(25 de enero de 1999)

Una inquietud me asaltó aquel mediodía del sábado 23 de enero de 1999. Un grupo de bomberos de la ciudad de Armenia iniciaba una exploración bajo el suelo desde la calle 21 con carrera 19 de la capital como respuesta a varias manifestaciones ciudadanas que hablaban de presuntas explosiones en el túnel que canaliza la quebrada Armenia, y que cruza hacia el sur parte de esa ciudad.

Hacia las 3:00 de la tarde del domingo 24, planteé el interrogante a la guardia bomberil, cuando me dirigía, en compañía de mi hija María Fernanda y de Plutarco Medina Bahamón, a la Plaza de Toros para presenciar el espectáculo de esa tarde. La respuesta fue negativa, ninguna novedad se encontró en el recorrido subterráneo de varios cientos de metros, generando tranquilidad. La tarde torera, el ambiente festivo, a pesar de la sangre, no era presagio de muerte y dolor, pero el destino marcaba otra ruta.

Una límpida y soleada mañana saludaba el inicio de la semana. La ciudad se desenvolvía en su rutina habitual, destacándose todavía la presencia de turistas y el que algunas escuelas capitalinas seguían sumando otras matrículas para el año lectivo que en breve comenzaría. La habitualidad del medio día también estuvo presente, cierre de oficinas, aglomeración en los paraderos de buses, movimiento en los restaurantes, afluencia de gentes en las calles, todo en el marco de la mayor normalidad, que poco después, nunca volvería a ser la misma.

Ya habían pasado algunos minutos después de la 1:00 de la tarde, y donde me encontraba, al sur de la ciudad, en la Urbanización Las Serranías, me aprestaba a salir para continuar la tarea del día. Los pasos, después de despedirme de la familia, los encaminé a la puerta del apartamento. Una suscripción semanal que rodó bajo la entrada me detuvo y alzando la revista, me propuse de manera rápida a mirar los titulares con el propósito de leerla detenidamente en la noche. Ocupando espacio en una de las sillas del comedor me dediqué a este accionar, y de pronto, un ruido copó el espacio acompañado de un movimiento que inicialmente era leve pero que al paso de los segundos se fue intensificando.

Comprendí de inmediato que era un movimiento telúrico el que estremecía la estructura del bloque, un primer piso del conjunto residencial que parecía desmoronarse con el vaivén. Aferrado a la mesa del comedor pude observar como el soporte de las cortinas del amplio ventanal que da a la calle perdía su sitio, mientras las paredes que lo circundaban iban mostrando grietas, como si fuera un trazo indefinido hecho por un niño travieso con un lápiz.

Con el ruido infernal, el movimiento cobraba fuerza como un saltar de caballo salvaje, y en medio de los gritos de los moradores nos dispusimos a buscar la salida. La calle era como si un diluvio se hubiera desatado. Los tanques que surtían este elemento en cada uno de los bloques perdieron su conexión y algunos cayeron sobre el último piso causando mayores estragos.

Ya en la vía, el interés era conocer el origen del sismo, y un pequeño radio empezó a entregar información de carácter nacional pues la mayoría de las estaciones, situadas en el centro de la ciudad quedaron fuera del aire. En el norte, una de ellas seguía emitiendo música, no se había vislumbrado la magnitud de la tragedia. Un caminar desde la residencia hasta el centro fue mostrando el drama, casas derruidas, vías taponadas, muertos en las aceras y en el rostro de los habitantes el pánico que lo desencajaba.

En la distancia, en un caminar por la carrera 19, observé como el barrio La Brasilia, donde había residido algunos años era un arrume de escombros, y poco después el deambular por su cercanía permitió ver la cara de la muerte al saber de la desaparición de conocidos en ese lugar, de la destrucción de viviendas y el encuentro con amistades narrando cada uno su accionar en el suceso.

Los pasos me encaminaban hacia el conjunto residencial Mirador del Bosque, ingreso al barrio Corbones, donde mantenía una propiedad, y en ese pasar de los minutos se producía el encuentro, entre otros, con nacidos en la tierra de los afectos para encontrar el interrogatorio sin respuesta fácil: ¿qué pasó en Génova?

La temeridad surgía de las primeras informaciones que daban el epicentro del sismo en el norte del Valle, y la cercanía con el terruño, hacía pensar lo peor. A la postre se conoció donde se había originado el terremoto y el saber de qué en la tierra nativa, gracias al Altísimo, los daños no tenían la magnitud de los ocurridos en la mayoría de los municipios del departamento.

Los pasos de autómata me acercaron a las inmediaciones del Cuerpo de Bomberos, sobre la calle 21. Evocando la situación de dos días antes, fui magnificando la gravedad de la tragedia, la estructura de la organización yacía piso sobre piso y bajo ellos el equipo automotor de salvamento, lo que entregó la deducción del por qué no se percibía en la calle el ulular de las sirenas. Sobre los escombros, algunos voluntarios buscaban a sus compañeros, varios de los cuales perecieron bajo toneladas de cemento.

La tarde seguía su curso, y en este caminar me allegué al condominio, y en el quinto piso, mi propiedad, observé varios destrozos, muebles corridos, elementos de las repisas sobre el suelo al igual que algunos periódicos. Pronto abandoné el sitio, y en un transitar por el sector aledaño rumbo a buscar familiares cercanos, el encuentro con otras personas permitía un corto dialogo que fue cortado abruptamente con un nuevo estremecimiento de la tierra y el que acrecentó los daños. Era una de las tantas replicas que a lo largo de muchos meses se produjeron.

El encuentro con familiares cercanos entregó la certeza de su bienestar y pronto  me dirigí al centro de la ciudad, encontrando variadas situaciones como el consumo de drogas por algunos habitantes de la zona roja inmediaciones de la galería, el traslado de detenidos de la comisaría del centro, la caída de las instalaciones de la Asamblea, la destrucción de algunos edificios en el marco de la plaza de Bolívar sumado ello al conocer del deceso de varias personas conocidas oriundas del poblado.

Con el alma en vilo, con la oscuridad que ya llegaba, en un trasegar por las calles cubiertas de escombros, en un hallar los rostros compungidos, me dirigí hacia la habitación, escuchando en ese pasar algunos rezos que surgían de matronas, aprestándome a pasar en vela la noche en compañía de la familia, con el ruido desprendido de los pedazos en las edificaciones y el escuchar de la radio que a cada momento incrementaba el dolor.

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