(1932-1973: 40 años de vida)

Arrierías 83.

Por: Ernesto Pino.

El cantautor chileno Víctor Jara, fue torturado y asesinado el 16 de septiembre de 1973 en el Estadio Chile; y quien lo creyera, treinta años después, ese mismo estadio sería rebautizado con su nombre.

Creo que nadie se gradúa de cantante, de cantautor, de intérprete. Algunos, quizás, obtengan un título académico de músico, pero solo la vida lo gradúa de cantante. Eso le pasó al director de teatro chileno, Víctor Jara. Todo su empeño estaba puesto en las artes escénicas, desde sus primeros ejercicios como mimo, oficio que le resultó salvador a este humilde campesino que migró desde la provincia de Ñuble a Santiago, la capital de Chile. Llego a ser un representante sobresaliente de los teatreros del país del sur, pero casi sin darse cuenta, encontró que era el canto con su voz y su guitarra, el que estaba unido indisolublemente a la historia política de Chile en los años 60 y 70 del siglo XX. Para abreviar, en tiempos recientes, la plataforma Neflitz, definió a Víctor Jara como una mezcla entre Bob Dylan y Martin Luther King (Ver “Masacre en el estadio”. Neflitz).

Víctor, era el menor de cuatro hermanos de una familia campesina. Se enseñó a acompañar a su padre Manuel en las labores del campo, guiando a los bueyes y ayudando a enterrar el arado en la tierra. Un padre de actitudes básicas, rudo, analfabeta y con adicción al alcohol, para quien sus hijos solo representaban otras manos para trabajar los cultivos. Amanda, su madre, era la otra cara de la moneda. La columna del hogar: cumplía con rigor el cuidado y la educación de los hijos, amasaba el pan, cultivaba verduras, criaba gallinas y cerdos; y todos los días rebuscaba ingresos adicionales para la casa, vendiendo huevos y queso de cabra. Amanda, una aldeana que sabía leer y escribir, tenía un don especial, cantaba y tocaba la guitarra. Animaba las fiestas y los velorios, en compañía de Víctor, quien siempre la acompañaba. Cantaba las canciones ancestrales del campo y los rituales para despedir a los niños muertos: “Por tradición, el cadáver de la guagua (el niño) se sentaba, se maquillaba, se vestía con papel blanco y se rodeaba con flores caseras de papel, pues las naturales eran muy caras”. Mientras tanto, el niño Víctor, miraba, escuchaba y grababa en su mente, los vívidos hechos culturales de su entorno. (Ver “Víctor Jara un canto truncado”. Joan Jara)

En su posterior oficio de cantautor, Víctor Jara reflejaría esos inolvidables recuerdos con dos canciones precisas. “El arado”: “Aprieto firme mi mano/ y hundo el arado en la tierra/hace años que llevo en ella/ cómo no estar agotado/ Vuelan mariposas, cantan grillos/ la piel se me pone negra/ y el sol brilla, brilla, y brilla/ el sudor me hace surcos/ yo hago surcos a la tierra sin parar”. Y “Duerme negrito” (canción de cuna del folclore del caribe y famosa en las interpretaciones de Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa): “Duerme, duerme, negrito/ que tu mamá está en el campo, negrito/ te va a traer codornices para ti/ te va a traer rica fruta para ti/ te va a traer mucha cosa para ti/ y si el negro no duerme, viene el diablo blanco/y ¡zas! le come la patita…”.

Con Amanda, su madre y sin Manuel, su padre, quien los abandonó; Víctor llego a Santiago, buscando mejor vida. Férrea en su disciplina hogareña, Amanda se impuso la meta de educar a sus hijos y trabajó sin descanso en oficios de cocina hasta que pudo conseguir un puesto independiente en el mercado. Víctor le ayudaba y ejercía trabajos menores y estudiaba contabilidad, disciplina que nunca le gustó. Ocupada y buscando sobrevivir, Amanda no volvió a cantar y su guitarra quedo colgada en una pared, pero no por mucho tiempo, cuando Víctor conoció a Omar Pulgar, un vecino que cantaba y que providencialmente le enseñó las técnicas básicas de la guitarra. Ese fue, quizás, el primer punto de quiebre en la historia musical de Víctor Jara.

