Arrierías 61.

La palabra, tomada en sentido figurado como el compromiso adquirido, y no como elemento gramatical o fragmento funcional expresivo e imprescindible de un lenguaje, es el tema a considerar.

Honrar la palabra significaba, para nuestros ancestros, cumplirla y hacerla cumplir. Quien sellara un trato y diera su palabra adquiría un compromiso que superaba los límites de la responsabilidad. Los contratos, ventas, compras, préstamos, fiados y promesas se cerraban, en ese entonces, con un simple: “así quedamos”.

Los términos pactados, de la índole que fueran, se cumplían a cabalidad incluso por los descendientes, todo porque estaba la palabra del abuelo o del papá de por medio.

Como de todo hay en la viña del señor, aparecieron personajes que incumplían la palabra y la deshonraban. El holocausto de los nativos norteamericanos se realizó porque los generales del ejército incumplieron su palabra de no masacrarlos.

Entonces, hubo necesidad de asegurar esa palabra compromisoria y aparece el papel que describe el acto, además, con firma y especial. También se utilizan los vales, las letras, los cheques posfechados, las hipotecas, el pago para un tercero (notario) quien debe autenticar la firma de quien firma el pacto.

Todo acto de compraventa se torna en una mutua desconfianza y se exigen fiadores, multas por incumplimiento, embargos, inclusive muertes de por medio.

El “case que no se descase”, juramento estudiantil que se realizaba entrelazando los dedos, cada vez es menos escuchado y acaso reemplazado por una amenaza de matoneo.

Las promesas entre dos personas de mayor trascendencia son las matrimoniales, que como todos los actos humanos han tenido su evolución.

Tal vez un contrato promesa más antiguo del que se tenga noticia es la Unión de Manos, (Hand – fasting), una promesa de casamiento de los antiguos pueblos celtas, generalmente en un festivo, en esa ceremonia se intercambiaban votos y la pareja podía sostener relaciones sexuales antes de la verdadera boda.

La unión de manos, era, en los términos más simples, la boda oficial de los antiguos celtas. Se remonta mucho más allá del 7000 a.C. en la antigua Irlanda, dos personas que elegían casarse se reunían, y se enfrentaban con los brazos extendidos, juntaban las manos y se envolvían y ataban una cuerda o cinta trenzada alrededor de sus manos, se decían los votos o esponsales, y el sacerdote druida, o un testigo, proclamaba que las dos personas desde ese momento estaban comprometidas. Este período de compromiso generalmente duraba un año completo, durante el cual se animaba a la pareja a vivir juntos (y consumar la relación). Era una declaración pública de intención de casarse, indicando a los posibles pretendientes que la mujer estaba destinada a su prometido y no a ser acosada. Después de que terminaba el período de un año, la pareja comprometida regresaba al sacerdote y declaraba su intención de casarse, lo que sucedería poco después. Si decidían que no eran una buena pareja, a la pareja se le permitía disolver su matrimonio y tener la libertad de elegir otro pretendiente y novia.

Shakespeare describe, en su obra Medida por Medida, a Claudio, quien es condenado a muerte por romper la promesa de la unión de manos.

La película irlandesa, “promesa de año bisiesto”, leap year, en una de sus escenas muestra los votos de la novia. Es una toma muy emotiva por la profundidad de las palabras, aunque más tarde todo se vuelve caótico.

Las palabras de la novia, en inglés, son:

May you never steal, lie, or cheat.

 But if you must steal,

 then steal away my sorrows.

If you must lie,

then lie with me all the nights of my life.

And if you must cheat,

then please cheat death,

because I could never live a day without you.

Traducción:

Que nunca robes,

mientas o hagas trampa.

Pero si tienes que robar,

entonces roba mis penas.

Si tienes que mentir,

entonces miente conmigo todas las noches de mi vida.

Y si debes engañar,

Entonces, por favor, engaña a la muerte,

porque no podría vivir un día sin ti.

Prometer o jurar es un acto solemne que le confiere un status de responsabilidad al juramentado, por eso el médico confirma su dedicación a la humanidad con el juramento hipocrático, así como el maestro, en épocas anteriores llegaba orgulloso acompañado de su familia y el nombramiento en papel gubernamental, ante el alcalde, quien le tomaba el juramento de dedicación a su profesión, y con este acto se cumplía la posesión y podía ufanarse de, ahora sí, ser un maestro.

Hay promesas de índole superior, son las que oímos y vemos en esta época. Son temporales porque son cíclicas, las hacen los candidatos a concejo, asamblea, senado y presidencia. Se lanzan para asir incautos y son incuestionables porque casi nunca se cumplen y nada pasa.

Ya lo dice el malogrado compositor Arnulfo Briceño en su canción” A quien en engañas abuelo” “Los políticos que andan prometiendo escuelas y puentes donde no hay ríos”. Con esas promesas utópicas ilusionan la gente y la rueda del sistema político gira y gira como lo ha venido haciendo desde épocas de Bolívar y Santander.

El valor de la palabra, en esta época, es desilusionante. Es como un cheque sin cuenta y sin fondos que se le entrega a otra persona para que lo haga efectivo.

Qué dirían nuestros bisabuelos cuya palabra era ley por su cumplimento y oro por su valor.

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