
Arrierías 111
Lilia Magdalena Osorio
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Y la señora me dijo: Si quiere estudiar, se lo tiene que ganar.
Yo, que penas tenía ocho años, acepté.
—Se levanta a las cinco. Deja la cama tendida. Les da de comer a los marranos, ordeña las vacas y saca la leche hasta el broche, para que la recoja el camión. Les pone la comida a las gallinas y recoge los huevos. Desayuna, y se va para la escuela. Tiene que llegar a las doce y media, no a las doce y treinta y cinco o cuarenta. Almuerza, recoge los platos de los trabajadores y arregla la cocina. Tiene una hora para hacer las tareas, si no alcanza, es su problema, ¡pero aquí tiene que cumplir! —, dijo casi gritando.
Me asusté: pensé que no podría hacer todo eso en tan poco tiempo, pero acepté. Después de terminar las tareas, tenía que llevar a la casa agua de la quebrada y hacerle la comida a los perros y a Machín, un gato negro de ojos verdes, que me daba miedo porque creía que así era el diablo.
Mi papá era un borracho, y un día en una pelea lo mataron a machete. Mi mamá tuvo nueve hijos y con la muerte de mi papá, fue dejando de a uno donde se los recibieron. A mí me dejó con una señora a los seis años y dijo que volvería, pero nunca volvió y yo crecí, sin mamá ni papá. Nunca supe lo que era una caricia ni una muestra de afecto. A la señora no le interesaba, sino que yo hiciera los oficios de un obrero y a cambio me daba la comida y la posada. Aprendí a leer y escribir con la cartilla de Pablito, colección Coquito y, ¡la verdad, salí porra! El profesor me quería pasar de segundo a tercero porque yo iba más adelantado que los demás chinos; por no crear problemas, la directora no aceptó. Nadie me ganaba en hacer cuentas y los cuadernos eran limpios y ordenados. Pero cuando cumplí los once, me volé de la casa, porque, la señora Rosaura me daba unas muendas con palo o con el rejo de los caballos. A veces, me dejaba cojo y así tenía que trabajar.
Me fui con lo que tenía y pedí posada en una finca ganadera y cafetera donde me quedé trabajando en los oficios del campo, pero como aprendí a cocinar, hacía de comer para los peones. Los patrones me cogieron cariño y me dieron una pieza para mí solo, algo que nunca pensé tener. Entonces, con la paga, ahorré y compré un sombrero, pantalones, camisas y los primeros zapatos, pues hasta entonces solo tuve cotizas o botas de caucho. Para las noches frías, me compré un poncho y una cobija, pero gracias a Dios, nunca pasé frio, por el contrario, el clima cálido de Montenegro era benigno conmigo. También compré un colchón de mota; el que me dieron era de paja y ya de viejo olía a mojo. Estaba muy contento, me trataban bien y pagaban lo justo. Compré un cuaderno y un lápiz para no olvidar lo que había aprendido y en los ratos de descanso y por las noches escribía cartas a personas imaginarias, versos a novias también de mentira y repasaba las tablas de multiplicar. Recuerdo esos años con mucha alegría, pero con nostalgia, por la manera como debimos salir huyendo.
Allí estuve siete años y siempre les agradeceré a los patrones: la señora Idalí y don Pablo Fernández, gente buena que tuvo que dejar la tierra por amenazas de guerrilla y paracos y porai derecho, yo también.
Entonces empecé a buscar camello con otro de los muchachos que trabajábamos en La Perla, así se llamaba la finca. Fuimos a dar a La Dorada. Por allá había haciendas ganaderas muy grandes y, por lo tanto, trabajo. Pero ese calor no lo soportamos sino dos meses y regresamos de donde habíamos salido. El Quindío.
Al volver, buscamos chamba en Armenia y la encontramos. La época de arriar ganado y ordeñar, había quedado atrás, entonces, creímos que coger café sería una buena oportunidad, aprovechando la bonanza. La finca La Mariela nos brindó trabajo y ganamos buena plata, pero las malas compañías, nos desviaron del camino. No había fin de semana que no nos gastáramos lo que habíamos ganado en trago y mujeres. Hasta que una noche, muy borrachos, nos peleamos con Rodrigo y fuimos a dar a la comisaría. Allí, yo recapacité y me hice la promesa de no volver a probar el trago y hasta hoy, cuarenta y cinco años más tarde, la he cumplido. Al quedar en libertad después de cinco días, acusados de daño en bien ajeno y escándalo público, cada uno tomó un rumbo distinto.
Seguí recogiendo café donde me daban la oportunidad, pero llegó un momento en que me cansé y me fui a buscar suerte a Bogotá.
Al comienzo fue muy verraco, porque el frío y las distancias me bajaron el ánimo y me enfermé. Fui a dar a una fábrica de muebles y el patrón me dio la oportunidad de aprender el oficio. Al cabo de dos años era muy bueno en el trabajo y me ascendieron como tallador y tapicero. A los cuatro, ya tenía buena práctica, era pulido y recibía buena paga, pero entonces, me enamoré de Benilda y nos casamos. Tuvimos un hijo, y un día, quise volver a mi tierra. El frío, la ciudad tan dura para uno de campesino y la carestía, me hicieron pensar que en el Quindío se vivía mejor. Se lo propuse a Benilda y ella aceptó.
Cuando llegamos a Armenia, no conseguía trabajo. Con un hijo, las cosas se pusieron graves. Un día, me ofrecieron uno, como guadañador y lo acepté sin haber cogido nunca una máquina; la necesidad tiene cara de perro. Aprendí rápido. Ahora soy jardinero y estoy contento con lo que hago, porque me gustan las matas. ¡Viera los anturios y las orquídeas que tengo en el pedacito de patio de la casa!
Mi hijo casi es un hombre, lo he mimado mucho; al verlo, recuerdo cuando yo era niño, y me cascaban por todo. Por eso jamás lo he castigado como lo hicieron conmigo
¡Cómo me hubiera gustado crecer al lado de mi mamá, pues ella sí me hubiera querido! Pero tuve que salir adelante sin ella.

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