EL SUEÑO DE SER GRANJERO

Relato sobre la posesión de una finca sin ser finquero.

Carlos Alberto González Quitian.

Arq. Mgs. Desarrollo Educativo y Social.

Revista Digital Arrierías 73

Quienes por algún motivo tuvimos relación estrecha con el campo, bien sea de niños o de adultos, siempre soñamos con la posibilidad de poseer una parcela para cultivarla y pasar en ella días agradables y felices. -Qué bueno algún día tener una Finca-, me dije desde la adolescencia y por fin de adulto ya como profesional y con un lugar en el Magisterio, aproveché la herencia de mi madre para lograr el sueño, sin hacer caso de los sabios consejos populares al respecto: “El que tenga tienda que la atienda” y la frase lapidaria que sentencia los dos días más felices de la vida para quién sin ser experto en el agro, ha tenido una finca: ¡El Día que la Compra, y el Día que la Vende!

No importaba lo que se dijera al respecto, era un reto y importante sueño. Sabía que la tierra es apreciada porque no se fabrica, ni se reproduce más allá de lo existente, y que su valor crece cuando está bien localizada; así que, con mi esposa nos dimos a la tarea de buscar una finca de un tamaño que pudiera ser productiva en un radio de distancia de no más de 50 km., de nuestra morada para llegar fácil a ella. Con las páginas de clasificados y mapas de la región en mano, visitamos decenas de predios en la montaña y el llano, era claro que los mejores predios por su localización e infraestructura eran inalcanzables para nuestro bolsillo, así que decidimos incorporar una nueva variable: una finca por hacer, que con el tiempo y la dedicación la pondríamos de mostrar y productiva.

Para ello acudimos a un comisionista recomendado, quién después de ver varias fincas, nos ofreció una con las tres “B” que deseábamos: -Buena, Bonita y Barata-. Desde luego incluía una buena localización teniendo en cuenta que, se ubicaba en las estribaciones de la Cordillera Central a solo tres km. de la autopista de Occidente que recorría el Valle del Río Risaralda a la altura de Viterbo y que, en solo cinco años, según estudios de planeación a unos pocos metros de la finca pasaría la carretera al mar pacífico, la cual partiendo de Manizales ciudad de nuestra residencia, pasaría por San José de Risaralda, Viterbo y Apia en dirección al Pacífico. Ruta perfecta para transportarnos y pasar los fines de semana en la finca luego de las labores de oficina.

Lo que se reservó el experto, por ganarse la comisión en la venta de la finca, era que los cinco años solo era el tiempo que demoraba el proceso para incorporar el proyecto a Planeación Nacional y que en treinta años o tal vez más, podría venir su ejecución. Ocultó también que el sector dónde se encontraba el predio gozaba de mala reputación por cuestión de dominio de bandas, y que la finca en venta era terminal del recorrido veredal lo que conllevaba servidumbres desde la finca hacia diferentes predios. Cerramos el negocio por medio de Escritura, sin importantes informaciones ocultada por el comisionista que velaba por sus propios intereses y no por los nuestros; ese fue el comienzo del aprendizaje sobre en quién se confía cuando uno no es experto en la materia.

Por limitaciones económicas no conseguimos administrador, sino un agregado recomendado por escrito, ya recelosos de nuestro anterior fiasco en el proceso de compra. Planeamos con rigurosidad y con la debida asesoría ofrecida por el Banco Estatal, la conversión de la finca de cincuenta y cinco cuadras dedicada al cultivo del café, a una finca ganadera de doble propósito (leche y levante), cuyo principal objetivo en primera instancia sería el desarrollo de praderas, dado que el café que se producía en ella era de condición marginal por estar localizada a baja altura sobre el nivel del mar, sin dejar del todo su cultivo en las áreas más altas y montañosas que cubrían el predio.

La confianza depositada en los expertos del banco fue un real fracaso. Se erradicó el café sin la subvención ofrecida por la entidad financiera que otorgaba por dicha diversificación, se sembró el pasto sugerido, pero el tiempo programado para que creciera, fue menor al necesario para que las praderas soportaran el trajín, y el ganado terminó por arrancarlo. El ganado, por completo flaco proveniente de la costa, sin pastos suficientes para alimentarse, se vendió luego de dos años de tenerlo por menor valor que el de la compra, y para colmo, los bancos reclamaban los pagos del préstamo con intereses acumulados, porque según la planeación de los profesionales asesores del proyecto, el hato ganadero ya debería haber crecido en un 30% ¡Y nosotros sin pastos ni ganado!

Luego de este revés por confiar en personas que se suponían expertas, seguimos por varios años fortaleciendo las praderas y diversificando la finca con préstamos particulares; sembramos maíz, frijol, plátano, maracuyá, ahuyama a corto plazo, cítricos y maderables a largo plazo, compramos de nuevo ganado aclimatado a la región, e insistimos en mantener la finca. La visitábamos cada semana e invertíamos nuestros salarios como en alcancía rota, al punto de que salíamos de ella rumbo a casa con los bolsillos vacíos, con apenas el dinero para el pago de peajes en un corto trayecto. La vida y los sucesos del agro eran distintos a los del papel y los programas.