Amanda, su madre, la primera heroína de su vida, inesperadamente sufrió un ataque al corazón. Murió trabajando, tal como vivió. Era el año de 1950, Víctor con solo 17 años y dos profundas decepciones en su vida, el abandono de su padre y la muerte temprana de su madre. Motivos suficientes para que se alistara inmediatamente como un oficiante religioso en el seminario de San Bernardo. De las misas y de la solemnidad monótona de los templos, solo le quedó el gusto profundo por los cantos religiosos, por los cantos gregorianos. Le bastaron dos años, para entender que no era lo suyo, igualito que al cantante argentino Piero, quien renunció a la sotana por la música. Después le llegaría uno de los pasajes más irónicos de su vida. El servicio militar que prestó con suficiencia y que pudo haber estado en sus planes de joven pobre y desilusionado. Fue una corta vivencia con los militares, que en décadas posteriores se convertirían en su martirio.

Fueron tiempos de inmensa nostalgia, por sus recuerdos campesinos y por una familia sin porvenir. Un padre hirsuto, ríspido, pasado de elemental y de borracho. No mas, lo salvó el recuerdo de Amanda, la trabajadora tenaz, la que cantaba con y sin guitarra. Allí en la soledad de su cuarto, en un recuadro esquinero, puso la foto de su madre y el afiche de un político amable y distinto que estaba de moda: Salvador Allende. Un líder social que estaba muy cerca, muy cerca de su existencia, sin él saberlo.

Y llegó el teatro, el rumbo definitivo de su vida.

En esta época dura de sobrevivencia, atendió un anuncio, para ingresar al coro universitario de la Universidad de Chile. Su voz inexperta de tenor, y su corto pasado religioso, le sirvieron para entrar con éxito en el coro de monjes de la cantata medieval Carmina Burana, la excelsa obra escénica musical de Carl Orff, que en ese momento estaba de moda en el mundo occidental. Decía Alejandro Sieveking, el dramaturgo chileno y compañero de Víctor: “se alimentaba gracias a unas cajas que le mandaban de Cáritas Chile. Además, todos los compañeros nos turnábamos para invitarlo a almorzar una vez por semana para que pudiera comer carne”. (Ver “Víctor Jara, Hombre de teatro”. Gabriel Sepúlveda Corradini).

En el mundo de las tablas supo para que estaba hecho y también conoció, la mujer que guiaría su destino hasta el final. Se trataba de una bella bailarina inglesa llamada Joan Alison Turner, por entonces casada con el profesor y coreógrafo Patricio Bunster. Joan era la misma chica que interpretaba el papel de la mujer de rojo en Carmina Burana. Era también coreógrafa y profesora de obras escénicas de la Universidad de Chile. Víctor fue su alumno de teatro y posteriormente en 1960, su nuevo esposo, cuando Joan se separó de Patricio. Con ella, tuvo a su hija Amanda, llamada así, en memoria de su madre. Fue una corta época feliz para el actor Víctor Jara, con su esposa y su hija. A Joan, posteriormente y en su papel de cantante convencido y exitoso, le compondría una canción de amor llamada “Paloma quiero contarte”: Paloma quiero contarte / que estoy solo, que te quiero/ Paloma quiero contarte/ que estoy solo, que te quiero/ que la vida se me acaba/ porque te tengo tan lejos/ Paloma quiero contarte…

La esperanza actoral de Víctor Jara en el teatro, se convirtió en una realidad sobresaliente, de tal manera, que él mismo, tomó la decisión de convertirse en director teatral, en los mismos salones de la Universidad de Chile. Era tal su entrega y su pasión por el teatro, que en la obra “La balada de Atatrol”, para representar el papel de oso, “se lo tomó tan en serio que sus amigos del barrio lo veían salir por la mañana, al filo del amanecer, y cuando volvía por la noche, les contaba que había estado horas enteras estudiando a los osos del zoológico antes de ir a clases. Tenía que caminar varios kilómetros para llegar al zoo y luego volvía a pie al centro, para asistir a la escuela, pues no tenía dinero para pagar el micro”. (Ver “Víctor Jara un canto truncado”. Joan Jara).

