Golpean su ventana. Ruperto despierta, ¿quién será?¿otravez otro golpea la ventana?, se pregunta. Se levanta sin hacer ruido, se asoma por el vidrio y reconoce la sombra que corre agazapada. Regresa a la cama, mira al techo, y en segundos recorre con rencor los sucesosanteriores y descubre que falló en la elección de su víctima:

…enceguecido navegué a la deriva hasta cuando oí el ruido del yate que apareció para rescatarme.A pesar del estado de inconsciencia, por las voces deduje que era una pareja. Escuché los gritos desesperados de la mujer: “lánzate al agua, Ramón, el pobre hombre agoniza”. Luego el chapoteo y la sacudida a mi canoa cuando el hombre subió, metió por mi cabeza el flotador y dijo: “lánzate, nada lo que puedas, yo te empujaré” Sus brazos levantaron mi cuerpo y se lanzó conmigo al mar, y nadé junto a él. El agua salada ardió en mis heridas y grité de dolor. Apoyado en su hombro, sentí que nadó con desesperación. Con mil dificultades me subió a bordo.Navegó con velocidad, después alcancé a escuchar: “La camilla, rápido”,y perdí el conocimiento…

Recordó que la presión de unas manos fuertes,que supuso de socorristas, en las escaldaduras de su cuerpo, parecíade tenazas ardiendo. Aulló, gritó. El ritmo suave de los pasos que cargaban la camilla por la orilla alivió su traslado. El ulular de la sirena mezclado con el vocerío del puerto; la velocidad de la ambulancia camino del hospital, y el ruido de puertas que se abrieron y cerraron, le alertaron sobre la gravedad de su situación.

…cuántas horas con Elpidio en la canoa pesquera. Me ingenié por mucho tiempo cómo sacarlo de su casa para matarlo. Ya antes, en noches anteriores y seguro de no fallar,busqué el sitio preciso donde esconder la canoa, entre la maleza de las rocas, y lejos del puerto. Después, acordé con élqué día, al amanecer golpearía suave, muy suave mi ventana, para no despertar a Estefanía, ysacaríamos la canoade las rocas enmalezadas,y partiríamos…

Las enfermeras lo despojaron de la ropa para lavarlo con agua tibia; vinieronlos pinchazos de las jeringas en los brazos,en las nalgas;lasunturas en los párpados cerrados y purulentos.

…Elpidiofrecuentaba la casa donde vivo con Estefanía, mi mujer. Cómo olvidar que los fines de semana llamaba a la puerta, y sus risotadas al entrar con el pescado más grande para dejarlo en la cocina y decir: “compae, hoy lo vamo a prepará con la nueva regeta que degcubrí”. Alto y enclenque, Elpidio era diez años menor que yo. Sus chanzas hacían reír a mi mujer, y hubo veces en que, tomada ya la confianza encendía música en la radio y la invitaba a bailar en la sala. Yo, desde la silla donde remedaba las atarrayas, inocente los miraba divertirse, hasta cuando…aparecieron las sospechas que terminaban en imaginar citas, palabras, risas, y mil cosas a mis espaldas…y en mis noches de ausencia. No volví a tener vida ni tranquilidad; la veía caminar por la casa como inocente paloma, y los celos y la rabia me llevaron, noche tras noche, día a día, a pensar cómo quitar, sin rastros de sangre, a Elpidio del camino…  

En las tardes solía frecuentar con Elpidio la cantina que, a cien metros de la orilla del mar, tieneel cojo Miguel, el viejoembaucador de mujeres; capaz de beberse una botella de aguardiente de un jalón, y de quien se murmura que cuando se ausenta del negocio en las noches, es porque anda en amoríos con la mujer de algún pescador que salió al mar.

… al local del cojo Miguel, un cuchitril de mala muerte, con piso de tierra, cortinas mugrosas, apestoso a sudor, y estrecho, las mujeres alegres de siempre atrapaban nuestra vista, invité a Elpidio. Por tantear dije: ¿Qué te parece la Ñata Dolores?- su sonrisa indiferente, sin palabras, avivó mis sospechas.¡Era él!¡No me cabía en la cabeza que fuera otro…!Entonces me atreví a más: ¿Estás enamorado de alguien?, y apenas sonrió. Después le dije en la canoa para provocarlo, y recuerdo que dijo: “Bobadas, compae, cómo gele ocurre.” Y no le creía…

Pasada una semana palpó las costras que impedían que sus párpados se abrieran. Ignoró,porque en realidad no le importaba qué lugar de la clínica ocupaba, sólo los recuerdos de lo sucedido.

