Arrierías 86.

Umberto Senegal.

-No voy para ningún lugar. No me encamino hacia ningún sitio aunque parezca andar hacia allá. Mi designio como poeta es el territorio donde siempre estoy. Por tal motivo nunca me acelero. Todo sabe esperarme si resuelvo estar donde me encuentro. Llego siempre a la hora justa. En el instante correcto para mí y para el mundo, cuando no tengo afán por llegar ni zozobra por el regreso.

–  Yo también.

-Elijo escuchar el silencio. Con sus sigilos conversa mejor y revela más de cuanto los hombres comunican con palabras.

Yo también.

-Mediante el sexo, me experimento en el cuerpo y el erotismo del otro.  Y a la vez identifico a este a través de mí. En pareja me sucede igual. El frenesí de la experiencia recíproca da energía a mi relación y me concede particular sensibilidad de fácil transmisión a la otra persona.

– Yo también.

-¿Hay algo en la mujer que yo pueda distinguir y comprender distinto a su sexo?  ¿Algo expresado y musitado, algo acariciado por ella más allá de su sexualidad? Cuando hombre y mujer en íntima reciprocidad son conscientes de tal circunstancia física, el uno en el cuerpo del otro, dan el paso preliminar para trascender sus cuerpos y sus sexos sin negarlos. Sin desdeñarlos en aras de algún dogma, alguna moral o cualquier patrón sexual de la época.

Yo también.

-Lo substancial para el individuo es el total de vida capaz de declararse a sí mismo. Su comprensión crece con expresiones de vida irradiadas desde cada pensamiento, con cada palabra suya, a través de acciones y silencios consigo mismo. Por cuanto se refiere a lo erótico, lo significativo en el sexo no es el amor ni los sentimientos. Solo importa la cantidad de energía, vitalidad y consciencia conservadas y manifestadas por los cuerpos. Lo demás… viene por añadidura.

Yo también.

-Hay demonios creadores por todo rincón del mundo y del hombre. Esperan las palabras apropiadas, los sonidos afinados o guturales evocándolos e invocándolos desde el verso, la música o la pintura. Tal vez desde la filosofía. Todos son demonios íntimos, aguardando conjuros y metáforas, hechizos y mantras, indulgencias, perversidades, afirmaciones e incertidumbres para despedazar las puertas del entendimiento y el asombro en el hombre. Tales demonios pernoctan a tu lado aunque no los veas ni presientas. Residen en tu respiración aunque los niegues o soslayes. Hay demonios en la flor y en la lluvia. Indeterminados demonios entre libros de magia y antiguos volúmenes de poesía. Demonios creciendo. Demonios multiplicándose entre ecuaciones y teoremas. Demonios expectantes entre conjeturas matemáticas. Encantadores demonios en ríos y montañas. Y en árboles. En las palabras tiernas y el sexo desenfrenado. Tales demonios invaden el ciberespacio y buscan ser llamados a la cotidianidad por los hombres. Aguardan ser convocados en un poema, en algún espacio de internet o en la sosegada meditación. Caminan por calles de pueblo o ciudad, disfrazados de sombras. O de niebla. O de hojas secas y viento. Son equilibristas sobre guaduales del Quindío y para la ocasión se tornan verdes. Entre cinco y seis de la mañana, dos de ellos se dejan ver en uno de los guaduales de la carretera que conduce de Barcelona a Caicedonia. Pueden vivir en recónditas grutas o sobrevivir en el pensamiento cotidiano de una persona. Viven en la ternura y en el resentimiento. Saltan de tu interior al mundo exterior y de este pueden precipitarse, sin previo aviso, en tus miradas, tu corazón o tu conciencia. Hay demonios que no te llaman: esperan siempre tus llamadas.

Yo también.

-Si en el comprimido nivel donde desempeñas tus deberes lesionas a quienes se encuentran en categorías inferiores a las tuyas, ¿qué pasaría si se te permitiera desempeñar cargos superiores o te ascendieran a cotas mayores sin estar preparado internamente?