Su éxito llegaría en el año 1965, cuando obtuvo el premio «Laurel de Oro» como mejor director teatral del año. Se reivindica este pasaje de su vida artística como teatrero, porque su reconocimiento en la cultura latinoamericana solo ha sido como cantautor. En este sentido, se resalta su papel en obras de otros directores, donde Víctor las aliñaba con sus propias creaciones musicales. Obras como “Parecido a la felicidad” (simpática comedia intimista que refleja el modo de vivir de la clase media. Tuvo tanto éxito, que fue vista y aplaudida en muchos países de Latinoamérica. En Argentina, trasmitida por TV, tuvo un impacto tal, que al otro día los vendedores de la calle no querían cobrarle a los actores, y la artista de moda Tita Merello, manifestó el deseo de ser la protagonista); “Animas de día claro” (puesta en escena que refleja el imaginario de las tradiciones campesinas, donde 5 hermanas podrían llegar al cielo si sus deseos terrenales se cumplían); “La remolienda” (una comedia donde unos campesinos chilenos, llegan a descubrir la ciudad que los deslumbra con la presencia de vías pavimentadas, la luz eléctrica y el amor primario de las prostitutas). Y llegó “Viet Rock” en 1969, una obra que tendría una gran repercusión de tipo político. Inicialmente creada por la dramaturga estadounidense Megan Terry y renovada con la técnica de “creación colectiva”, novedosa para la época, por parte del teatro de la Universidad de Chile.  La obra refleja el rechazo mundial contra la guerra del Vietnam y un acto de resistencia contra los Estados Unidos. Se resalta la crudeza de las contiendas militares, el uso de armas prohibidas y una violación permanente de los derechos humanos.

Un conflicto de 20 años (1955-1975), donde murieron más de 3 millones de personas, la mayoría inocentes de las tramoyas políticas de la invasión. La obra resultó ser una muestra latinoamericana de repudio a la guerra y de solidaridad con la juventud norteamericana que se negaba ir al combate y que tuvo presencia permanente con el movimiento hippie del país del norte. En esta obra, Víctor Jara, además de su dirección creó un suceso musical que tendría eco en el mundo como un himno de protesta, y una sentida muestra de solidaridad con el pueblo vietnamita. Se trataba de “El derecho de vivir en paz”:  Indochina es el lugar/ más allá del ancho mar/ donde revientan la flor/ con genocidio y napalm/ la luna es una explosión/ que funde todo el clamor/ el derecho de vivir en paz…. Es el canto universal/ cadena que hará triunfar/ el derecho de vivir en paz/ el derecho de vivir en paz…

A pesar de que el alma de Jara estaba puesta en el teatro, sorprendentemente su oficio como cantautor empezó a tener un brillo especial. No solamente por su auténtica búsqueda de rescatar el folclor chileno, siguiendo el ejemplo irrepetible de Violeta Parra, sino también por el esfuerzo paralelo que hacía con la investigación social y el montaje de una frenética actividad musical, que creó el Grupo Concumen, primero y que luego le dio potencia y reconocimiento al Grupo Intillimani.

Las décadas del 50 y 60, fueron prolíficas en novedades musicales. Se creó el movimiento de la nueva canción chilena (NCCH), bajo la batuta de Violeta Parra, sus hijos Ángel e Isabel, Patricio Mans, Tito Fernández, los grupos Intillimani y Quilapayun, entre otros:  lo nuevo e impactante de este movimiento, fue la recuperación del folclor chileno, su fusión con aires latinoamericanos y la inclusión de temas sociales que hervían en un mundo en permanente conflicto (Cuba, Vietnam, la Guerra fría, el mayo francés, el boom literario latinoamericano…). Mientras tanto y como una paradoja sutil, la juventud de nuestro continente se apropiaba de otras músicas, como la salsa, la balada y el rock. Por esa razón, durante varios años, la NCCH, tuvo una limitada difusión en la radio y en la televisión, aunque posteriormente fue subsanada con el sello discográfico DICAP (Discoteca del Cantar Popular), que, por fuera de la industria musical tradicional, grababa y distribuía a precios bajos el folclor chileno y las creaciones de la NCCH. De todas maneras, Víctor Jara, se fue convirtiendo en corto tiempo, en una figura significativa del movimiento.

