El Departamento del Quindío albergó hasta mediados de 1762 a los últimos descendientes de nuestra cultura indígena. Desde ese entonces, hasta finales del siglo XIX, esta región quedó deshabitada. Sólo conocida como paso obligado entre el centro y el occidente del país, efectuado a través del “Camino del Quindío”, cuya existencia data desde épocas precolombinas.

Su proceso de repoblamiento se inició a partir de la migración permanente de colonos, de diversas regiones del país, que se instalaron en nuestro territorio en busca de mejores condiciones de vida, gestándose así un proceso cultural multiforme. Dicho proceso ha sido denominado genéricamente “la colonización antioqueña”, en el que la arquitectura ocupa un lugar de privilegio por sus particulares características, como son:

  1. El empleo de materiales que ofrece el medio natural (el barro, la guadua, la palma de cera, la madera y otros).
  2. Su clara vinculación con el paisaje, interrelacionando el interior y el exterior.
  3. Su adaptabilidad constructiva en terrenos topográficamente difíciles.
  4. La simplicidad de sus sistemas constructivos, que permiten que la vivienda se adapte fácilmente a las cambiantes necesidades familiares.
  5. Los imponentes trabajos en madera (en puertas, ventanas, balcones).

Estas peculiaridades, y la práctica continua, propiciaron el desarrollo de numerosas habilidades constructivas en los maestros artesanos que levantaron las innumerables viviendas que conforman nuestro patrimonio arquitectónico. Su legado está presente en las áreas rurales y urbanas de nuestro departamento.

Los pueblos que surgieron como consecuencia de los desplazamientos colonizadores no fueron concebidos considerando el esquema urbano básico impuesto en las leyes de indias de Felipe II.  En nuestros pueblos encontramos casas similares, pero no idénticas, en armonía espacial con las construcciones públicas, las calles y en un todo congruente con el ambiente natural, formando una unidad visual sólo parcialmente fraccionada por las tonalidades cromáticas de sus fachadas que, al tiempo que individualizan las viviendas, enriquecen el conjunto “porque el grupo social está muy definido en cuanto a los elementos y valores que lo caracterizan” (1)

 

Por su versatilidad estas viviendas poseen un carácter orgánico que les permite realizar ampliaciones hacia arriba, hacia abajo o hacia cualquier lado -según sean las necesidades de la familia- pues la compartimentación o integración de sus espacios se logra armando o desarmando fácilmente elementos divisorios que no exigen grandes esfuerzos constructivos.  Además, por el poco peso que tienen, pueden construirse sobre terrenos con inclinaciones muy pronunciadas.

Atendiendo     una necesidad cultural de los colonos -acostumbrados a permanecer en campo abierto en sus labores agrícolas- la vivienda busca participar permanentemente del paisaje.  De allí la ubicación periférica de sus circulaciones: por el frente, la calle, con su variedad de imágenes y actividades; por la parte de atrás, los corredores que conducen hacia los diferentes cuartos, al tiempo que permiten mirar hacia el patio, el solar o el paisaje lejano. En su interior otros recursos arquitectónicos reafirman esta búsqueda de transparencia: el zaguán, que es un espacio de transición entre la calle y la intimidad de la vivienda, posibilita vinculaciones permanentes entre lo interno y lo externo, a través de sus calados y puertas entreabiertas; las ventanas y los balcones, que con sus pequeños postigos controlan la intromisión de miradas extrañas, pero mantienen un discreto vínculo de lo interior con lo exterior.

En la primera arquitectura regional predominan los volúmenes simples, complementados con ligeras variaciones en la disposición y elaboración de sus elementos arquitectónicos (balcones aislados, corridos o en esquina, corredores laterales, etc.). La rica y rítmica secuencia de superficies de muros y de vacíos (de puertas, ventanas o balcones), que se repiten con dimensiones similares, genera una relativa riqueza visual allí donde los trabajos de carpintería no alcanzan un grado de elaboración muy significativo.

Estos esquemas arquitectónicos surgidos inicialmente fueron adquiriendo un lenguaje más original al diversificarse la actividad agrícola, una vez consolidada la economía cafetera. Dadas las condiciones para una incipiente acumulación de capitales “las ideas del eclecticismo europeo hacen su aparición y sobre la primera arquitectura regional se adicionan nuevos conceptos, materiales y procedimientos constructivos” (2).

Este proceso de búsqueda de una arquitectura que caracterizara los nuevos hábitos y exigencias espaciales iría acompañado del surgimiento de un grupo social con características muy definidas: el sector artesanal.

