Arrierías 86  

Luis Carlos Vélez.

La espera del amigo en la esquina de carrera catorce con calle veinte da tiempo al cronista para fotografiar la hilera de puestos verdes y techados de los lustrabotas.

Destaca entre los siete que, a la sombra de los árboles conversan y ríen mientras lustra los zapatos a sus clientes, una mujer de color.

Teniendo en cuenta que la distancia entre la esquina y la hilera permite una visión al sitio de encuentro con un amigo, opta por aprovechar el tiempo que resta de la espera para una lustrada.

La embellecedora de calzado se levanta del asiento contiguo donde conversa con el hombre que lee un periódico; separa las piernas para tomar asiento en una butaca pequeña, señala el cojín abullonado, y pregunta por el tipo de color preferido. A la respuesta, otra pregunta:

-“¿Mate o brillante?-”.                                    

La embellecedora, corpulenta, de cabello crespo y negro, ojos oscuros y vivaces, busca en el cajoncito que sirve de apoyo a los zapatos para lustrar, la caja de betún, y con el dedo golpea por debajo del zapato para indicar con cuál empezar: el izquierdo.

Su charla con el hombre del periódico continúa por un minuto y no permite al cronista cruzar palabra con ella. Pasados unos minutos, el hombre se marcha.

A un lado, en otro cajón rectangular, aparecen varios frascos que le sirven para intentar, con preguntas un acercamiento cauteloso y discreto, la forma de ganarse su confianza, y que ella contesta amistosa.

Por las respuestas concluye que la embellecedora de calzado, oriunda del Valle del Cauca, es dueña del puesto y de las herramientas para lustrar desde hace diez y ocho años.

-“Estoy aquí desde que me dieron permiso para trabajar. A las ocho de la mañana ya espero el primer cliente…”-.

Observa el zapato. Retira los cordones, los cuelga al hombro. Empapa en agua el cepillo de dientes con mango recortado que utiliza para limpiar el cuero, las costuras, y con una espátula pequeña retira de las junturas entre el cuero y la suela, el barro o polvo reseco.

Enrolla y ajusta con fuerza en el dedo rígido del corazón una tira larga de tela; da vueltas al resto en la palma de la mano y aprieta; escarba en el cajón de apoyo hasta encontrar el cepillo apropiado, que una vez hace pasar dos veces por la palma de la mano, unta betún una y otra vez, y lo aplica con cuidado en cada tramo, en todo resquicio.

El amigo tarda, pero al cronista, metido en su tarea, no le importa.

Cuando comenta que en el “gremio” no abundan los embellecedores de calzado que estafen a sus clientes aplicando químicos que “cobran carísimos por cada aplicada y con el cuento de que los zapatos quedaran como nuevos. Hay que estar pilosos como dicen ahora… Hay clientes que tienen que amenazarlos con llamar a la policía… entonces se vuelan, se esfuman…”. Cuando dice que “hay tontos todavía”, calla porque recuerda que alguna vez cayó con ese cuento, y ella remata:

-“Hay otra gente que no es boba”-.

Entonces miente: “Alguna vez intentaron conmigo pero no pudieron…”, y continúo narrando su ficción para no pasar por estúpido…

Un golpecito en la suela indica cambio de zapato. Como un ritual, la primera observación y limpiado se repite: Otro golpecito. Bajar del cajoncito el segundo zapato, y apoyar el primero de inmediato.

Un retazo de bayetilla que nuevo fue rojo, opaco y de color indefinido, golpea rápido la punta, los costados y el talón del zapato. Las manos de la embellecedora, robustas y fuertes hacen vibran las piernas y… lo oculto que ocupa espacio en su entrepierna. Gotas de sudor asoman a su frente, y cuando las siente en las cejas, sopla con vigor y vuelan en gotas a su cara.

Dice que terminada la jornada antes de las cinco de la tarde, se encamina al paradero de buses.

Hace años compró “una casita”, en un barrio del sur de Armenia, en donde vive con sus hijos.

Terminado el golpeteo lustrador, vuelve a cubrir el dedo con la tira de tela para aplicar betún, y repetir el proceso por segunda y última vez.

Entre observar, limpiar y embetunar, lustrar y sudar, pasa el tiempo.

El amigo aparece en la esquina y mira a todos lados. El cronista agita el brazo hasta llamar su atención. Se sienta en la banca de cemento que ocupó el hombre del periódico, y espera a que la embellecedora termine su labor.

El hombre del periódico regresa y espera de pie.  La embellecedora busca los vueltos en la cajita que guarda en el cajoncito repleto de betunes, cepillos dentales, espátulas, retazos y tiras de tela.

-“Por aquí a la orden. Hasta que vuelvan”-.

El lunes vuelvo y seguimos conversando, dice el cronista.

Desde la esquina toma otra fotografía y el amigo lo mira extrañado cuando le agradece su retardo.

El cronista incumplió. Semanas después volvió pero no la encontró. Averiguó y sus colegas dijeron:

“Ésa se va y de pronto aparece”… “Tal vez no vuelva”… “Ah, ¿la negra? a veces se va visitar a la familia…”, “o se largó a encerrarse por semanas con su negro”…

Hubo un alto obligado en las averiguaciones sobre su paradero: Llegó la pandemia…

Pasaron años; la pandemia se marchó y la embellecedora no volvió.  El cronista se arrepiente de incumplir, y para no dejar su crónica inconclusa, prefiere que sus lectores escojan para su final, la mejor de las cuatro opciones ofrecidas por los colegas de la embellecedora de calzado…

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