JOEL GARCIA P. ARQUEOLOGO MIEMBRO DEL CONSEJO

DEPARTAMENTAL DE PATRIMONIO DEL DEPARTAMENTO DEL QUINDIO

(DEPARTAMENTO DEL QUINDIO)

La arqueología como disciplina científica reconoce el papel de los contactos interregionales en el desarrollo cultural de las sociedades humanas. El estudio de la comunicación entre distintas sociedades es un paso necesario para entender el movimiento de los grupos humanos en tiempos prehistóricos.

Mediante un estudio arqueológico-geográfico se entra a observar y comprobar una compleja red de rutas hipotéticas agrupadas en varios corredores principales que pueden tener correspondencia con caminos históricos y modernos.

Aunque se han documentado intercambios de bienes suntuarios entre distintas regiones, es probable que las primeras rutas de intercambio se hayan establecido y consolidado durante el Período Arcaico (8000-2000 a.C.).

Con el conocimiento actual de la arqueología, nadie duda que hubo contacto e intercambio estrecho entre las comunidades que habitaban nuestro actual departamento. Lo que se desconoce son las rutas y medios por los cuales se intercambiaron materiales e información.

De acuerdo con el Códice Florentino, los caminos prehispánicos fueron simples senderos de tierra compacta y piedras limitados por la vegetación circundante. La identificación de este tipo de caminos mediante la fotografía aérea o con un recorrido de superficie, es una empresa difícil. No obstante, a través de investigaciones se han ubicado pequeños segmentos de vías y calzadas bien conservados que llegan y salen de los principales sitios arqueológicos.

Muchas de estas preguntas no pueden resolverse sólo con los métodos y técnicas propios de la arqueología. Por ello se utilizan herramientas como los sistemas de información geográfica para analizar el grado de interacción y las rutas mediante las cuales se conectaban importantes sitios y regiones arqueológicas y la Etnohistoria entre otras.

UN EXPERIMENTO ARQUEOLOGICO-GEOGRÁFICO

El uso de sistemas de información geográfica como una herramienta para identificar probables corredores de comunicación prehispánicos. Mediante la variable de tiempo de desplazamientos por un terreno determinado, es posible crear rutas hipotéticas entre un punto de partida y uno de llegada. Las rutas propuestas se someterían a un proceso de corroboración en campo para aceptar o rechazar si fueron realmente usadas como camino.

Para los últimos siglos del primer milenio antes de Cristo y la primera mitad del siguiente, algunos investigadores han reseñado elementos que constituyen pruebas sobre las posibles rutas de intercambio y desarrollo de estas sociedades. Los tramos evidenciados para esta zona arqueológica poseen claras ventajas en comparación con otras del territorio nacional: los estratos gruesos de ceniza volcánica, material este que preserva los vestigios arqueológicos, y el abandono de la zona desde la conquista española por cuatro siglos, dentro de los cuales dichos sitios fueron aparentemente poco alterados.

En la búsqueda de la “Malla Vial Prehispánica”, mediante un análisis arqueológico-geográfico, se permitirá observar: “la ruta” más eficiente y una compleja red de rutas hipotéticas agrupadas en estos corredores.

ETNOHISTORIA

Trimborn (1949), cita el informe de Bastián donde registra vestigios de vario tramos de caminos precolombinos en los páramos de la Cordillera Central.

El investigador Luis Duque Gómez (1965), alude a restos de caminos utilizados por estos grupos, visibles en lomeríos, vertientes y potreros en el departamento del Quindío. Camilo Rodríguez y Joel García (1986, informe del Trabajo de Campo U. N.), registran tramo de un camino en la hacienda Nápoles, en el municipio de Montenegro.

Debido a su accidentada topografía, cruzar el Quindío no solo requería más que una sola y simple ruta, sino de una compleja red de senderos con múltiples puntos de partida y arribo.

