Quiero aquí evocar con sutil afecto aquellos primeros años de maestro en un pequeño poblado llamado Yacopí, enclavado en la espesura del follaje Cundinamarqués donde el miedo, la tragedia y la lucha por la vida se hacen manifiestas entre gentes llanas, humildes campesinos que arañan la tierra para sacar provecho en sus cosechas.

Allí llegué una tarde de febrero, en compañía de quien sería mi jefe a partir de ese momento después de recorrer muchos kilómetros por caminos polvorientos con los deseos sublimes de abrirme paso como maestro después de haber terminado mi preparación con la expectativa y los interrogantes sembrados por doquier en tierras para mí desconocidas. Descargamos las maletas contraídas por el largo viaje, las dejamos en la fonda, pues “gallito” el fiel servidor iría por ellas en el caballo y caminamos por el sendero pedregoso que nos llevó hasta nuestro destino.

Llegamos por fin al lugar que sirvió de punto de partida para mi vida como docente consumado…las esperanzas nacieron desde entonces y me sentí en otro espacio diferente…desde una pequeña colina se divisaba el INSTITUTO AGRÍCOLA, como un pequeño poblado rodeado de árboles y cafetos plantados por quienes fueron mis estudiantes durante dos años y medio.

Para hacer una breve descripción diré que aquel lugar era hermoso. Bien cuidado por quienes tenían a su cargo la asignatura de agropecuarias y el mayordomo. Los docentes solteros teníamos nuestros cuartos repartidos entre los hombres y las mujeres. Semejaba aquello un pequeño barrio. Nos esmerábamos por tenerlos en completo estado de pulcritud e higiene. Tenían su buen baño, buenas camas con grandes ventanales donde penetraba a raudales la luz del sol. Compartí mi habitación con Olivo, un tolimense que escuchaba desde el amanecer vallenatos y música llanera, ritmos propios de aquellas tierras del magdalena medio. Con el tiempo y en uno de tantos viajes a mi casa, llevé hasta allí un pequeño televisor a blanco y negro, pues aún la tecnología del color no había llegado.

Valga la pena aclarar que la estancia estaba habitada por grupos insurgentes que tenían serios enfrentamientos con fuerzas del estado.

Es por esto que, al llegar, se me advirtió casi que, con un manual de operaciones por parte de mis compañeros, qué debía hacer y el cuidado que debía tener en esos primeros días de mi arribo, pues al decir de ellos podría ser confundido con algún guerrillero de la zona.

Estuve casi que cautivo por mucho tiempo, encerrado en mi cuarto, pues me atemorizaba que algo  fuera a ocurrirme  a sabiendas que nadie allí sabía de mí excepto mis compañeros de trabajo, pues aún los estudiantes no iniciaban sus labores escolares…más pasó el tiempo y para ser breve, me identifiqué con esa gente llana, quienes llegaron a hacer parte de mi propia existencia. Sus ideas provincianas, mezcla de Boyacenses y Cundinamarqueses, las asimilé con gran esmero. Conviví con la miseria y el miedo que es pan de cada día. Fui testigo ocular de muchos crímenes en esos campos donde vivían mis estudiantes quienes horrorizados comentaban lo acontecido en sus parcelas. Fueron muchas las veces que tuvimos que meternos debajo de nuestra cama mi compañero y yo mientras que con atronador estruendo se escuchaban las ráfagas de metralleta y de fusiles como también las granadas, no sé si de militares o guerrilleros…lo cierto es que, a pesar de esto, mi vida jamás estuvo en peligro y faltaría a la verdad si estuviera diciendo lo contrario…fui respetado y valorado por todos los de aquella tierra, y nunca tuve algún motivo que pudiera servir para quejarme…

Este pasaje de mi vida vale un potosí porque marcó el inicio de mi vida de maestro. Aunque ya había hecho algunos pinos en mi época de estudiante, fue aquí en este sitio donde dí rienda suelta a mi vocación definitivamente ya trazada. Mis sueños se hicieron realidad y aunque sentí mariposas en mi estómago cuando me vi en mi primera clase, la verdad es que me cobijó una enorme dicha cuando mis estudiantes recibieron de mí las primeras orientaciones. En honor a la verdad, me estaban esperando ansiosamente y sin ninguna petulancia quiero decir que llegué a remediar una necesidad muy sentida porque estaban sin profesor de matemáticas y para recibir sus clases debían acudir hasta el colegio departamental que estaba ubicado en el pueblo al cual llegaban después de caminar una considerable distancia.

El muchacho de aquella región del país es demasiado reservado, casi tímido y es difícil llegar a él. Es receloso, taimado, desconfiado y sumido en un hermetismo fácil de comprender por la situación que se vive en este sitio denominado “zona roja”.

