Edición 113

MÁS ALLÁ DEL DOLOR: RECUPERAR POSIBILIDADES

By 31 de agosto de 2026No Comments

Arrierías 113

Patrícia Garmus de Souza Moretti

Todos hemos sentido dolor alguna vez. Puede aparecer después de una caída, una lesión, una cirugía o una enfermedad. A veces llega de repente y desaparece después de algunos días. Otras veces permanece durante semanas, meses o incluso años y poco a poco comienza a formar parte de la vida de quien lo siente y de quienes están cerca.

El dolor agudo tiene una función importante: puede avisarnos de que algo está ocurriendo y ayudar a protegernos. Nos hace retirar la mano de una superficie caliente, proteger una parte del cuerpo después de una caída o disminuir un movimiento que podría agravar una lesión.

Pero el dolor no siempre se comporta de la misma manera. Cuando persiste o recurre durante más de tres meses, puede convertirse en una experiencia más compleja. Puede continuar incluso después de que la lesión inicial haya mejorado o cuando ya no existe una alteración evidente que explique por completo lo que la persona siente.

El dolor es real. La experiencia del dolor es personal y puede estar influida, en diferentes grados, por factores biológicos, psicológicos y sociales.

El sueño, el estrés, el miedo, las experiencias anteriores, el nivel de actividad física, las preocupaciones y las condiciones de vida pueden influir en la manera en que una persona vive y afronta el dolor. Por eso, dos personas con una lesión aparentemente semejante pueden tener experiencias muy diferentes.

Tratar el dolor no significa solamente encontrar el lugar donde duele. Significa intentar comprender a la persona que vive dentro de ese dolor.

El dolor tiene una historia

Cuando alguien llega a una consulta y dice que le duele el cuello, la espalda o la rodilla, es natural comenzar buscando una explicación en el cuerpo. ¿Dónde está la lesión? ¿Qué estructura está comprometida? ¿Qué movimiento provoca el dolor?

Son preguntas necesarias. Pero existe otra que también merece ser escuchada: ¿Qué estaba pasando en la vida de esa persona cuando comenzó el dolor?

Muchas veces descubrimos que no existe una única cosa que deba ser corregida. Hay diferentes aspectos que necesitan ser observados: el movimiento, el descanso, el miedo a moverse, la tensión muscular, la actividad física, el sueño, las preocupaciones y las posibilidades reales que cada persona tiene para cuidarse.

En mi experiencia clínica, he acompañado a personas que llegaron preocupadas porque un dolor nuevo les hacía pensar que podía existir un problema grave. Algunas habían buscado atención médica y realizado estudios que no habían encontrado alteraciones capaces de explicar completamente lo que sentían.

Una de esas experiencias fue especialmente significativa para mí. Se trataba de una mujer mayor que presentaba dolor cervical y síntomas en uno de los brazos. Había buscado atención por miedo a que pudiera tratarse de un problema cardíaco. Los estudios realizados no habían encontrado alteraciones que explicaran sus síntomas y, posteriormente, llegó a fisioterapia.

La conversación y la evaluación permitieron comprender algo que los exámenes no podían contar por sí solos: una persona que había pasado gran parte de su vida trabajando, cargando responsabilidades y disponiendo de poco tiempo para sí misma.

Su dolor no podía comprenderse solamente desde una explicación anatómica. Necesitaba ser comprendido dentro de una historia.

En ese proceso, fuimos comprendiendo que el dolor no podía ser separado de todo aquello que lo acompañaba. Observar cada uno de esos aspectos, sin juicios y sin buscar culpables, permitió construir una forma de cuidado más amplia, respetando sus necesidades y aquello que necesitaba recuperar para su vida cotidiana.

Con analgesia, ejercicios dirigidos y regulares y caminatas ligeras, fue recuperando poco a poco la confianza para moverse. El dolor comenzó a disminuir hasta mantenerse controlado, y con ello también fue recuperando algunas de sus actividades cotidianas.