LOS CAMINOS

Estos, como cualquier otro elemento, hacen parte de la vida social de los hombres.

Es el resultado de una larga construcción histórica que permite, a través de varias generaciones, establecer los mejores lugares para el tránsito. De esta forma, la continuidad y supervivencia de un camino dependen del interés de mantener abierta la   comunicación,        así    como  de        que       existan                las    condiciones          de            eficiencia, mantenimiento, seguridad y abastecimiento. La manera en que la arqueología puede establecer cuáles eran los caminos y las rutas de intercambio entre diversas regiones es mediante la presencia de materiales culturales en contextos arqueológicos. Si bien a veces es casi imposible determinar el tiempo que debió tomar el viaje de estos objetos, al menos se pueden proponer los puntos de origen y de destino, así como parte de las redes que debieron establecerse entre los distintos grupos para obtener los recursos. Mercaderes emprenden su marcha por un camino indicado por huellas de pies y señalado con un color más claro. (Códice Florentino, lib. IX, f. 8r.).

Para el caso, el estudio de los caminos debe apoyarse no solo en el dato arqueológico, para las épocas más tempranas, o en los documentos, para las más recientes, sino también en el reconocimiento de campo, el cual incluye el análisis de fotografías aéreas y de satélite, los datos etnográficos, e incluso los caminos y rutas que aún se utilizan.

Se puede plantear que antiguamente había básicamente dos tipos de caminos: Los primeros eran hechos para unir un sitio con otros, los cuales parten en forma radial desde el centro de un sitio hacia diferentes puntos para permitir el acceso de gente y objetos.

El segundo tipo de caminos, de los cuales nos ocuparemos más ampliamente en esta investigación, son aquellos que conectaban distintas regiones y servían para viajes a larga distancia, y los cuales partían desde los principales asentamientos y se convirtieron en verdaderos ejes del desarrollo prehispánico.

Los largos caminos eran recorridos por gente especializada, por los cuales los cargadores podían caminar diariamente varios kilómetros y transportar una cantidad suficiente de peso, según el tipo de terreno y el clima. Por otro lado, debe señalarse que no todos los grupos estaban en la posibilidad de hacer este tipo de obras, debido al tiempo y a los riesgos que conllevaban.

Estos caminos, originalmente construidos para comunicar a los grupos o sociedades, fueron creciendo y enlazando cacicazgos y ese transporte de mercancías estaba a cargo de especialistas, quienes eran capaces de movilizarlas por largas distancias, en bultos que cargaban sobre sus espaldas, técnica que aún persiste en algunas comunidades indígenas.

LOS CAMINOS ANTIGUOS

Los sistemas de caminos prehispánicos se consideran evidencia de una jerarquía regional entre sitios, en diferentes momentos. Algunos sitios sobresalieron por concentrar mayor poder y ejercer hegemonía; esto se materializó en el conjunto de asentamientos situados en sus extremos y en los sitios menores que, durante su expansión y desarrollo, se incorporaron hasta formar una gran red de comunicación. Los caminos se construyeron de manera paralela a las plataformas, y se prolongaban en el terreno hasta alcanzar la longitud deseada.

Los senderos, caminos y rutas son una expresión de la forma en que los grupos humanos organizan el espacio social a partir del geográfico; forman parte de la producción basada en el diseño y la planeación culturales, y son auténticos vehículos para el intercambio. Por esas vías se trasladaban las personas que a su vez eran transportadoras de objetos y tradiciones, de bienes y de ideas, ejes articuladores de de procesos históricos.

Sin duda, esas rutas tuvieron un papel activo en la vida cotidiana al conectar distintos lugares, cuya relevancia estaba determinada por el nivel de desarrollo social, en distintas regiones y épocas.. Es por ello que la complejidad de las instituciones culturales, económicas, políticas y religiosas llevó a que se formalizaran estas vías de intercambio terrestre, mediante la transformación del entorno natural.

