Arrierías 82

Por Luis Carlos Vélez

Antes de las vacaciones del año ochenta y cuatro, una compañera de trabajo comentó a Roque Guaduales en la cafetería que su hermana, profesora de un colegio, viajaría a la costa en compañía del esposo, y lo harían por una empresa de turismo. Al saber que el grupo de viajeros estaría integrado por docentes de Armenia, solicitó cupo. La mala noticia de que no quedaba ninguno duró medio día, hasta cuando compañera lo llamó a su puesto para decir que una profesora no podía viajar por motivos de salud.

En el parque Sucre parqueó el bus pulman a las siete de la mañana, hizo dos paradas en la ruta Armenia-Tolú: paradero de Irra, y un caserío cuyo nombre olvidó.

Esa noche en Tolú, el grupo salió a pasear por la playa. Recorrió durante horas por los sitios turísticos recomendados por uno de viajeros que hacía de guía improvisado, saboreando las frutas que, ofrecidas en bateas de madera, adornaban la cabeza de las vendedoras que pasaban meneando las caderas. El barullo de los paseantes, apenas apaciguado por la brisa, alegraba al grupo de profesores que vestidos de camisetas, bermudas, chanclas, pañoletas de seda, sombreros y cachuchas buscaban con desesperación un árbol, un alero o una “sombrita” donde escapar del sol abrasador que enrojecía sin piedad la piel de los cachacos. Por el camino llamó la atención de Roque, que, bajo el árbol gigantesco que servía de parasol a un grupo de música tropical, una muchachita morena, no mayor de diez años, adornada con una especie de turbante colorido y sostén que por angosto parecía una faja sin nada para contener, falda amarilla corta con de boleros a media pierna y alpargatas atadas más arriba de los tobillos con cintas de colores, tocaba el tambor con el frenesí o arrebato no propio de su edad.

La rapidez de sus manos al golpear el cuero era poca cosa comparada con el movimiento de sus caderas. Parecía que ellas eran las encargadas de marcar la cadencia melódica de la cumbia interpretada por sus compañeros. La ondulación de sus caderas, sinuosa, lenta, casi erótica hizo que Roque Guaduales se detuviera para observar, absorber, y tratar de retener en la mente aquella imagen de desprevenida alegría.

Pasaron años y una tarde, comprometido con él mismo en la tarea de aprender a escribir letras para canciones, y después hablando en la cafetería a una compañera de trabajo sobre aquel grupo cumbiambero y su linda “percusionista”, decidido a escribir un texto en su honor, a comparar la piel de esa niña con la de su tambor, a describir la playa y su olor a sal y ron; imaginar las cumbias que no cantó ese atardecer pero seguro tendría aprendidas la morenita quizá convertida hoy en mujer, y enmarcar, en un horizonte de arreboles anaranjados, rojos, grises y oscuros, el recuerdo de aquel frenético tan tan de tambor que no olvidó.     

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