Los artesanos fueron generadores de rasgos distintivos que expresaron las nuevas transformaciones sociales y culturales.  “Sobre los esquemas de la primera arquitectura de carácter rural, comienza a adicionarse la influencia del llamado estilo fin de siglo en Europa. Sucede entonces un fenómeno de apropiación cultural, que en la configuración visual de los nuevos pueblos juega un papel definitivo, cuando ese eclecticismo europeo hace su aparición en nuestros pueblos para dar forma a las aspiraciones y búsquedas de identificación de la nueva clase que detenta el poder” (3).

A esta etapa del desarrollo le correspondió luego enfrentar un traumático proceso de adaptación cultural, de conciliación entre nuestras construcciones tradicionales y las novedosas expresiones formales que la arquitectura moderna proponía. El sincretismo conceptual siempre ha sido un reto para cualquier cultura, ya que implica incorporar los alcances tecnológicos de la modernidad al propósito de reinterpretar estructuras formales que permanecen en la memoria colectiva.

Armenia, por su dinámica de desarrollo como capital del Departamento, renovó por completo las primeras edificaciones del casco urbano histórico, sustituyéndolas paulatinamente por otras de apariencia más moderna. Los sectores depositarios de los últimos remanentes patrimoniales que conservaba la ciudad -aledaños al parque Uribe- los destruyó el sismo de 1999.

El mismo empeño de transformación urbana se evidencia en los municipios que poseen cierta pujanza económica, pues son fieles al principio absurdo de cambiar lo bueno por lo nuevo. Sólo aquellos en los que las presiones rentísticas especulativas no tienen gran incidencia permanecen preservados, pues hasta hace muy poco fue realmente esto lo que permitió que se conservaran y no, como podría creerse, la adopción de una deliberada política protectora por parte de los dirigentes, o de la misma comunidad.  En sus modestos acercamientos a la modernidad estos pueblos han alterado sensiblemente relaciones espaciales cuidadosamente planteadas en el conjunto original, al introducir, en el nuevo repertorio formal, cambios tipológicos errados en sus proporciones y características. Las alturas desmedidas y la disparidad de acabados en fachada han destruido unos valores jerárquicos y ambientales dignos de mayor respeto, sacrificados en aras del afanoso empeño de transformar su estructura antigua en moderna.

Estábamos en este tránsito hacia la modernidad progresiva y dinámica    -erigida con claras intenciones de rechazo al pasado- cuando nos sorprendió el terremoto que arrasó con incontables edificaciones distribuidas a lo largo y ancho de nuestras ciudades y pueblos y nos despojó abruptamente de gran parte de la infraestructura urbana acumulada en nuestro relativamente corto devenir histórico.

Debimos, entonces, empezar rápidamente a reconstruir lo que habíamos perdido, pero adoptando referentes arquitectónicos apropiados para nuestro contexto cultural y nuestra realidad social.

Las reposiciones de edificaciones colapsadas fueron surgiendo de nuevo en los vecindarios. Muchas de ellas oxigenaron el ámbito de la arquitectura profesional (atrapada por un excesivo pragmatismo presupuestal) y enriquecieron nuestro malogrado escenario urbano con sus diversas propuestas vanguardistas.

Con estas obras se expresaron diversas corrientes conceptuales. Desde las que se nutren de postulados tradicionalistas, hasta las opuestas, las que defienden con obstinación su determinación de adherir a corrientes arquitectónicas internacionales de moda al momento. Muchas de estas nuevas edificaciones lograron aprehender contenidos arquitectónicos que las dotan de significado y, por tanto, de identidad.  Lograron involucrar a sus destinatarios en la percepción y vivencia de espacios y ambientes enriquecidos con contenidos simbólico-culturales que fomentan y motivan diálogos permanentes entre el espacio construido y ellos, como comunidad usuaria.

Pero es necesario tomar conciencia de que -aún en medio de necesidades perentorias que nadie desconoce- el derecho a ser lo que somos y no lo que los demás quieren que seamos debe continuar siendo un principio innegociable. Si tan sólo logramos que esta autodeterminación sea asumida, ya habremos alcanzado mucho.



ENRIQUE BARROS VELEZ

 Arquitecto. Universidad nacional de Colombia. Sede Medellín. Defensor del patrimonio arquitectónico regional. Miembro, durante su existencia, del Centro Filial de Monumentos nacionales, seccional Quindío.

(1) (2) (3) En Antioquia y el viejo Caldas, un patrimonio cultural desconocido. Periódico El mundo. Octubre 27 de 1979. Pagina 11. Medellín.

Centro de investigaciones. Facultad de arquitectura. Universidad Nacional de Colombia. Seccional Medellín.

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