Arrierías 82

Por Umberto Senegal

Calarcá, febrero de 2024Llanitos de Gualará

En su poema Los enigmas, frente a incógnitas de la muerte, inescrutable para su pensamiento filosófico y bosquejando un posible color que no sea el negro para tal estado, Borges se pregunta: “¿Qué blancura/ciega de resplandor será mi suerte, /cuando me entregue el fin de esta aventura/la curiosa experiencia de la muerte?”. Blancura. Hvithet. Este sustantivo femenino, intangible blanco, suma de todos los colores del espectro y refulgencia de innumerables matices que en la nouvelle de Jon Fosse, recubierta de nevisca, -que envuelve mi espalda, -que desciende sobre mi cabeza, -que rebosa mis manos, aunque en Calarcá no caiga nieve, es umbral entre la vida y la muerte para el protagonista sin nombre. Puede interpretarse como realidad. O desentrañarse como alegoría de dicha encrucijada mortal. Perdido entre árboles, con su automóvil atollado, en desplazamiento motorizado primero y luego a pie, producto de indefinible aburrimiento y cuyo disimulado objetivo puede ser el de quitarse su vida; con el vacío transfigurado en blancura, o en alguna categoría de miedo, el protagonista de esta espléndida y brevísima novela, 89 páginas, como todos los protagonistas de las novelas de Fosse, cuando piensan, dicen  y reflexionan en arrollador monólogo interior, se hunde y emerge y camina y salta, y da vueltas y da vueltas, da vueltas en efecto giroscópico narrativo. Cascada de pensamientos. Fosse, es vocablo noruego que significa cascada. Tal noción onomástica, que no es coincidencial en su caso, refleja la narrativa, teatro y poesía de este escritor noruego a quien debo designar Jon Vøringsfossen: cascada noruega precipitándose caudalosa desde una palabra. O una frase. Y que cuando usted lo lee, desde la primera página comienza a derramarse. Primero, un suave arroyo; y luego, como un río. Y cuando menos piensa el lector, es el salado rápido de un fiordo, el oleaje del mar. Cuanto más se envuelven entre ellos estos pensamientos, regresando repetitivos a la frase inicial, o de donde se desprenden las demás, y se extienden con atractiva monotonía a lo largo del relato, y parecen enmarañarlo, en realidad develan otras zonas de conciencia, del pensamiento irrefrenable del protagonista de Blancura. Y pensamientos del escritor Fosse. Y el flujo de nuestros pensamientos como lectores. En el mundo novelístico de Jon, esta cascada es una constante estilística y formal. Un decrescendo hacia el silencio. Tal cascada de pensamientos desbocados, proyectándose en múltiples direcciones del espacio, del tiempo, de los objetos con pluralidad de narradores, está conformada por los sonidos de las frases, por la sólida estructura verbal de su prosa y por el peculiar procedimiento narrativo del novelista noruego. Blancura es otra de las noveletas que puede servir de posible acceso a la obra completa del reciente premio Nobel de literatura. Para prepararse visual y emocionalmente, el lector que pretenda poner proa hacia su colosal Septología.

