Julio César Londoño

María Magdalena nació en Magdala, Galilea, en el hogar de una señora que tenía tierras y un señor que tenía viñas. Fue objeto de lascivia desde jovencita, en la granja de su padre, cuando les repartía jarros de cerveza a los labriegos «que se bebían su sonrisa a lenguetazos y la palpaban como si fuera una fruta cuya madurez dependiera solo de un poco más de sol. Sus ojos eran dos fieras atrapadas en la red de sus pestañas; sus labios, casi negros, parecían sanguijuelas hinchadas de sangre», dice Margarita Yourcenar, doctísima en judíos, romanos y mujeres.

Magdalena perdió la cabeza por Juan, que había perdido la suya por culpa de un profeta que andaba predicando la pureza y otras aberraciones. «Amar su inocencia fue mi primer pecado», se lamentaría ella. Ignoraba que Dios es el remedio que buscan los solitarios.

Magdalena y Juan se casaron. La noche de bodas, ambos temblaban. Ella de lujuria, él de miedo. Había cortejado a Magdalena con la esperanza de ser rechazado y ahora estaba a punto de probar sus más íntimos venenos. Pero el Profeta lo había convencido de que la castidad era más dulce que el pecado. Entonces saltó por la ventana y se perdió en la noche.

Húmeda y repudiada, Magdalena corrió por las calles deshecha en llanto y se entregó al primer soldado romano que encontró.  El que ama es inocente, indigente, y vive condenado a mendigar amor.

Luego del soldado vino un posadero que le enseñó la cocina del deseo, luego un camellero beduino que la llevó a Jaffa y le cobró en besos, luego un filósofo griego que le enseñó retórica como si fuera un desenfreno más, luego un marino marsellés que la asaltó en la popa, la embistió como el mar al acantilado y le llenó de espuma los huesos. En Jerusalén, un fariseo la inició en el arte de la hipocresía, cosmético indeleble. Las matronas de Cafarnaún le revelaron recetas de filtros y marrullas de alcahuetas y le enseñaron cómo hacerles gestos a los hombres con cejas sacadas del corpiño. En Esmirna, un banquero le enseñó el furor que las ostras y las pieles de animales feroces añaden a la piel de una mujer desnuda, y fue motivo de envidia y deseo.

Entonces conoció al Profeta. «Era feo como el dolor y sucio como el pecado, tenía los pies callosos de andar por los caminos de nuestro infierno, ojos grandes y puros, únicos pedazos de su cielo que le quedaban, y los cabellos llenos de piojos de astros». Magdalena cayó de rodillas a sus pies pero muy pronto supo que no podría manipularlo porque no le cabía una culpa más. El hijo del carpintero expiaba los malos cálculos del padre eterno, y no podía borrar de sus oídos el llanto de los miles de niños degollados por Herodes.

Ella lo odió porque le había robado el amor de Juan. A Dios lo enterneció el odio de esa muchacha altanera, inventó números mágicos para verla reír, la defendió de las piedras de los hombres y fue a la casa de Lázaro, el hermano de Magdalena, tocó el cadáver y le devolvió la vida. Entonces Magdalena se rindió y lo quiso como a nadie, pero luego volvió a odiarlo porque no puso sobre ella las manos que hicieron el sol y las estrellas.

Tampoco le perdonó la macabra broma de «morir» en la cruz, ni la breve alegría de la resurrección ni su cobarde huida al cielo, y escupió su epitafio: «Él no me salvó de la muerte ni del mal ni del crimen, solo me salvó de la felicidad».

Notas

Sabina blasfema cuando canta que Magdalena sedujo a Dios y «no Le cobró».

Los exégetas modernos reivindican a Magdalena como la primera líder feminista de la historia.

Levantar el Vaticano en Roma es la mejor ironía del Profeta; amar a la libertina de Magdala, una bella prueba de su ternura.

JCL

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