Edición 109

HISTORIA DE UNA INFAMIA

By 6 de mayo de 2026No Comments

Para: Simón Andrade
De: Deyanira Mendoza Valencia.

Arrierías 109

Escrito por: Laura Alejandra González Vitonas

La finalidad de esta carta es obtener la tranquilidad de un falso perdón y confesar breve e inútilmente la infamia que desencadeno la desgracia de un hombre odiado.

Julio 11 de 1990
Para ese tiempo éramos una familia acomodada y podría decirse feliz. Mi padre era un político reconocido del pueblo y mi madre como bien debes saberlo una cantante frustrada. Según me enteré, ustedes se conocieron en un club, el cual, si mi recuerdo no me falla, llevaba por nombre “Lights in the Darkness”. Que nombre más ameno para ustedes. ¿No lo crees? Mamá se enamoró profundamente de ti, tanto así que a la noche siguiente de haberte conocido nos dejó una carta con la frase “Espero que puedan seguir sin mí” y se escapó contigo. Al transcurrir del tiempo, llegó la noticia de que ella estaba nuevamente en embarazo y que aquel embarazo era el fruto de un amor puro y eterno entre dos almas gemelas. Mi padre cayó enfermo. El médico jamás pudo establecer qué aquejaba a mi padre, pero yo lo sabía, lo sabía muy bien. Tenía el corazón roto, estaba desolado, mi madre lo había dejado así. No sabes cuánto sufrí en aquellas frías y solitarias noches que tuve que cuidarlo y escucharlo. Escuchar sus lamentos y llantos acallados. Ella nunca llamó para preguntarme cómo estaba, y ni siquiera fue a su funeral. Sentía como si fuera una mancha y un pesado recuerdo de una vida tormentosa de la cual mi amada, pero cruel madre se avergonzaba.

La semana en que te conocí me resultaste insípido, como la noticia de un familiar lejano y desconocido que acababa de morir. En cambio para ella eras el verdadero sentido de su vida. Siempre llamabas su atención. Siempre hablaba de ti. Tu nombre se quedó grabado en mí ya sea por escucharlo tanto o porque eras como una maldición que inevitablemente se adhirió a mí. Simón Andrade repetía una y otra vez mi atolondrada madre. Eras arquitecto. Habías ganado muchísimos premios, conocías tantos países, eras tan amable, gracioso, generoso, inteligente y otra cantidad de cosas fabulosas que pertenecían al interminable monólogo de mi madre sobre ti.

Al pasar del tiempo surgió un arrebatado odio hacia ti. Te responsabilizaba por todo lo sucedido. Te aborrecía, desde lo más profundo de mi alma consciente. Y sobre todas las cosas me repugnaba la odiosa manera en que pronunciabas mi nombre. Era como un siseo, una burla sutil. Lo sabía muy bien por ese brillo morboso que centellaba en tus ojos al decirlo. Y fue justamente aquel pronunciamiento el que me influyó a cometer lo inimaginable.

Con el pasar de los días empecé a planear como acabar contigo y con ella.
La mayoría de las noches deseaba verlos tristes. Sobrecogidos o en el peor de los casos muertos.
Sabía que mi plan debía ser rápido pero contundente. Ustedes tenían que sufrir todo el mal que habían causado. Y ella en especial debía pagar por abandonar a su esposo e hija verdaderos. Por escogerte a ti sobre nosotros y por amar tanto a un niño que nunca nació.

El día escogido para acabar con ustedes fue el once de junio, el día de mi cumpleaños número trece. Lo recuerdas Simón, la casa entera había sido decorada espléndidamente. Los globos multicolores danzaban el vals de la despedida animosa y airadamente. La música era clara y amorosa. Qué curioso, aquello que jamás había sentido, lo sentí ese terrible día. Como si el mundo me diera aquella redención emocional. Tiempo y acciones. Que contradictorios estos dos conceptos. Actuamos sin medir el tiempo, pero el tiempo actúa sin medir a los hombres. ¡Qué cruel!, ¡Qué empático! ¿No lo crees Simón?

