El Cresto, la bebida idílica por excelencia de los años 60 y 70.

(El Cresto de esta historia era un preparado de leche caliente con Milo, en un pocillo mediano o lo mismo que hoy se conoce como Milo caliente.)

Sin lugar a dudas, en la juventud de los Sevillanos, estas dos mujeres sembraron para siempre, en el corazón de los muchachos que reiteradamente asistíamos a la fuente, la gratitud y el inmenso cariño, que se siente por alguien, que en su momento, le salvo la patria, como decíamos en aquellas épocas, cuando no teníamos , sobre todo entre semana, para pagar los dos crestos, que generalmente y por cuestiones  económicas, pedíamos, uno  para la candidata a novia y otro para el pelado aspirante,  y que una  de las dos, nos financiaba para pagarlos el fin de semana, bien fuera con la plática que nos daban en la casa o el dinero que ya algunos ganábamos, trabajando en los graneros donde los Carvajal, donde Belisario o en la Economía de Nabor. Otros, los de papa rico, financiaron muchos de esos encuentros idílicos, al calor del inolvidable cresto.

La labor maternal y generosa, de Yolanda y Rosita, se hacía más importante, sobre todo, el fin de semana, los sábados y los domingos por la mañana, cuando la bebeta, había sido de largo aliento y el poco dinero que quedaba, después de la azotada de baldosa, en Luces, o donde cualesquiera de las conocidas del barrio, lo utilizábamos para abonarle a la cuenta, y poder pedir la cerveza o el aguardiente, para terminar la faena, o para el desenguayabe. La economía sevillana de los jóvenes se movía, en aquel entonces entre abono y abono, cada ocho días, que en este caso era diferente porque en las cuentas del guaro, no podía haber mora superior a los 8 días.  De todas maneras, fueron muchas las parrandas que corrieron por cuenta de estas dos inolvidables mujeres.

Rosita y Yolanda, se encargaban de llevarle las razones románticas a las niñas, que estaban al otro lado, y que se hacían ojitos, a través de los grandes espejos que rodeaban el negocio y se mandaban papelitos con Yolanda, y así concretaban muchas cosas, como verse el domingo en el teatro y que le guardara puesto, para el social. Las dos, con el tiempo, conocieron los gustos musicales de unos y otros, y bastaba con decirle a una de ellas, que le marcara en la victrola, por ejemplo, el C5, y sonaba, Leonardo Favio o Camilo Sesto y la dedicatoria escogida, también iba de acuerdo con el momento por el que pasaba el romance, si apenas estaban empezando, o le habían terminado y estaba entusado, en fin, tantas situaciones por las que pasaba un romance juvenil.

La tarea etílica, terminaba cuando la mesa estaba llena de botellas, y los participantes quedaban dormidos en los bordes de la mesa o incomodos en las sillas con las piernas extendidas y con la boca abierta, hasta cuando llegaba la hora del cierre y otros ya se habían ido, espantando gallinas, hasta sus casas.  En aquel entonces, los borrachitos, no acostumbraban a pedir taxi, para irse a la casa, todo era muy cerca y no importaba, si era tarde de la noche o al amanecer, cuando usted se podía ir, sin ningún peligro a la vista. Los cuadros de los amigos solidarios, acompañando al amigo ebrio, era algo muy común. Abrazados y cantando cual desentonado y ebrio enamorado o entusado, atravesados en la calle y de anden a anden, iban llegando a la casa de cada uno, hasta que el ultimo, que era el menos ebrio de la gallaba, terminaba bebiendo, en la Samaritana, o donde Jairo Ospina, en Casablanca.

Rosita y Yolanda, dos mujeres maravillosas en la vida de la juventud sevillana, cuando el cresto, era la bebida idilica por excelencia.

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