Arrierías 86

Juna de J. Herrera González.

Un centinela somnoliento mira hacia lejanas montañas, adivina columnas enemigas invisibles a esta hora de la mañana cuando el vivac descansa. Un sargento malhumorado impreca palabrotas y algunos hombres corren hacia el centro del patio enclavado en elevada cresta andina de un sitio denominado Marquetalia… La acerada voz resuena en aquel cañón montañoso como eco marcial que despeina árboles y rebota entre peñascos, ríos y quebradas. La erre final, alargada y cortante ordena: ¡honores a la bandera! ¡Atención! ¡Presenten Arrr!, al unísono varias voces adolescentes destempladas gritan: ¡Oh gloria Inmarcesible!, como inicio de un himno, resuenan en aquel infinito verde violado por un tricolor que enciende el pecho y abre esperanzas para soldados llegados durante la noche, luego de veinte días de extenuante caminar.

Terminado el sencillo ceremonial de izada del pabellón, cuatro escuadras se convierten en hilera para recibir magro desayuno consistente en aguapanela y pan, contemplado con desafecto, pero, con solidaria resignación dicen: es mejor que nada.  Un soldado, arranca y tira pedazos de moho de su duro mendrugo, otea el horizonte sobre lejanos picachos verde azul, hurga el cielo en busca del helicóptero, mosquito sonoro portador de buenas nuevas y remesa alimentaria para tropas comprometidas en operaciones de montaña en aquella región donde parece que Dios vino, sembró bosques gigantes y se marchó para jamás volver.   

Son cincuenta hombres a merced de la manigua, espiados por lejanos guerrilleros curtidos en guerras sin objetivo, impulsados por odios sembrados en su mente joven por mediocres ideólogos cuyo discurso tiene sólo muerte para quienes soportan el régimen.

Cincuenta caracteres salidos de veredas y poblados sitos en diferentes soles de una patria con siglo y medio de batallas partidistas que nadie sabe cómo empezaron ni cuándo terminarán.

El sargento, tratando de ser recio anuncia: ¡aseo de armamento!, los fusiles suenan su metálico desarme y cada quien brilla mecanismos con amoroso frenesí, el fusil es novia, amante, compañera a pesar de producir muerte, acompaña al soldado hasta su final o hasta cuando cumple su servicio obligatorio y lo entrega, dándole un beso de adiós, en la armería del batallón.

¡Sargento Polanía, venga acá!, ordena una voz salida como trueno del pequeño cambuche, anclado detrás de una fuerte pila de sacos de arena. El sargento intenta su mejor postura y saluda: ¿Qué ordena mi teniente? – ¿Qué es esta bazofia de desayuno? – “No hay nada más mi teniente, la remesa está a punto de acabarse, mañana solamente habrá aguapanela negra para todo el personal…”

“Mire Sargento, mañana quiero comer pollo a la cazadora, ¿entendido?”, “¡como ordene mi Teniente!”, da media vuelta y sale con paso militar. Pasados algunos minutos, agobiado por la perentoriedad del mandato comenta con suboficiales entre rabia contenida, impotencia y ganas de responder airado a tamaña imposición. El sargento Ospina, siguiente en antigüedad, sugiere: “en la confluencia de las quebradas a siete horas de camino más o menos, tienen aves, hay mañanas en que se oyen cantar los gallos, es alternativa única y acordáte Polanía que mi Teniente es jodido, lo mejor es cumplir la orden”. Se percata del pesado sueño de su jefe y ordena formación tratando de hacer el menor ruido posible, suelta sus acostumbrados madrazos cuando un grupo de loras pasa con verde escándalo y casi evidencia su plan de salir con patrulla hacia donde Ospina indicó existencia de aves de corral.

¡Boyacos al frente!, ordena secamente. Siete hombres sacan chispas de sus botas cuando anuncian su posición de firmes. ¿Quién de Ustedes sabe cazar gallos y gallinas sin hacer ruido? Remache y Condorito dicen: ¡firmes mi sargento!

Polanía, veterano lancero, huilense curtido en muchas patrullas, sale con siete boyacenses, conocedores del terreno, fuertes para caminar y combatir.

