Las luchas coloniales entre las grandes potencias del capitalismo llevaron a la Primera Guerra Mundial, un conflicto que no logró resolver la contradicción entre esas potencias prolongándose hasta la Segunda Guerra, con el objetivo adicional entonces de acabar con el llamado “peligro comunista”. Desde 1945 se consolida una cierta paz mundial con el equilibro nuclear y la llamada Guerra Fría y la formación de entidades como la ONU que se suponen mecanismos de equilibrio y de solución pacífica de los conflictos mundiales. La disolución de la parte europea del Socialismo Realmente Existente parecía dejar a los Estados Unidos y sus aliados europeos como la fuerza hegemónica del planeta y como árbitros únicos de los conflictos mundiales. Sin embargo, relativamente pronto Rusia se recuperó de la profunda crisis que supuso el final de su socialismo, reanudando el antiguo conflicto imperial que la enfrentaba a las potencias capitalistas ansiosas por controlar sus inmensos recursos naturales agrícolas y mineros. Aún más decisivo, China Popular –con su particular forma de socialismo- no solo ha dado un salto material sin precedentes sino que como todo indica, va en camino de convertirse en la primera potencia mundial. Ese sería, a grandes rasgos, el escenario actual que puede constatarse no solo en la guerra de Ucrania sino en las muchas guerras anteriores en todo el planeta, sin que falte América Latina, escenario de otras formas de guerra en las cuales tienen rol decisivo las actuales potencias imperialistas del mundo. El denominado “equilibrio nuclear” supuso que en lugar del enfrentamiento directo de las potencias, las guerras se llevan a cabo de tal forma que los actores directos son países de la periferia y las potencias metropolitanas maniobranresultando ser los protagonistas decisivos para conseguir los mismos objetivos de siempre: asegurarse el suministro de materias primas esenciales, controlar los mercados ymantener bajo su dominio las vías del comercio mundial.

Ese sería el fundamento económico del actual orden mundial que se complementa con Naciones Unidas y sus instituciones destinadas a asegurar sobre todo el adecuado funcionamiento del comercio (OMC), el sistema financiero (FMI y BM) y otras entidades de menor trascendencia que tienen a su cargo asuntos varios. Los sistemas jurídicos internacionales, que deberían ser mecanismos para imponer una supuesta ley mundial, solo afectan a países de la periferia pues las grandes potencias inclusive se dan el lujo de desconocer su existencia y, por supuesto, no acatar sus resoluciones. Como un cierto complemento en unos casos y como reacción defensiva en otros, grupos de países tienen instituciones de integración regional. Algunos son de cierta entidad (la Unión Europa, por ejemplo) porque los constituyen países de mucha solvencia económica, mientras otros como la OEA no son más que oficinas de administración colonial de los Estados Unidos en la región. Cabe destacar que algunos procesos de integración regional en Asia y África permiten cierto margen de soberanía a los países periféricos, tal como se registra con la CELAC en Latinoamérica y el Caribe.

En este contexto –y de forma particular por la actual guerra de Occidente contra Rusia y otra posible contra China- llaman la atención las voces pesimistas sobre una bastante posible Tercera Guerra Mundial, mientras las optimistas sugieren que esa guerra resulta imposible por el poder destructor de las armas atómicas y que lo más probable sería en todo caso que se mantengan esos conflictos en que los países pobres son los protagonistas directos. Desde esta perspectiva y como posible solución positiva se debería considerar la propuesta de China, que ha hecho un llamado a concertar arreglos no solo para el actual conflicto en Ucrania sino para conseguir soluciones globales que aseguren una relación armónica sobre todo entre las potencias a la hora de distribuir mercados, materias primas y vías de comunicación, excluyendo de entrada el uso de la fuerza militar o cualquier otra formas de sometimiento y sabotaje (la guerra tecnológica, por ejemplo). Para que esta propuesta resulte viable es indispensable que Estados Unidos asuma que ya no es la potencia hegemónica y que debe estar dispuesto a reconocer  los intereses de las otras potencias en aras de su propia seguridad. No menos importante es que las naciones decisivas de Europa (Alemania, Francia y Reino Unido, sobre todo)alcancen una mayor  autonomía respecto a los Estados Unidos y opten por reformar la OTAN, y en el mejor de los casos, por constituir una fuerza militar propia, independiente, y busquen una relación diferente y de mutuo beneficio con Rusia y sobre todo con China. No pocas voces destacadas lo han propuesto en el Viejo Continente.

El conflicto actual en Ucrania permite, entre otras cosas, reconocer cómo Occidente ha perdido influencia y de manera especial Estados Unidos que no ha conseguido sino un apoyo europeo (bastante matizado si se analizan los acontecimientos más allá de la propaganda de guerra); por el contrario, el principal contender de Occidente, China, parece consolidar sus alianzas, empezando por el BRICS, un organismo de integración mundial de las llamadas “potencias emergentes” no menos que con otras naciones de igual importancia. Pekín aumenta su influencia en América Latina y el Caribe tanto como en África y resulta muy significativo que con muy contadas excepciones, en ese Tercer Mundo Occidente no encuentre apoyos claros en su aventura en Ucrania. Hasta gobiernos que formalmente condenan la guerra siempre matizan sus posiciones pidiendo una salida negociada y no pocos de ellos mantienen y amplían sus relaciones económicas con China y Rusia, para provocar una profunda preocupación en Washington y sus aliados europeos. Desde esta perspectiva se podrían considerar que la propuesta china tiene fundamentos sólidos que van a encontrar muchos apoyos en la periferia (el mundo pobre) y no sería descabellado pensar que provoque reacciones positivas en la misma Europa y hasta en los Estados Unidos, pues a excepción de los productores de armas y los monopolios de la energía,  esa guerra y  en general la estrategia bélica de Occidente solo beneficia a grupos minoritarios de la clase dominante de esos países y genera –como el caso de Ucrania lo pone de manifiesto- desarreglos en funcionamiento de la economía y descontento creciente de la población, no menos que problemas adicionales que dificultan mucho la gestión de la crisis económica que cada cierto tiempo afecta al sistema.

Por supuesto, no están los acontecimientos sociales regidos por leyes sino por tendencias, algo que deja a la voluntad colectiva un amplio margen para impedir que quienes ahora deciden precipiten a la humanidad en la Tercera Guerra, y la propuesta china –o alguna similar- permita que la pesadilla de una destrucción masiva sea, eso, tan solo una pesadilla que se disuelve al despertar.

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