Nuestra definición.

El 5 de diciembre de 1970 un grupo de muchachos graduados de bachilleres desbordaron por caminos diferentes. Nunca propusieron el reencuentro una vez realizada gran parte de sus tareas personales.

Soñaban una vida de realizaciones fructíferas basada en la formación básica hogareña y estudiantil recibida. Obtuvieron triunfos, sufrieron desaciertos, y numerosas vivencias personales.

Invirtieron tiempo en: formación profesional; labores empresariales, variados deportes, actividades culturales, conforme a sus deseos y metas por cumplir.

Para lo concerniente al pan de cada día de sus familias realizaron el trabajo con responsabilidad, honestidad y eficiencia. Algunos lograron una pensión y con ella la tranquilidad económica.

Formaron familias con idénticos postulados de sus padres; las estructuraron con fundamentos éticos. Vieron crecer hijos, nietos, y consolidaron un pilar básico para el, progreso de la sociedad.

Ninguno fue sacerdote, pastor, rabino o mago, aunque algunos lo intentaron.

Viajaron por el país, saltaron las fronteras, algunos se mudaron a otras tierras. Muchos entonan en Colombia el patriótico bambuco y nostálgico para los ausentes, Soy colombiano, de Rafael Godoy.

Como sucede sin remedio, compañeros y profesores se adelantaron y abandonaron la vida por tiempo cumplido, pero los recuerdan con alegría y gratitud en sus recientes citas rufinistas.

Muestran respeto a la variedad de preferencias del grupo rufinista: agnósticos, judíos, ateos, religiosos de distinta doctrina, indecisos, sibaritas y poetas.

La honorabilidad marca la pauta en sus actos. En política entienden y manejan la polarización, la terquedad. Los fanatismos partidistas y la esperanza. Se ubican en cualquier ángulo: centro-izquierda, derecha o en vaivén, para cumplir las características comunes de los latinoamericanos afiliados a las modas e ideologías reinantes.

La congregación.

En 2010 el asunto se tornó interesante: un alumno, destacado por su moderación en las aulas, tuvo la idea de convocar a sus compañeros a un encuentro en su “Eden”, a las afueras de Armenia y la respuesta a la cita se logró en octubre, y se repitió el 28 de noviembre. Así empezó La saludable historia de los convites rufinistas, en donde la camaradería reina desde entonces.

Hubo numerosas citas: Salento, Santa Rosa de Cabal, Circasia, La Tebaida (Pueblotapao) y Armenia, hasta cuando la pandemia frustró la reunión en Génova y al parecer, la celebración de sus cincuenta años de egresados rufinistas. Llevan 17 reuniones presenciales masivas en esta década.

Asisten cada vez con animo exuberante para compartir tiempo, abrazos, degustar majares quindianos, escuchar música de los años locos, brindar por la amistad, contar historia, recordar anécdotas de colegio y sobretodo, disfrutar la brevedad de los momentos alegres de las viejas aulas.

Para estar comunicados utilizan en el principio el correo e-mail y el teléfono normal; el Facebook, WhatsApp.

Las realizaciones.

Creen poseer el récord, en Colombia, de conservar durante tiempo prolongado, un numeroso grupo de antiguos colegiales en unión permanente.

Detallan logros mínimos y relevantes: conexión total para compartir lo importante y lo trivial; reuniones asiduas; fortalecimiento de la amistad; patrocinio del concurso anual “mini cuento  rufinista” en el colegio Rufino José Cuervo de Armenia; placa de agradecimiento al colegio; mosaico del cincuentenario con fotos actuales de la mayoría de los  egresados; declaratoria del 5 de diciembre como “día del rufinista”; composición “ marcha rufinista” interpretada por la Banda Departamental del Quindío; siembra de arboles guayacanes en los diferentes lugares de reunión como homenaje ecológico a la Madre tierra; asisten uniformados con camiseta, cachucha y espíritu estudiantil.

Anhelan festejar el cincuentenario en Armenia, condominio campestre “El cabrero”, este 5 de diciembre, para conmemorar su día de graduación en el teatro Bolívar de Armenia en 1970.

Sin embargo, por seguridad tendrán que postergarlo hasta cuando las condiciones sanitarias pandémicas lo garanticen, habida cuenta del riesgo que conlleva.

Por alguna circunstancia no tuvieron el mosaico colegial de bachilleres. Para compensar esta ausencia elaboraron el del cincuentenario con una característica: definieron con una palabra su trayectoria vital.

Conclusión.

Su hogar los educó, la escuela les enseñó, el colegio los graduó, la universidad les profesionalizó, sus familias los responsabilizó. En el trabajo y la vida actúan con dignidad.

Con los amigos del colegio celebraran de alguna manera, las bodas de oro de una etapa de fabulosa formación personal.

DE LA TIENDA PUERTO NUEVO AL COLEGIO RUFINO J. CUERVO DE ARMENIA.

José Gabriel Rebellón. 