Yo también.

El hielo es el mordisco del agua.

Yo también.

-Escribir es pretender enlazar un bisonte de planicie entre una estampida de estos. Atrapas uno, si tienes éxito, y consideras haber apresado la turbulenta manada. Más peligroso todavía: el lazo que empleaste para atrapar al bóvido era de seda.

– Yo también.

Ese predicador con sus aullidos e intimidaciones como evidencias de Dios o la verdad; con sus ofrecimientos del paraíso en el otro mundo y del perdón en este; con sus inculpaciones salmodiadas donde convierte en infierno los placeres de la vida, ahoga tanto sus propias ideas como el irrisorio juicio, la libertad y voluntad de quienes lo escuchan concediéndole alguna credibilidad y dejándose hechizar por sus emociones verbales. Ese orador predica a otros catequistas.

– Yo también.

-Bien porque la transforme en microscopio o la aproveche como telescopio, gracias al instrumento natural de la flor descubro orientándolo hacia el lugar preciso, a Dios, donde Se oculta o Se revela. Jardines, boscajes y montañas son laboratorios donde elaboro la piedra filosofal.

– Yo también.

-En última instancia, cuanto leí es infructífero para mi espíritu. Hasta los libros de contenidos espirituales cuya discrepancia con los otros fue inducirme a descubrir dicha inutilidad en aquellos.

Yo también.

-Nunca es Dios tan incumplido como cuando las promesas las hace en su nombre un pastor o un sacerdote.

Yo también.

-Tanto profundicé dentro de mí con la lectura de libros que ahora tengo un vacío enorme.

Yo también.

-Mi metafísica soledad y mi sed de absolutos por fortuna tienen límites: se apaciguan cuando saboreo una fruta o beso a una mujer. Y se olvidan o menguan cuando le hago el amor.

– Yo también.

-Tanto le platiqué de amor para seducirla que terminé creyéndomelo. Y cuando ella dijo no amarme fui yo quien experimentó dolor.

– Yo también.

-Algo turbio hay en Dios con tanto intermediario mercadeando en su nombre, cuando estos vociferan y citan versículos; cuando juzgan desde sus particulares interpretaciones y construyen iglesias para presentárselo a los cándidos devotos.  Y algo más sospechoso en los mediadores con el pertinaz silencio de Dios. Cuando habla uno de estos el otro no se encuentra por ningún lado.

– Yo también.

-Esa caterva de predicadores obstaculizando con sus bramidos los susurros de Dios me inducen a imaginarlo un inepto para ofrecer Élmismo sus productos. Si me atengo a explicaciones de aquellos, le supongo poco hábil para promocionar su creación. Timorato y crédulo al delegar su labor en sacerdotes y pastores. En teólogos. O en realidad su creación no es efectiva para garantizar su imagen de creador. Sus sacerdotes, pastores, teólogos, filósofos, religiosos y fanáticos de todo tipo, versados en negocios de espiritualidad menos en fomento interno de Dios, la ofrecen demasiado costosa o la regalan sin acertar jamás con el valor establecido por Dios mismo.

-Yo también.

-Siempre sobrarán evidencias categóricas para llenar de dudas las afirmaciones, negaciones e incertidumbres de un individuo, lo cual garantiza que dichos argumentos y quienes los exponen sean dignos de confianza.

– Yo también.

-Aquel escritor se emperifolla de complejidad verbal para velar sus pensamientos simples. A este otro le basta su verbal sencillez para expresar ideas y pensamientos complejos. Al comunicar algo, este último es el hombre fundamental en cualquier relación.

– Yo también.