Los agregados fueron otro fiasco. Tuvimos cuatro en doce años y solo el último leal y digno de confianza. El primero vendía la leche a nuestras espaldas y decía que las vacas se habían acostumbrado a dar leche solo los fines de semana, precisamente cuando estábamos presentes. En cierta ocasión una vaca se desbarrancó y según el agregado, la enterraron sin aprovecharla, porque sacarla del hoyo donde se encontraba era más costoso. Una cabra que adquirimos nos informó el agregado que se había ahorcado con una soga, solo nos entregaron el costillar y una pierna, las otras partes, al no caber en el congelador dijeron se habían perdido. Hasta el cable de energía trifásica que llegaba a la casa de la finca desapareció en un presunto hurto atribuido a ladrones del sector. A la mujer del casero, le dimos en compañía las aves de corral que nosotros habíamos adquirido, igual que su alimento, pero de forma inexplicable desaparecían.

-Qué pena, Doña Amparo-, le decía a mi esposa, la señora del casero, – ¡otra vez esta semana vino la comadreja y se comió varias gallinas, para desgracia eran del lote de las suyas-

Salimos de ellos luego de cuatro años, cuando en época de la vacunación del ganado nos dimos cuenta que habían puesto de inyección, las bolsas de agua refrigerante en las que venían los frascos de la vacuna. El segundo agregado igual recomendado, esta vez por el inspector de Policía, duró dos años. Le hicimos un préstamo para la mudanza que nunca pagó, construimos un estanque para la cría de peces que extrañamente no crecían, dado que una vez que lo hacían, eran remplazados por alevinos más pequeños sin que nosotros nos percatáramos de ello, vendió a nuestras espaldas los árboles maderables del bosque y se vio comprometido en un robo en la zona por lo cual desapareció. Con las autoridades en su búsqueda se voló dejando abandonada a su esposa con cuatro hijos en la finca. Ese día decidimos poner en venta la propiedad que, entre otras cosas, por su mal estado pese a las múltiples inversiones, permaneció muchos años en venta.

El tercer agregado, duró tres años. Nos cobraba por trabajadores que no había tenido en la semana, alquilaba a escondidas los caballos de la finca para labores del predio panelero vecino. La cosecha de café apenas pagaba los abonos, y en una siembra de maíz que produjo 42 bultos de mazorca, solo llegaron 37 al lugar de compra, receloso iba en mi automóvil detrás del camión que transportaba la carga; pero el agregado y el conductor en contubernio se daban la maña de tirar bultos cuando el vehículo se perdía de mi vista. –Eso fue que usted se equivocó al contar– me dijo el agregado sin vergüenza en el sitio de la entrega. Salimos de ellos pagando de más para que se fueran. Fue entonces cuando la vecindad dijo que sabían desde el principio que eran pícaros, pero nos alertaban siempre solo cuando ya estaban afuera.

El cuarto agregado, de seguro lo envió la Energía Creadora al ver nuestra desesperanza. Lo conocimos de tiempo atrás como mayordomo de un cliente que quería comprar la finca y en esa oportunidad nos dijo que el agregado que teníamos, no hacía más que hablar mal del predio cuando lo mostraba. Luego de varios años, al dejar la finca donde laboraba con objeto de lograr mayor cercanía a la escuela de sus hijas, nos ofreció su disponibilidad como mayordomo. Era técnico del Sena, decía no conocer de ganado, pero si de cultivos y de trabajar en fincas, así lo contratamos. De forma admirable le dio un vuelco y un aire nuevo al predio, su mujer una joven afable, colaboradora y talentosa, tenían dos hijas bien educadas de la edad de nuestra nieta, el ambiente varió por completo y con el tiempo se mejoró la finca.

Un día a través de un comisionista encargado, se acercó un cliente interesado procedente del Caquetá que se quería radicar en estas tierras. Le expresamos los peligros de seguridad de la zona, no le importó, dijo estar acostumbrado a dichas circunstancias y que traería sus propios trabajadores y agregado. Nos pidió una sustancial rebaja en el precio, a pesar que ya estaba muy por debajo del avalúo comercial, rebaja a la cual accedimos con la única condición de que cuidara de por vida un caballo que nos acompañó por los doce años y que mantuvimos en la finca. Sin embargo, a los pocos días de la venta nos informaron que había llegado del Zoológico de Pereira una camioneta para llevarse el caballo como alimento para los felinos, … y nosotros pensando que permanecería en la finca y sería enterrado en ella. Con el último agregado y su familia logramos entablar una especial amistad, lo visitamos en las fincas donde laboró posteriormente. Muchos lo querían por la confianza que merecía su labor y sus esmeros. En las distintas visitas recordamos anécdotas y de cómo él me había insistido que un patrón de finca debe vivir en ella durante los días laborales y solo destinar para salir de ella el fin de la semana porque: – ¡Los ojos del dueño son los que engordan el ganado!, y de esta forma los demás colaboradores lo secundan!

Esa persona, colmada de valores, nos ayudó a remozar y a vender la finca. Con el tiempo sus hijas accedieron a la universidad, se radicó en Manizales y con sus buenas recomendaciones como persona digna de confianza, se vinculó a una reconocida empresa de la ciudad. Nuestra amistad aún sigue viva.

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Join the discussion One Comment

  • Rubén Darío Charris dice:

    Tu maravillosa memoria, te permite plasmar estos relatos de una manera estupenda y cronológicamente ordenadas que nos lleva a entender y comprender dichos escritos.

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