Con gran inversión de tiempo y esfuerzo las sociedades prehispánicas abrieron caminos entre diferentes núcleos de asentamientos. Los caminos fueron notables obras de ingeniería con orientaciones generalmente relacionadas con el entorno ambiental, reflejo de la ideología de las sociedades prehispánicas.

Las evidencias de que las sociedades del pasado mantuvieron relaciones de intercambio suelen ser claras para la arqueología, gracias a las técnicas que permiten identificar como foráneas en una localidad o región específica determinadas materias primas, las cuales se emplearon para elaborar toda clase de objetos, por ejemplo vasijas de cerámica, instrumentos de obsidiana y ornamentos de oro y tumbaga. No obstante, la ubicación de los caminos por los que se transportaron esos bienes, a menudo representa un reto para la investigación si se considera que en muchas zonas las huellas de esas antiguas sendas han quedado cubiertas por asentamientos de los períodos colonial, de la colonización y lo contemporáneo.

Se pueden observar rastros de estas rutas ya sea a simple vista, o bien mediante el análisis de fotografías aéreas que permiten detectar evidencias de su presencia por cambios en la topografía, el color, la textura, o la vegetación del terreno.

La calidad de los amplios y extensos caminos que construyeron estos grupos, facilita en muchos casos su ubicación mediante reconocimientos de superficie e imágenes de satélite en las que se observan cómo franjas regulares rompen con el patrón de los elementos naturales.

En las comunidades rurales, relativamente aisladas de la modernización, las personas continúan trasladándose a pie por veredas y senderos que cientos de años atrás recorrieron sus ancestros. Así, pueden recabarse datos entre informantes de esas localidades para verificar posteriormente en el terreno, los indicios de las rutas que en el pasado comunicaban a distintos asentamientos.

También la cartografía histórica es un complemento fundamental en muchas investigaciones arqueológicas: lienzos, códices y mapas del período colonial, sirven de apoyo para rastrear los caminos del pasado.

CAMINOS PREHISPÁNICOS COMO REDES DE INTERCAMBIO

La investigación arqueológica dedicada al estudio de caminos, se encuentra ante una aparente paradoja en relación con las redes de comunicación que entrelazaban a las sociedades prehispánicas.

Por un lado, la existencia de sociedades extensas en las cuales cada comunidad actuaba como un eslabón en una cadena de amplias relaciones culturales, y por otro, las regiones estaban ocupadas por asentamientos, los cuales se podrían denominar como entidades pequeñas que pudieron participar en sistemas de intercambio a corta y larga distancia, pero que funcionaban independientemente.

Algunos plantean que en amplias zonas del territorio nacional, muchos grupos compartían una cultura, compitiendo en la elaboración de artefactos.

Por eso cuando nos referimos a la elaboración de objetos similares, se pasa a hablar de tradiciones, horizontes, o áreas culturales que reflejan una manera de pensar común, así como a un origen también común y a masificadas redes de intercambio, como lo plantea en su hipótesis el reconocido investigador Reichel-Dolmatoff (1961), sobre, por ejemplo, la dependencia que tenían los Muiscas de las comunidades de tierra templada para abastecerse de alimentos.

Otro grupo de investigadores como Gnecco y Langebaek (1992) aluden también a la existencia de redes de intercambio, pero minimizando el intercambio de alimentos y de grandes volúmenes, aduciendo las dificultades sobre distancias muy largas, aunque aceptan la circulación de objetos especializados.

La información sobre rutas prehispánicas contribuirá a enriquecer en la investigación el surgimiento y funcionamiento de los cacicazgos colombianos que los españoles encontraron en el siglo XVI. Al fin y al cabo, por definición, los caminos sirven para comunicar.

A partir de información arqueológica y etnohistórica sobre los caminos prehispánicos de Colombia y específicamente de nuestra región, se debería intentar llegar a dicha red, quiénes los usaban y con qué fin, dando un gran salto en el lento pero maravilloso estudio de las sociedades prehispánicas.