-Los secretos de la existencia se descubren con la directa manifestación de las cosas. En particular con la presencia de árboles e inadvertidos brotes de flores y yerbas. La barrera para comunicarnos con ellos nace de la incompatibilidad entre su lenguaje y el nuestro, de la distancia entre el vegetal y el ser humano salvable cuando el poeta, el filósofo, el místico o el artista imaginan e intuyen. Si conjeturar sirve para acercar dos lenguajes distantes, la intuición es entonces el comienzo de un vocabulario capaz de ser entendido por ambas partes: plantas y hombres. A partir de tal imaginación vertida en poemas, pinturas, música o divagaciones metafísicas, se descubren letras, sonidos, símbolos y contenidos en el árbol y la naturaleza facilitando la comunicación entre ambas categorías.

Yo también.

– Lo ajeno es mío cuando lo siento. Lo mío es ajeno cuando también lo sientes, si sabes apropiártelo para darle atributos a lo tuyo. Con internet, hoy por hoy, lo propio nunca volverá a ser privativo en el total sentido de la palabra. Lo mío es tuyo y de otras personas. Lo de otros puede volverse mío. Lo tuyo me pertenece y nada es mío. Las ideas en el transcurso del siglo XXI se fusionarán en la demoRed. Cada vez será más arduo presentar algo tuyo como tuyo en su totalidad. Tus rasgos en el estilo, las ideas, los temas y la manera de emplear un lenguaje para exponerlos, dependerán de la originalidad de otros y viceversa. Tus ideas se enriquecerán con pensamientos de otras personas las cuales a su vez enriquecerán las suyas con millares de personas más ahí, en la demoRed, esperando quién las fecunde y a quién fecundar.

Yo también.

Placenteros cosquilleos desde las galaxias hasta los quarks deben provocarle al buen Dios las tentativas de muchos matemáticos para reducirlo a un sistema de ecuaciones diferenciales. Cosquilleos que de algunamanera Dios retransmite al poeta.

– Yo también.

– Tan yermos estaban el hombre sin nombre y el árbol sin frutos en la llanura, y tan solitarios se descubrieron en la ilímite extensión de sus soledades, que el hombre arraigó en el sitio por donde caminaba y el árbol se desarraigó y fue a buscarlo para envolverle con sus ramas sin hojas. El hombre olvidó los colores de las aves y en el árbol estas nunca volvieron a construir sus nidos.

Yo también.

– Todo cuanto pienso decir, al expresarlo carece ya de la intensidad y los matices que tenía mientras lo pensaba. Se me esfuma la poesía, de lo pensado. Adquiere gamas diferentes al decirlo. No tengo más alternativas: regreso al silencio o continúo mintiendo.

Yo también.

– Si descubriste gracias a la palabra hasta dónde se remontan los colibríes, no menosprecies con la palabra el vuelo de las mariposas porque del cielo puede bajar un dragón y soplar fuego sobre tu cabeza o sobre tus palabras, poeta engreído.

Yo también.

  – En tu respiración cohabitan la mariposa, el colibrí y el dragón. También aquí, fuera de tu cuerpo y de tu alma, fuera de tu sensibilidad cuando respiras. Y seguirán cuando ceses de respirar.

Yo también.

– Cuando estés agonizando ninguna filosofía, ninguna religión, ninguna esperanza y ninguna fe tendrán solidez suficiente para agarrarte a ellas. Ninguna es tan consistente como la presencia de esta pequeña flor mientras vives. Con su forma, su coloración y su perfume te invita al vacío sin complejidades ni abstracciones metafísicas mientras llegas al punto de encuentro con tu muerte. Ni tú ni esa flor juntos irán más allá de ella, la cual con todo su poder en este momento es incapaz de quitarte la flor que observas y te observa.

Yo también.

