos alemanes reconocen la veracidad de tal correspondencia. Klaus Wagenbach, ha hecho inconcebibles pesquisas para encontrar las entrañables cartas de Kafka, escritor de literatura infantil, describiendo cuanto la muñeca narraba a la niña sobre sus viajes. ¿Qué imaginó este para su infantil lectora en el Berlín de aquellos años, donde la exagerada inflación elevó el costo de una libra de manteca a 6 millones de marcos? ¿Cuáles fueron sus temas y el estilo para consolarla? ¿Por cuáles pueblos, ciudades y paisajes deambuló la muñeca? 

Concisas o extensas las cartas, nunca se sabrá. Tal vez conservaban la misma extensión de cuantas escribió a sus enamoradas y a su hermana. O acaso se extendió, hablando sobre la vida y la muerte, la necesidad de los desapegos para no sufrir. O tal vez sobre las partidas sin regreso… En algún momento para el moribundo escritor la muñeca pudo haber sido más real que la niña. O tal vez ambas, una carta tras otra, fueron desvaneciéndosele. Dora Diamand aseguró al filósofo Félix Weltsch: “Haber vivido con Franz un solo día significa más que toda su obra, que todos sus escritos”.

¿Parece irreal? También yo pensaba igual hasta verificar su autenticidad. Dio origen a la antedicha novela breve de Jordi Sierra i Fabra, Kafka y la muñeca viajera. “En una isla colombiana escribí el borrador”, confirma Sierra, igualmente sobrecogido con las connotaciones del drama. Esas cartas pudieron tener más fuerza emotiva que la Carta al padre. Cuando llega la taciturna anécdota a mi memoria, transcurro algún tiempo imaginando cuáles razones y consejos, cuáles argumentos puso Kafka en labios de la muñeca para devolver su alegría a la niña y crearle una sólida base de esperanza. ¿Esperó alguna respuesta de la niña? Si hubo cualquier nota por el estilo, Dora debió quemarla cuando desde su lecho de enfermo el escritor ordenó y supervisó la destrucción de varios cuadernos, por parte de la enamorada mujer.

Con dicha correspondencia, Kafka posiblemente llenaba vacíos de su niñez, su adolescencia o su madurez. Cada carta pudo insinuar, de alguna manera, el éxodo del cuentista hacia la muerte. ¿Sabría la niña ya mujer, quién fue el autor de esos manuscritos que recibía a diario? ¿En cuál dimensión dialogan ahora esa niña desconocida, su muñeca y Kafka, implicados para el tiempo y la historia, para la literatura, en un drama tan poético y desgarrador?  De algo estoy seguro: si la muñeca regresó, no buscó a la niña en su casa. Ni volvió a su juguetero, sola o casada. Se dedicó a recorrer durante algún tiempo los barrios de Berlín, preguntando por el cartero. Circulan rumores de una anciana con aspecto de muñeca a quien ven llorar solitaria en una banca del parque Steglitz. Siempre a mediados de octubre, dicen los rumores. ¿Qué le sucede, señora? Se me perdió un escritor, responde. Esta es una de mis fuentes literarias de tristeza, capaz de ocasionarme desconocida alegría. Luego confesaré cuál es la otra…

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