En la Colombia prehispánica las grandes y contrastadas diferencias en el medio ambiente, resultaron ser unidades en el medio de producción de comida autosuficientes y que el intercambio de materias primas por objetos elaborados, alcanzó cierta importancia en algunas partes del país y los caminos facilitaron la comunicación a lo largo de considerables distancias.

TIPOS DE TRANSPORTE

Estos caminos y rutas son una expresión de la forma en que los grupos humanos organizan el espacio social a partir del geográfico, forman parte de la producción basada en el diseño y la planeación culturales, y fueron auténticos vehículos para el intercambio. Por esas vías se transportaban las personas, que a su vez eran portadoras de objetos y tradiciones, de bienes y de ideas, ejes articuladores de procesos históricos.

Sin duda, esas rutas tuvieron un papel activo en la vida cotidiana al conectar diferentes lugares -cuya relevancia está determinada por el nivel de desarrollo social-, en distintas regiones y épocas. Con gran inversión de tiempo y esfuerzo, las sociedades prehispánicas abrieron caminos entre diferentes núcleos de asentamientos. Los caminos fueron notables obras de ingeniería con orientaciones generalmente relacionadas con el entorno ambiental, reflejo de la ideología de las sociedades prehispánicas.

Las evidencias de que las sociedades del pasado mantuvieron relaciones de intercambio suelen ser claras para la arqueología, gracias a las técnicas que permiten identificar como foráneas en una localidad o región específica determinadas materias primas, las cuales se emplearon para elaborar toda clase de objetos, por ejemplo vasijas de cerámica, instrumentos de obsidiana y ornamentos de oro y tumbaga. No obstante, la ubicación de los caminos por los que se transportaron esos bienes, a menudo representa un reto para la investigación si se considera que en muchas zonas las huellas de esas antiguas sendas han quedado cubiertas por asentamientos de los períodos colonial, de la colonización y lo contemporáneo.

Se pueden observar rastros de estas rutas ya sea a simple vista, o bien mediante el análisis de fotografías aéreas que permiten detectar evidencias de su presencia por cambios en la topografía, el color, la textura, o la vegetación del terreno.

La calidad de los amplios y extensos caminos que construyeron estas sociedades, facilita en muchos casos su ubicación mediante reconocimientos de superficie e imágenes de satélite en las que se observan como franjas regulares que rompen con el patrón de los elementos naturales.

ARQUEOLOGÍA DE LOS CAMINOS EN EL QUINDIO

En las comunidades rurales, relativamente aisladas de la modernización, las personas continúan trasladándose a pie por veredas y senderos que cientos de años atrás recorrieron sus ancestros. Así, pueden recabarse datos entre informantes de esas localidades para verificar posteriormente en el terreno, los indicios de las rutas que en el pasado comunicaban a distintos asentamientos. También la cartografía histórica es un complemento fundamental en muchas investigaciones arqueológicas: lienzos, códices y mapas del período colonial, sirven de apoyo para rastrear los caminos del pasado. Estos sistemas incorporan imágenes de satélite, fotografías aéreas y mapas digitalizados, así como las coordenadas que permiten la ubicación de las huellas de las sendas del pasado. Inclusive es posible reconstruir aquellas que han desaparecido y generar mapas cartográficos que muestren sus características.

El registro de los sitios arqueológicos, así como la conformación de centros o museos en los que se muestre al público una interpretación acerca de los caminos, son labores insoslayables en el estudio y la difusión tanto de las rutas de intercambio, como de los elementos, ruinas y paisajes que se relacionan con ellas y la constitución de rutas culturales turísticas, sus características funcionales y arquitectónicas, su historia –reconstruida mediante fuentes documentales y evidencias arqueológicas-, tomando en cuenta, además, la recuperación del patrimonio intangible que incluye las lenguas, las expresiones religiosas, las fiestas, la gastronomía, así como la promoción de su conservación.