Nota: en la NCCH, se resaltan dos cosas. La primera, la participación especial del músico chileno Sergio Ortega, el compositor de la famosa canción protesta “El pueblo unido jamás será vencido”. Lo segundo es recordar que la gran Violeta Parra, no disfrutó como lo merecía, del éxito de la NCCH, pues se marchó pronto al suicidarse en 1967.

Hablemos de ciertas canciones de Víctor Jara, que significaron su gloria, pero también su desgracia. Es la mejor manera de entender su vida, separada de su actividad teatral y que lo marcaría como uno de los grandes de la canción chilena de todos los tiempos. Y también nos explica, cómo aparece en su vida, la figura del político socialista Salvador Allende, especialmente en el tiempo de su tercera candidatura presidencial y su elección en 1970. Entre miles de caminos, el destino los juntó en la misma vía. 

En 1969, hubo un hecho que tensó con furia la guitarra de Víctor Jara. Empujados por un grave terremoto ocurrido en 1960, personas damnificadas empezaron a buscar sitios desocupados, donde alojarse. En la ciudad de Puerto Montt, un último refugio de tierras ubicadas en terrenos pantanosos, y de mala calidad para la producción agrícola, fue invadido por 50 familias necesitadas. El desalojo fue ordenado por el ministerio del interior y en un enfrentamiento desigual, entre agentes militares carabineros y la población civil, murieron 11 personas, incluido un niño de 3 meses que murió intoxicado por gas lacrimógeno. La tragedia causó conmoción nacional y crisis política en el gobierno democratacristiano del presidente Eduardo Frei. El ministro del interior, Edmundo Pérez Jucovich, fue responsabilizado directamente de la matanza y obligado a renunciar cuatro meses después. Víctor Jara, visiblemente afectado y solidario con las víctimas, creo la canción “Preguntas por Puerto Montt”. La indignación que causó este crimen social, llevó a las gentes a protestar en las calles y en una manifestación de 100.000 personas en la Avenida Bulnes, Víctor Jara la interpretó por primera vez.  “Preguntas por Puerto Montt”, cantada múltiples veces en actos políticos de oposición y especialmente en la campaña de Salvador Allende, se convirtió en una denuncia cuasi penal del gobierno de turno y en el descubrimiento de la música, por parte de Jara, como un arma política: “Usted debe responder/ Señor Pérez Zujovic:/ ¿Por qué al pueblo indefenso/¿Contestaron con fusil?/ Señor Pérez su conciencia/ La enterró en un ataúd/ Y no limpiarán sus manos/ Ni toda la lluvia del sur/ Ni toda la lluvia del sur…”. Meses después, Víctor se hizo presente en el St. George’s College, un colegio elitista, y donde, aun con estudiantes a favor, fue insultado, agredido y amenazado, después de cantar sus canciones, pero especialmente cuando cantó “Preguntas por Puerto Montt”. Literalmente, Víctor tuvo que escapar de la encerrona. Después se sabría que uno de los organizadores del concierto era un hijo de Pérez Jucovich en compañía de elementos de la ultraderecha chilena. (Ver “Masacre de Puerto Montt”, Wikipedia. “Víctor Jara un canto truncado”. Joan Jara).

A partir de allí, Jara se convirtió en una figura nacional contestataria y controvertida pero ahora más conocido por sus canciones que por sus buenas obras de teatro.  A Jara le bastaron unas cuantas canciones en tiempo récord, para ser famoso; lo que su espíritu humilde no había podido conseguir en varios años de laborioso y estudioso teatro. El arte de la musica, es el pájaro de alas extendidas que vuela más rápido en las alturas.

Pero con la misma intensidad que “Preguntas por Puerto Montt”, Jara creó e interpretó con maestría canciones irreverentes, de protesta, contra el statu quo.  Era el momento justo de una coyuntura política, que quería un cambio, a través del movimiento político “Frente Unido” de Salvador Allende que, nuevamente, buscaba la presidencia de Chile. Un país, que estaba fragmentado, dividido y que jugaba su futuro entre la inoperancia insensible de la derecha y la utopía de la izquierda que quería llegar al poder a través de la vía democrática de la elección popular.

