HISTORIAS DE VIDA.

Inolvidables los recreos de la escuela y el colegio, cuando en la tienda escolar comprábamos las empanadas de carne o de pollo, la papa salada con el huevo duro o la rellena con arepa, casaos que acompañábamos de la cucharada de ají, o la empanada de cambray, el tiple, el liberal o brazo de reina, la casadilla, a las que también le agregábamos la gaseosa correspondiente. Para sumarle a la alegría de los recreos, el encuentro con la novia para gastarle en la tienda y compartir dulces y besitos, antes de que sonara la campana para regresar a los salones de clase, era como un sueño de hadas, donde la chupadita de piña, dejaba en la boca, el saborcito de la empanada que se había compartido, nada importaba porque la vida nos enseñaba a ser felices con lo poco mucho, que nos brindaba.

 Recuerdo con especial cariño a doña Josefina, la señora que tenía una venta de empanadas y tortas de carne con arepa frita y otras viandas a un lado de la cancha del colegio. Para doña Josefina, la ida al baño tenía un alto costo, dado que algunos de los estudiantes más pillos, mantenían pendientes de cuando ella se alejaba del negocio, para ir a hacer sus necesidades y hacerla la maldad de hurtarle una cuantas empanadas, albóndigas y arepas fritas, que se las metían dentro de la camisa y corrían luego a repartirlas con su pareceros en la clase. Por supuesto la camisa o camiseta absorbía el aceite con que la señora fritaba las viandas robadas. Este hecho, delato en muchas ocasiones a los ladronzuelos, que eran buscados por el prefecto de disciplina, ante la queja de doña Josefina y eran expulsados y obligados a pagar lo que habían tomado.

A la salida de la escuela o del colegio siempre han existido los vendedores ambulantes de cualquier clase de dulces, frutas, mango viche con sal, mangos y algodón de azúcar, pedazos de papaya, piña, bananos, sandia, el ponche y una especie de colación como en barra, que algunos también la llamaban come come y que también se conseguía, cambiándola por las botellas y el papel que se recogía en la casa. En aquel entonces el reciclador, recorría las calles del pueblo voceando: se compra botella, papel. Y no lo pagaban con dinero, sino con gaucho.

 El hombre que recorría el pueblo, anunciando las empanadas, que vendía en un canasto, de manera muy particular: empanadas de medio novillo adentro, se quedó en la memoria de todos los sevillanos de aquella época. La verdad era, que el contenido de carne de la empanada de “medio novillo” era muy poco y para encontrarla, había que masticar con mucho sigilo, el arroz y la papa, que si eran abundantes.

Ingrato seria no recordar el carro de dulces y los chontaduros de Vicente y Genoveva, en la calle real, al lado de la joyería Rodania, de don Samuel Arango, fueron ellos, los primeros en traer a Sevilla los chontaduros. A los clientes más fieles, aquellos que pagaban sin recatear, un precio elevado por la novedad y el tamaño, les fiaban, para pagar el sábado por la tarde. Los chontaduros machos, también eran para sus clientes    privilegiados.

La chancarina de los toritos, también nos dejó, a más de las ahogadas, el dulce sabor de haber consumido gran cantidad de maíz tostado con azúcar.  “Cajitas de agua”, era para los torito, el insulto que los movía a perseguir a los muchachos, que, por mamarles gallo, arrimaban al carro de dulces a preguntarles, si vendían cajitas de agua.

Para la historia, viene bien el recuerdo del boy scout, más viejo de Sevilla, don Néstor Naranjo, un panadero, que fabrico los mejores tiples, que se hubieran podido conseguir en el mundo. Mas recordado aun porque con las utilidades de la panadería, su hijo, naranjito, nos invitaba por las noches a la ratonada, a bailar y a tomar guaro, con la condición de que no fuéramos a comprar el pan, las casadillas, las polvorosas o los deliciosos tiples a otra parte.

Gratitud para siempre con estos seres maravillosos, que de alguna manera le dieron color y sabor a la vida de muchos niños y jóvenes, que con muy poco éramos felices.

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