Ellos. Un colectivo. El Túnel Azul. Búsqueda de la gloria. Capacidad de respiración al unísono. Forma única de conjugar el presente. El plural acompasado estratégicamente para contar historias. Como un cardumen, ahora todos eran uno: Ellos.

Carlos Villegas

Ellos vieron a Rebeca Portuondo por primera vez una mañana de verano cuando regresaban del entrenamiento con Oswald Karlton; pero no pudieron imaginar en toda su dimensión la influencia de la neoyorquina en sus vidas. Avanzaban sudorosos detrás del carro de golf y el dóverman de mirada vigilante y colmillos asesinos. De cara a ellos y de pie en la parte trasera del carro de golf, Karlton los azuzaba desde el megáfono rojo.

Después de doblar por un pequeño bosque, los estudiantes pasaron frente a Rebeca ante la puerta principal. La distancia de la recepción, la voz magnificada por el aparato de Karlton, las pisadas enérgicas y los versos coreados les impidieron escuchar la música del All American Proyect Rejects borbotando a todo volumen del celular de última generación desde el techo corredizo de la limosina blanca. Los chicos de la banda interpretaban Beekeepers` Daugther a golpe de batería, bajo y guitarra eléctrica, mientras en la pantalla del smartphone los actores del videoclip protagonizaban la coreografía obedeciendo las leyes aleatorias de ese onírico mundo.

Los integrantes de El Túnel Azul constituían un grupo dispar corriendo de manera regular detrás del hombre blanco de ojos azules, corte de pelo al rape y uniforme de fatiga, mientras el perro los hostigaba con sus ladridos recurrentes. Cerca de ciento cincuenta hombres y mujeres de distintas estaturas y nacionalidades, uniformados con una sudadera azul petróleo, llenando con sus voces acompasadas los primeros aires de la mañana.

Los integrantes de la escuela de escritura creativa veían a la estudiante recién llegada siguiendo apasionadamente el ritmo de la música, pero no alcanzaban a escucharla. Ellos sólo podían observar de lejos a Rebeca Portuondo y no supieron cómo ni cuándo la canción cambió radicalmente arrastrando el cuerpo de la joven hacia una cadencia sensual del trópico en las notas de Niña Rasta, de Ganja, i lono li longo li longo li lon sibridibridon ribaybay ribaybay I lono li longo li longo li lon sibridibridon ribaybay ribaybay. Y por ello les parecieron fastidiosos, cómicos, ridículos casi, los gestos aislados de la joven.

Tal vez por aquellas circunstancias, los integrantes de El Túnel Azul se quedaron en esa oportunidad con media imagen de la chica de largas trenzas rastafari, gorra de béisbol con la visera echada hacia atrás, enormes ojos verdes, piel achocolatada acentuada por unos labios carnosos, realzados por la gracia de una dentadura perfecta. Por la distancia, ellos no pudieron apreciar un detalle significativo en la chica: a pesar de la fatiga y los ojos cuarteados por los hilillos rojos de cansancio, sus pómulos estaban limpios, sin el menor asomo de maquillaje, incluso las cejas no revelaban la mínima presencia del depilador. Inicialmente no se preocuparon de la personalidad de la nueva alumna a quien llegarían a llamar, no sin temor y reverencia, “La Profeta”.

Como Rebeca, ellos también fueron recibidos al caer de la tarde en el aeropuerto de una ciudad intermedia después de un viaje con tantas escalas internacionales y nacionales que perdieron la noción de lugar. Viajaron durante varias horas en la limosina blanca decorada con estrellas azules y barras rojas en el capote, entre la euforia de sentirse seres especiales, únicos, privilegiados, pero a diferencia de la chica habían llegado en pequeños grupos. La puntualidad les brindó la fortuna de largas conversaciones con los otros y la ocasión para establecer relaciones de amistad con las afinidades y desconfianzas naturales del primer encuentro. Aún más, la actitud diligente les evitó la fatiga del viaje tedioso que los llevó a golpe de curvas desde la altiplanicie hasta un paraje impreciso a nivel del mar, en medio de la selva, lejos de cualquier asentamiento humano.