Mejorar no siempre significa dejar de sentir dolor

A veces creemos que solo estaremos bien cuando el dolor desaparezca por completo. Sin embargo, mejorar puede significar muchas otras cosas: dormir mejor, recuperar la confianza para moverse, volver a caminar, realizar una actividad que parecía imposible, salir de casa, trabajar, cuidar de uno mismo o volver a hacer algo que nos produce alegría.

La rehabilitación no siempre consigue devolvernos exactamente al cuerpo que teníamos antes. A veces nos ayuda a comprender el cuerpo que tenemos hoy y a encontrar nuevas maneras de habitarlo, y eso también es recuperación.

Acompañar a personas que enfrentan enfermedades graves me ha enseñado otra dimensión del dolor. Hay momentos en los que el cuerpo cambia tanto que actividades que antes eran sencillas pasan a exigir ayuda, planificación y mucho esfuerzo, pero incluso entonces permanecen los deseos. En mi experiencia clínica, he acompañado a personas jóvenes con enfermedades oncológicas avanzadas que, a pesar de perder progresivamente movilidad, continúan teniendo deseos profundamente humanos. Uno de esos deseos era sencillo: volver a ver el mar.

La persona esperaba recuperar un poco de movilidad antes de hacerlo, porque quería disfrutar de ese momento con la mayor autonomía posible. Ese deseo también forma parte de la rehabilitación.

No se trata únicamente de aumentar la fuerza o mejorar la marcha. Se trata de ayudar a recuperar, dentro de lo posible, las condiciones necesarias para realizar algo que tiene significado para esa persona.

Otra experiencia me enseñó algo parecido. Acompañé a una mujer que, después de una enfermedad grave, había experimentado importantes cambios en su movilidad y en la apariencia de su cuerpo. Había pasado a convivir con dispositivos y modificaciones corporales que podían hacerla sentirse diferente o expuesta ante la mirada de los demás.

Aun así, decidió ir a un espectáculo acompañada de su familia.

Salir significaba mucho más que vencer una dificultad física. También significaba enfrentarse a la posibilidad de sentirse observada, diferente o expuesta. No necesitó esperar a que su cuerpo volviera a ser como antes para ocupar espacios que seguían teniendo significado para ella.

Fue.

Y aquel día no fue solamente una salida. Fue música, familia, afecto, risas y recuerdos. Eso también es salud.

Las experiencias agradables, el movimiento y los vínculos sociales forman parte de una vida activa y significativa y pueden influir en el bienestar y en la manera en que una persona vive y afronta el dolor.

Esto no significa que la alegría cure una enfermedad ni que una experiencia agradable sustituya un tratamiento. Significa algo más sencillo y, quizá, más importante: una persona enferma sigue siendo una persona que necesita vivir.

Por eso, rehabilitar también puede significar ayudar a una persona a cruzar la barrera de la inmovilidad, aunque necesite un bastón, una silla de ruedas, la mano de otra persona o simplemente más tiempo.

La ayuda no disminuye necesariamente nuestra autonomía; muchas veces es precisamente lo que nos permite ejercerla.

Cuando es necesario, este cuidado también puede requerir la participación de otros profesionales y del apoyo de la red de salud. Cuidar a una persona no es una tarea de una sola profesión ni de una sola persona.

No dejar la vida para después

No necesitamos esperar a que todo esté bien para empezar a vivir.

A veces imaginamos que vivir significa viajar, trabajar, practicar un deporte o hacer grandes planes. Pero para alguien que enfrenta una enfermedad, una discapacidad o un dolor persistente, vivir puede significar algo mucho más sencillo.

Puede ser plantar una pequeña planta en el jardín, sentarse unos minutos junto a una ventana para mirar los pájaros, observar a las personas que pasan por la calle, escuchar una canción, preparar una comida, conversar con alguien querido o simplemente sentarse al sol.

