Cuento

Padrecito le voy a decir la verdad y usted me dice cuándo me llevan a la capilla…

Antes le cuento que estudio en la escuela, me gusta leer y poner cuidado a lo que veo para contarlo bien.

Por orden de mi padre guardé su recado en el morral donde guardo mi caramillo, y eché a andar las dos leguas que separan mi casa de la posada de La Venta, padrecito. Apenas clareaba. Para alegrar la mañana fría silbé a medida que avanzaba por entre la niebla. El trino de los pájaros competía con el aullido de los monos, y el olor a madera y hojas húmedas se metía en mis narices.

Ya había pasado por la Jacoba. Usted sabe que es un sendero boscoso, húmedo y estrecho, por donde hay que caminar despacio para no caer en los lodazales; sentí el trote lento de caballos a lo lejos. Apenas tuve tiempo de apartarme, pero el morral se me cayó a un charco. Eran tres hombres que subían en fila por el sendero. No hablaban, fumaban y bebían. Tenían caras barbadas y cuando pararon sus caballos frente a mí, un calambre me recorrió el espinazo, pensé lanzarme a los matorrales, pero no tuve tiempo.

“¿Para dónde vas muchacho?”. Me dijo uno, que tenía barba negra y el sombrero hasta las cejas fruncidas.

Para la venta, dije con miedo de que vieran mi morral, lo sacaran del charco y encontraran el recado.

“Vamos, apúrate, pregúntale, que no estamos para charlas”, le dijo uno a otro que escondía algo bajo la ruana.

Arrimaron entre ellos sus caballos para hablar bajito, y después se apartaron como para evitar que me escapara. El tercero que miraba feo y no me quitaba los ojos encima, me preguntó:

“Mocoso, ¿ha visto pasar a unos hombres por aquí?”.

Antes de responder intenté tragar saliva, pero tenía la lengua seca. Recé a los santos, padrecito. Me quedé mudo, y cuando un nudo se empezó a mover en el estómago, pensé decirles que me dejaran correr a los matorrales, pero me aguanté, y contesté que no había visto a nadie en todo el camino; que sólo había salido de mi casa porque me gustaba buscar y mirar pajaritos, y silbarles con mi caramillo.

¿Está seguro?, ¿o nos cree tontos? dijo el de la ruana gris.

Cuando el de las cejas arrugadas dijo: “¿le cortamos la lengua o qué le hacemos?”, creí que me matarían antes de correr, pero el que miraba feo me salvo porque echó a andar su caballo, y dijo: “No. No tenemos tiempo para perder cortando lenguas. Este mocoso no sabe nada. Hay que terminar el encargo rápido ¡Vámonos!”, y cuando los otros lo siguieron de prisa, entonces corrí, volé a los matorrales. Sentí frío en mis nalgas.

Después, me subí los pantalones. Le confieso y me perdona padrecito, pero dije: maldita sea… Yo sé que sí me perdona y me dará la absolución… Los zancudos de los charcos revolotearon y formaron una nube que se metió por la montaña oscura, serenitos, padrecito, sin un zumbido.

Reacomodé el pañuelo de mi cabeza; ajusté las cabuyas que sujetaban mis alpargatas; acomodé y apreté la correa de mis pantalones. No sé porque reí de mí mismo, seguro para darme valor, y seguí para la Venta. De a poquitos empezó otra vez el miedo a sacudirme el espinazo.

Salió el sol y despejó la niebla. Atisbé atrás para recordar el sitio en donde caí, pero no maldije más, padrecito, se lo juro. Eché a andar. Silbé a la soledad de la montaña, para romper el silencio del miedo que cabalgaba a mis espaldas.

Buscando las orillas para salir de los matorrales sujeté las yerbas para no resbalarme; miré arriba a las nubes grises, a los árboles, buscando no sé qué; tal vez un pájaro muerto o un polluelo huérfano, no recuerdo bien. Salí al camino y saqué el morral del charco. Después el miedo me dejaba a ratos y volvía de nuevo, hasta que al fin me dejó y me entretuve buscando nidos, hasta que llegué a la posada de la Venta sin pájaros ni polluelos, y sin tocar el caramillo.

Allá encontré dos mulas cargadas y siete caballos amarrados a los postes que sostienen el alero de la entrada. Adentro se oían voces. Una gallina salió corriendo, se detuvo en la mitad del camino a esperar tres pollitos amarillos, y escuché los gruñidos y cabezazos que daba un marrano a la cerca.

Dudé si entrar o devolverme. Después de recorrer el camino a la posada y recordar lo que pasó, volvió el miedo, y me dije: ¿qué te pasa Epifanio, te volviste cobarde de la noche a la mañana, tuntuniento estúpido?, recuerda que no debes volver a la casa sin entregar el recado al dueño de la posada.

Cuando entré todavía no tenía otra vez todo el miedo por dentro, pero después va a ver por qué sí, padrecito. Tal vez porque el sol me traía enceguecido, no distinguí a quienes estaban dentro. Sólo sombras que se movían. Después, las sombras se volvieron hombres. Hombres que no conocía. Siete, pero por la ropa dos parecían arrieros. Hablaban en voz baja y me miraron de reojo cuando saludé al dueño de la Venta. Entonces sí sentí el miedo por dentro.

Avancé dos pasos y dije: Señor, vengo a traerle un recado de mi padre.