Así apareció la canción “Plegaria a un labrador”, cuando Víctor participó y ganó El Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, organizado por la Universidad Católica. Una de las mejores canciones de Jara, inspirada en el deseo de reivindicar a la población campesina de la cual había hecho parte y también apoyada en enseñanzas morales de la Biblia, que él había aprendido en su corto paso por el seminario y que ahora eran reivindicadas por la Teología de la Liberación (la corriente teológica cristiana y latinoamericana de los años 60): “Levántate/ y mira la montaña/ de donde viene/ el viento, el sol y el agua/ tú que manejas el curso de los ríos/ tú que sembraste el vuelo de tu alma…. Líbranos de aquel que nos domina en la miseria/ tráenos tu reino de justicia e igualdad/ sopla como el viento/ la flor de la quebrada…

Y también apareció “Ni chicha ni limoná”, donde Jara ironizaba a todos aquellos que no querían tomar partido, ni por la “Unidad popular”, ni por los partidos de la derecha; pero más que todo, era una diatriba en contra del terrorismo. Una canción que comprometió definitivamente al autor con la doctrina de cambio de Salvador Allende. Dice la leyenda, que los versos de esta canción, en los tiempos de la dictadura, eran cantados por los detenidos como una forma de controvertir y de burlarse de los carceleros y de levantar el ánimo de los compañeros enrejados: “Arrímese más pa’ cá/ aquí donde el sol calienta/ si usté’ ya está acostumbrado/ a andar dando volteretas/ y ningún daño le hará/ estar donde las papas queman/ Usted no es na’/ ni chicha ni limoná/ se la pasa manoseando/ caramba zamba su dignidad… Ya déjese de patillas/ venga a remediar su mal/ si aquí debajito ‘el poncho/ no tengo ningún puñal/ y si sigue hociconeando/ le vamos a expropiar/ las pistolas y la lengua/ y toíto lo demás.”.

Y sigue con “Las casitas del barrio alto”. La composición original es de la cantautora norteamericana, Malvina Reynolds, quien la llamo «Little Boxes», en una clara alusión al urbanismo de la época que construía casas tan pequeñas, que eran como “pequeñas cajas”, donde se apretujaban niños y adultos para sobrevivir. Así como las viviendas de interés social en Colombia. Casas igualitas, todas hechas de ticky-tacky (material de construcción de mala calidad). Jara recompuso la canción, adaptándola a las circunstancias urbanas de Santiago, donde ya era evidente una manifestación de segregación física de la clase alta en la construcción de sus viviendas lujosas, con barreras murales para el resto de la población (“con rejas y antejardín”). La canción tenía tal agudeza sociológica con un tono subido de mordacidad, que se convirtió en un juego revanchista de lucha de clases. Más que crítica, la canción aportó una catapulta de odios en los tiempos de la dictadura, donde los victimarios cobraron la voraz caricatura que hizo la canción de los ricos de la capital chilena: “Las casitas del Barrio Alto/ con rejas y antejardín/ una preciosa entrada de autos/ esperando un Peugeot… Hay rosadas, verdecitas/ blanquitas y celestitas/ las casitas del Barrio Alto/ todas hechas con resipol/ Y las gentes de las casitas/ se sonríen y se visitan/ Van juntitos al supermarket/ y todos tienen un televisor/ Hay dentistas, comerciantes/ latifundistas y traficantes/ abogados y rentistas/ Y todos visten policrón/ juegan bridge, toman martini-dry/ Y los niños son rubiecitos/ y con otros rubiecitos/ van juntitos al colegio high…”

Nota: Recipol en Chile es un líquido que pega cualquier cosa; y policron es una tela poliéster, de gran uso en esa época.

