Para: Arrierías 54

ESCENA 1

Teatro lleno, Ópera de Verdi en desarrollo. Un cantante barítono inicia su corta presentación. Cuando debe cantar su aria correspondiente, sudoroso, temblando, su la voz se niega a salir de su prodigiosa garganta. El personaje central de la obra, reconocido tenor con amplio registro de voz, se hace a un lado -dando la espalda al público-, mientras sus compañeros de escena, coro y demás personajes están impacientes y pálidos por el posible fracaso del trabajo operático. El personaje central gesticula y hace señas al medroso y asustado personaje secundario para que vocalice. Este empieza a cantar mentalmente, en silencio y sin que salga una sola palabra audible. De espalda al público, el gran tenor canta. Se salva la situación. La ópera continua. Hecho: Pánico escénico.

ESCENA 2

Concurso nacional del Pasillo en Aguadas Caldas. La UFM estéreo, emisora de la universidad del Quindío asiste con su personal técnico y sus analistas al importante evento. Iniciaba sus pasos como cantante uno de los más importantes tenores de nuestro país, muy joven, por cierto. Sitio de la audición repleto por público exigente y conocedor. El joven inicia su presentación. Terminando la primera estrofa calla. El público se conmociona, pero aplaude para animarlo. El jurado la autoriza para regresar tras bambalinas dando compás de espera para que pueda reiniciar su presentación. Como periodista que cubre el evento, me acerco, lo saludo. Tiembla y sus manos sudan copiosamente. Lo tranquilizo y le digo que no tiene ningún problema en sacar una partitura con la letra de la canción sobre un atril para que le sirva de guía sin perder su mirada al público. Regresa, hace lo indicado y su presentación fue apoteósica. Ganó ese año el Concurso.  Hecho: Pánico escénico.

Podría narrar muchas más situaciones en las cuales un cantante, un expositor oral o conferenciante, un maestro, un personaje en medio de una entrevista calla porque se bloquea momentáneamente por el terror de hablar ante un micrófono, exponer o cantar ante el público. Esta situación se conoce como pánico escénico.

Para los cubrimientos de los grandes concursos o festivales de música en Colombia, el apoyo de nuestra universidad regional siempre fue constante. Viajábamos, regularmente, María Teresa Mendoza, una de las maestras que más conoce de música popular y de alta escuela en Colombia, Ariel Ramírez, autorizada voz y analista de la música colombiana; algunas veces lo hacía el médico Marco Alfonso Nieto y quien esto escribe, en esos tiempos director de programación de la emisora. Compartíamos en sana competencia, con otros medios radiales y culturales del país. Juro que jamás, en los medios asistentes ni los jurados que evaluaban el desempeño de los artistas oí a jueces o analistas criticar con daño, burla o desconocimiento a los participantes. El respeto, a pesar de visibles falencias interpretativas, de medida, afinación o actuación escénica, era total.

¿Por qué este comentario? Sencillamente porque en un programa de reconocido medio radial de nuestro país, se pasa un programa llamado Yo Me Llamo, donde desfilan cantantes e intérpretes dedicados, en su mayoría a la imitación. Juro que en mi vida había sentido tanto fastidio por unos “jueces” quienes, en vez de evaluar, corregir o explicar con respeto las posibles falencias del artista, se dedican a la burla, a generar miedo entre los concursantes, a volverlos centro de risas o ubicarlos como payasos del programa.

Cuando se evalúa a alguien, quien lo hace debe ser un profundo conocedor de la temática o el contexto que analiza y califica.  Pero, Amparo Grisales, el cantante popular ubicado a la izquierda de la pésima cantante y regular actriz, más un conocedor -como músico y pianista que es-, el argentino Escola, en mi concepto, no tienen la suficiente formación humanística, ni conceptual para evaluar cantantes, excepción del argentino quien ha sido arrastrado a este sainete de burla y desmedro del ser humano. Parece que ese programa hiciera parte de Sábados Felices donde el burlesco hace parte del libreto y el contexto de entretenimiento de los programas televisivos.

Cuando alguien inicia su presentación y a la mal llamada “diva” no gusta de la voz, ni la forma en que se viste el intérprete, en medio de la interpretación inicia gestos de burla o negación con su testuz, generando pánico en los artistas. El cantante popular la mira y se deja llevar por el “concepto” de la “diosa” (como torpemente la llaman algunos presentadores), y Escola finge claridad conceptual. Hay momentos en que hunde su botón de escogencia, rojo o verde y rápido acciona el de los demás “evaluadores”.

Ahora bien. Si el artista que desfila pertenece a la comunidad LGTB, la señora hace comentarios desobligantes, burlescos y torpes sobre seres humanos que merecen todo el respeto y consideración, precisamente por su condición de seres humanos. La homofobia de esta señora es aberrante. Tanto mete las de caminar que ante uno de esos comentarios desobligantes, fastidiosos y homofóbicos, fue obligada por la empresa radial para hacer aclaraciones, donde también, en forma torpe o maliciosa, vuelve a equivocarse.

Lo más grave de toda esta parodia ridícula es saber que ese programa tiene alta sintonía y que muchas personas gozan con la forma en que los medrosos cantantes son torturados por la desobligante actitud de los personajillos en mención.

Conozco de mucha gente que quiere pintar, escribir, soñar con alcanzar la fama de artistas, ser cantantes, pero no lo hacen por el temor a la sátira de los exégetas del arte, muchos de ellos que jamás han escrito, pintado, cantado o expuesto al público algo de importancia.

El ser humano perfecciona su conocimiento a través del tiempo y son, precisamente, sus equivocaciones las que permiten su perfilamiento, su perfección (si es que esta existe). Invito a quienes tienen esos temores, que desafíen a los “perfectos”; canten, bailen, escriban, hablen, sean felices mientras los envidiosos, los deleznables y perfeccionistas sin serlo, se muerden la cola. Recuerden que muchos de ellos hacen parte de una pequeña cofradía a quienes les queda grande… ¡su propia pequeñez!

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