Cuando llegó a la tienducha, cualquiera podría haberse percatado de su situación. Y no solo por su pantalón y camisa deslucidos, ni por sus zapatos acabados, ni por su anticuado sombrero de campesino desplazado; sino, sobre todo, por su aspecto enfermizo. Por lo flaco y acabado. Podría tener entre cincuenta y sesenta años, y unos ojos tan apagados, que parecieran que albergaban la historia de una guerra interminable. Ya frente a los estantes, solicitó con timidez:

-Un cigarrillo Pielroja, por favor.

De inmediato el propietario del lugar le entregó el cigarrillo, al tiempo que con la otra mano le alcanzaba un encendedor fuertemente amarrado a una pita que en el otro extremo estaba incrustada al mostrador.

– ¿Algo más?

-Claro, deme media libra de azúcar y media libra de arroz. – le respondió el viejo, mientras encendía el cigarrillo. El tendero sacó de los anaqueles correspondientes el pedido y los colocó sobre el vidrio del mostrador.

Todos los artículos de grano de la tienda estaban previamente pesados y empacados en chuspas de papel en libras y medias libras. Era evidente que los habitantes de la parte sur–oriental de esta ciudad, que antes había ostentado el título de ser la capital de la alegría del país, mercaban en cantidades y condiciones similares.

-Un cuarto de café y dos “lágrimas” de aceite.

El tendero colocó nuevamente sobre el vidrio el nuevo pedido y con los ojos le instruyó para que prosiguiera.

-Media libra de “gordo” y un “jeme” de plátano.

En silencio, el propietario cortó y depositó en el mostrador la media libra de gordo, espantando el kilo de moscas que revoloteaban alrededor de la masa indefinidamente blancuzca. Seguidamente, con el mismo cuchillo, partió el plátano y colocó frente al viejo la tercera parte del fruto.

– ¿Eso es todo?

– ¡Es todo!

El tendero metió los artículos en una chuspa de plástico, recibió el valor de la compra y le entregó la vuelta. Todo había sido tan rápido, que al viejo aun le quedaban unas buenas chupadas al cigarrillo.

El viejo le dio las gracias con humildad. Pero cuando traspasó la puerta de la tienda, rumbo a su cuchitril, se le advirtió en los ojos un cambio sorprendente: relampaguearon de alegría. Alzó la cabeza con decisión, llenó de aire sus pulmones, sonrió con aire altivo y apresuró el paso. Se sintió fuerte, puro e infinito. Y se perdió por el camino dándole las ultimas chupadas al cigarrillo, “voliando” la chuspa de plástico y silbando una tonada de los tiempos mejores: ¡Hoy habría comida en casa!

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