La Cacería Continúa

Jairo Sánchez

Revista Digital Arrierías 73.

La expresión “bruja”, usada en múltiples contextos, es conocida desde épocas inmemoriales y cada persona tiene una idea propia, objetiva, o subjetiva de esa palabra.

Cómo se planteó en “la Ignominia continúa, “, Arrierías 72, siendo la mujer el centro de la responsabilidad de la tribu, clan, grupo o familia, mientras el hombre se ocupaba de las labores externas, todo lo bueno, pero especialmente lo malo que sucediese, era su culpa. Por esta razón debía asumir la responsabilidad ante hechos ajenos completamente a su papel, como plagas, enfermedades, desastres, muertes, sequías e inundaciones.

Siempre ha sido muy fácil culpar a otros por eventos inexplicables relacionándolos con comportamientos de la persona culpada. De esa manera la mujer resultó involucrada en sucesos de las comunidades, acusada, perseguida, cazada, condenada, desterrada, aislada, quemada en la hoguera, en una cacería que, aún, no termina. El famoso dicho de “nadie entiende a las mujeres”, es real y nunca se supuso que se podrían entender si necesidad de juzgarlas, cuestionarlas, o condenarlas porque pensaban diferente.

La persecución por actos, posiciones o actuaciones inentendibles para la sociedad, viene desde tiempos inmemoriales, pero su documentación comienza con la inquisición (del latín inquisitio, «averiguación», «investigación»), en sentido amplio, fue, y sigue siendo una institución conformada por hombres, religiosos y laicos cuya función fue “investigar, inquirir faltas contra la iglesia o la fe religiosa, católica o protestante y cuyos sujetos de investigación eran, principalmente, mujeres.

Cuando hallamos la palabra inquisición pensamos en la iglesia católica, la Santa Inquisición, las brujas, los tormentos, los aparatos de tortura y las hogueras. Sin embargo, es necesario aclarar que hubo inquisición protestante tal vez, más sanguinaria y persecutora que la de los papas.

“Las normas y directrices marcadas por los líderes protestantes, fueron absolutamente igual de intolerantes que las de la Iglesia Católica con su particular Inquisición. Se implantó la asistencia obligatoria a los sermones protestantes bajo pena de castigo, toda enseñanza y práctica religiosa que se desviara de las regulaciones prescritas, se castigaban. A los clérigos no se les permitía oficiar misa ni se permitía a los feligreses asistir a ésta. Fue prohibido bajo pena de castigo severo, el tener imágenes y esculturas religiosas aún dentro de las casas. Muchas bellas pinturas, monumentos y antiguas obras de arte dentro de las iglesias católicas, fueron destruida en nombre del Cristo de Lutero. Aquella persona que se negara a asistir al culto público, se le daba un plazo de ocho días para salir de los límites de la ciudad, y los ciudadanos católicos, se les prohibió el asistir a los lugares de culto, bajo severos castigos.”

“En Inglaterra, Seis monjes cartujos y uno de la orden Brigidina fueron colgados, el obispo de Rochester, san Juan Fisher, fue decapitado. En mayo y junio de 1535, otros fueron desollados en vida, ahogados y descuartizados, por negar que Enrique VIII fuera la Cabeza Suprema sobre la tierra de la Iglesia de Inglaterra. Cuando Enrique VIII comenzó su persecución, había unos mil monjes dominicos en Irlanda, solo cuatro sobrevivieron cuando Elizabeth llegó al trono treinta años después. En un acta firmada por los Comisionados del Parlamento de Inglaterra, decretaron que cada “sacerdote romano” debería ser colgado, decapitado, descuartizado, sacarle las entrañas y quemarlas, así como colocar su cabeza sobre un poste en un lugar público. Al final, fueron escasísimos los sacerdotes que quedaron en toda la isla.

Opositores en Irlanda también soportaron horribles sufrimientos. Hubo casos registrados en los que se les arrancaron a tirones sus dedos, a los que se les chamuscó el cuerpo por medio de hierros candentes, a los que se les rompían las piernas. Sus esposas también eran azotadas en público.

La ejecución más infame en Ginebra fue la de Miguel Servet, un médico español que negaba la Trinidad.”1.

Se conoce como Inquisición o Santa Inquisición a una serie de instituciones y procedimientos judiciales dependientes de la Iglesia católica o de clérigos al servicio de gobiernos seculares que surgieron en Europa en la Edad Media y la Edad Moderna, un instrumento de persecución, juzgamiento y castigo ensañado con las mujeres que eran acusadas de todo y por todo.

Se desconoce la cantidad de personas que perdieron la vida quemadas en la hoguera por orden de la Inquisición o que fueron sometidas a tortura física para obtener confesiones de herejía. Además de las víctimas humanas, se prohibieron y destruyeron libros.

Se puede dividir en tres etapas: La Inquisición medieval, que surgió a fines del siglo XII y se consolidó en el siglo XIII. La Inquisición española, que se instauró a fines del siglo XV. La Inquisición romana, que nació en el siglo XVI.