Para los años críticos de la campaña de Allende, ya Víctor Jara, había tenido un encontrón de tipo músico-cultural con la iglesia católica, cuando recreó una pieza centenaria del folclor chileno, llamada “La beata”. Realmente, era una pieza picaresca del humor del pueblo chileno, que contaba la historia de una solterona que a diario se confesaba con un fraile, del cual se enamoró. Fue tal el alboroto que produjo esta canción a través de la radio, que la protesta de la iglesia católica se hizo pública y obligó a que la Oficina de Información de la Presidencia la sacara de circulación, prohibiéndola en los medios de difusión. La más dura de las críticas, provino del padre Espinoza, rector del monasterio de San Francisco, quien furioso dictaminó en contra del artista. “Repito las palabras de Cristo: “Ay del mundo por sus escándalos. Y el que cometiere escándalo, más le vale no haber nacido”. La cantinela de la canción, era casi lo mismo que la gente cantaba en las calles, en las casas y en los fundos rurales: “Estaba la beata un día/ enferma del mal de amor/ el que tenía la culpa/ era el fraile confesor/ Chiribiribiribiri, chiribiribiribón/ A la beata le gustaba/ con el fraile la cuestión/ no quería que le pusieran/ zapato ni zapatón/ sino las sandalias viejas/ del fraile confesor/ No quería que le pusieran/ mortaja ni mortajón/ sino la sotana vieja/ del fraile confesor/ No quería que la velaran/ con vela ni con velón/ sino con la vela corta/ del fraile confesor” (Ver  “Víctor Jara un canto truncado”. Joan Jara).

Y llegó el cambio efímero en la política de Chile y llegó con sabor a tragedia.

Efectivamente, Salvador Allende, fue elegido presidente de Chile en 1970, representando una alianza de partidos de izquierda denominada Unidad Popular. Desde la misma campaña, las cosas para este movimiento alternativo no fueron fáciles. Se sabría muchos años después, que la CIA había financiado con 3 millones de dólares a la candidatura del contrincante Eduardo Frei, con tal de que Allende no llegara al poder; asi lo mencionó en el senado de los EEUU, el director de inteligencia, William Colby. Desde su primer dia, el gobierno de Allende sufrió una arremetida brutal de desinformación y de alertas falsas que mantuvieron un ambiente económico de caos: se imprimieron afiches donde aparecían tanques rusos entrando al Palacio de la Moneda; SACO (Sistemas de Acción Cívica Organizada), el mismo grupo paramilitar “Patria y Libertad”, pintando paredes y anunciando violencia bajo la consigna «Yakarta viene», recordatorio de la matanza de cientos de millares de comunistas ocurrida en Indonesia en 1965; se hablaba de que los niños serian separados de sus padres; se acapararon bienes de la canasta familiar para crear un desabastecimiento artificial; de la noche a la mañana desapareció el papel higiénico; un día el periódico “La Tribuna”, anunció la escasez de pasta de dientes y en pocas horas quienes podían comprar grandes cantidades, desalojaron los supermercados; retirada masiva de fondos en el sistema bancario, especulación con alimentos y con dólares; etc. Al mismo Jara le tocó su parte, cuando la gran prensa, inventando historias, lo tildó de homosexual, en una época donde el machismo era una virtud nacional y donde se notaba una venganza mediática contra el artista, por los sucesos del St. George’s College donde Jara repudió la matanza de Puerto Montt; y también contra las canciones “Ni chicha ni limoná” y “Las casitas del barrio alto”.

Mientras tanto, el nuevo gobierno hacia lo suyo, defendiendo el orden jurídico y tratando de enfrentar con la protesta callejera, los ataques cada vez más asfixiantes de la oposición. La única arma propia que Allende utilizó, fue la cultura, cuando buena parte de los integrantes de la NCCH, sirvieron de embajadores en diferentes países del mundo para contrarrestar la ofensiva mediática de la ultraderecha. Fuera de esa estrategia cultural, de poco le sirvió la ayuda mínima brindada por la Unión Soviética, China y los países de Europa del Este. No compensaron en nada, la negación de crédito externo de los Estados Unidos, en una clara represalia por la nacionalización del cobre, que afectó directamente a las multinacionales Anaconda, Cerro y Kennecott. Por eso, en 1973, estaban dadas todas las condiciones para un golpe de estado, como efectivamente sucedió el 11 de septiembre. El 11S de los países latinos, ocurrido 28 años antes del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York.