En aquel lugar, nuevo para Rebeca, pero ya familiar para los integrantes de El Túnel Azul, las mujeres eran pocas y menos aún las mujeres jóvenes y atractivas. Así que algunas entendieron la presencia de Rebeca como la peligrosa aparición de una bruja y algunos hombres la imaginaron completa y desnuda desde sus senos perfectos, resaltados por la tela cruda de la franela. Le calcularon unos 25 años, aunque no se detuvieron en la precisión de la edad porque estaban atentos a repetir a unísono las consignas ideadas por Karlton atropellándolos con el sonido gangoso del megáfono.

-Escribir, escribir y escribir con tenacidad

sin pausa y con prisa para el Nóbel ganar.

-Escribir, escribir y escribir con tenacidad

sin pausa y con prisa para el Nóbel ganar.

Dos semanas antes habían empezado las clases de escritura creativa y ellos se iban acostumbrando a aquella disciplina particular, a las formas poco ortodoxas de enseñanza, aunque todavía no alcanzaban a entender a cabalidad las verdaderas intenciones y la extraña pedagogía del Instituto Internacional de Educación Artística IIDEA.

Mientras algunos profesores creían y promovían el acto de narrar como un Don de inspiración divina, –la profesora Jacqueline Kofflenyr entre ellos– algunos pocos enseñaban la escritura creativa como un artificio de la suma de voluntades. “El arte es un derecho universal con la condición de merecerlo”, les habría dicho Margarita Molinero citando al pintor austriaco Friedensreich Hundertwasser. Entre los dos bandos existía una pugna tácita impulsando las corrientes tumultuosas del aparente y manso río de palabras escritas.

-Las nenas lesbianas no pueden avanzar

Si se quedan las nenas, ninguno podrá triunfar-Volvió a cantar Karltón

y ellos corearon sumisos:

-Las nenas lesbianas no pueden avanzar

Si se quedan las nenas, ninguno podrá triunfar-Volvió a cantar Karltón

Aquellos versos cojos, misóginos, homofóbicos, improvisados por Karlton, la respuesta coreada desde el cansancio, los golpes de las zapatillas deportivas sobre el pavimento reventado y la distancia les impidieron escuchar la música que podría brindarles alguna información adicional sobre la chica, sus gustos, su comprensión de mundo, su procedencia. En ese momento, sin duda, la mujer recién llegada y quienes trotaban tras el perro de Karlton habitaban planos de realidad distintos porque el espacio y el tiempo compartidos no eran los mismos.

Rebeca lo supo tiempo después cuando se hubo incorporado a esa rutina: En el recorrido por la Avenida de Los Almendros los integrantes de la escuela de escritura creativa El Tunel Azul ya habían pasado tres veces frente la entrada del IIDEA desde el Auditórium James Joyce hasta el Allmarket Center y habían visto una y otra vez las edificaciones semicirculares, más parecidas a una base militar y menos a un centro universitario. Los edificios estaban identificados con nombres de escritores de la literatura universal, grabadas en metal en grandes letras doradas: Marcel Proust, Yasunary Kawabata, Virginia Wolf, James Joyce.

Los rostros de la mayoría acusaban el cansancio de los 8 kilómetros recorridos bajo la inclemencia del sol de ese verano tropical. Varios le devolvieron a Rebeca una sonrisa cómplice. Algunos levantaron la mano mientras continuaban sin detenerse a saludar. Sin embargo, todos miraron a la alumna recién llegada y elaboraron su personal e inexacta imagen de ella, sus primeros prejuicios.

Rebeca los miraba correr con pasos demoledores cuando de repente cambiaron el ritmo, golpearon el asfalto con menos fuerza y avanzaron un poco más lento hasta casi detenerse. Coro, pasos y movimientos concertados para crear un paisaje sonoro surgido de la sincronía y la disciplina. Como en un cardumen ahora todos eran uno: Ellos. Parecían ejecutar una elaborada partitura del grupo popular eslovaco Perpetuum Jazzile, el comienzo de Africa, para ser más exactos.

Estaban en el momento final del recorrido y muy atentos a la pregunta de Karlton.

– ¿Quien no tiene el Don?

