“DominusBovis cum…”

“Et Cum spiritutuo…”

Los ecos del coro resonaban en diferentes direcciones, deformándose en las formas curvas del sagrado interior del templo. Eran los días en que el oficiante de la misa daba la espalda a la feligresía, y entre estos, la gran mayoría respondía con unos latinajos que no comprendía, pero que memorizaba a costa de repeticiones. Estas últimas, para los más píos eran diarias, para otros eran dominicales o de festividad religiosa, y para los alumnos del colegio parroquial del barrio las Cruces, diarias y obligatorias.

Corría la década de los sesenta, el alumnado, sus padres, los frailes y los otros padres, los que usaban sotana (que entonces sí la usaban), celebraban la semana santa con rezos y cánticos recargados, “matraca” incluida, a partir del jueves santo cuando “morían las campanas”.

Después llegaba el mes de María, cuando el colegio se saturaba de guirnaldas, banderas albiazules y flores. Había concursos que premiaban al salón mejor arreglado con alusiones Marianas o al mejor rosario. Las filas de los muchachos frente a los confesionarios eran nutridas, no tanto por la fe de estos, como por la obligatoriedad de la calificación en conducta.

La fiesta de San Pedro era especial, cultural y deportiva por tratarse del santo epónimo. Concursos de canto, poesía, coplas e integración con el colegio de las niñas, lo que provocaba un marco de seguridad para evitar el contacto, que hoy muchos padres envidiarían.

Llegaba entre otros, el campeonato de Hand ball, ese deporte tan exclusivo del plantel, que nunca después de partir volví a jugarlo. Consistía en dos postes erguidos a más o menos 20-25 metros uno del otro y unidos en sus puntas por un cable. En los postes había que enrollar una pera de boxeo que pendía del cable y se hacía a golpes de puño, unos hacia un poste y otros hacia el otro.

Se hacían equipos de a cinco. Los jugadores se intercalaban a lo largo del campo en línea entre los dos postes cuidando que uno de ellos fuera el “portero” cuya misión consistía en no permitir que la pera se envolviera en su poste, pues significaría un gol en contra.

Los jugadores procuraban quedar distanciados para no golpear al adversario, pero cuando la pera que estaba en el centro del cable, era golpeada por un cura que la hacía girar como las flechas de un reloj, venían los puñetazos para llevar la pera hasta el poste contrario hasta lograr el número de anotaciones que se acordaba al comienzo.

Suena fácil claro, pero como en el camino se interponían los contendores y estos puñeteaban en sentido contrario, los accidentes y las peleas eran frecuentes.

Los primeros viernes se dedicaban al sacramento de la confesión (obligatoria). Los domingos íbamos a misa de ocho disfrazados de pingüino con vestido negro o azul oscuro, camisa blanca de cuello y puños almidonados, corbatín y gomina en el pelo. Rosario los lunes, padre nuestro diario con dos Ave Marías antes de clases y el saludo matutino de los profesores:

-“Sagrado corazón de Jesús”…

-“En voz confío”- respondía el alumnado y el rito se repetía tres veces.

Había clase de Historia Sagrada (así, con iniciales en mayúscula), de Religión, de Catecismo (aquel del padre Astete) y de Doctrina; que al fin y al cabo era todo lo mismo, pero a la hora de la entrega de calificaciones tenían gran validez para los padres (los nuestros y los de sotana)

Era un mundo sobrio, conservador y exigente en que el aburrimiento se confundía con ausencia de la “Gracia del Espíritu Santo” y por ello el remedio era la oración de la cual se burlaban los parientes mayores, menos espirituales en su vivir y por ello más realistas. Gracias a Dios pasó el tiempo y las cosas cambiaron, incluido el estudio, que después de siete años de Antiguos y Nuevos Testamentos, tomó rumbo en una institución diferente, más salvaje, más liberal.

Allí con trece años, fue más fácil aceptar que el hombre, no solo viene del mono, sino que es la bestia perfecta porque piensa, y que si se pone la otra mejilla como manda el evangelio, no solo te la montan, sino que te vuelven mierda.

También se facilitaron otras cosas como el fútbol y las niñas, cuyo especial recuerdo es Flor Esminda, las primeras cervezas acompañadas, las primeras visiones de una armada de bareto en los baños, o la consecución de lecturas en las que se podía saber que Mark Twain opinaba que Dios, no solo no es misericordioso, sino que carece de moral y que según Nietzsche, el legado de Dios había muerto.

El cambio fue drástico y no solo en el aspecto espiritual. Los colores, los esferos, los libros desaparecían, entre ellos la matemática Baldor, libro donde aquel amor dejó una nota que no pude leer porque ese día se la robaron y por eso también a ella, la niña de ojos claros y piel tersa, la perdí sin leer su despedida. Las mentiras para evitar el castigo materno que implicaba perder un texto tan caro, desde luego fueron necesarias y el reato de conciencia por ellas se difuminó la tercera vez que los centavos de gastar en la tienda del alumno me fueron rapados después de un sopapo en la nuca o coscorrón traicionero que guardó el anonimato del raponero.

Muy distinto a los recreos del parroquial, donde profes y frailes mantenían el orden, en la nueva institución los estudiantes más fuertes humillaban, los débiles sufrían y peor los solitarios, por eso comprendí bien pronto que era obligatorio pertenecer a una pandilla. A pesar de todo, qué cambio y qué descanso. Ahora el epónimo del plantel no era un santo, era un guerrero: Atanasio Girardot. Yo tenía que serlo.

Cuando aprendí, vino la recuperación de la Baldor, aunque no de la mía; esa sería después; sino de varias otras. Entre otras cosas, el cambio de la niña que quería conquistar, en su trato para conmigo, al que no encontré explicación, me ayudó a seguir sin detenerme. Vino la… “recuperación”, para no llamarlo como es, de tantos objetos perdidos y no perdidos, que el aprendizaje de pecador me llevó a ser el que desaparecía, el que compraba en la tienda con dinero ajeno y el que vendía en las compraventas de libros usados.

En una de ellas, una tarde mientras hablaba de negocios con el librero, vi la marca impresa por mi madre en el lomo del libro, mis iniciales en el borde de las hojas y la tomé nervioso. “Mi baldor”, pensé.

“Se la doy barata. Está completa y en buen estado. La vendo por agüero. Esa Baldor lleva meses ahí sin venderse y eso es sal”, manifestó el hombre.

La abrí con algo de confianza y recriminación a la vez, pasé lento las páginas y encontré el mensaje con su letra, los trazos adornados de las iniciales, la altura apropiada de cada consonante, el orden manifiesto en su caligrafía y hasta creo que inhalé el aroma de sus manos cuando lo leí:

USTED ES DIFERENTE A LOS DEMÁS ALBERTO, POR ESO ME GUSTA. NO SE DEJE CONTAMINAR DE SUS AMIGOS QUE APLAUDEN TODO LO QUE HACE SU AMIGO, QUE PARECE SER EL JEFE. USTED ES DISTINTO, NUNCA LO OLVIDE. NO SE DEJE CONTAMINAR.

Recordar los ojos azules, puros, la sonrisa, el trato que me daba antes y el cambio que tuvo conmigo al enterarse de que me había unido a la pandilla, fue toda una sola cosa. Compré la matemática y la guardé con todo el cariño de mi alma, hasta que muchos años después mis hijos la usaron y recibieron la lección de mi propia voz:

“jamás DEBERAN ROBAR NADA– y para mí, murmuré: –En especial ningún libro”.

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