(¿Divertimento a dos voces?)

Ojo, este maletín quizá carga metáfora, no moraleja…

¿Qué pasa al hombre que baja en el ascensor? ¿Sufre claustrofobia? Bastó que me viera entrar para que palidezca y sude.

No vamos solos. Es mediodía. El tablero marca cupo completo… pero como en cada piso suben y bajan personas, tardará en bajar al primero. Por curiosidad, sin entender por qué me inmiscuyo, dejo de revisar los recibos de servicios, los meto entre la revista y me sitúo justo a sus espadas, para observarlo por el espejo alargado del ascensor. ¿Sufre de presión arterial alta o baja? ¿Está enfermo? Bastante inquieto, diría, desesperado. Al menos me entretengo mientras bajamos… Lo veo descargar el maletín que lleva…

Salí de casa rumbo al edificio donde manejo un negocio de inmobiliaria; ahora bajo a pagar los recibos en el banco. Bajo de la oficina que hace años compré en el piso diez y nueve del edificio Palma de cera.

Dispuesto a saber qué le pasará, reparto mi atención entre hojear la revista y observar cómo aparecen puntitos y manchas de sudor en su camisa. Me pregunto si sufre fobias; creo que lo aterrorizan los ascensores. ¿Por qué no bajó por las escalas? Parece acorralado. Me resulta imposible hojear la revista. Mejor la cierro. Descubro que nos miramos por el espejo. Su palidez aumenta, imagino que se pregunta por qué no paro de observarlo.

Trato de llevar mi atención a otra parte: Palma de cera, un edificio moderno. Su ascensor abullonado, grande como los de urgencias de un hospital, funciona tan suave, que si no fuera por el tablero, los usuarios no percibiríamos el número de pisos que marca en sus ascensos y descensos.

Llegamos al primer piso. Antes de abrirse la puerta, el hombre se apresura, se abre paso, dice “permiso, permiso, perdón, permiso”, las personas se apartan en silencio, apenas lo miran, y se ubica junto a la puerta. Desde atrás veo que de un salto sale y estruja a quienes esperan afuera, en tumulto, para entrar al ascensor. Intento salir, pero me estorban. Doy un paso y mi pie choca con algo: su maletín. ¡Olvidó su maletín!

Lo tomo y tranqueo, cruzo  por entre las personas que me miran y quizá no saben la razón de mis estrujones: ¡Quiero entregarle su maletín!

Fuera del ascensor busco y no lo veo. Decido correr cuanto me permita la pierna enferma, y esquivando a quien viene o va por el pasillo, me dirijo la salida del edificio.

De reojo noto que muchas personas se detienen a observar mi carrera…, pero no me importa. Afuera veo que acaba de voltear en la esquina. Giro, y calculo que me lleva una cuadra de ventaja. No puedo perderlo de vista. Pienso que la gente espera mi grito: “¡Un ladrón, un ladrón!, para correr tras él.

Corre rápido y cuando da dos pasos y mira atrás, sospecho que descubrió mi persecución, huye de mí; pero ¿por qué? Lo persigo sin descanso, sin quitarle el ojo de encima. Le grito “su maletín, su maletín”, pero no escucha, solo corre, y no insisto, además, me cuesta cargar su maletín. ¡Cuánto pesa! Llega al borde del andén y creo que le daré alcance porque se detiene justo cuando el semáforo cambia a rojo. Pero cuando lo tengo a diez pasos, el semáforo cambia a verde. El hombre se adelanta a quienes esperan y cruza disparado por la cebra, directo a la terminal de buses. Entra, y  como supongo que corre porque lo dejará el bus, acelero mi tranqueo defectuoso.

A trote lento y fatigado, porque el dolor en la pierna me impide trotar más, entro y varias personas me abren paso. Levanto la cabeza, busco su coronilla pelada entre la multitud de pasajeros, y al tenerlo cerca paro, camino rápido, lo acecho…, y pienso “te tengo, amigo, ¿por qué corres, pendejo?”.

Va directo a la casilla. Habla con la taquillera. De pronto, mira a su alrededor, se lleva la mano a la frente y hace un ademán que significa algo para él. Pone los brazos en jarra y mueve la cabeza a lado y lado. Habla o explica algo a la taquillera…Esculca sus bolsillos con desesperación, mete la mano al bolsillo de la camisa, y billete en mano solicita un pasaje. Es mi oportunidad; acelero mis pasos. 

La muchacha, al ver que de improviso me paro a centímetros del hombre, mira asombrada y retrocede como temiendo mi ataque…

Me acerco, le toco el hombro y le digo: Oiga, amigo, se olvidó de su maletín en el ascensor, véalo, aquí se lo traigo.

No responde, pienso que es sordo y le repito fuerte:

“¡Oiga, amigo, se olvidó de su maletín en el ascensor, véalo, aquí se lo traigo!”.

La muchacha regresa a la reja de la taquilla, se asoma, mira el maletín y sonríe…tranquila.

El hombre, pálido y asustado de verme, lo recibe sin palabras.

La taquillera ya no sonríe, observa. 

Cuando me disculpo por correr tras él, y noto que no contesta ni agradece, me digo: “parece trastornado, tal vez loco. ¡Qué hombre tan extraño!”, y tranqueando les doy la espalda y busco la salida…

(Continuará)

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