Y ellos golpeando con mayor fuerza el pavimento respondieron en coros sucesivos y compactos para convertir el ambiente en una cascada de voces y pisadas haciendo tremolar el aire con la respuesta:

-No escribe.

-No escribe.

-No escribe.

-No escribe.

-No escribe.

Ese cambio de ritmo disminuía su fortaleza, les echaba encima un mayor cansancio y ganas de abandonar. Pero no podían hacerlo y ellos lo sabían. Karlton les gritaba desde el megáfono a cada momento: ustedes están en un tinglado, en una pelea a muerte por la gloria, sin límite de asaltos. Ya lo sabían y de alguna manera lo disfrutaban. Quienes no resistieran, quienes tiraran la toalla, perderían el derecho a estar allí y ellos estaban dispuestos a dejarse la piel en el intento. El éxito no exigía menos y cada uno de ellos intentaría como mínimo, ganarse el premio Nóbel de Literatura. Y no deberían aspirar a menos porque El Espíritu Santo estaría de su lado. La gloria les sonreirá, y sí no les sonreía, ellos deberían estar dispuestos a hacerla sonreír, así fuera a las patadas. Así les gritaba Karlton desde el aparato gangoso, pero todavía más allá, desde su mirada estoica, inflexible, desde su personal comprensión del acto de narrar y las exigencias inclementes que ese acto demandaba.

Volvieron a los pasos atenuados hasta hacerlos casi inaudibles, pero cuando ya se apagaban Karlton les volvíó a preguntar:

-Quien no tiene el Don?

Y ellos respondían con toda la fuerza de sus pulmones mientras incrementaban el poder de sus pisadas contra el pavimento y dejaban resbalar la avalancha de respuestas.

-No come.

-No come.

-No come.

-No come.

-No come.

Y así, las preguntas y respuestas coreografiadas una y otra vez hasta doce veces seguidas. Entonces, extenuados, disolvían las filas, se tiraban en el prado a descansar y escuchaban los kilométricos sermones de Karlton invitándolos a orar, a pedir el favor del Espíritu Santo para que los iluminara, para que les enviara el Don de la escritura, para que les brindara el éxito. Oswald Karlton tenía la maldita capacidad de un orador religioso, y cada una de las palabras elegidas conmovía a más de uno de aquellos hombres y mujeres. Aleluya. Pero también estaban quienes no se tragaban el cuento, a quienes les parecía sospechoso tanto júbilo, tanta bondad y tanta exaltación del Espíritu Santo. Cabronazo. Y no faltaba entre ellos quienes lo quisieran asesinar. Facho de mierda.

Entre esas dos corrientes, y en otras más profundas y torrentosas, nadarían los estudiantes de El Tunel Azul, Rebeca entre ellos, tratando de conciliarlas, incluso, imponiendo su voluntad, si fuera necesario.

Memoria de autor

Carlo Alberto Villegas Uribe. Escritor, artista, gestor y periodista cultural (Calarcá, Quindío, Colombia, 1961). Ph.D. Cum Laude en Lengua, Literatura y Medios de Comunicación de la Universidad Complutense de Madrid, UCM (España). Tiene estudios de Maestría en Escritura Creativa de la University of Texas at El Paso, UTEP (Estados Unidos). Fue profesor universitario. Creó la cátedra Psicogénesis de la Risa en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia). Director de la revista Termita Caribe y del Boletín de la Red de Estudios Interdisciplinarios sobre la Risa —REÍR—, T.A. en la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea en la Utep. Ha publicado los ensayos La caricatografía en Colombia: Propuesta Teórica y Taxonómica; Caricatografía y periodismo, y el libro de relatos Cuento contigo. Ha publicado en revistas de Colombia e internacionales. Fue becario del programa Becas de Alto Nivel para Profesionales de América Latina (ALBAN) de la Unión Europea. Como artista plástico ha recibido premios y menciones en los salones regionales del Quindío. Además, fue distinguido con la Orden al Mérito Literario Ciudad de Calarcá 128 años, con el Escudo del Departamento del Quindío por su aporte a la cultura y con el Premio Will Eisner (2017) en la modalidad Vida y Obra del Colectivo Cultural Comic Sin Fronteras (Pereira, Colombia.)

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