ESE CUADRO QUE AHORA OBSERVAN…

Umberto Senegal

Museo del Hermitage

Dos sucesos reales relacionados el primero con el mundo literario y el segundo con el entorno de la pintura, me conmueven desde cuando los conocí. Al discurrir en torno a las emociones y sentimientos que me despiertan, germinan imágenes, pensamientos y emociones contrapuestos sobre los protagonistas de ambos eventos y respecto a mí.  Franz Kafka es el personaje del primero. Más preciso: la figura central es una niña llorando inconsolable en el lugar por donde al atardecer caminan el tuberculoso escritor y su última compañera, la joven polaca Dora Diamant, socialista y actriz, quien tenía 25 años y Kafka 40. En septiembre, convivieron en Berlín compartiendo extensas conversaciones sobre literatura yídica. Sucedió en el parque Steglitz, de Berlín, un año antes de fallecer Franz. Durante el asedio del ejército alemán a Stalingrado.


El protagonista del segundo suceso es un solitario e imaginativo anciano. Este hombre trabajaba como guía en el El primer evento ocurrió en 1923 y el otro en 1941. Independientes entre sí, ambos incidentes me provocan recóndita melancolía.  Ya relaté en un ensayo anterior, el caso de Kafka y su último oficio. De igual manera me entristece imaginar también al anciano ruso Pavel Filipovich, caminando y hablando solo. Pavel gesticula. Discurre por salones desocupados del Hermitage. Yendo y viniendo sin horario por sus interminables pasillos junto al río Neva. Algo metafísico e irracional, de índole poética, me conmueve. Algo emerge de fondos sentimentales propios y ajenos. Nace en el drama íntimo de ambas historias. Tampoco deseo racionalizarlas. No me interesan justificaciones literarias respecto a sus significados y evocaciones, llenándome el alma de presentimientos sobre la vida humana y el destino del hombre en el mundo.


Esta que ahora relato como continuación de la anterior, se relaciona con un guía en el museo del Hermitage, en San Petersburgo. Una de las mayores pinacotecas de arte y cultura universal en el mundo. Es también una historia triste. ¿Desea escucharla? Plena de poesía. Y también parece ficción. El anciano guía del museo, laborando allí desde cuando la revolución de 1917 consintió a personal no aristocrático trabajar en tal lugar, se llamaba Pavel Filipovich. A Pavel lo habríamos confundido con el personaje de algún cuento de Giovanni Papini. Aún más, estoy seguro que Gog acompañó al imaginativo Filipovich durante alguno de sus recorridos por las solitarias habitaciones del museo, interpretándole sus silencios y respondiéndole con mutismos semejantes entre la ausente presencia de Tiziano, Rafael, Zurbarán o el Greco. A Montserrat Roig, escritora española, una editorial soviética la invitó a Rusia para hacer un libro recreando el brutal asedio nazi a Stalingrado, durante la segunda guerra mundial. Mujer de izquierda y feminista, aceptó complacida pensando en formalizar un trabajo diferente a los publicados sobre el cerco a dicha ciudad. Entrevistó numerosos supervivientes de aquel infierno y conoció, de primera o segunda versión, conmovedores casos de individuos relegados por los historiadores. Anónimos protagonistas de sucesos desvanecidos en el tiempo y excluidos de los grandes ensayos oficiales, quienes sobrevivieron mientras a su lado morían cuatro millones de personas en la más sangrienta batalla de la humanidad. Individuos con dramas aislados de la epopeya histórica reflejada por los textos que testifican aquel confrontamiento.  Historias tan poéticas y ficcionales como la del longevo Pavel. Comentando el libro de Roig, José M. Martínez anota: “Cada historia individual se convierte en una especie de símbolo universal de lo que pueden llegar a ser virtudes o situaciones como la compasión, la caridad, la angustia, el sufrimiento o la solidaridad”.


La historia de Pavel es símbolo de la sensibilidad puesta al servicio de la imaginación. El arte fecundando la soledad para conservar sus huellas entre el horror de la guerra. El oficio de Filipovich como guía -quien amaba hasta el delirio su trabajo- era orientar sobre las obras de arte expuestas. Convirtió el museo del Hermitage en su hogar. Personaje emergido de alguna de esas pinturas con cuyas explicaciones deslumbraba buscando tal vez senderos para reintegrarse al lienzo, en cada recorrido con foráneos o rusos incrementaba sus sentimientos e identidad con las obras exhibidas. La aguja dorada, se llama el libro de Roig donde despunta la historia de Pavel. En 1941, igual que a millares de rusos y miles de habitantes de Stalingrado, a Pavel Filipovich la vida le da un giro total cuando el sexto ejército alemán, comandado por el general Friedrich Paulus, intenta entrar a Stalingrado. En el museo del Hermitage, de esta ciudad, centenares de voluntarios empaquetaron más de un millón de obras de arte para preservarlas de los invasores nazis, enviándolas por tren hacia Sverdlosk, en los Urales. Dos alcanzaron su destino. Cuando se preparaba el tercero, comenzó el asedio alemán mantenido durante 900 días. Doce mil personas, por diversos motivos conviviendo en el museo, se encargaron durante algún tiempo de resguardarlo del frío, la nieve y los ataques aéreos, hasta cuando se hicieron inevitables las primeras evacuaciones en 1942. 