Perdido entre una “blancura ciega de resplandor”, como la describe Borges en su poema, el protagonista busca suave y lenta, la somnolencia de la muerte. “El otoño solía ser mi estación preferida; pero ahora también me gusta mucho el invierno”, especificó Fosse en una conversación con el periodista español Rafa Ruiz, en 2019. En dicha entrevista, Jon auguró, acertando con nueve meses de antelación, el ganador del Nobel de literatura en este año: Peter Handke. Que también entregaron en tal fecha a Olga Tokarczuk. Blancura es novela breve que acontece en reducido lapso de final del otoño y entrada del invierno. Comienza a nevar y a final del otoño y comienzo del invierno, Blancura es nouvelle con mucha nieve interior y exterior. Y llega lo blanco. La blancura. Manifestación de lo inefable: “El suelo ante mí está blanco, igual de blanco que se han puesto los árboles del bosque. Es hermoso. Los árboles blancos, el suelo blanco”, piensa el protagonista cuyo nombre no conoceremos. No se necesita un nombre para un ser humano perdido bajo la nieve. No había estado en paraje semejante. El solitario personaje de esta transparentísima novela, desilusionado e imprudente conductor que abandona su automóvil cuando se le atasca en un estrecho atajo, obligándose a continuar a pie su no previsto trayecto por terrenos desconocidos, llenará de blancura sus pensamientos, deseos y temores en la búsqueda de una salida del bosque o de la vida. “Blanca es la nieve que estoy pisando, y blanca es la nieve ahí arriba, sobre las ramas. Y justo ahí delante tengo una piedra, grande y redonda como hecha para sentarse en ella”. Sentarse en esta piedra redonda a esperar, mientras se congela, la muerte. Nadie aparecerá para salvarte. Consecuencia de la hipotermia, los pies se hinchan al perder temperatura la sangre. A la persona le hacen daño los zapatos y se los quita. Por esto, el protagonista encuentra descalzo a ese hombre tan raramente vestido. Nadie en este bosque de pinos, con quien compartir la existencial carga de tal blancura. ¿Su madre? ¿Su padre? ¿Dios? ¿Su alter ego? Blancura y más blanco en el paisaje blanco. En los sentimientos del protagonista, reprochándose: “nunca antes me he adentrado por un bosque con el otoño ya avanzado y encima al atardecer, y no tardará en caer la noche”. En esclarecedor ensayo sobre Fosse, López Antuñano, profesor español de ciencias teatrales, expresa que la escritura del citado noruego es “resultado de un monólogo interior polifónico, como elucubraciones o respuestas ante interrogantes planteados por el pensamiento, ante cuestiones existenciales”. No conozco novelística análoga en la literatura del siglo XX y XXI. Leer a Fosse, trastorna, desarticula tu forma de leer y escribir. De pensar lo leído. De considerar cómo debe ser la distribución del enunciado, sintaxis, línea discursiva del relato y fórmulas para introducirse uno en sus textos. Como escritor, puedes modificar tu manera de acomodar los textos cuando comiences a narrar. Fosse lo tiene claro al reconocer que emplea los signos de puntuación como mejor se adapten a su escritura: “Si utilizas las reglas de Noruega para las comas, terminas escribiendo mal, gramaticalmente correcto, pero sin que fluya; escribir literatura debe tener ritmo y fluidez, así que uso los signos de puntuación de la manera en que me ayuden a conseguirlos”.

El escritor noruego en sus libros, Blancura es ejemplo de ello, no asume posiciones raciales ni políticas. Mucho menos culturales, con implicaciones woke como elementos de persuasión para seducir públicos ansiosos de tales enfoques sociales. Abordando eventos como soledad, nacimiento, muerte o melancolía, trasciende tales reivindicaciones literarias sustanciales para muchos escritores. Su obra es réplica a la literatura comprometida con banalidades de moda. Por eso demoró en recibir el Nobel. Lo obtuvo por representar al escritor abstraído en su propia creación. El personaje de Blancura, al exponer un estado emocional, describe también la prosa de Jon: “todo en mi interior se encuentra como en una especie de movimiento, no un solo movimiento, sino muchos movimientos sin relación entre ellos”. Insiste Fosse en dicha noveleta: “Tan silencioso es el silencio que da la impresión de poderse tocar, y me paro. Y me quedo aquí parado escuchando el silencio. Y es como si el silencio me hablara. Pero un silencio no puede hablar, ¿no? Bueno, a su manera el silencio puede hablar, y la voz que en tal caso se oye, bueno, ¿de quién será esa voz? Pero es solo una voz. Más no se puede decir sobre una voz”. Complejo aporte morfosintáctico que Fosse hace no solo a la narrativa noruega y europea, sino mundial, su congruente fraseología de fibrosas espirales y continuas concentricidades desarrollándose no en sentido horizontal, sino en espirales léxicas y fonéticas mediante las cuales protagonistas y lectores ingresamos en otras magnitudes de las tramas y los ámbitos psicológicos de los personajes. Su creatividad, frases tras frases, no mengua a lo largo de ese impetuoso lenguaje con musicalidad de estribillo, característico en toda su obra. Para designar tales elementos del novelista se me ocurre inventar el adjetivo estribillante,que gradúe esas continuas repeticiones las cuales, de no tener el sentido y las proporciones equilibradas que le imprime Fosse a su prosa, a lo largo de locuciones, párrafos amplios o capítulos completos y que, por ejemplo, podemos encontrar explícitos en su novela Melancolía, estructurada con magistral ilación narrativa, podrían ser una desproporcionada falencia novelística de estilo y forma. Prosa estribillante cargada de ritornelos creando sinfonías a lo largo de frases interconectadas con sus repeticiones. De este entrelazamiento surgen otras ideas que no pueden expresarse escribiendo determinadas frases una sola vez. A tal estilo puede aplicársele la definición que Couperin hace del rondó: “tema principal que reaparece y se alterna con diferentes temas intermedios llamados couplets”. Fosse es novelista de ritornelos y rondós aplicados a lo narrativo. Como el rondó, que torna al tema primordial luego de digresiones, la prosa del novelista noruego, con sus oraciones monosilábicas, y de longitudes diversas, siempre regresa a la idea inicial para desde aquí levantar velas en otra dirección.

