El justificado optimismo de la izquierda en Latinoamérica y el Caribe por los triunfos electorales recientes no debería llevar a ignorar los retos que le impone no solo  el orden social vigente sino sus propias debilidades internas, tanto en lo que respeta al programa como a la naturaleza misma de su organización. El orden social de estos países constituye el mayor obstáculo, pues en el mejor de los casos corresponde a un desarrollo capitalista moderado (producción de bienes de consumo) y en el peor, a economías limitadas a ser simples exportadoras de materias primas. Por motivos diversos, casi todos ellosson también exportadores de mano de obra barata para los mercados metropolitanos. En ninguno se registra algún intento significativo para elaborar bienes de producción ni proyectos relevantes para acceder a las nuevas tecnologías que ocupan el centro mismo de la actual Revolución Tecnológica. En el plano interno la burguesía criolla controla los resortes principales de la economía, goza de un respaldo suficiente del funcionariado- en particular de las fuerzas armadas y de policía- y cuenta con un apoyo electoral suficiente de sectores populares y de las clases medias que le permite una ventajosa correlación de fuerzas en el poder legislativo. Todo esto se intensifica con la aplicación del modelo neoliberal aún vigente en la mayoría de los países de la región. A este control de casi todas las formas del poder efectivo, que en tantas ocasiones le permite a la burguesía criolla torpedear cualquier reforma significativa de los gobiernos progresistas, debe añadirse el decido respaldo que recibe del capitalismo internacional. Afortunadamente, este factor negativo se puede mejorar con una gestión adecuada de las relaciones internacionales estableciendo vínculos de todo tipo con las potencias emergentes (los BRICS, en particular) para ganar capacidad de maniobra en defensa de los intereses nacionales.

Superar el actual modelo neoliberal (en todas sus esferas, desde lo económico a lo cultural) impone como objetivo no solo devolver al Estado sus funciones claves en la gestión de los asuntos públicos sino como productor esencial en todos y cada uno de las sectores de la economía. La idea de promover un cierto capitalismo de Estado supone no solo conseguir un amplio apoyo popular sino también consolidar alianzas con sectores de la mediana y pequeña propiedad. Lo primero se alcanza disminuyendo las enormes desigualdades sociales y económicas que afectan a las mayorías de la población así como impulsando su participación política amplia para consolidar las formas democráticas; lo segundo, aunque no es fácil tampoco es imposible pues en el fondo esa mediana y pequeña burguesía local tampoco se ve favorecida por el modelo neoliberal que da prioridad al llamado “extractivismo” y disminuye en términos muy drásticos el mercado local. Impulsar formas adecuadas de proteccionismo es una manera de alcanzar los apoyos políticos de estos sectores de la producción nacional, tan afectados por el libre cambio que solo beneficia a las economías metropolitanas. Proteger la economía nacional no significa en modo alguno que se renuncie a exportar, solo que de manera diferente. El caso del litio puede mostrar bien en qué consiste ese proteccionismo: no se exporta litio como materia prima; en su lugar, se impulsa su procesamiento industrial en el país, algo que bien  puede llevarse a cabo en asocio con empresas extranjeras y de forma que se satisfagan los intereses nacionales.  La protección de la producción nacional se complementa con la integración regional, otra de las banderas de los actuales gobiernos progresistas de la región. El caso de la industria farmacéutica que ha ganado gran protagonismo con la pandemia del covid-19 sería otro ejemplo para superar la actual desventajosa dependencia de los grandes monopolios del medicamento.

El desmantelamiento del actual modelo neoliberal será el resultado, nuevamente, de la correlación ventajosa de fuerzas que se consiga generar por parte de la izquierda. La naturaleza del orden social que reemplace al actual depende sin duda de un programa inmediato que permita avanzar en la modernización y en la democratización de estas sociedades. Desde esta perspectiva  formas de capitalismo de Estado parecen un paso decisivo en esa dirección con la particularidad de ser un capitalismo de Estado bajo la hegemonía política y social de los sectores populares ya que aquí no existe esa burguesía nacional clásica que modernizó sus países imponiéndose sobre sectores retardatarios y en búsqueda de maneras ventajosos de participar en el mercado mundial. En esta región existen sin duda, sectores que se pueden entender como “burguesía nacional” pero no son decisivas dentro de una clase dominante que en lo fundamental se identifica con la burguesía metropolitana y no se siente incómoda en su condición de administradores de las modernas formas del neocolonialismo.La naturaleza del orden social nuevo, moderno y democrático, está a debate y es uno de los retos mayores para la izquierda latinoamericana y caribeña. A este propósito parece indispensable una lectura crítica de las experiencias propias y de las fuerzas populares en todo el mundo a fin de perfilar esa idea de futuro. Las tareas urgentes no deben impedir ese debate sobre el mundo futuro al que se aspira. El vínculo necesario entre las tareas inmediatas y las de largo plazo es lo único que permite definir con claridad la naturaleza propia de la izquierda dentro del movimiento popular y reformista.

Las divisiones, diferencias y hasta conflictos entre los partidos de la izquierda y entre las diversas formas del movimiento popular resultan manifestaciones inevitables y su gestión adecuada les permite salir airosos y fortalecidos. Consolidar la organización propia de la izquierda (sus partidos) y la propia de los movimientos populares (sindicatos, asociaciones, movimientos ciudadanos, etc.) constituye uno de los desafíos más importantes para unos y otros.Es indispensable encontrar la solución adecuada del vínculo necesario entre la espontaneidad de los movimientos  sociales de la protesta y las formas burocráticas de los partidos (en el mejor sentido del término); o sea, conseguir armonizar la democracia directa y las formas delegadas, que han estado siempre como reto en los procesos del cambio. El objetivo buscado siempre ha sido mantener la continuidad del movimiento espontáneo consolidando su organización y elevando su consciencia política. Pero es igualmente indispensable alcanzar grados elevados de organización, continuidad en la gestión de los asuntos y la profesionalidad necesaria que impone la complejidad  del mundo moderno. Siempre existe el riesgo de descuidar una u otra tarea: quitar importancia a la organizaciónpermanente y profesional hasta demonizarla como una forma nueva de opresión –el burocratismo y el elitismo- odesconocer el valor de la espontaneidad, con su entusiasmo, creatividad y frescura, identificándola sin más con el caos y la incapacidad de mantener su fuerza. Alcanzar la necesaria armonía entre las organizaciones políticas de la izquierda y las muchas formas de la movilización popular es, en muchos aspectos una de las más urgentes y necesarias tareas que la actualidad impone a la izquierda.

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