…desde mi cuarto en el hospital escuché que varias personas en la recepción querían hablar conmigo, y una voz femenina les decía:“Señores, por favor, el paciente se encuentra en cuidados intensivos…las visitas están restringidas… sólo hasta cuando el médico ordene…Hay gente que no respeta… lo daban por muerto, pero saldrá adelante… lo peor ya pasó…remaba solo…”. Después supe que los periódicos publicaron noticias del pescador fuerte que era yo: fotos anteriores a mi rescate en las que aparecía de camisa inmensa y con los pantalonescortos que Estefanía me regaló de cumpleaños…

Reconoce que la conducta de Elpidio propició los rumores en el puerto, mismos que lo llevaron a fraguar el plan siniestro.

…a pesar de que miraba por la ventana de la clínica, y sentía a la vez, como cosa rara, remordimientosy satisfacción por mi venganza, y entretenía mi espera por salir, con las lucesencendidas del puertoque titilaban lejos, no dejaba de preguntarme: “¿por qué mis rescatistas no encontraron a Elpidio? ¿Los tiburones no dejaron nada?”. Miraba asustado a todos lados en busca de un dedo acusador…

Esa noche, y para evitar sospechas, le dijo a Elpidio que mientras pagaba la cuenta saliera de la cantina, y lo esperara afuera. Eran las oncecuando salieroncanturreando. Los perros ladraban en la noche. Sintieron de golpe el olor acre y cálido del aire. Ruperto iba menos bebido, casi sobrio y feliz por como marchaba su plan. Sentía las olas golpear la arena tibia, la brisa húmeda, tibia, que mojaba sus caras y sacudía sus pantalones regalados. A medida que se adentraban en las calles en sombras del puerto, las voces y la música del antro de Miguel, se oían lejanas.

…y recuerdo que me costó convencer a Elpidio. Al principio pensé que leía mis intenciones. Se quedaba mirándome fijo: “¿estás seguro, Rupegto, que conoces el sitio; será megjor no arriegar?”, pero de tanto repetirle que valía la pena explorar nuevas aguas, que daríamos la sorpresa a los envidiosos en el puerto al regresar con una pesca fabulosa, y de acelerar sin descansolos tragosque bebía, aceptó que para impedir que otros pescadores descubrieran nuestra partida, sacaríamos la canoade las malezas de la parte trasera del taller donde reparan canoas y botes. A cien pasos mal contados de la orilla…Antes de salir, a las nueve de la noche, le dije que aprovechara para dormir las horas que faltaban para nuestra partida, que no olvidara llevar los aparejos… No sentí lástima cuando lo vi caminar adelante con ellos al hombro… 

Ruperto se acostóvestido junto a Estefanía, que a veces se movía entre dormida. La ansiedad lo torturaba.Quería terminar rápido. Se daba cuenta de que los tragos que bebió no fueron suficientes para hacerlo dormir; las dudas sobre lo que haría despertaban nuevas inquietudes y preguntas y remordimientos: “¿estaba yo seguro de la culpabilidad de Elpidio; sólo a él debería cobrarle?”, pensaba y pensaba.

El reloj del cuarto marcó las tres y media. Escuchó el golpe suave en la ventana. Se levantó con sigilo, se vistió y sin hacer ruido abrió la puerta y con Elpidio emprendió camino despacio, recostados a las paredes, mirando a todos lados, como ladrones nocturnos quedespués de cometer su fechoría, para no ser atrapados, huyen y se amparan en la sombras.

…”Creo que Etefanía, mi comae, dogmía y no se dio cuenta compae. Le traeré de regalo elpegcadoma grande”; dijo Elpidio cuando empezamos a arrastrar la canoa, y me hirvió la sangre. Como yo iba atrás empujando, el viento me traía el tufo hediondo su respiración, y lo odiaba más…

-Estefanía quedó roncando que da miedo-, dije.

“¿Sabeaguienque vamo de pesca, compae?”, dijo Elpidio.

-Imagino que no, nadie-, contesté. Espero que no hayas contado a nadie que salimos a pescar.

-No, no, ¡egun secreto, compae!-.

