
Arrierías 111
Luis Carlos Vélez
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Acordé reunirme con Hermes en la plaza para acompañarlo al lugar donde debía presentar las pruebas de aptitud, de las cuales dependía su situación laboral. La congestión del tráfico me impidió cumplir la cita, pero como sabía dónde debíamos ir, me encaminé hacia allí y con una moneda golpeé la chapa de la puerta enrejada.
Era una edificación de paredes azules. Un hombre corpulento de cabeza calva y oculto tras una máscara, de bigote canoso, vestido con ropa de trabajo, y que parecía ser el vigilante, se asomó por la puerta del teatro y, rápido, a medida que se acercaba, dijo:
-A sus órdenes, joven, ¿qué se le ofrece?
Me bastó decir que era amigo de Hermes para que abriera el candado de la puerta de rejas y me dejara entrar. Me invitó a seguirlo por un pasillo estrecho en penumbras y, luego de descorrer una cortina, me introdujo al viejo teatro y desapareció de mí vista.
Permanecí de pie ante las primeras sillas de la entrada, a la espera de su aparición. No ocurrió. Pasaron unos minutos y una voz sonó por uno de los parlantes ubicados a los lados de la tarima.
-Espere un momento- dijo, y ocupe la primera silla-. Siéntese, guarde silencio y preste atención para que me diga su opinión sobre la presentación. Es importante para mí-.
De inmediato, el teatro quedó en silencio.
Lo ocurrido, por inesperado y extraño, me puso en expectativa.
Miré adelante y en la penumbra observé la silletería ocupada por lo que parecían personas silenciosas e inmóviles. Como ninguno giró cuando el vigilante me hablaba, los comparé con bultos o sombras. Recorrí con la vista el teatro. Observé con cuidado y descubrí que sobre la tarima había una mesa orientada hacia el público y, tras ella, cuatro sillas, y sentados, en actitud expectante, cuatro muñecos de paja. A un lado, delante de los muñecos y detrás de un pupitre, otro muñeco vestido de juez: lucía birrete y toga, pero tenía el rostro maquillado como un payaso y bolita en la nariz.
Al notar que en la puerta de entrada al público y entre las cortinas de la tarima dos bombillas amarillentas de escaso voltaje que, en vez de iluminar, hacían fantasmal el ambiente del silencioso recinto, me sentí parte de un mundo irreal.
Tuve la tentación a levantarme y bajar hacia la tarima para salir de dudas, pero recordé la voz por el parlante, y permanecí aferrado a mi silla, deseoso de echar a correr.
Cuando menos lo esperaba, salió de los pliegues del cortinaje de la parte trasera de la tarima un enmascarado vestido de payaso, también con bolita en la nariz. “Al fin un ser humano”, pensé, y empezó a leer:
-El trato dado a mis negocios era diferente al que ofrecía a los colaboradores, familiares y círculo social. Eso me convierte, según ustedes, en un hombre de doble moral-.
Por sus palabras dirigidas al público inmóvil, extremé mi atención al mínimo movimiento o aplauso que despejara mis dudas, y esperé en vano: nadie murmuro siquiera, solo un aplauso a mis espaldas.
-En principio, la insolvencia de las cuentas me obligó poco a poco a evadir a quienes venían a cobrar las facturas de los servicios públicos, los vales de supermercados y los créditos firmados por mi esposa. Nadie reprochó el incumplimiento; al contrario, alargaron los plazos para satisfacer mis deudas-.
Nadie se movió ni aplaudió, y muchas veces pensé retirarme del teatro, pero la curiosidad por saber en qué paraba el discurso me retuvo. El payaso enmascarado continuó la lectura de lo que parecía una rendición de cuentas.
-Si visitaba a un amigo que vivía en un conjunto residencial al norte de la ciudad, era cordial, atento y servicial; si salía de compras con amigas de un nivel más alto que el mío, era detallista y pródigo al momento de pagar; con mis padres, siempre amoroso y fraternal. A los competidores los acusé de exagerados sobre las ganancias que deseaban obtener. A los negocios les puse la fachada de normalidad que otros ponían a los suyos. Comenté en las reuniones de la cámara de comercio, acerca de los grandes pedidos de mercancía que estaban por llegar. Pero me acusan y acosan tirios y troyanos…-.
