
Arrierías 111
Pedro Luis Barco Díaz, Caronte
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Homenaje al maestro y amigo, lee y comparte con tus amistades. ALBERTO RAMOS GARBIRAS, EL SEVILLANO UNIVERSAL.
Cada vez que evoco al sevillano Alberto Ramos Garbiras, de inmediato lo asocio de inmediato con el laureado director de cine Lisandro Duque Naranjo. Tal vez porque los conocí a ambos, en la capital cafetera, el mismo día de 1972, apenas un año después de haber terminado mi bachillerato en el colegio Bolivariano de la vecina Caicedonia.
Fue en una tertulia dirigida por Lisandro, quien aún vivía en Sevilla, aunque ya escribía en El Espectador y se había ganado el prestigio de un intelectual de pluma brillante. Su voz llenaba la sala con reflexiones sobre cine y literatura, mientras los jóvenes lo escuchábamos con reverencia, como si su edad fuera mayor de la que tenía. Alberto era, sin duda, su discípulo más aventajado.
Alberto, por su parte, tenía apenas veintiún años. Estudiaba derecho en la USACA, y también escribía sobre cine. Sus textos circulaban en hojas sueltas, programas de cineclub y periódicos estudiantiles. Eran reseñas dirigidas a un público reducido, pero en ellas se adivinaba ya su estilo: una mirada crítica que interpretaba las películas como metáforas de la realidad colombiana, un lenguaje incisivo que mezclaba pasión, rigor e ironía.
Nunca nos perdimos de vista. Al salir de la universidad, coincidimos en la Contraloría Departamental. Nos unía el origen: norte del Valle, rabiosamente caicedonitas y sevillanos, reputados como “paisas come fríjoles” poco aptos para la salsa.
Con el tiempo seguí de cerca sus logros: ocupó cargos clave en la defensa del medio ambiente y los derechos humanos, desde la Personería de Cali hasta la Procuraduría Ambiental y la dirección del DAGMA. Su trayectoria pública fue tan amplia como su pasión por el cine y la escritura.
Pero más allá de los cargos, Alberto fue volcánico en sus aficiones: abogado constitucionalista, defensor del medio ambiente y de los derechos humanos, crítico de cine, historiador, apasionado del derecho internacional, escritor prolífico con más de dieciséis libros publicados y maestro en la Universidad Libre, Santiago de Cali, San Buenaventura y Universidad del Valle.
Conmigo y con mi amigo, el magíster ambiental Gustavo Eduardo Moreno, fue siempre generoso. Cada que necesitamos de su consejo, estuvo presto. En especial cuando escribimos el libro La COP de Cali: una Pugna entre la Biodiversidad y el Neocolonialismo, nos ayudó a precisar la interpretación normativa y a darle mayor rigor a nuestras ideas.
La imagen que guardo de él se enlaza con una noche inolvidable de 1983: la casa de María Teresa, hermana de Lisandro, estaba llena de risas y vasos tintineando. Alberto me había invitado. Veníamos de la premier de El Escarabajo, todavía con la emoción de las imágenes frescas. Alberto, con su verbo afilado, comentaba las parábolas políticas escondidas en la película, mientras Lisandro escuchaba con esa mezcla de timidez y orgullo que lo caracteriza.
De repente, el teléfono sonó. María Teresa contestó y su rostro palideció:
—Lisandro, te llama un señor que dice llamarse Gabriel García Márquez.
El silencio fue inmediato. Lisandro corrió hacia el aparato y todos lo seguimos, incrédulos. Entonces, estiramos el cuello y aguzamos el oído para escuchar la voz cálida y firme de Gabo:
—Lisandro, acabo de ver en una sesión privada tu película y te propongo que hagamos unas películas juntos.
Lisandro, pasmado, apenas atinó a responder:
—Maestro… es que yo solo hago películas basadas en guiones de mi propia autoría.
La respuesta de Gabo fue como para enmarcarla:
—Entonces escribámoslas entre los dos.
En ese instante, la sala se llenó de un aire distinto, como si el tiempo se hubiera suspendido. Alberto, con su sonrisa luminosa, exclamó:
—Estamos presenciando un pacto entre dos mundos: la literatura que reinventó la realidad y el cine que la convirtió en imagen.
DE aquel pacto nacieron dos películas emblemáticas del cine nacional: Milagro en Roma y Los Niños Invisibles.
Así recuerdo a Alberto Ramos Garbiras, fallecido el pasado 6 de junio de 2026 en Cali: sevillano universal, como lo definió Lizardo Carvajal. Maestro y amigo, cuya voz aún resuena como aquella noche en que un Nobel y un cineasta se encontraron bajo su mirada crítica.

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