La arena brillaba. El callejón que lleva a donde ocultó la canoa estaba casi desierto. Sólo un perro echado junto a una cerca levantó la cabeza, los miró con un ojo y siguió durmiendo.Con dificultad arrastraron hasta la orilla solitaria, silenciosa. Apenas clareaba: muchas nubes oscuras, pocas grises y bajas, una o dos rosadas, altísimas, anunciaban el alba. La playaolía a arena mojada y las garzas empezaban sus revoloteos ruidosos en los árboles distantes. El agua tibia mojó sus alpargatas y pantalones arriba de las rodillas. Entre los dos metieron la canoa al agua, la empujaron y treparon para hundir los remos. Remaron lento y en minutos el puerto era una línea de luces agónicas sobre la costa. Cuando llegó la resolana yla algarabía delas garzas que chillaban con ganas, sacaron los sombreros de las mochilas. Ruperto se quitó la camisa, se preparó para dar la pelea que consideraba inevitable. Para él: todo perfecto. Era cuestión de esperar el momento oportuno, y remar hasta llegar al sitio elegido. Elpidio, aún bajo los efectos de la borrachera de la noche anterior, se adormilaba en el fondo de la canoa.

…amanecía en el hospital cuandoescuché a la enfermera: “Por favor. Por orden del doctor, primero entra uno, después los otros”. Miré a la puerta y vi a varios hombres desconocidosque intentaban entrar a mi cuarto. El primero en hacerlo agradeció a la enfermera, y grabadora en mano, me dijo: “¿Puede describir día a día, su travesía; señor?…”. Ruperto Azuero, dije para completarle mi nombre, y al negarme a responder, la enfermera, al notar mi disgusto, lo enfrentó y le ordenóque saliera y cerrara la puerta. No volvieron…

Confundido, cerró los ojos. El perfume de la enfermera llenaba la habitación. Escuchó sus pasos ir y venir por el corredor, el crujido de la cortina que se abría agitada por el viento que entraba por la ventana. Agradeció la soledad, la vista al puerto, allá abajo, a lo lejos. Pasaron los días y le dieron de alta.

…una vez a solas, me pregunté: ¿Qué debí contar? ¡Nadie sabe que soy algo peor que un náufrago! ¿Lo que hice fue una locura?, pensé mil veces, y volví a recordar que una vez en el sitio escogido, forcé la confesión de Elpidio. No aceptó mis reclamos de que mientras yo pescaba de noche con otros compañeros de pesca, él golpeaba la ventana de mi casa y entraba por ella. Juró que era inocente, pero no le creía. Lo desafié, le di puñetazos, patadas, sin compasión.Aún bajo el efecto del licor, trató de defenderse pero el odio aumentó mis fuerzas y superé las suyas… Lo empujé y cayó al mar… Un chapoteo breve, sus gritos de terror, y mi rabia aún,cuando los tiburones lo atacaron…

Las aletas se hundían y salían en una orgía de pequeños remolinos rojos. Después, el sonido del viento. La canoa a mar abierto, en la inmensidad del cielo desolado, y Ruperto, ciego de celos, horrorizado ante el agua espumeante de sangre…y ese sonido sordo de pequeñas olas agitadas.

…en casa, Estefanía atendió mi convalecencia. La miraba con rabia y odio porque imaginaba que fingía indiferencia…porque no parecía sospechar lo que hice, ni me preguntaba por Elpidio…

Una semana después de salir de la clínica volvió a la cantina. Algunos aseguraban que Elpidio“se fue con una mujer”; otros que “salió de viaje”. Atento a los comentarios y al menor indicio de sospechas, para evitarlasdecía, repetía a uno y otro:“huyó por deudas”.

…gracias a Dios, pasadas dos semanas,se olvidaron de Elpidio; estoy seguro de que lo dieron por desaparecido, fugado con una mujer, o por lo que dije, y volví al mar con mi conciencia intranquila, pero cuando pensaba que era cosa mía…trataba de dar por concluida mi venganza y mis remordimientos…pero esta noche en quedormía tranquilo porquemañana no saldréde pesca,y cuando Estefanía duerme y me parece que haciéndose la inocente, de pronto otra vez una manogolpea la ventana. Miro en el reloj la una de la madrugada, y pregunto: ¿quién, quién es, quién en la ventana?, y nadie contesta, corro a asomarme, y cuando descubro la sombra que huye cojeando, descubro mi error, y otra vez un repentino sentimiento me carcome, entiendo que debo cortar de raíz…tengo que hacerlo de nuevo…por Elpidio…

Ruperto observa con rabia y renovados celos, su regalo de bodas: la cadena de oro en el cuello de Estefanía…

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