Varios hechos graves abrían el camino hacia el golpe de estado. Primero, el asesinato del general René Schneider​​, comandante en jefe del Ejército, en 1970, apenas iniciado el nuevo gobierno. Segundo, la campaña de desprestigio, terrorismo económico y desinformación que apareció como propaganda de oposición en la misma TV, utilizando la musica de una canción de Víctor Jara llamada “El hombre es un creador” y un video de desórdenes callejeros con una mención explícita de “Allende es caos”; y tercero, un testimonio según el cual, el Secretario de estado Henry Kissinger le escribió al presidente Richard Nixon, refiriéndose al triunfo de Salvador Allende como presidente de Chile:  “No tenemos recursos para oponernos a su legitimidad porque fue elegido libremente. Debemos asegurarnos de socavar su gobernabilidad, de que no represente un modelo exitoso para el mundo”. Entonces, de manera soterrada, la CIA, intervino en diversas acciones en contra del gobierno popular; especialmente por el contacto estrecho con militares chilenos, y la financiación de propaganda de oposición a través del diario derechista El Mercurio. (Ver documental “Masacre en el estadio” de Neflitz).

Desde el primer dia, la Junta Militar al mando de Augusto Pinochet, inició una feroz represión sobre todo aquello que significara izquierda, cambio, revolución, estudiantes universitarios, sindicatos obreros, movimientos culturales como la NCCH. Todo empezó con el bombardeo al Palacio de la Moneda, que llevó al suicidio de Salvador Allende posterior a su última alocución presidencial: “Ésta será seguramente la última oportunidad en que me dirijo a ustedes… Yo no voy a renunciar… Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo… Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no puede ser segada definitivamente… No se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos…”.

El 12 de septiembre de 1973, Jara es arrestado en las instalaciones de la Universidad Técnica del Estado (UTE), con otros profesores y cientos de estudiantes, y llevados todos al Estadio Chile. La mayoría de los relatos sobre la pasión y muerte de Jara, coinciden en que sus captores obraron con exagerada crueldad contra el artista, a través del insulto, el escarnio y la tortura. En el estadio, no sirvió que todos trataran de ocultarlo y protegerlo, porque infortunadamente Víctor era un objetivo militar desde antes del golpe.

En el mismo estadio y en medio de la confusión de un escenario pleno de heridos, torturados, enfermos, que respiraban un profundo sentimiento de horror; Víctor Jara, escribió su último poema-canción titulado “Estadio Chile, somos 5.000”. Fue su amigo Boris Navia, abogado de la UTE, quien, en complicidad con otros detenidos, logró sacar una copia del estadio. Jara trató de describir los momentos de pánico que estaban viviendo en las graderías: “Somos cinco mil aquí/ En esta pequeña parte de la ciudad/ Somos cinco mil. /¿Cuántos somos en total en las ciudades y en todo el país?/ Somos aquí diez mil manos que siembran y hacen andar las fábricas/… Seis de los nuestros se perdieron en el espacio de las estrellas/ Un muerto, un golpeado como jamás creí se podría golpear a un ser humano/ Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores/ uno saltando al vacío, otro golpeándose la cabeza contra el muro/pero todos con la mirada fija de la muerte./ ¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!/ Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada./ La sangre para ellos son medallas./ La matanza es acto de heroísmo./ ¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?/ ¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?/ Canto, que mal me sales/ cuando tengo que cantar espanto/ Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto…”.

