Buscando donde guarecerse de la lluvia suave, el paseante inspecciona la cafetería y elige bajo los toldos que bordean el parque de Circasia, la silla más alejada del andén. Recuerda las palabras de su médico en la consulta virtual, y se muestra intranquilo, ansioso; reniega por el efecto que produce en su mente el nuevo desorden mundial.

En la entrada aplica el gel a sus manos, cruza por entre las mesas, toma asiento y hace señas con la mano a las dos chicas encargadas de atender a los clientes. Pasan los minutos y ninguna parece darse cuenta de su presencia; poco a poco pierde la paciencia. “¿¡Qué les pasa!? ¿Acaso me volví invisible? ¡Qué desatentas, carajo!”

Cuatro jóvenes vendedores sin tapabocas buscan asiento, y mientras revisan sus portafolios, antes de un minuto, una de las chicas se apresura a atenderlos. El paseante se indigna y mira su reloj: 2:30 de la tarde. Apartes de la voz de su médico resuenan en su mente: “…no olvide conservar la calma… los pensamientos negativos pueden perturbar su mente y enfermar su cuerpo…y alterar su presión arterial…”. Sacude la cabeza para apartar como moscas los motivos de su disgusto, y trata de concentrar la atención en la mesa vecina. En silencio observa cómo los jóvenes comparan las hojas que supone contienen los registros de las ventas o pedidos. Los escucha reír cuando la joven entrega sonriente cada uno la lista laminada de los precios y sabores de los helados ofrecidos.

Calcula las edades de los jóvenes y las chicas. Ninguno supera los veintitrés años; el paseante se acerca a los sesenta y cinco. La distancia no le permite escuchar lo que dicen; supone que la chica asesora y espera con paciencia a que decidan qué pedir… Aprovecha su oportunidad para llamarla, ensaya una sonrisa amable, que se torna en mueca porque la chica apenas lo mira, recoge las tarjetas, e indiferente se ocupa ya en tomar nota de los pedidos. El paseante solitario queda desconcertado; advierte que la joven lo ignora, y de nuevo hierve su sangre cuando le da la espalda para ir hacía la barra del quiosco.

Pasan dos minutos y nota que la otra chica sentada en la barra advierte su presencia y cuchichea e indica a quien prepara los pedidos, que en la última mesa hay un cliente: él. “¡Al fin descubren que existo!”. Pero pasa un minuto y otros más.

El paseante, que hace rato perdió la paciencia y espera cualquier cosa menos que lo atiendan, queriendo saber en qué terminará aquello recuerda el consejo de su médico: “…en momentos de confusión, y crea que pierde el control de sus emociones, si puede explique por escrito, a su manera, en la libreta que le pedí que comprara, los sentimientos que le generan… y en la próxima cita me muestra sus escritos…si algo le disgusta cuente hasta diez hasta cien o mil…”.  Palpa la libreta en el bolsillo trasero, y cada vez más incómodo, de mala gana decide tomar notas a su amaño. Saca el lápiz de su chaqueta, y bajo el sentimiento de inconformidad que lo invade, empieza a imaginar… a deformar con rabia cuanto ocurre, y escribe:

“Las chicas ríen al sortear cuál atenderá la mesa del hombre solitario. Tres hombres acompañados de un niño cruzan por entre los toldos y toman asiento a pocos metros del solitario. La chica ofrece las tarjetas y los recién llegados se niegan a examinarlas. El mayor de ellos, con edad de abuelo, acaricia al niño, y sin reparos sujeta a la chica por la muñeca, la jalonea hasta obligarla a inclinarse hacia él, y le susurra piropos al oído. La chica ríe a sus halagos, y el niño sorprendido, disgustado ante lo que dice su abuelo, arruga la frente…y escucha atento”.

El paseante suspende la escritura; lee y relee, sonríe burlón por su “pequeña venganza”, y mientras piensa cómo continuar, observa que al otro lado de las sogas que demarcan el improvisado corral de seguridad, otra joven recién llegada, recostada y a medias oculta tras la pared trasera del quiosco, no quita los ojos de chica que atendía la mesa de los jóvenes.

De pronto, la lluvia arrecia intempestiva, hace correr a los transeúntes hacia los aleros de las casas de enfrente, entrar o pararse en las puertas de los locales de otras cafeterías. Las salpicaduras mojan las botas del pantalón y los zapatos del paseante que, embebido en el sentimiento que lo impulsa a escribir por desquite, parece ignorarlas o no le importan, o sólo presta atención al ruido de la lluvia sobre el toldo.