A medida que avanzaba el evento empecé a tomar partido por el “acusado”, y estuve a punto de pedir la palabra para mostrar mi apoyo a su causa.
-Para dar veracidad, pueden averiguar en cuántos seminarios participé en busca de mejorar las estrategias de hacer dinero, aprovechando las promociones amañadas en mis almacenes, como hacen ustedes… Nada de esto pudo mejorar mi situación económica; al incumplimiento de viejas deudas se agregaron otros deudores y mis nuevas evasivas, cada vez más originales. Me vi en la obligación de contratar asesores mañosos, esos que saben de artilugios y optimizaron mis técnicas para embaucar acreedores. La acusación que pesa sobre mi nombre es ascender en la escala a costa de mi trabajo, y ahora me cobran con trucos y apariencias de legalidad-.
Esa voz no era desconocida…Pero esperé para esta seguro de identificarla.
-Confieso que me dediqué al comercio de la cultura popular en muchas de sus facetas, pues es la que más ganancias ocasiona con la venta de frivolidades e intromisión en la vida privada de personajes de la televisión, la radio y la farándula. Fabriqué noticias a gusto de los patrocinadores de los medios de comunicación. Aprendí en cursos de magia elemental, cómo hacer desaparecer dinero en las altas esferas de la nacionalidad, y en el manejo adecuado de los relojes en las cortes de justicia… Asistí a conciertos donde abundan la estridencia, la droga y el licor…-.
Había algo de impostación en el tono de voz del payaso que me ponía en alerta., y empezaron mis dudas sobre la validez de este espectáculo tan truculento y aburridor para el público. No creo que asista mucha gente; se quedarán muchas boletas sin vender. Por muchas cosas, los temas largos hacen que se pierda el interés.
-Dicté clases por correspondencia de retórica, y dialéctica en garajes donde enseñé cómo hacer de la historia de un pueblo una religión para ganar dinero. Mi pecado es dar al pueblo la banalidad y el entretenimiento estúpido que pide para llenar el hastío de la vida… Así las cosas, me declaro víctima de la confabulación de mis competidores, que lograron con artimañas desacreditarme ante la opinión. Por eso ahora estoy aquí frente a ustedes, público que no dice nada, ¡muñecos de paja!, y tengo que asistir a este estrado de jueces semejantes a mí-.
Cuando escuché el grito: ¡muñecos de paja!, del monólogo, reconocí la voz de mi amigo. Ya no tuve dudas: ¡era él!
Sobreponiéndome a la impresión por tan insólito suceso, escuché por los parlantes la voz airada, al principio, y después energúmena del juez:
¡Cállese, idiota! ¡Cá-lle-se! ¡Quién se cree usted! ¡Póngase de pie! -.
Mi amigo, ahora payaso enmascarado, detuvo su discurso y me alegré porque reconozco: ya aburría su larga perorata moralista, al punto de que sentía vergüenza ajena. Miró al atril del juez y dijo sin temor:
-Soy el acusado. ¿Acaso no lo sabe? -.
¿A qué se debe que venga y oculte su rostro? -.
-A la vergüenza-.
¿Cómo que a la vergüenza? -.
-Sí, la misma que no sienten mis acusadores y acosadores, como ustedes.
-Habla de vergüenza usted, que no tuvo ningún escrúpulo en timar a sus deudores, defraudar a su familia y avergonzar a la sociedad que siempre confió en la honestidad de sus procederes.
-Sí, señor juez, todo es cierto, pero ¿qué otro camino quedaba ante la quiebra de mis negocios, de mi quiebra moral y la de todos? -.
-Esto es aberrante. ¡Siéntese, señor! ¡Siéntese-!
Se hizo una pausa y me preguntaba: ¿qué pasa con los que parecen muñecos de paja y no se mueven ni chistan? Ante su silencio sin respuestas, seguí en mi tarea de espectador inmóvil y mudo:
-Señor juez, no necesito que esta audiencia siga adelante -dijo mi amigo.
-¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? -interpeló el juez.
-Señor juez, por el derecho que me asiste a una rebaja de penas y para hacer uso de mi derecho por mi colaboración con…, me declaro culpable y quiero colaborar con la justicia Es lo que hago. No quiero escuchar las palabras de quienes no tienen autoridad moral para acusarme…-.
-A ver, a ver, un momento, explíquese, señor -cortó molesto el de la toga.