Existen diversos relatos de las escenas previas a su asesinato. Coinciden en el escenario macabro construido para atemorizar a los 5.600 detenidos: Con dos ametralladoras punto 50 –usadas en la Segunda Guerra Mundial- en los balcones del estadio, las que eran publicitadas por los parlantes como las “sierras de Hitler, capaz de partir a una persona en dos”; y con la instalación de potentes focos de luz, que permanecían encendidos día y noche, generando una incertidumbre tal, para que los detenidos perdieran la noción del tiempo. Según testimonio del militar ex conscripto José Alfonso Paredes en el 2009, además de la tortura recibida, a Víctor Jara lo sometieron a un degradante acto de terror, cuando lo obligaron a cantar por última vez (un verso de su canción “Venceremos”) y luego los militares al mando, procedieron a jugar con él a la ruleta rusa. De allí salió el tiro que le dio muerte. Su cadáver fue abandonado en la vía pública, casi con la intención de que no se supiera y fuera enterrado como un NN. De allí, se entiende el anuncio de su muerte entregada por dos fuentes: la primera del Diario La Segunda, que informó al día siguiente del entierro, que Jara había muerto sin violencia y que su sepelio había sido de carácter privado. Y la segunda, fechada el 27 de marzo de 1974 (6 meses después) emitida por el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Pinochet a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, y que textualmente decía: “Víctor Jara. Fallecido. Murió por acción de francotiradores que, reitero, disparaban indiscriminadamente contra la FF.AA. como en contra de la población civil”. Para no dejar ninguna duda, una segunda necropsia de su cadáver, realizada el 2009, constató que tenía 56 traumas, tres de los cuales eran por golpes en la cara y las costillas, el resto era por impactos de proyectil en el cráneo, extremidades superiores, inferiores y en el tórax. Pero el número de impactos inferidos al cuerpo de Víctor, resultaron ser 36, nos los 44 de la autopsia anterior, pero no por eso menos macabro. (Ver “Los estremecedores testimonios de cómo y quiénes asesinaron a Víctor Jara”. 26.05.2009; “Víctor Jara, hombre de teatro”. Gabriel Sepúlveda y “Héctor y la odisea del cadáver de Víctor Jara”. Manuela Camila Beltrán de la Fuente).

La justicia para Víctor Jara y los millares de muertos y desaparecidos que dejó la dictadura, llego 25 años después, cuando Augusto Pinochet, fue detenido en Londres, por su presunta implicación en los delitos de genocidio, terrorismo internacional, torturas y desaparición de personas ocurridos en Chile durante la dictadura. Pinochet fallecería finalmente el 10 de diciembre de 2006 sin haber sido condenado por delito alguno, a pesar de que se llegaron a presentar más de 300 cargos criminales en su contra.

Pero la exaltación a su memoria eterna, llegaría treinta años después de su muerte, cuando el Estadio Chile, ese mismo estadio, donde fue torturado y asesinado, seria rebautizado con su nombre.

Como bien lo dijo el periodista francés Jean Clouset, a Víctor Jara, en esos años posteriores a su muerte, se le conocía mucho más por las circunstancias crueles de su final como representación de la brutalidad de una dictadura; que, por haber sido un gran artista memorable de Chile y Latinoamérica, por sus obras de teatro y por sus maravillosas canciones.

Una de ellas, es precisamente “Te recuerdo Amanda”, creada por el artista en honor a sus padres, Amanda y Manuel. Es una bella historia de amor, inocente pero trascendental, donde mezcla el recuerdo de sus padres y el trabajo rutinario de los obreros. El amor perdurable por su madre y la ausencia injusta de su padre. El verso “…son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos…”, es simplemente magistral en el canto popular de América Latina. Fue tal la repercusión de “Te recuerdo Amanda”, en los años setenta y ochenta en Chile, que muchas niñas fueron bautizadas con este nombre.

En el siguiente link, se puede escuchar el video de la canción interpretado por Victor Jara:

TE RECUERDO AMANDA

Cantautor: Víctor Jara.

Te recuerdo Amanda

la calle mojada

corriendo a la fábrica

donde trabajaba Manuel

La sonrisa ancha

la lluvia en el pelo

no importaba nada

ibas a encontrarte con él

con él, con él, con él, con él, con él…

Son cinco minutos

la vida es eterna en cinco minutos

suena la sirena

de vuelta al trabajo

y tú caminando

lo iluminas todo

los cinco minutos

te hacen florecer.

Te recuerdo Amanda

la calle mojada

corriendo a la fábrica

donde trabajaba Manuel

La sonrisa ancha

la lluvia en el pelo

no importaba nada

ibas a encontrarte con él

con él, con él, con él, con él, con él…

Que partió a la sierra

que nunca hizo daño

que partió a la sierra

y en cinco minutos quedó destrozado

suena la sirena

De vuelta al trabajo

muchos no volvieron

tampoco Manuel

Te recuerdo Amanda

la calle mojada

corriendo a la fábrica

donde trabajaba Manuel.

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