Un imberbe rufinista quiso contarnos un trozo de su vida; de aquellos años juveniles en donde el dinero era escaso y había que trabajar en la legalidad, para obtener recursos y vivir aceptablemente.

Le correspondió vivir esa época de la adolescencia en una tienda. Se llamaba Puerto nuevo, en recuerdo de un tango que gustaba a quien la fundó, Luciano Rebellon. Estaba ubicada en una esquina de la carrera 12 con calle 20, frente del cuartel de la policía nacional de Armenia.

Era un sitio estratégico, dirán los sabuesos comerciantes de hoy, donde primaba para ellos el lugar que garantizaba el tráfico de personas, visibilidad, y un vecino fundamental: la plaza de Bolívar.

Antes era garantía de seguridad para los vecinos tener policías cerca; hoy es alto riesgo.

Comentaba el fulano de esta narración que la tienda ofrecía a su clientela: alimentos básicos, licores, comidas preparadas, carbón y petróleo, ollas y recipientes, gaseosas, cervezas y aguardiente blanco y amarillo, y variedad de cacharros.

Sobresalían las ventas de café con buñuelo, gaseosas con pan y salchichón, pony malta con leche, cigarrillos pielroja, caribe y sucre sin filtro.

Los clientes escuchaban música en un viejo radio, en la única frecuencia a.m. donde Caracol predominaba por tener, entre otros programas, a la 1.30 de la tarde al montañero paisa de Guillermo Zuluaga con las “aventuras de Montecristo”, el mejor humorista de Colombia.

Los domingos su audiencia se vestía de patria, con programación de bambucos, torbellinos, pasillos y guabinas.

Todelar, la competencia radial, era líder en radionovelas. En la noche los Chaparrines, cómicos campeches peruanos, hacían de las suyas.

La tienda tenía dos empleados: Luciano, el anciano dueño y Argemiro, el joven sobrino.

El horario, todos los días de año desde las 6 a.m. hasta las 8.p.m., en extenuantes jornadas laborales comentarán ahora, normal en este tipo de negocios del ayer.

El dicho popular se tenía que cumplir: “el que tenga tienda que la atienda o si no, que la venda”.

La remuneración de don Luciano y Argemiro consistía en repartir una mínima parte de las utilidades por las ventas, y dejar el resto para comprar de contado y con mesura aquello que necesitara la clientela, pues don Luciano no era amante de las deudas.

Desde los 10 años Argemiro laboró en esta miscelánea en donde le correspondió vivir en improvisada habitación, en la trastienda o deposito, donde tendían dos catres plegadizos como dormitorio. La ropa se mandaba a lavar. Aquel “apartamento” constaba, además, de baño completo y cocineta. El vestuario se guardada en baúles de cedro negro.

Estas condiciones eran suficientes porque consideraban que poseían lo necesario para vivir.

Para Argemiro fue maravilloso este ritmo de vida toda vez que, a la temprana edad de once años quedó huérfano de madre. Al padre no le conoció. Luciano su tío materno, fue todo en uno para Argemiro: hizo de padre putativo, compañero, amigo y familia.

Argemiro no pudo hacer cosa distinta que repartir su tiempo en ir de puerto nuevo al Rufino, atender la tienda y hacer tareas del colegio en las noches.

Los juegos, las charlas con los amigos, el deporte y la diversión quedaron relegados para el futuro incierto.

Una adolescencia especial tuvo el rufinista que, por fortuna, terminó sus seis años secundarios sin repetir alguno, aunque validó materias todos los años.

La tienda quebró por exceso de confianza en la honorabilidad y cumplimiento en el pago de los fiados entregados a la clientela y se cerró cuando el ayudante del viejo Luciano cursaba sexto de bachillerato.

Entonces, el alumno rufinista tuvo que emplearse como ayudante de Juancho, el fontanero, y terminó haciéndose fuerte en arreglar canales y goteras en techos, destapar cañerías en salones de belleza, y lo relacionado con reparaciones de sanitarios, lavaplatos y lavaderos en varias viviendas de Armenia. Confiesa Argemiro que en estos oficios perdió lo poco que tenía de soberbio.

Luego, en junio de 1971, el bachiller rufinista ingresó a una gran empresa comercializadora en donde laboró 32 años, hizo meritoria trayectoria laboral, conoció a su esposa entre las empleadas, y logró la anhelada pensión.

El actor de este relato agradece a su anterior empresa las experiencias vividas, la formación de una nueva mentalidad, espiritualidad y personalidad, y llegar a comprender que todo lo que sucede se debe aceptar, valorar y superar.

Reconocimiento especial, expresa Argemiro, para la tienda Puerto nuevo de don Luciano y el colegio Rufino J. Cuervo de Armenia, recintos donde fundamentó su responsabilidad.

Argemiro nunca dejó de ser tendero. Anheló ser maestro, pomposamente se dice ahora, docente. Incluso, para tal fin, cursó varios semestres de Bioquímica en la Universidad del Quindío.

Por eso entiende que lo mejor, en la vida, siempre es lo que sucede.

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