Teatro Aladino, en espectáculos lo mejor…

Por Manuel Tiberio Bermúdez

Excivel Ortiz compartió en el Facebook algunas fotos del interior del Teatro Aladino, o mejor, imágenes de lo que queda de esa magnífica sala de cine que legara a Caicedonia el empresario Héctor Osorio.

Aún, para quienes tuvimos la fortuna de ir a «matiné» los domingos, o de ir con la novia a cine para aprender el lenguaje de las caricias y los besos furtivos, o que guardábamos lo del colegio para ver las «series», nos duele, que ese lugar sea hoy, una edificación en ruinas cuando hubiese podido haberse rescatado como un escenario para espectáculos y que tanta falta le hace a Caicedonia.

A propósito de estas fotos comparto un texto que elaboré a petición de Guillermo Escobar, quien me manifestó: «estoy apoyando un trabajo de cine documental con el que queremos recuperar la historia del Teatro Aladino»

Apreciado Guillermo

Mi aprecio por el cine comenzó cuando aún era un muchacho que se maravillaba de ver cómo gente andaba sobre las paredes de una gran casona que aún persiste en seguir en pie a pesar del paso de los años: la casa de los Aguirre, que está ubicada en la carrera 15 diagonal al parque de las palmas.

Por esa época llegaba, con alguna regularidad al pueblo, un vehículo que recorría las calles de nuestra Caicedonia anunciando: “Esta noche cine gratis”, y una perorata que no recuerdo hoy.

Lo que si tengo presente en mi memoria, era que los chicos seguíamos al vehículo por las calles; y en la noche, nos íbamos a la plaza de mercado, en el lugar que hoy ocupa la Galería Municipal, donde el vehículo aquel proyectaba, con un aparato que parecía mágico, sobre la pared del Café As de Oros, películas que tenían relación con los cultivos de café. Luego, más tarde, supe que aquellas películas eran propaganda de la Federación Nacional de Cafeteros.

Posteriormente, cuando asistía al colegio de las hermanas, a las catequesis que domingo a domingo impartían las estudiantes avanzadas a los pequeños, con el fin de instruirnos en cuestiones de la fe, recuerdo que también nos llevaban, al Cine Parroquial, que era un teatro que estaba vinculado a la parte posterior de la iglesia, donde hoy hay una panadería.

Recuerdo también que donde actualmente está el Banco Cafetero, había un Teatro, que creo que llamaba el Teatro Colombia. Allí íbamos al cine los domingos los muchachos del pueblo.

Luego, vendría el Teatro Aladino, al que los domingos la muchachada de Caicedonia íbamos a matiné. A la entrada del teatro ponían unos grandes tableros que les llamábamos: “las carteleras”, y en los que pegaban fotos de algunas escenas de la película que iban a proyectar. Cuando estábamos viendo la película, y aparecía la escena correspondiente a la foto vista en la cartelera, se escuchaba una algarabía de los muchachos gritando: “cuadro, cuadro, cuadro”, significando con esto que la escena correspondía a la foto vista en la cartelera, a la entrada del Teatro.

Sin lugar a dudas, una generación de jóvenes crecimos con el Teatro Aladino, como recurso para espantar el aburrimiento de un pueblo, en el que los sucesos cotidianos eran los hechos de violencia, pues no había acontecimientos que causaran algún entusiasmo en nosotros.

Su propietario, don Héctor Osorio, vivía orgulloso de su sitio de espectáculos y lo adecuó con la última tecnología para la época: pantalla gigante, sonido souround, o envolvente, cortinas antifuego, de las que se ufanaba en sus noches de bohemia y ofrecía dinero «al que les prendiera fuego».

Ya mayorcitos, el Teatro se volvió refugio y cómplice para los primeros besos, y para ensayar, ese lenguaje eterno de las manos entrelazadas en señal de afecto, de protección, de pertenencia.

Apetecidas por las parejas de enamorados, eran las bancas últimas del Teatro, en donde se estaba protegido de los ojos curiosos que pudieran testimoniar, y luego pregonar, nuestros besos tímidos y furtivos. Se le llamaba “las bancas de los cocheros” por la onomatopeya del beso ruidoso.

Lo que más nos gustaba a los muchachos eran las “series”, películas que tenían continuación y que uno luchaba por no perdérselas. Las del Santo, el enmascarado de plata, fueron inolvidables.

Recuerdo también que los miércoles se presentaba “cine doble” al que no asistíamos los muy jóvenes, pues era en la noche y además las chicas de la zona de tolerancia venían a cine, lo que convertía el momento en solo para adultos.

El tiempo ha pasado y cuando menos pensamos, un manotazo de la tecnología, apoyado por la mezquindad, nos arrebató para siempre la sala de cine Teatro Aladino, «en espectáculos lo mejor» como lo pregonaba su propietario don Héctor Osorio.

Estas fotos sacuden nuestra nostalgia porque ese lugar fue escenario para espectáculos de gran factura y calidad y hoy se muere de tedio en espera de un futuro mejor para su historia.

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