Aunque se ha avanzado algo en el estudio de las rutas coloniales, falta por identificar la malla vial de nuestro departamento, donde la arqueología es la única herramienta que permite continuar en la búsqueda de evidencias pretéritas para reconstruir el desarrollo y complejidad social con enfoques científicos que incidan en la protección de los caminos de ayer como parte de nuestro patrimonio actual.

El camino del Quindío o también como lo han denominado algunos otros estudiosos como “El Paso del Quindío”, tenía aproximadamente 22 leguas, camino de herradura que habían construido los grupos humanos en tiempos prehispánicos, pretendiendo unir a Santafé con Quito pasando por Ibagué y Cartago. Partía desde la Sabana de Bogotá hasta Honda, rumbo a Mariquita e Ibagué y allí continuaba hasta Toche, donde se dirigía hacia el sector donde se debía remontar la cordillera Central para luego descender a Salento y continuar por Filandia hasta Cartago, donde empataba con el camino que venía de Antioquia hacia el sur. El camino proseguía por Buga, Cali, Popayán, Pasto y culminaba en Quito.

Este importante trayecto vial, lo recorrieron José Celestino Mutis, Francisco José de Caldas, Juan Bautista Boussingault y Ernesto Rothlisberger, Bolívar, los patriotas y los realistas y además de los combatientes de la guerra de los Mil Días.

La parte más alta del camino, llamada La Línea y, en tiempos de Humboldt, “la garita del páramo”, se encuentra a 3.378 m. s. n. m. Hoy la carretera nacional que une a Ibagué con Armenia avanza paralela al Camino del Quindío y su punto más alto se llama también La Línea, aquellos tiempos muchos viajeros cruzaban la cordillera montados en las sillas que llevaban los cargueros, labor tremendamente dura, especialmente, cuando el barro imposibilitaba los caminos.

Por lo tanto, es necesario tener en cuenta los objetivos y el manejo que se le viene dando  al  “camino  nacional”,  donde  sobre  grandes  tramos  de  estos  caminos

prehispánicos construidos por los grupos prehispánicos que habitaron la zona para el desarrollo de su vida cotidiana, de intercambio y rivalidad entre los demás grupos y que luego fueron utilizados por los viajeros de la colonia para cruzar la Cordillera Central, actualmente se encuentran a deriva y a merced del turismo y comunidad que no tienen conciencia del manejo que se le debe dar a este importante insumo cultural de estas sociedades prehispánicas y de los habitantes de la época colonial.

En aras de contribuir con las actividades de desarrollo y planificación de los municipios donde se encuentra este Patrimonio Arqueológico y Cultural y con los innumerables movimientos de tierra que atentan contra los depósitos arqueológicos, en menoscabo de este bien patrimonial, así como del “ANILLO VERDE DEL PAISAJE CULTURAL CAFETERO PCC, DEL DEPARTAMENTO DEL QUINDÍO”, es en el uso del

suelo donde se debe incluir la Protección Cultural del Patrimonio Arqueológico, incluyendo la “PRESERVACIÓN DE YACIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS” enmarcados en las Leyes 388/1997 (PLAN DE ORDENAMIENTO TERRITORIAL), y la Ley 1185/2008 que

modifica y adiciona a la LEY GENERAL DE CULTURA, que en conjunto ellas permiten que cada comunidad sea su propia gestora en la protección del Patrimonio Arqueológico local y regional, así como su entorno debidamente delimitado.

Hay que preservar y proteger esta gran “Malla Vial Prehispánica” que, es Patrimonio Cultural de La Nación y que está concertada a partir del marco legal vigente sobre la preservación, conservación y manejo del Patrimonio Arqueológico de la Nación, consagrado en los Artículos 63 y 72 de la Constitución Política de Colombia, y que están declarados como bienes inalienables, inembargables e imprescriptibles.

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