
Arrierías 111
Mario Ramírez Monard
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Desde hace muchos años, décadas, nuestro adolorido pero bello país no había sufrido un período de elecciones tan virulento, tan agresivo y violento como las que acaban de pasar. Colombia se polarizó por culpa del todo se vale, todo se puede, todo se habilita sin tener en cuenta la historia, el respeto y que somos una sola nación, así el lenguaje descalificador de derecha o izquierda utilizado por políticos irresponsables nos divida entre ricos y pobres, progresistas o retardatarios, guerrilleros o mafiosos, terroristas o asesinos, buenos y malos según la visión particular de los dos bandos.
Se descalifica al contrario violentando sus más elementales derechos fundamentales mediante la utilización de diferentes medios de comunicación, bodegas, mensajes subliminales. La vida privada de las personas se vuelve, de la noche a la mañana, en un objeto público de descalificación, patanería e incitación a la violencia mediante mensajes falaces, mentirosos o que llevan, perversamente, a la duda con tal de lograr el triunfo, la toma del poder. Los dos bandos utilizan la teoría marxista-leninista de utilización de “todas las formas de lucha”. Sin excepción, la perversidad, la maldad y el dolo —que rayan los límites de la decencia y del código penal— hacen parte de la nueva doctrina de la toma del poder.
Con el paso de los años, los partidos políticos han ido perdiendo su esencia. El idearium, las tesis centrales o la esencia de los partidos ya no existen. La prueba está ahí, al canto, cuando hay 34 “partidos” reconocidos que son la escisión de la escisión, de la escisión hasta diluirse en simples códigos de intereses personales que facilitan el asalto al erario público, a la corrupción y al desgreño administrativo.
Colombia podría ser una gran potencia mundial. Tenemos una ubicación geoestratégica que muchos poderosos países desean; dos ricos océanos, tierras para producción agrícola de una gran riqueza, recursos minerales en abundancia y una población inteligente, luchadora, que trabaja con fines muy claros de bienestar y así lograr una vida digna para su entorno familiar. Entonces, ¿por qué nuestra crisis?
La respuesta podemos enmarcarla en una falta real de liderazgo, de apoyar y dejar en manos el manejo del Estado en personas de gran formación académica y de formación en ética privada y ética pública intachables. Desde las primeras décadas del siglo 20 en Colombia, la politiquería es el centro del poder y detrás de esa funesta acción de nuestros “líderes” están los asaltantes del erario público, los que algún crítico periodista colombiano, que se vio obligado a exiliarse debido a las amenazas de muerte, denominó “las yerbas del pantano”.
Colombia eligió y no juzgamos si la elección fue correcta, o no, pero los colombianos participamos abiertamente en las elecciones y en una democracia, cuando la elección es legal, dentro de los parámetros que tiene nuestro Ordenamiento Político, debe aceptarse. Los ganadores a cumplir y quienes no lograron el poder a ejercer, si así lo ameritan, una oposición verdaderamente democrática, dentro de la ley y el respeto. Sólo así podríamos alcanzar una paz verdadera y un país con un verdadero futuro, sin excepción alguna. Entre todos podemos lograr un país mejor.

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