Ospina queda al mando porque el teniente, luego de veinte días con sus noches, harto de fatigar montaña buscando a “tiro fijo”, inspeccionando cada metro de selva y cada piedra del río, llega a descansar en ejercicio de sueño con veinticuatro horas de duración; lleva apenas doce, tiempo igual para que Polanía consiga pollos, gallinas o cualquier cosa que se les parezca para hacer almuerzo de pollo a la cazadora. Si encuentro animales de esa clase ¿cómo será prepararlos a la cazadora?, simple mi sargento -dice Remache-, cazadora es la que nosotros hacemos, con hambre solo se necesita comida, condimentos y presentación son embelecos mentales. Cumplamos la orden antes de 10 horas, de lo contrario vamos a pasarla mal, cuando mi teniente se enfiera no hay quien lo calme…

La diana son voces del teniente, todos corren, los sargentos repiten órdenes e impulsan trabajos; en instantes el puesto reluce, falta un día para nuevo patrullaje de veinte por lo cual, se hacen labores que tendrán ocurrencia sólo cuando vuelva el oficial con su gente, nuevamente se iza la bandera, orden del día, recomendaciones y ante la perspectiva de hambruna por falta de suministros se ordena conseguir frutales y pescar en las quebradas siseantes y claras, que se abren entre vertientes y aun cuando están falda abajo una hora, tienen peces suficientes para las tropas.

Para la siguiente patrulla llaman hombres descansados, se dobla el teniente por su responsabilidad operativa y parece que habrá encuentros en próximos días, hay noticias de movimientos raros, hecho importante porque el helicóptero con suministros no podrá llegar, no puede arriesgarse ese equipo. Soldados y suboficiales reniegan ¿Cómo es posible que piensen primero en máquinas sin saber que estamos en condiciones desesperadas?

Sargento Ospina: ¡entregue raciones para veinte días a los que salen a patrullar! ¡Como ordene mi teniente! –responde-. Más tarde…, Perdón mi teniente, sólo tengo provisiones para quince días de patrulla. “¿Pero ¿qué es esto, por qué no hay suficiente ración de campaña?”, “Creo mi teniente que los ratones se las llevan”. “¡Claro sargento!, seguro que sus ratones tienen abrelatas”. “¡Sargento Polanía, haga inventario y descuéntele del sueldo los faltantes!”  “¡Cómo ordene mi teniente!”

“Los hombres que patrullan: ¡a descansar todo el día porque nos vamos temprano, retirarse!”, ¡Viva Colombia! Se rompe la formación y cada cual sale a su labor individual. Algunos soldados boyacenses, guardan escapularios, rezan, cuidan sus raciones y cumplen recomendaciones. Los antioqueños, añoran la marihuana, empiezan a comer raciones de patrulla porque de pronto los dan de baja y se quedan para otros. Los santandereanos, esperan días de encuentro para acabar al enemigo y en fin, todos a una se entregan al trabajo personal.

Es medio día, el teniente es invitado al especial almuerzo que los sargentos han preparado, admirado encuentra hasta mantel, se sienta y pregunta “¿qué es esto tan raro?” “No es nada raro mi Teniente, tan sólo estoy cumpliendo su orden de tenerle para hoy pollo a la cazadora”. ¡No es para tanto sargento, era broma! “No mi teniente, ya está listo sírvase y diga ¿cómo le parece?” El teniente coge una pechuga e inicia su almuerzo, “está dura pero deliciosa, gracias sargento, lo tendré en cuenta para un buen puesto cuando sea oportuno”.

Los sargentos sonríen complacidos por cumplir tamaña empresa y el teniente dice: Descanso hasta mañana que salga a comisión, recuerden hacer alistamiento del personal que sale. ¡Así se hará mi teniente!

La mañana es acogedora, un tibio sol madruga sobre perfiles de montañas apenas despertando, ¡ALTO!, grita un centinela, ¿quién vive?, ¡un vecino! responde tímida voz, corren soldados a sus puestos, el sargento ordena desasegurar, el teniente sale arma en mano. “¿Qué se le ofrece?” “Perdón mi teniente, vengo a cobrar los gallos de pelea que soldados del puesto se trajeron ayer de mi finca, las huellas llegan hasta acá y en el basurero hay plumas”. “¿Cuánto valen?” “Son cien mil pesos teniente”. ¡Sargento Polanía!, ruge el teniente. Pague cien mil pesos y alístese para salir a patrullar ahora mismo.   

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