—Usted, su señoría, puede ver que no necesito abogado de oficio para defenderme ante jueces y acusadores que son tan hipócritas como usted y yo… Oiga, como usted y yo, ¿o no? -.
Ante la improvisada sala de audiencias con personas semejantes a muñecos de paja, y un juez inmóvil con voz que no sonaba natural sino pregrabada, contuve los deseos de echarme a reír al descubrir la parodia de cuanto ocurría, y pensaba reír con amigo cuando la farsa terminara y saliéramos del teatro.
El juez y el acusado -mi amigo payaso y enmascarado- permanecieron mirándose por largos minutos, al cabo de los cuales sentí a mis espaldas el chirrido de otros parlantes que, suponía, apagó el vigilante, a quien escuchaba trotar por el pasillo; oía el clic espaciado de los suiches y las luces que encendía a su paso.
Miré al escenario iluminado y descubrí que no estaba equivocado: los asistentes a esta representación también eran muñecos, y el juez, que apenas gesticulaba en las sombras, otra especie de muñeco, un artificio de ventriloquía con participación humana en su funcionamiento y conectado, por los cables que salían por el ruedo de su vestido, a los mandos de la cabina de sonido.
Entonces apareció Hermes. Se quitó la máscara, dejó la bolita roja sobre la mesa y bajó despacio de la tarima. Tenía el rostro sudoroso y cansado.
-¿Y bien? -preguntó mientras encendía un cigarrillo-. ¿Qué te pareció? -.
Lo observé sin responder de inmediato. Todavía me costaba salir de la impresión por aquella mezcla de juicio, teatro y confesión.
-No sé si vi una obra o una pesadilla -dije al fin.
Hermes soltó una risa leve.
-Eso mismo dijo el teatrero que montó esta farsa hace años. Según él, el público no soporta que lo acusen si no es detrás de una máscara-.
Guardó silencio y miró hacia los muñecos de paja.
¿Y sabes qué fue lo peor? Que mientras ensayaba, terminé por creer en las palabras del acusado. Que, sin pensarlo, en cada actuación se corre el riesgo de acabar en una confesión inesperada-.
Quise preguntarle si apartes de aquel discurso le pertenecían de verdad, pero evitó mirarme.
-El teatrero, que nunca vi, dice por el parlante que esta obra sirve para seleccionar actores porque obliga a cada quien a descubrir hasta dónde es capaz de mentir sin sentirse culpable-.
-¿Y qué descubriste? -.
Hermes lanzó una mirada hacia la oscuridad del techo.
-Que casi todos representamos un papel. Unos hacen de jueces; otros, de acusados. La diferencia es que aquí los muñecos son visibles.
Volvió a ponerse la máscara, hizo una reverencia burlona hacia la sala vacía y agregó:
-Y el teatrero siempre consigue espectadores, aunque sólo venga uno, para convertirlo en títere-.
No tuve tiempo de confesarle que su discurso me provocó vergüenza ajena, porque la voz por el parlante nos detuvo:
-Señores, no salgan todavía. Esperen los resultados de este ensayo-.
Tras bambalinas
Horas antes de la llegada de Hermes al teatro, el encargado que, según la obra a representar, ejecutaba los multifacéticos roles de portero, acomodador en las sillas, luminotécnico, operador de sonido y luces, vendedor de tiquetes, presentador y vendedor de dulces a la entrada, en esta ocasión hacía cuentas de su cronograma del día y escribía en su cuaderno de actividades pendientes:
“Para el montaje de esta obra cité a varios actores para que hicieran su casting y escoger al mejor. Sólo falta uno.
“¡Ahí llegó! Le abriré la puerta. Veremos qué pasa con él.
“Ahora debo instruirlo acerca de la atención que prestará para hacer coincidir su voz con las preguntas pregrabadas para el muñeco que hará de juez…
“No lo hizo nada mal. El monólogo que dio inicio a la obra no presentó dificultades y el último aspirante, hizo gala de cualidades como actor: tiene buena retentiva.
“Alguien llama… Es un amigo del joven aspirante al papel del único en el acto. Ha llegado tarde. Lo invito a seguir y sentarse en mi silla, donde recibo los tiquetes de entrada a la presentación, y voy tras bastidores a dar, oculto entre las bambalinas, la orden para que el aspirante haga su mímica.
“¡Qué suerte que después del ensayo mi obra tuvo un espectador!

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