-Si manifiesto que es algo complejo, demandarán que sea sencillo para exponer la experiencia. Si declaro que es obvio, querrán explicaciones enmarañadas para darle credibilidad a cuanto señalo. Si guardo silencio, siento congoja por ellos. Tienen la poesía y no ven ni escuchan. Escribo entonces un haiku y sigo de largo. Sin palabras. Sin explicaciones bajo la luna llena que salió temprano. Tampoco tienen tiempo para la brevedad de tal poesía. O desean un poeta entreteniéndolos con elucidaciones, con extensos cuadros de lo fugaz. Si el mundo mismo no te ilumina las 24 horas que vives en él, ¿quién podrá iluminarte? Si algo extraordinario te deja indiferente con sus incontables milagros cotidianos, ¿qué podrá estimularte a reconocer la presencia de lo trascendental donde estás parado? Cuando recurras a la montaña para encontrar la entrada a tu santuario interior, siéntate al lado de un angosto hilo de agua oculto por la yerba y escúchalo. Si quieres, introduce tus manos en el agua y habla con ella. Doña Carmen Elisa Ortiz Amaya,la verdemántica de Génova, Quindío, con quien tuve la dicha de sostener algunas esotéricas pláticas y de la cual daré a conocer en este espacio detalles sobre su singular y casi extinto método de adivinación, exigía lavarse las manos en el más reducido hilillo de agua que se encontrara por allí cerca, friccionándote además con siete hojas de yerbabuena antes del ceremonial. No puedo dejar de recordar aquí lo relatado por el neurofisiólogo y místico Jacobo Grinberg-Zylberbaum en su libro Curaciones chamánicas, Pachita, el milagro de México (Biblioteca Fundamental Año Cero, España, 1994) quien anota una respuesta de Bárbara Guerrero, Pachita, a un operado del corazón: “¡Primeramente Dios, y para arriba, buen hombre! Cuando vea agua en un arroyo, corte una flor roja y vea cómo el agua se la lleva. Esa es una buena medicina”.

Yo también

– ¿Dónde están los seis patriarcas del zen? Daruma, Yeka, Sisan, Doshin, Gunin y Yeno. A diario los identifico en esta gente pasando apresurada y ciega por mi lado. Cuando deseo congratular su memoria se transforman de nuevo en todos aquellos pobres individuos víctimas inconscientes de los proyectos y acciones del Instituto Tavistock. Sin embargo cargan con los patriarcas en alguna parte del corazón, de su adormilado cerebro.  Estos van con ellos y sonríen compasivos. ¿Dónde fueron en este momento los antiguos patriarcas del zen que me saludaron hace un momento?

Yo también.

– No quiero ni puedo participarte en este momento la flor y el abismo donde resido.  Mi abismo florece en otras simas y mi flor se desvanece entre su propio perfume. Solo puedo acercarte a ellos si aprendes a extasiarte con el aroma del precipicio y las honduras de la flor. Solo eso puedo. Solo eso quiero. Si no tienes prisa por el mundo, por este camino de vereda tal vez encontremos tus propios abismos y tus propias flores. Hay muchas, hay tantas…

– Yo también.

– Qué fácil remolca la mariposa en su vuelo a la catedral. Hablo de una catedral real, de componentes reales.  Ese tipo de catedrales donde los cristianos entran a buscar a Dios, a solicitar perdón por sus pecados, a monologar con sus íconos preferidos, a prender alguna veladora o implorar cualquier cosa. Estoy aquí con mis manos humedecidas por la dulce agua escurriéndose de la sandía que mastico, en una esquina del sitio donde quedaba la catedral, observando la mariposa, leve, brillante, perderse a lo lejos con la catedral detrás de sus alas, sujeta de un hilo de telaraña.  Grávido en el andén, escupiendo pepitas de sandía me reconozco incapaz de volar, de acompañarla en su vuelo o dejarme arrastrar también, como la catedral con todos sus símbolos y su cemento, con sus dogmas, con su arquitectura gótica.  Tal vez otra mariposa… no sé, o algún colibrí en esta ciudad de cemento.

– Yo también.

– Tú también, él también, nosotros también, ellos también.

Del libro inédito: Diario de un exiliado en la tierra

Calarcá, Llanitos de Gualará 2024

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