En sus novelas breves Blancura, Mañana y tarde o Tríptico, Fosse te enajena con frases danzando de variados modos formales y sintácticos, regresando a ellas mismas y sus significados, con nuevos giros, escuetas, sin sentirse obligadas a ningún tipo de continuidad, no para hacerte difícil su escritura ni su estilo sino para permitirte escucharlas y verlas desde variados puntos de vista y lectura, impulsándote a otro tipo de privacidad lectora. Desde cualquiera de sus novelas, pero atravesando toda la Septología y en determinadas aristas de su teatro, se pueden escuchar diferentes modulaciones deEl Grito, del pintor Edvard Munch, también noruego, haciendo levantar vuelo a aves medrosas del paisaje, anidando entre ramajes de los fantasmales árboles de Lars Hertervig: Viejos pinos o Abetos junto al mar. Así veo y escucho las repeticiones en numerosas páginas de las novelas de Fosse. Aves sobrevolando los bosques pintados por Lars. No regresan a sus nidos. En su Diario de 1892, Münch anotó: “Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho. Me detuve; me apoyé en la barandilla, preso de una fatiga mortal. Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza”. El grito que atraviesa la naturaleza y cada uno de los personajes de Fosse, es ese alarido interminable que Jon describe con sus novelas, dramas o poesía. “Como si todo careciera de sentido, y como si el sentido, bueno, sí, como si el sentido ya no existiera, porque todo es solo eso, todo es sentido, y es como si nosotros tampoco camináramos ya, bueno, como si hubiéramos dejado por completo de movernos”. A varios amigos, escritores y lectores vehementes, he indicado comenzar a leer a Jon Fosse desde este par de novelas breves. O comenzar con Trilogía. En The Times Literary Supplement, afirmó el historiador, crítico y poeta Paul Binding: “Estamos ante una grandeza literaria fuera de lo común. Por esta grandeza, la Academia sueca ha concedido con toda razón el premio Nobel a Jon Fosse”.  Estoy de acuerdo por completo con su afirmación. En los últimos 20 años, ha sido el más sólido premio Nobel de literatura.

Foto Umberto Senegal.