Subí lentamente las escaleras. La fuga había comenzado. Ella estaba en el baño. Entré sigilosamente y cerré la puerta. Ella estaba desnuda y su gran barriga resaltaba con gran alegría sobre su humanidad. No recuerdo que palabras se gestaron y nacieron de mi boca. Es como si mi mente las hubiera secuestrado en un lugar recóndito de mi recuerdo. Solo recuerdo el momento en que se puso de hinojos ante mí, y me pidió perdón. Pero bien sabía yo que aquel perdón era un perdón con fines de olvido, pero yo no quería un simple perdón y mucho menos quería el olvido. Yo quería algo más. Quería volver al pasado, aquel pasado donde fui feliz. Lo mencioné, pero ella dijo que no podía. Era imposible. Te amaba. Amaba su nueva vida, y nunca la abandonaría, ni quiera por mí. En ese momento, la neblina que inundaba mi mente se dispersó un poco y me obligó a comprender. Ella nunca me perteneció. Ella nunca me quiso completamente. Solo era para ella un pasado lejano y tormentoso del que se quería librar. Oh, Simón, no sabes lo mucho que me dolió; esas palabras mataron vilmente la compasión que llegué a sentir por ella en aquellos momentos. En el gabinete había unas tijeras. Las tomé y a su altura me posicioné. A su oído susurradamente comencé a rezar pidiendo que se le diera el perdón misericordioso que merecía. Mientras apuñalaba una y otra vez en el corazón. Y ahí, justo ahí, me despedí del recuerdo y de los odios contra la mujer primaria de mi vida.

Baje al patio y tú estabas ahí. Sentado en la butaca contemplando el anochecer. Te llame. En cuento volteaste a verme, tus ojos perdieron el brillo burlón que los caracterizaba y ahora el temor habitaba frenéticamente en ellos. Eso me generó un gran gozo. Me preguntaste el porqué de mi estado. ¿Recuerdas lo que contesté? –La maté La liberé del peso de amar y aferrarse a la efímera felicidad, que tarde o temprano llegaría a su fin. Ahora está con nosotros. Pertenece a nosotros-. Mi voz fue pronunciada con grandes ápices de satisfacción.

Note tu horror. Corriste al baño. Y te escuche gritar. Tu carne trémula mostraba tu desesperación. Pobre Simón. Alzaste tu mano, me golpeaste violentamente. Eras víctima de una furia incontrolable. Me llamabas monstruo. Tomaste las tijeras y las arrojaste lejos. Luego intentaste matarme. Pero lamentablemente los entrometidos vecinos habían llamado a la policía. Y estos llegaron cuando tú habías posado tus manos en mi pálido cuello y tu barbarie buscabas acabarme.
Te detuvieron. Y nos preguntaron qué había pasado. Ni tú ni yo respondimos nada. Ellos inspeccionaron la casa y la encontraron. En cuanto bajaron yo empecé a gritar y a llorar frenéticamente. Les dije en medio de desgarradores llantos que habías sido tú el responsable de todo. Les describe como la habías asesinado y como habías violentado mi infantil cuerpo y me habías tratado de asesinar. A pesar de todos estos años, Simón, no logro entender por qué tú en ningún momento durante mi acusación levantaste la voz o tan siquiera desmeritaste mi mentira. Es que acaso comprendiste en ese mísero y decisivo instante todo el dolor que me ocasionaste. O sabias que ese lugar no sería mi castigo, sino el tiempo y lo que este acarrea.
El final tú sobre todos los demás lo conoces mejor que nadie. Te condenaron. El pueblo te insultó y te sentenció al escarmiento público. Mientras a mí me compadecían y me vestían de luto. Era un alma en pena al que el destino y la vida le habían jugado una mala pasada. Ya en tu condena, sentiste la tentación del abismo. ¿No es cierto, Simón? Esa misma tentación que parece perseguirme día y noche con la forma de tus ojos y con el canto de su voz. Por eso hoy Simón. Me entrego al vacío que desde hace tantos años clama por mí. Me entrego para vivir. Para estar con ella y contigo. Para abandonar mi ser.
Atentamente, Deyanira.
La hija infame.

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