El posadero se quedó mirándome y en sus ojos leí el mismo miedo mío. Imaginé que quería decirme algo, pero no se atrevía.

Imprudencias de muchacho que soy, tal vez, pero tuve el atrevimiento de recostarme en el mostrador para ver mejor a los que seguro eran dueños de los caballos. Cinco vestían de paisanos. Sin armas a la vista. Todos llevaban sombreros. No parecían malos como los otros tres. Y entregué el recado.

Me di cuenta del error y giré para encontrar que el dueño de la posada trataba de leer con cuidado las letras mojadas del recado. Más que eso, arrugó las cejas; se parecía a mi padre cuando me regaña. No dije nada, seguí esperando, y atisbando a la mesa.

Uno de los hombres se levantó, pasó por mi lado para pagar la cuenta, y preguntó:

“Venimos del Salto de Mayo y vamos al sur. ¿Falta mucho para llegar a la Jacoba?

“Un poco más de legua y media, señor”. Dijo el posadero, y le sentí el miedo rondándome.

Yo bajé la cabeza, pensando en el sendero pantanoso que los esperaba. El posadero dijo: “Les falta poco…”.

Los hombres se levantaron, fueron a la puerta a esperar al otro que pagaba.

“Les deseo buen viaje, y no olviden señores que los espero de regreso en mi fonda para atenderlos. Dios vaya con ustedes”.

Seguí mirándolos hasta que salieron, y escuché que hablaban afuera. Después las voces de ellos a sus caballos. Uno de los caballos relinchó y sentí el sonido de las herraduras en las piedras de la entrada. El trote, y luego, otra vez, el silencio, sin canto de pájaros.

Me senté en la misma mesa donde estuvieron los viajeros, a esperar que el posadero enviara su recado a mi padre, pero no dijo palabra y yo hice lo mismo. Imagino que las letras del recado se borraron y por eso no pudo leer para enviar su respuesta. Apenas dije adiós, y él no contestó, salí. Entonces, temiendo que los tres hombres que me hicieron preguntas hubieran regresado y estuvieran ocultos vigilando, atisbé un rato para todos lados. Cuando calculé que los viajeros me llevaban ventaja, emprendí el regreso a casa.

Al rato de caminar, quien lo iba a imaginar padrecito, vi a los siete viajeros bajo un árbol. Creo que bebían licor para calentarse. Ahí sí me saludaron…

“Buen día, muchacho”, me dijo el que parecía mandar al grupo.

Buen día, contesté y otro preguntó:

“¿Qué se dice por estos andurriales?”.

Se me ocurrió contestar algo distinto y dije: Nada señor; como puede ver, sólo silencio y soledad, de vez en cuando le canto a los pajaritos para antojarlos a hacer lo mismo, pero no quieren.

Se rieron y el que parecía el jefe dijo:

“Si quieres muchacho, sigue con nosotros. Yo te llevo al anca”.

El miedo me hizo decir: No señor, gracias. Vivo cerca de aquí. Estoy por llegar y quiero atrapar un pajarito.

Rieron a carcajadas y seguí andando. Después me alcanzaron y pasaron de largo, aunque iban despacio, muy despacio… Antes de llegar a una curva del sendero volvieron riendas; agitaron sus manos para despedirse. Hice lo mismo. Padrecito, recuerdo que empecé a silbar para espantar el silencio, y el miedo que me envolvió al quedarme solo; seguí despacio; mucho rato caminé, mirando de vez en cuando el barro de mis alpargatas rotas, y otras, el lodo y el fondo de los charcos donde, como en un espejo, el sol alumbraba, arribita de mi cabeza. Así, hasta cuando escuché el primer estampido. Sin pensarlo dos veces, tiré el morral a la zanja y otra vez me escondí en los matorrales. De miedo no supe si sonaron otros dos o tres pistoletazos. Escuché el galope de caballos que se alejaban. Esperé como dos horas en silencio hasta que me atreví a salir y a pasar por el sendero de la Jacoba, pero cuando vi al señor que se ofreció a llevarme al anca tendido en el lodazal y sin sus amigos, supe por qué sentía miedo, y corrí y corrí hasta llegar a mi casa, para contar a mi padre lo que había pasado.

Me preguntó si el posadero había mandado un recado conmigo, y cuando le dije que no, que el morral se me había caído al charco con su recado y mi caramillo, me regañó, se puso furioso y me castigo, padrecito.

Días después, llegaron los soldados que me amarraron, y yo pensé que era porque dejé mojar el recado… Acuérdese padrecito que usted me preguntó: “Muchacho, ¿vio a quiénes mataron al mariscal Antonio José de Sucre?”, y yo le contesté que no los vi, que no sabía quién era él, pero que sí sentí los disparos, padrecito; ahora recuerde que usted estaba presente cuando el que manda allá afuera, el militar, les dijo a cuatro soldados:

“Vayan de inmediato por el posadero y por el padre del muchacho, porque como testigo que me salió poeta…pero antes pongan al muchacho en capilla”.

Y no me llevaron a ninguna capilla, padrecito, me trajeron aquí, y además, no me dejaron traer el caramillo… mañana tengo que madrugar a la escuela… Ahora sí dígame, padrecito: después de que me lleven a la capilla, ¿a qué horas salgo de allá para volver a mi casa…? ¿Por qué se calla y se pone triste? Contésteme, contésteme, padrecito…

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