Leer a Fosse. En este caso leer Blancura, de solo ochenta y nueve páginas y 1702 renglones en la edición de Random House. Tan diferente a leer, antiguo o contemporáneo, a cualquier otro gran novelista. Si no estás preparado para absorber con tu apatía de moderado lector, o tus conductas de pertinaz lector el inaugural y contundente ramalazo oracional y visual que van a propinarte sus reiteraciones de palabras y frases, nunca entrarás a sus macros y microcosmos narrativos. Será entonces preferible que no entres. Nada te obliga. Más si pretendes posar de buen lector en tu corrillo de amigos, en los cafecitos de tu pueblo, por los recovecos de tu universidad, entre los intelectuales de tu comarca, entonces lee reseñas y desde ellas asume puntos de vista de lector crítico y circunspecto, con densas opiniones no solo en torno a cualquier libro de Fosse, sino sobre su poesía y su teatro. Es lo recomendable. No leas a Fosse. No leas Blancura. Resguárdate en el familiar espacio de novelistas y estilos tradicionales con los cuales estés habituado. Para ti, será resbaladizo Fosse. Y abruptos sus libros. Complejo y enmarañado su imponente, caudaloso estilo, si no eres persona que tenga la lectura como costumbre y si es más el tiempo que pasas con el celular en tus manos. Esos millares de profesores asegurando con temblona voz y ojos acuosos: “Cuando me pensione, sí me dedicaré a leer todo lo que nunca he leído”. En ningún libro del notable escritor noruego encontrarás un solo párrafo para sosegarte. Ni una complaciente división de la novela en capítulos. Ni secciones breves para facilitarte la lectura, como se estila entre innumerables novelistas ciñéndose a las demandas de sus editores, y de numerosos editores ciñéndose a los pedidos de sus potenciales compradores. Narradores conformando novelas con tales estructuras donde en ocasiones un capítulo es una frase. O un párrafo de media página. No hallarás un punto aparte, ayudándote a respirar para que puedas comprender, pensar y exhumar conclusiones del insólito entorno en que te introducen Fosse y el protagonista. El de Blancura, anclado en el tipo de aburrimiento que Emil Cioran describe como “un hastío fundamental”, en el cual “súbitamente en casa o de visita o ante el paisaje más bello, todo se vacía de contenido y de sentido. El vacío está en uno y fuera de uno. Todo el Universo queda aquejado de nulidad. Ya nada resulta interesante, nada merece que se apegue uno a ello”. Nulidad, la nada. El frío y la incomunicación no impiden al hombre de Blancura reflexionar con alterada lucidez: “Quiero que haya un silencio total, quiero escuchar el silencio. Porque es en el silencio donde puede oírse a Dios. Por lo menos así lo expresó alguien una vez, pero yo desde luego no oigo la voz de Dios, lo único que oigo es, en fin, la nada. Oigo, cuando trato de oír la nada, si es que la nada se puede oír, si no es solo un lugar común una de esas cosas que se dicen y ya está, pienso, pues oigo la nada”.

Un blanco de blanquísima blancura. En Noruega. Desde mediados de noviembre hasta finales de enero, en la mayor parte del norte de Noruega el sol apenas brota tenue por el horizonte. O no sale nunca. Presumiendo que los acontecimientos de la nouvelle sucedan en uno de sus bosques y que la nieve caiga copiosa sobre los árboles de alguno de sus boscosos lugares, donde las noches invernales son más largas que las normales entre nosotros, empieza y termina Blancura. Un vasto bosque del cual Fosse no se siente comprometido a especificar qué tipo de árboles lo conforman. Boscaje sin nombre. Igual que los personajes de la novela. “Ahora tenía que seguir adentrándome en el bosque”. Monologa el protagonista. “Nunca antes me he adentrado en un bosque con el otoño ya avanzado”, se dice a sí mismo.  “El bosque es grande. Es grande como un mundo aparte. Y ahora estoy en el interior de este mundo”. “En el interior del bosque oscuro hay una luz que rodea a mi padre y a mi madre y rodea al hombre del traje negro”. Piensa o habla en voz baja. O lo siente. Uno imagina que es un bosque de pinos. Abundan en Noruega. Pero también puede ser un bosque de abedules de montaña. O uno de abetos.  Si hay un matiz real para barnizar la nada en los libros de Fosse, es el blanco y pocas veces el negro. Este paisaje por el cual se desplaza extraviado el hombre de Blancura.  La imagen de la carátula del libro editado por Random House, es en realidad tu retrato. Eres tú. Tú, buen lector. Este hombre dándote la espalda mientras se interna entre el bosque de ramas secas y árboles yermos, con ese fondo luminoso anunciando al principal personaje de la novela, eres tú. Y soy yo, “mirando a la criatura luminosa, rodeada de oscuridad, ahora luminosamente blanca también por dentro de la silueta en la que me había fijado al principio. Todo el interior de la silueta era ahora una luminosa blancura”. Leer a Jon Fosse y Blancura, para solo mencionarte esta nouvelle, es resbalar y sobrevolar, y es nadar, y circular a saltos o paso a paso con aplicada lentitud de lector y observador, por las frases y párrafos ocupando sobre las páginas del libro otras dimensiones que no te excluyen. Por el contrario, te cautivan y zambullen en espacios geográficos, vitales y sentimentales de sus personajes. Será el gran descubrimiento de cuanto representa Fosse para la literatura noruega, europea y mundial. Transcurrieron varios lustros sin que los premios Nobel de literatura alcanzaran tal altura literaria, estética e idiomática. Para noveles escritores que arriben a su estilo y sus procedimientos narrativos, será imposible no ser influidos de alguna manera, y esto será positivo para la literatura universal. Bueno y saludable en la evolución de nuevos lenguajes narrativos que comenzarán a manifestarse. Los fiordos hablan desde su prosa. Por eso, en muchas de sus páginas, esta elude algunos usuales signos de puntuación y rasga el clásico párrafo. No hay límites al asomarse a los acantilados de los fiordos y sus abismos. Cuando abres alguna de sus novelas, es como si caminaras sobre la roca Preikestolen, el Púlpito, ubicada en la región de Stavanger, a 604 metros sobre el fiordo Lysefjord y desde allí miraras no solo el paisaje de vértigo sino tu propio interior con paisajes psicológicos semejantes.

