Nunca se habían encontrado. Él la seguía siempre, porque había algo que siempre le había gustado, le había encantado, le había atraído.

Esa tarde, estaba extrañado. Por primera vez, le aceptó un café. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Años, muchos años. Eso no se lo esperaba. Y no lo creía. Sin embargo, asistiría a la cita. Una cita que siempre anheló. Una cita postergada.

Allí estaba ella. Sentada, bella, agradable. Los nervios no lo dejaban tranquilo. Ni sabía cómo comenzar la charla. No era fácil empezar a descubrir los secretos de esa cita, de ese café.

El pedido, el café, las miradas, las palabras, el encuentro. Todo iba sin planeación alguna. Él siempre recordaba cuántas veces la había visto salir de la universidad. Su caminar cadencioso y sensual. Admiraba sus piernas, bellas y desnudas cuando se ponía sus faldas cortas. Porque ella lo sabía. Era bella y las piernas hacían juego con su belleza.

De pronto, a ella se le ocurrió algo diferente. Ir a otro sitio. A otro lugar. Él no esperaba ese cambio de planes, pero no le importó. Era como alargar el café. Y eso era más de lo que esperaba.

Llegaron a un sitio muy agradable, poco concurrido, poca iluminación, pero lleno de música. Él empezó a pedir música de su agrado y que le llegara a ella. Había iniciado un encuentro que esperaba no tuviese final jamás.

Pasaban los minutos y de pronto ella le dijo: “quédate quieto. No te muevas”. “Así como estás”. Él se había recostado en la mesa y la miraba fijamente. Quería seguir observándola, pero ella le dio una orden y esperó.

Cuando menos imaginó, sus labios se acercaron lentamente. Su respiración se sentía agitada y se unieron en un beso interminable. Un primer beso inesperado. Algo sintieron. No mucho, demasiado. Un corrientazo eterno, increíble. Los ojos cerrados y repitieron ese beso que ya no era un beso. Era algo diferente. Algo que los había unido.

Ahí, en ese beso quedaron impregnadas las historias de los dos. Él sintió que algo extraño había ocurrido. Algo que no podía creer. Inimaginable, nuevo, diferente. ¿Ella? Ella por fin había hecho lo que él tanto deseaba desde hacía muchos años.

No creyó que iba a ser esa noche. No se imaginó que ella sentía igual, aunque ni lo quisiera ver cerca.

Porque él recordaba que muchas veces quería conversar con ella, pero le huía, le temía. Cuando lo veía acercarse, se pasaba a la otra calle. Atravesaba rápidamente al andén del frente. No lo quería ni saludar.

¿Él? Moría por tenerla cerca.

Pero esa noche, después de ese primer beso, cuando llegó a casa, seguía incrédulo, tocándose los labios. Deseando que se repitiese ese beso y hubiese muchos más. Esa noche no durmió mucho. El primer beso….

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