Con la española apareció el Tribunal del Santo Oficio que juzgaba a los acusados mediante “Autos de Fe”

La tortura, la humillación pública y la muerte por ejecución fueron prácticas empleadas por la Inquisición. La tortura, en particular, podía tener dos funciones: obtener una confesión durante el proceso o servir de castigo ejemplarizante antes de que se consumara una ejecución.

En los manuales de inquisidores se solía reconocer que obtener confesiones mediante torturas podía dar lugar a falsas atribuciones, pues el torturado estaba dispuesto a confesar o delatar a otras personas con tal de que culminara su tormento. Por esta razón, en ocasiones se recomendaba reiterar las preguntas sin el uso de la tortura. En la práctica, el temor a volver a experimentar suplicios podía llevar a los acusados a confirmar su confesión.

Algunos de los métodos de tortura más conocidos eran el potro, la garrucha y el tormento del agua introducidos durante los años de la Inquisición española.

Cuando se dictaba la pena de muerte, reservada para los casos considerados más graves, el acusado era entregado al “brazo secular” y generalmente quemado vivo en la hoguera en un espacio público. Si se arrepentía, podía ser ejecutado por ahorcamiento mediante el garrote vil antes de que ardiera la pira. En muchas ocasiones el acusado era ejecutado “en efigie”, es decir, se utilizaba una imagen o muñeco sustituto debido a que había sido juzgado en ausencia o había muerto durante el juicio.

La caza de brujas

En la Edad Moderna, uno de los cargos que investigaba la Inquisición era el de brujería. La figura del brujo y, sobre todo, de la bruja como personas que encarnaban la desviación religiosa y la asociación con el demonio surgió de creencias populares y del modo en que los teólogos interpretaron dichas creencias. La caza de brujas fue especialmente intensa en países como Alemania y llegó incluso a regiones de América.

En 1484 el papa Inocencio VIII promulgó una bula en la que autorizaba a la Inquisición a perseguir y condenar a las personas sospechosas de brujería.

Los años de mayor actividad de la persecución de la brujería se dieron entre 1580 y 1630. A menudo, las denuncias nacían de meras sospechas o de rivalidades vecinales y daban origen a mayores delaciones producto de la histeria colectiva. Los tribunales que se encargaban del proceso podían ser eclesiásticos o laicos. Quienes eran encontrados culpables solían ser quemados en la hoguera por autoridades seculares.

Otros cargos comunes en los procesos conducidos por la Inquisición eran los de alquimia, sodomía (homosexualidad), paganismo, apostasía (renuncia a la fe católica) y diversas formas de herejía (desobediencia a la ortodoxia católica).

La difusión de la llamada cacería de brujas y delitos relacionados con la brujería no fue espontánea. Se debió a la publicación y seguimiento de un libro obligatorio para todas las personas eclesiásticas y con rango de autoridad. Ese libro, en su época fue tan conocido como la biblia porque coincidió con la aparición de la imprenta.

El Libro, El Martillo de las brujas (en latín, Malleus maleficarum) es un tratado exhaustivo sobre brujería y caza de brujas escrito por el fraile dominico e inquisidor alemán Heinrich Kramer con la posible coautoría del fraile Jakob Sprenger.

Se publicó originalmente en Alemania en 1486 y tuvo numerosas reediciones durante los siglos XVI y XVII El Malleus maleficarum contribuyó a difundir por Europa y partes de América la visión de la brujería como una forma de satanismo y como una de las herejías más peligrosas.

Este libro describe el fenómeno de la brujería mediante una recopilación de creencias preexistentes y detalla los procedimientos para descubrir, interrogar (recurriendo a la tortura) y juzgar especialmente a las mujeres sospechosas de ser “brujas”. Además, presenta a las mujeres como particularmente inclinadas a caer en la tentación del diablo.

Para tener una idea de lo virulento y antifeminista del libro, en la página 50 tenemos el siguiente pasaje:

“Porque en lo que respecta al intelecto, o a la comprensión de las cosas espirituales, parecen ser de distinta naturaleza que los hombres, hecho respaldado por la lógica de las autoridades, y apoyado por diversos ejemplos de las Escrituras. Terencio dice: «En lo intelectual, las mujeres son como niños». Y Lactancio (Institutiones, III): «Mujer alguna, entendió la filosofía, salve Temestes». Y Proverbios, xi como si describiese a una mujer, dice: «Zarcillo de oro en la nariz del puerco es la mujer hermosa y apartada de razón».