Luego describiré, para mi solaz y acaso para el de algún lector que estimulado por esta fugaz acotación lea la fantástica nouvelle Blancura, no solo mi encuentro con este tipo de blancura, nieve y vacío, irrealidad como parte de la realidad, o realidad como elemento sustancial de lo irreal; vida y muerte entreveradas de otoñal o invernal paisaje, sino con algunas otras obras del escritor noruego cuyo apellido, Cascada, hace honor a su estilo, su prosa narrativa, sus ensayos, poesía y teatro, colmando y saltando cuantos diques pueda levantarle el lenguaje. Señala Fosse: “Un texto está bien escrito cuando algo nuevo viene al mundo. Cuando se incorpora alguna cosa que no estaba antes y, en cierta manera, creo algo y tengo la satisfacción de que surjan por la escritura personajes e historias, e incluso universos, que nadie conocía antes, ni yo mismo, y esto me extraña y alegra a un tiempo”. En este momento me interesa y emociona relatar una sincronicidad mía con Blancura, el sábado 2 de diciembre de 2023. En Armenia, caminando bajo un abrasador sol hacia el museo Quimbaya, donde con un grupo de amigos escritores quindianos realizaríamos la acostumbrada tertulia mensual que llevamos a cabo desde junio de 2023, entré a una conocida librería y compré dos libros del reciente Premio Nobel de literatura: Blancura y Melancolía. En esta fecha, junto con el habitual desarrollo de la fraternal tertulia literaria, me correspondía disertar un poco sobre el poeta palestino Mahmud Darwish. Llevaba su libro en prosa, Memoria para el olvido. El solo título Blancura me infundía paz. Grata quietud mental acompañando al protagonista sin nombre y sin muchas señales de su personalidad y su apariencia física. Aquí ninguno de los cuatro, o tres, o dos, o uno de los personajes tienen nombre.  Guardé el libro cuando llegué a mi destino. Y esperé. Iba a usar un párrafo del citado libro del poeta palestino como introducción de mi charla. Entonces abrí al azar el libro y sin previo aviso, sin proponérmelo, sin saber de antemano que allí estaban, unas profundas líneas de Mahmud mencionando las características de tal vocablo: “Y qué más debes ser blanco porque hay algo más precioso que la libertad, más precioso que la vida misma. Qué es. La blancura. Me vi en la obligación emocional de leer Blancura entre el verdor de mi pueblo, de las montañas cercanas a mi pueblo, en Peñas Blancas. Tanto blanco de nieve en el libro, en ese espectral espacio por donde poco a poco se pierde el protagonista, combinarlo con los verdes de mis montañas, cuando fui a las Peñas no había neblina, porque en ocasiones la neblina allí tiene textura de nieve, frío de nieve, color de nieve de paisaje noruego. Y así lo hice, leí completa la novela de 89 páginas una tarde y una noche en Peñas blancas, donde a la vez tomé varias fotos jugando con la carátula y varias flores de jazmín que allí estaban como esperándome con el libro. Las he compartido en mis estados de WhatsApp.  También me acompañó el libro Mañana y tarde. Fue una lectura de ambas obras. Embriagado por completo con la narrativa de Fosse. Donde la comencé. La blancura de blancura y el verde de los árboles a mi lado.

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