Para la poeta palestina Nathalie Handal

¿Qué canciones, cuáles poemas, resucitarán a estos niños palestinos?

 A

Desde aquí, la parte menos protegida del Borde

que empieza donde ustedes decretan,

que sigue por el interior de nuestros refugios

y concluye en el último soplo de nuestros hijos

y en los hadices finales, clamados por nuestros abuelos…

Desde aquí, el Borde más próximo a las brechas

que resquebrajan sus corazones, aunque la algarabía

de sus tanques, sus misiles, sus bombas

y su propaganda no los dejarán escuchar…

Desde aquí seré confidente con ustedes,

para que no dilapiden sus dólares adquiriendo armas

que no cumplieron, no cumplen ni cumplirán jamás

sus propósitos, por muchas veces que nos disparen,

                                                    y que nos acorralen,

                                                    y que nos escalden,

                                                    y que nos amordacen,

                                                    y que nos asesinen,

                                                    y que nos estrangulen.

Aunque nos vean gemir y gritar,

todas sus armas les mienten.

Los cementerios saturados con nuestros niños y ancianos,

-Almaamadani, por ejemplo-

en realidad, están desocupados porque ocurre

algo que ustedes no pueden ver

con tanto humo entre los ojos:

sus balas y misiles, cuando llegan a nuestros cuerpos,

a nuestras alcobas, nuestras escuelas y hospitales,

nuestros centenarios olivos y bibliotecas, se transforman en poemas.

B

Así de sencillo. Se-transforman-en-poemas.

Como ustedes saboreando una aceituna,

sin nosotros revelarles que ahí residen varios

de nuestros bisabuelos.

Nada podemos hacer por ustedes.

Está sucediendo desde el principio.

“Ellos no son como nosotros”

 –sostiene Netanyahu respecto a los palestinos–.

“Nosotros santificamos la vida, ¡ellos santifican la muerte!”

Claro, bestial Bibi, santificándola, renacemos

transformados en poemas:

del pueblo, de cuantos estaban silenciosos,

de quienes escribían,

de los sordos, los mudos y los analfabetos.

Nos basta una bala israelí,

para transformarnos en poemas

alzando vuelo por entre el humo

de las explosiones, siempre raudas por sobre el muro

y sin detenernos en los retenes.

Santificadores de vida, ustedes asesinando

a nuestros niños,

no van a creerlo, pero cada bala entre un cuerpo palestino

es poema en flor, cuyo perfume atrae aves

de todo el mundo. Se alimentan de la arena

que ustedes bañan con sangre

y por eso sus balas los reduplican.

Cada muerto se transforma en un poema.

Y cada poema tiene la vida que santificamos

con la certeza de que ustedes sí son como nosotros,

como los de allí o allá, Ciudad del arco iris

lo expresó en África Desmond Tutu.

Glorificados todos porque los santificadores de vida

no pueden matarnos de nuevo, así redivivos.

Ustedes no tienen armas con qué asesinarnos de nuevo

y destruirnos bienes, animales y olivares, de nuevo;

con qué asesinarme de nuevo bajo el olivo de mi casa.

con qué asesinarme de nuevo bajo el olivo de mi casa

con qué asesinarme de nuevo bajo el olivo

con qué asesinarme de nuevo

con qué asesinarme

con qué.

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