“Pero la razón natural es que es más carnal que el hombre, como resulta claro de sus muchas abominaciones carnales. Y debe señalarse que hubo un defecto en la formación de la primera mujer, ya que fue formada de una costilla curva, es decir, la costilla del pecho, que se encuentra encorvada, por decirlo así, en dirección contraria a la de un hombre. Y como debido a este defecto es un animal imperfecto, siempre engaña. Porque dice Catón: «Cuando una mujer llora, teje redes». Y luego: «Cuando una mujer llora, se esfuerza por engañar a un hombre». Y esto lo muestra la esposa de Sansón, quien lo instó a que le dijese el enigma que había propuesto a los filisteos, y les dio la respuesta, y así lo engañó. Y resulta claro, en el caso de la primera mujer, que tenía poca fe; pues cuando la serpiente preguntó por qué no comían de todos los árboles del Paraíso, ella respondió: de todos los árboles, etcétera…, no sea que por casualidad muramos. Con lo cual mostró que dudaba, y que tenía poca fe en la palabra de Dios. Y todo ello queda indicado por la etimología de la palabra; pues Femina proviene de Fe y Minus, ya que es muy débil para mantener y conservar la fe. Y todo esto, en lo que se refiere a la fe, pertenece a su naturaleza, aunque por gracia y naturaleza la fe jamás faltó en la Santa Virgen, aun en el momento de la pasión de Cristo, cuando les faltó a todos los hombres. Por lo tanto, una mujer malvada es por naturaleza más rápida para vacilar en su fe, y, por consiguiente, más rápida para abjurar de la fe, lo cual constituye la raíz de la brujería.”

¡Si tenemos 162 páginas de esta verborrea contra la mujer, que podía esperarse de quienes las juzgaban, siendo que debían atenerse a los preceptos del libro!

Dando un salto en el tiempo a nuestra época, hallamos la utilización del vocablo bruja como sinónimo de antipatía, persona de malas costumbres, odiosa, etc. Y, lo peor, ese temor infundado atávico persiste y se leen noticias como esta publicada en el Tiempo en julio de 2022:

“Cuatro mujeres fueron asesinadas tras ser acusadas de brujería en Papúa Nueva Guinea, un empobrecido país con altas tasas de analfabetismo donde anidan las supersticiones, informaron este lunes medios locales.

La Policía confirmó que otras cinco mujeres fueron rescatadas con vida y que fueron enviadas a un hospital para ser tratadas de las heridas causadas por las torturas a las que fueron sometidas, publica el diario The National.

El suceso tuvo lugar el viernes en la provincia de Enga, en una región montañosa del norte del país, tras el fallecimiento de un empresario local. Los familiares del difunto acorralaron a las nueve mujeres a quienes acusaron de practicar la brujería para causar la muerte del empresario, las «desnudaron y torturaron con barras de hierro caliente», relató al medio el comandante en funciones de Enga, George Kakas.”

O la llamada “aldea de las brujas”, lugar de destierro y abandono de mujeres acusadas de brujería en Ghana.

En unas chozas sin agua ni luz viven, hoy en día, cerca de 1.000 mujeres acusadas de brujería en Ghana. A más del 70 % de ellas, en su mayoría ancianas, se les atribuye la muerte de sus maridos, causada, según dicen, por alguna suerte de hechizo.

Kukuo es uno de los seis campamentos a los que, desde hace más de 100 años, van a parar estas mujeres, para evitar que las linchen. Allí, son sometidas a rituales de limpieza o exorcismo, que realizan los líderes de la comunidad, con el fin de proteger la integridad de los vecinos.

El temor no es infundado: hace unos años, cinco mujeres fueron asesinadas a golpes por, supuestamente, haber causado una epidemia de meningitis. De hecho, es común que en esta región africana se le atribuya a la brujería toda clase de enfermedades y desastres naturales.

En África, en países del pacífico y en muchos otros el señalamiento a las mujeres continúa. Los niños “albinos”, nacidos en África son considerados un trofeo y sus partes y órganos alcanzan precios exorbitantes en el mercado negro, y, por supuesto las madres son estigmatizadas.

Existe una película, I Am Not a Witch (No soy una bruja), Shula (Maggie Mulubwa), una huérfana muda de ocho años acusada por su comunidad de brujería. Incluso un local alega que la niña le cortó un brazo con un hacha, aunque es evidente que dicha extremidad permanece visible y tercamente unida. Hay miedo y desesperación por aferrarse al mito, a la creencia mágica. Y como Shula no puede hablar, es condenada a vivir en un campamento de brujas.

Ciro Guerra, cineasta colombiano, en su película “El abrazo de la serpiente”, muestra sutilmente un detalle en las mujeres indígenas, una cinta blanca que está unida a la espalda de cada una de las mujeres del campamento. Tienen que cargar con ella. Una especie de cadena perpetua de tela blanca que les impide volar de forma literal y figurada. Una idea que sabrá interpretar el observador de la película.

Por eso, La Ignominia continúa.

Fuente: https://humanidades.com/inquisicion/#ixzz84Sm6oxHk Fuente: https://humanidades.com/inquisicion/#ixzz84SlVPTPW Fuente: https://humanidades.com/inquisicion/#ixzz84SjSRqap
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