• Las inmensas y despobladas instalaciones del Hermitage fueron quedando más solas cuando desde los frentes de guerra solicitaban todas las personas utilizables, preparadas o no para la muerte, prontas a inmolarse por la patria. A Pavel no lo engancharon por su avanzada edad, permitiéndole seguir allí durante aquellos meses de pavores, heroísmos anónimos y acciones individuales nunca mencionadas. Rehusó desatender el museo y con mayor coraje siguió desempeñando la rutina de su oficio: guía del Hermitage, fiel a algún tipo de convenio con sus sentimientos y sensibilidad. Filipovich llevaba trabajando allí varias décadas, cumpliendo su función de conducir a los visitantes detallando e interpretando el patrimonio expuesto, del mundo y de Rusia. En cada circuito con gente de su país o extranjeros, año tras año ampliaba sus sentimientos y familiaridad con las obras de arte exhibidas al revelar intimidades de cada una, dándoles vida para el interesado o displicente público frente a ellas. Ahora solo quedaban las despojadas paredes, muchas de ellas estropeadas por las explosiones. No había nadie a quien brindar la característica bienvenida. Al principio, Pavel guiaba por los aposentos a pocas personas. Fisgones ansiosos más por constatar la salud mental del elocuente anciano que por escucharle relatar detalles sobre las obras inexistentes, protegidas de la voracidad nazi en algún lugar de los Urales, en torno a las cuales se explayaba y embebía el anciano guía.

Frente a su reducido público, se emocionaba con las obras como si continuaran expuestas. Nunca fue mejor guía que en esos momentos de guerra y muerte, cuando el arte cedió su lugar a las más despiadadas expresiones de violencia. Entonces las formas, colores, contrastes, temas y contenidos, autores y anécdotas, fulguraban, agigantándose en las palabras del guía. Cualquier rincón de una pared se reavivaba con las palabras de Pavel. Reaparecían las lejanas pinturas y por momentos eran cuadros más reales que los auténticos, porque la imaginación y el verbo apasionados de Pavel los materializaban sobre los muros vacíos. Continuaban en los pasillos, a pesar de la soledad. Sin verlas, la gente sentía la presencia física de obras de Tiziano con sus luminosos y realistas colores. Allí donde no colgaba ningún cuadro suyo, Pavel fascinado explicaba respecto al insaciable perfeccionismo de Tiziano, induciéndole a retocar de manera continua sus obras, añadiéndoles expresiones siempre más tenues. Cada dificultad le inspiraba nuevas soluciones. Día tras día, mientras el asedio se volvía más sangriento, eran menos las personas recorriendo los salones, viéndole y escuchándole hablar ante las paredes solitarias. Sin embargo, el viejo guía continuaba caminando entre columnas y arcos del Veronés. Describía detalles de los trajes fastuosos y llamaba la atención, a su escaso público, sobre los tonos fríos y claros del pintor. Observen esos grises, esos azules y tan resplandecientes amarillos, enfatizaba ante un cuadro inexistente y, una mañana, frente a espectadores que ya no existían. Pavel Filipovich se quedó solo en sus recorridos. Y solo continuó haciendo de guía por el museo, en una fantástica proxemia de la soledad y su cuerpo, de los cuadros atestados en algún lugar de Sverdlosk y la evocación de estos a su lado, en distancias íntimas, más próximos que nunca, como si no se los hubieran llevado. Detallen este Rubens, por favor, es un boceto de La adoración de los pastores, suplicaba Pavel a nadie. Ahora nos encontramos frente a una obra de Rembrandt. No nos aproximemos mucho a ella, como lo aconsejó el mismo pintor. Miren la mirada humilde y sincera de su autorretrato, fusión magistral entre lo corpóreo y lo espiritual… Y el viejo guía del Hermitage, siguió hablando solo. Discurriendo frente a cuadros inexistentes. Dirigiéndose a gente imaginaria. Señalando a nadie la belleza de un cuadro de Giorgione, uno de Tintoretto, uno del Greco o uno de Da Vinci que no estaban allí físicamente, pero continuaban impresos en sus ojos y en su alma. Esta es la otra fuente literaria de tristeza, capaz de ocasionarme desconocida alegría.

Hace pocos días, para celebrar de manera íntima el final de su construcción, todavía en medio de aguaceros decembrinos convidé al espectro de Filipovich a caminar juntos por los salones de CECULPA, Centro Cultural Patafísico, del pintor colombiano Guillermo Vélez, recién construido a orillas de la carretera que entre verdes potreros conduce al municipio de Filandia, Quindío. Mostrándole la fecunda obra pictórica y escultórica del Patafísico artista quindiano, y hablándole sobre la vida privada de algunos protagonistas de sus pinturas, serví de guía a Pavel. En el salón principal, cuando Memo Vélez me escuchó hablar solo, comprendió con quién estábamos allí: “Senegal, dígale a Pavel que esta es su casa y cuando lo desee, Pessoa y sus heterónimos pueden servirle de guías por el paisaje quindiano”. Este segundo vaso de Vodka es para nuestro invitado, le respondí al artista cuando me ofreció de nuevo el licor que sostenía en su mano. Creo que, con la presencia del guía del Hermitage, completamos el ritual iniciado por Jarry la semana pasada, le recordé a Memo Vélez. La cabeza de este se parece a la mía, fue lo único que dijo Pavel Filipovich en CECULPA, señalándonos uno de los cuadros de Memo, no lo cambien de lugar.

Marzo 19 de 2013
(Nota: mi gran amigo Memo Vélez falleció en 2016)

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