Una persona puede no caminar diez cuadras, pero sí caminar hasta el jardín. Si todavía no puede salir sola, puede sentarse junto a una ventana y observar el movimiento de la calle. Aunque no pueda hacer todo lo que hacía antes, puede encontrar algo que todavía tiene significado para ella. Ese algo puede ser suficiente para empezar.

Cuidar el cuerpo dentro de nuestras posibilidades

Cuidar la salud no significa buscar la perfección. Cada persona tiene una historia, un cuerpo y una realidad diferentes. Por eso, podemos comenzar haciendo las mejores elecciones que estén a nuestro alcance.

Mantenernos físicamente activos de acuerdo con lo que nuestro cuerpo permite, haciendo las mejores elecciones alimentarias que estén a nuestro alcance, dormir lo suficiente cuando sea posible, buscar momentos de descanso y placer, mantener el contacto con las personas que amamos y pedir ayuda cuando sea necesario también son formas de cuidar la salud.

 La actividad física regular tiene beneficios importantes para la salud y puede formar parte del cuidado de personas con enfermedades crónicas y discapacidad, siempre adaptada a la situación de cada persona.

No es necesario convertirse en atleta. Caminar, bailar, nadar, montar en bicicleta, hacer ejercicios de fuerza o simplemente moverse un poco más durante el día puede ser un comienzo. Tampoco necesitamos hacerlo todo perfectamente.

También podemos aprender a reconocer nuestro propio cuerpo. Algunas molestias musculoesqueléticas pueden mejorar con medidas sencillas y accesibles, siempre que no existan signos de alarma. El movimiento adecuado, los ejercicios de movilidad y fortalecimiento, los estiramientos y, en algunas situaciones, recursos como el calor o el frío pueden proporcionar alivio y ayudar a recuperar la función.

No existe una regla única para todos. Lo importante es comprender la situación, observar cómo responde el cuerpo y buscar orientación profesional cuando sea necesario.

Naturalmente, un dolor nuevo, intenso o acompañado de otros síntomas debe ser evaluado por un profesional de salud.

Cuidarse no significa ignorar el dolor. Significa aprender a escucharlo, comprender nuestros límites y reconocer cuándo podemos utilizar recursos sencillos y cuándo necesitamos ayuda.

¿Qué quieres seguir haciendo con este cuerpo?

Esa es la pregunta que siempre hago a las personas que llegan a mí para iniciar un proceso de rehabilitación. Porque el objetivo de la fisioterapia no es solamente disminuir el dolor, aumentar la fuerza o mejorar el movimiento. Es utilizar todo eso para recuperar posibilidades: caminar hasta el mar, ir a un espectáculo con la familia, tener a un nieto en brazos, volver al trabajo, jugar con un hijo, salir de casa, cuidar una planta o sentarse junto a una ventana.

Vivir.

Como fisioterapeuta, mi consejo es sencillo: conozca su cuerpo, respete sus límites y no espere a que el dolor se vuelva insoportable para buscar ayuda. Manténgase activo dentro de sus posibilidades, cuide su descanso y procure no abandonar por completo aquello que es importante para usted. Cuando tenga dudas o cuando algo cambie, busque orientación profesional.

Cuidar el cuerpo no significa hacerlo todo perfecto. Significa comprender cómo responde, respetar sus límites, hacer lo que está a nuestro alcance e incluso pedir ayuda o aceptarla cuando sea necesario.

Vivir plenamente no significa necesariamente tener un cuerpo sin dolor, sino aprender a habitar con ternura el cuerpo que tenemos y encontrar, dentro de sus posibilidades, aquello que todavía nos hace sentir vivos.

Autora:

Patrícia Garmus de Souza Moretti es fisioterapeuta y doctora en Salud Colectiva. Es servidora pública y trabaja en el Sistema Único de Salud (SUS), donde acompaña cotidianamente a personas en diferentes momentos de sus procesos de salud y rehabilitación. También es profesora e investigadora de la Facultad de Anhanguera de Passo Fundo, Rio Grande do Sul, Brasil. 

E-mail: patricia.garmus@gmail.com

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