Corren los minutos, cesa la lluvia y el paseante percibe que el sol a sus espaldas dibuja sobre la mesa la parte de una sombra, que descoyuntada y doblada, cae y refleja su resto en el fondo del agua que inunda el piso. La observa con cuidado. “Tan retorcida como yo, como mi mente”.

Bajo el toldo el paseante solitario e impasible no escucha la voz de la chica que por fin le dice: “¿Qué desea tomar el señor?, ¿le traigo la tarjeta para que escoja?”.

El paseante despierta atontado al escuchar por segunda vez las preguntas, pero al notar la sombra de la chica sobre la mesa, reacciona: “¿Qué?”, dice, y de inmediato, sin pensar ni repararla, ordena: “Un tinto con leche, nada más, gracias”.

La chica se aleja y sólo entonces el paseante concentra la atención en reparar el trasero de ella, su caminar, la trenza negra que llega a la cintura; la blusa corta que supone termina antes del ombligo; los parches y rotos del bluyín, las chanclas húmedas. Se recrea. “Cuarenta y veinte…José José…canción de Roberto Livi…”. Al creerse sorprendido por las miradas de las otras mesas, mira con disimulo las hojas caídas a su alrededor, húmedas, dispersas por las callejas solitarias del parque.

Otros movimientos atraen su atención, y toma notas reales e imaginarias: el más alto de los cuatro vendedores jóvenes paga, y mete sin mirar los vueltos al bolsillo. Antes de salir, mientras se aplican el gel, todos piropean a las tres chicas; se marchan.

De pronto el paseante olvida el escrito para poner en práctica la idea que en medio de su divagación, hacer rato acosa por tomar posesión de su atención, y con por extraño juego mental se mete por entre las junturas de su escrito, y se ve a sí mismo como el hombre que se levanta porque quiere escapar del corralito que forman los lazos sujetos a las pilastras de metal. “¿Qué mierdas me pasa? ¿Me volví loco?”.

Asustado por la visión o alucinación momentánea corre hacia la salida donde espera la botellita de gel… pero la chica indiferente se cruza en su camino…

-“Señor, ¿Qué pasa? le traje el tinto… no se vaya”-.

De inmediato, atontado descubre que la chica satisfizo su pedido, y se le ocurre: “Voy a comprar algo a la panadería. Ya vengo. Ojalá esté bien caliente. Tranquila, ya regreso…”.

Mira el reloj las 4:20, se pone de pie, sorprende la extrañeza en los ojos de la chica y, mientras pasa a la otra acera, por su mente atraviesa otra idea:

“No entraré a la panadería. Doblaré la esquina, y…”.

Camina despacio hacia el Alto de la taza, pero antes de doblar en la esquina decide contar hasta cien, dar un rodeo, y regresar por la esquina de la iglesia a meterse bajo el toldo.

De nuevo saca papel y lápiz; desea beber a sorbos espaciados su tinto, pero al instante otra idea surge, y desiste para tomar las últimas notas imaginarias:

“La joven recostada a la pared traspasa de un salto las sogas de seguridad, hace señas a una de las chicas, y el hombre solitario escucha: -“Hola, Clarisa, dígame: ¿habrá chance de que me den trabajo aquí?”-.

“-Tal vez. No le aseguro nada, Natalia, pero por si acaso recuerde que aquí hay que ser amable con la clientela, atender a todos por igual…, y usted con ese genio que se manda…”.

El paseante guarda el lápiz; quiere conservar una foto que sirva para referenciar el lugar de su historia. Lee los avisos de enfrente, enciende el celular, enfoca el de color más llamativo y dispara…

No bebe el tinto ya frío tras la espera. Llama a la chica. Paga, y mientras la sigue con los ojos hasta la barra, imagina que ella dice al barista:

– “Un tinto muy caliente para el señor de la última silla. Él sale, pero ya regresa. Fue por algo a la panadería…”-.

El paseante sabe que al doblar la esquina no regresará, que su imaginación tomará otro rumbo, y antes de abandonar el lugar obedece al pensamiento extraño que ahora lo obliga a desprender y rasgar en pedazos las hojas escritas, a pedir a la chica que saltó las sogas:

– “Por favor, echemos esto a la basura”-.

Por el camino, lejos del toldo y bajo la lluvia, el paseante solitario piensa en cómo corregir y reescribir para el médico esta historia.

Luis Carlos Vélez Barrios

Circasia, diciembre 13/2020

Total Page Visits: 396 - Today Page Visits: 1

Leave a Reply