Llegué temprano a Circasia.

Faltaba una hora para que comenzara el evento musical en la casa de la cultura, y la aproveché: visité a mi amigo Noremberg, el pintor y librero.

Ya me despedía, y mientras ojeaba los  libros antiguos que vende, hallé en uno de ellos, tres páginas manuscritas, y leí:

A

“…estoy en mi sala preferida para leer; es iluminada y me protege del frío.

¡Ah!, ¿pero qué pasa?

Le resultó fácil hallarme.

Acaba de entrar.

No debo mirarlo a los ojos.

¡Cómo se atreve a entrar sin  saludar!

¡Qué descortés!

¡Qué comportamiento!

¡Militar desconsiderado¡¡Qué se cree!

Está recostado en la ventana.

De soslayo veo sus botas y polainas.

Está a dos pasos de mí silla y no trae la gorra puesta.

Debo mostrarme indiferente.

¡Ah!, pero, ¿Qué hace? ¡¿Cómo se atreve?!

Con la mirada le haré saber que debe cambiar de sitio para que su sombra no caiga sobre el libro.

No quiero que lo vea.

Pero, ¿cómo ocultarlo?

Pongo mi mano sobre la página.

Ahora me doy cuenta lo pequeña que es: No cubre nada.

Estoy segura, lee la página.

Presiento que dirá algo.

Seguiré leyendo.

Su sombra cae sobre mí.

Por su taconeo, noto que está disgustado.

Finjo leer hasta escuchar el ruido de la puerta.

Se marcha.

No hay remedio. Es tarde para los dos.

Si leen nuestra historia entenderán los  motivos de esta decisión.

Se ha detenido en la puerta.

Siento su mirada.

¡Cuánto tarda en salir!

¡Oh! Ha dejado la puerta entreabierta.

Falta poco.

Nunca sabrá que salí para la estación a esperar el paso del tren.

B

Sé dónde encontrarla.

Empujo la puerta.

Lee.

Me apoyo en la ventana.

No debo interrumpir.

Así es mejor, sin la gorra.

Adoro sus cabellos recogidos.

Quiero besarla toda. El cuello, la boca, los ojos.

Me acerco a ella.

Evita mirarme.

No me desea.

¡Vaya torpeza!

Mi sombra opaca las páginas y en sus ojos adivino el disgusto que le causo.

¡Qué hermosa su mano sobre el libro!

No despega los labios.

Descubrí quién es su amante.

¡La amo!

Afuera hace frío. Nevará.

No  hay comunicación entre nosotros.

Debo marchar.

C

Ella lee de espaldas a la ventana.

La luz cae sobre las páginas.

El militar entra a la sala de lectura con la gorra en la mano.

Ella finge no verlo.

Él se inclina.

Ella se vuelve y lo mira a los ojos, con dureza.

Él avanza dos pasos, y con su sombra le oscurece los cabellos.

La mano de ella tiembla.

Él lee en la parte superior del libro: La Guerra y La Paz.

La mujer retoma la lectura.

Sabe que nunca habrá de mirarlo.

No hay besos de despedida.

El militar dice:

“¡Adiós, Ana Karenina…!”.

Hasta aquí el texto.

Me dirigí a la casa de la cultura con el manuscrito en el bolsillo.

Allí la música regalaba matices melódicos a mis preguntas: ¿Quién escribió el texto? ¿Tolstoi? ¿Será tal vez ésta, su versión inédita, de la cual se especula que redactó, y buscan en vano los estudiosos de su obra?

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