Sin embargo, debido a mi facilidad de integración y mi carácter humilde, amén de la juventud en esa época (hace 40 años) me gané la confianza de aquellos mozalbetes que me contaban de manera descarnada todo cuanto les acontecía a ellos y a sus familias en lo relacionado con el orden público. No quisiera ahondar demasiado en estos hechos por razones obvias, pero es imposible no hacerlo, aunque de soslayo relatar estos horrendos y desmotivantes sucesos que ellos me confiaban en secreto, amigablemente. Los abusos de uno y otro bando eran pan de cada día. Debían permanecer a la deriva, soportando humillaciones por doquier y exponiendo la vida de manera permanente. No podían actuar de manera libre en sus conceptos, pues si esto era conocido, lo mínimo que podía suceder era que fueran apresados por comunistas. O si quizá daban albergue en sus fincas a alguna patrulla militar, eran los guerrilleros quienes daban cuenta de ellos por “sapos” o “lambones” según ellos. Desafortunadamente fui testigo ocular de varias muertes producidas por allí. En varias ocasiones, transportaban a los muertos cargados en guaduas a manera de camillas.

 Pero dejemos este comentario y sigamos adelante, para decir con gran acierto, que, a pesar de esto, guardo el mejor de los recuerdos por aquella camada de muchachos y compañeros profesores, que me abrieron por vez primera mis ojos de maestro ya hoy consumidos por la experiencia y por el tiempo. Ellos, en sus hábitos campesinos, me mostraron el sendero de la honestidad…aprendí a convivir con el peligro y a ser amigo del amigo. Conocí la cara de la miseria, mis denarios de docente fueron muchas veces compartido entre aquella gente que en ocasiones sentían hambre. El “profe James” fue el amigo, el maestro y consejero. En noches de bohemia (que fueron muchas) me abrazaba con ellos y mostraban su alegría de saber que era partícipe de sus momentos de alborozo

Cabe recordar aquí que los profesores del instituto (así nos decían) nos turnábamos para hacer el mercado. Nos íbamos con el caballo de tienda en tienda comprando los comestibles que iríamos a consumir durante la semana. Los dueños de tienda nos montaban la carga en el noble animal que pacientemente esperaba afuera. Una vez hecho y luego de ingerir algunas “polas” pagadas por algún eventual contertulio, nos disponíamos a regresar a nuestra sede con la misión cumplida.

Cuando no me tocaba realizar esta tarea, me quedaba hasta que empezaba el toque de queda (12 de la noche), y salía “chispiado” por el sendero que apuntaba a mi destino.

Valga la pena contar como experiencia y testimonio que mi baño diario lo hacía en un riachuelo que circundaba el colegio…y los domingos, con mi amigo Olivo lavábamos la ropa con esmero. Aún recuerdo el asombro de las gentes que pasaban en sus mulas y caballos y quitándose el sombrero con respeto por nosotros, nos daban los buenos días que respondíamos de igual manera.

De alguna forma, guardo un reverencial respeto a esta etapa de mi vida, quizá preferencial porque me dio las luces para llegar a ser maestro. Me armó de amor por mis estudiantes, me mostró los objetivos claros que se deben tener para seguir el ejemplo de Jesús. Allí en esas montañas me convencí de mi vocación y decidí que esta sería la verdadera razón para seguir viviendo. Ellos, mis alumnos de entonces me enseñaron sin quererlo, a tener actitudes propias para enseñar con ternura y entrega. Los evoco como a la primera novia. Allí quedó lo más genuino de mi ser como maestro. Si volviera a empezar, sin dudarlo dos veces lo haría en aquel sitio lleno de lealtad, sinceridad, honestidad, y todos los condimentos que se requieren para que un docente pueda y quiera realizar una verdadera labor educativa. Nunca antes me sentí tan valorado y respetado. Se llegó a la exageración. Pienso que llenaron un vacío afectivo con mi llegada, pues les hice ver que no sólo era su maestro, sino también su amigo. No acepté (ni acepto) reverencias, situación que no gustó a mis compañeros docentes, quienes eran felices al ver que los estudiantes demostraban actitudes altamente lisonjeras.

Me vi comprometido en algunas acciones en donde tenía que tomar decisiones delicadas como por ejemplo colaborar para que un estudiante se marchara con una buena nota de álgebra porque estaba siendo acosado por la guerrilla, aunque en otras acciones (que no mencionaré) me tocó actuar con el pulso firme.

28 meses de mi vida pasaron por allí, tiempo más que suficiente para recoger la experiencia y los motivos que me sirvieron para llegar a este lugar donde hoy con beneplácito recojo los frutos de aquellos años. Loor inmenso a Yacopí, tierra de misterios, de vivencias encontradas donde tendré que ir algún día a encontrarme de nuevo con mi pasado y ver qué ha sido de aquellos imberbes adolescentes que hoy deben recordar (no sé de qué manera) a aquel joven maestro que llegó con gran melena, ideas nuevas, música estridente y deseoso de aprender las virtudes de sus estudiantes.

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