Relato

Al fin todos salieron de viaje, felices y sin saber que al regreso disfrutarían un extraño, milagroso y odorífico burlema.

Una vez en casa, y después de salir del baño, recordó que en el parque escuchaba atenta, y que nostálgica grabó el tañer acompasado de las campanas del milagroso de Buga, y que mientras el marido fue de compras con la familia, ella esperó en el parque; que por la ruta probaron las viandas del autoservicio de Uribe: chicharrones de diez escalones, tamales tolimenses, chorizos santarrosanos de Choripaco, mondongo con alverjas, fríjoles recalentados con “ogao” de cebolla y tomates picados; pintado grande espumoso, chicha de cáscara de piña y cerveza frías, salpicón y jarabe de tusa.

En Andalucía detuvieron el auto para saborear en los ventorrillos cuatro bolsas de  gelatina blanca y negra; dos de colaciones en diversos colores, cinco cajas completas de merengones con sabor a fresa, guanábana, chocolate, melocotón y piña, rematando sin medida con iguales vasos de leche cruda.

Sin indigestión alguna, entraron al templo. No hubo eructos en el momento de las rogativas individuales al milagroso de Buga; sí, asomos de impaciencia reprimida por la tardanza excesiva para recibir la bendición final del cura.

Afuera, bajo el sol inclemente del mediodía valluno evadieron con sonrisas amables mil ofertas de los vendedores plantados en los almacenes de estampas, camándulas, novenas, velas, velones, imágenes de bulto o vitelas de la virgen y de los santos; de las imitaciones del Señor Caído en tamaño natural, e hicieron toda suerte de quites, verónicas, afarolados, pases de pecho y disculpas, actos de verdadero tremendismo al momento de enfrentar a los encargados de atraer, casi agarrar por el pescuezo a quienes pasaban frente a los dos tres o cuatrocientos restaurantes que debían recorrer, como un viacrucis, hasta llegar al parque José María Cabal, construido en honor al héroe cuyo espíritu abandonó hacía cerca de doscientos años (1816), su carne y huesos por culpa del fusilamiento a que fue condenado por el español mal llamado el Pacificador Pablo Morillo.

Una de las bancas estaba ocupada por tres adultos mayores, y otra tenía el puesto vacío que necesitaba. Ella, para no pensar, cayó en la trampa: sacó el celular y jugó al sudoku, hasta que empezó a sentirse idiota o zombi. De repente se negó a lo uno u otro; recordó o se auto-convenció de que podía hacer algo provechoso, y montó la cámara: tomó fotos a los grupos de ancianos, jóvenes y niños que gritaban, corrían y regresaban al lado de sus padres para arrojar granos de maíz, y hacer revolotear a las palomas que ensuciaban el parque, y preguntaban una vez más por el nombre de esos animales extraños, de colas alargadas y aserradas que subían y bajaban de los árboles para comer lo que ofrecían los visitantes, y los padres respondían que iguanas.

Fotografió pequeños tenderetes repletos de libros de segunda; carritos de cholados, lustrabotas, y turistas extranjeros que también tomaban fotos a las iguanas, a las ardillas, y a los peregrinos que ignoraban cuándo volverían; al vendedor de sonrisa blanca y alegre a quien, aunque sabía que ya no podía comer más porque la pesadez de su estómago no lo permitía, por apoyar la lucha diaria y callejera del prójimo, le compró un chontaduro que acompañó con el tinto de la vendedora ambulante.

Recordó lo leído en el libro de Carlos Alberto Castrillón y Miguel Ángel Caro Lopera, que guardaba en el bolso: “Burlemas e infortunios en la ironía de Les Luthiers”. El burlema de voces y sonidos obsequiado a su marido por uno de los autores.

Guardó en la memoria de la grabadora las conversaciones de los ancianos que, al tañer de campanas de la basílica, empezaron por abandonar uno a uno el parque Cabal, y la apagó porque se acercaban su esposo, la cuñada, su hijo y el padrino, que aunque parezca otra historia fantástica de Rebelais, por unanimidad decidieron entrar al restaurante. Despacharon sin dificultad cinco bandejas paisas, y diez jarras de jugo de distintos sabores en leche. Compraron abundantes provisiones gastronómicas y decidieron regresar.

El viaje se volvió soporífero. En Andalucía sintió que la vencía la modorra, entregó el volante al hijo, y aunque sabía que todo muchacho irresponsable conduce a ciento veinte, se dejaba vencer poco a poco por el sueño intranquilo. Calló, y para distraer su terror a la velocidad, prefirió pensar en cómo escribir un burlema.

Cosa rara, no pudo armar el relato porque adormilada no atinaba a la sintaxis correcta: No puedo, cosa rara. Puedo no, rara cosa.

Algo que se movía y removía en su estómago la amenazaba con producir arcadas. El pánico aumentó su velocidad y se manifestó en palabras inconexas:

Tengo soltura. Soltura tengo. Siento que me suelto. Burlema no es lo que pienso. Es el miedo a un accidente por soltura. Es miedo a una soltura por accidente. Todos por accidente tenemos soltura. Soltura tenemos todos, por accidente. Es soltura por miedo a un accidente.

Y sus acompañantes por burla se metieron sin saber lo que pasaba, en su burlema:

Corro o no corro. Corro corro, o no, dijo la voz divertida del hijo, o la voz del hijo que se divertía al volante.

Un milagro, por ahora, señor de los milagros. Por tanto correr ahora, todos piden un milagro al señor de los milagros. Al señor de los milagros, ahora piden todos correr tras un milagro.

Trató de identificar las voces de otro angustioso burlema.

1ª. Voz: Tengo soltura.

2ª. Voz: La soltura me tiene.

3ª. Voz: Acelera o me suelto.

4ª. Voz: Se acelera mi soltura.

5ª. Voz: Me acelero y me suelto.

La tercera era la suya, y el burlema continuaba:

1ª Voz: Yo entro primero.

2ª. Voz: Primero yo entro.

3ª. Voz: Entro yo primero.

4ª. Voz: Primero entro yo.

5º. Voz: Yo entro primero o el carro detengo.

Su voz pasaba al primer lugar, y a campo traviesa cruzaba el auto la ciudad.

1ª. Voz: Llegamos al fin vivos.

2ª. Voz: Vivos al fin llegamos.

3ª. Voz: Al fin llegamos vivos.

4ª. Voz: Llegamos vivos al fin.

5ª. Voz: Al fin los puse de acuerdo.

El malvado hijo se salió con la suya, porque al darse cuenta de que su voz terminaba en el quinto puesto, hizo que triunfara la velocidad irresponsable, y el milagro se ha hecho. Ha héchose el milagro. Hecho se ha el milagro:

Al final estaban en casa, y cada uno según su afán, dijeron:

Al baño todos. Todos al baño.

Pero no cabía sino uno.

Pero si no cabía uno.

Pero no uno sino cabía.

Uno, pero sino no cabía.

Disputaban todos por entran al baño. Al baño, todos disputaban por entran, cuando la madre dijo refiriéndose al hijo:

Lo dejan de último.

De último lo dejan.

Último lo dejan de…

Dejan de último lo…

Y entró por asalto al baño porque no podía aguantar más.

Allí encendió la grabadora para minimizar y disimular el ruido. Pujó, echó la culpa al chontaduro con tinto, y explotaron, no en el celular, campanas milagrosas afinadas en do y fa, por donde terminaba su descargada cavidad abdominal.

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