La clase dominante en Colombia estará muy preocupada por las dimensiones que está alcanzando el movimiento de protesta que ya casi cumple un mes de duración y no muestra señales de desfallecimiento. Su gobierno, del señor Duque y la extrema derecha de Uribe Vélez, no ha hecho más que repetir la política ya tradicional en Colombia de combinar una dura represión con aperturas formales a diálogos y negociaciones que solo buscan dilatar el tiempo y esperar a que el movimiento opositor pierda fuerza y termine aceptando promesas que, ya se sabe, jamás se cumplen. Los partidos de la derecha menos extrema tampoco parecen encontrar fórmulas diferentes y tan solo buscan sacar provecho electoral a su intervención; las fuerzas políticas del llamado centro tampoco ofrecen un panorama esperanzador.

Pero, al menos hasta ahora y nada indica que vaya a suceder al contrario, esta vieja táctica no ha dado los resultados esperados y los círculos que deciden (la gran burguesía) se debaten entre disminuir al máximo la táctica represiva (que ha desatado la condena nacional e internacional de amplios colectivos e instituciones) y al mismo tiempo ampliar los espacios del diálogo a fin de no perder el control. En un país civilizado, en una democracia moderna (como gusta calificar a la suya la clase dominante) lo normal sería que Duque anticipase las elecciones previstas para el año entrante. Sin embargo, esta solución podría dar a las fuerzas de la izquierda y a los movimientos sociales la oportunidad de conseguir una bancada parlamentaria suficientemente amplia y sobre todo ganar las elecciones presidenciales. O sea, hacer aquí lo que sería normal en una verdadera democracia cuando se pierde la legitimidad del gobierno podría desembocar en la pérdida del poder o al menos de una parte significativa del mismo ya que la clase dominante conservaría lo esencial: los resortes principales de la economía y el apoyo de los cuarteles.

Si la táctica que está siendo aplicada no da los resultados esperados y el movimiento de protesta tampoco consigue pronto sus principales objetivos pero mantiene su vigor, la situación se prolongaría hasta el año venidero y sería un muy arriesgado preámbulo de la campaña electoral en la cual la izquierda estaría en claras condiciones de ganar. No debe entonces descartarse el magnicidio como ya se produjo en otras ocasiones en este país cuando “manos misteriosas” asesinaron a candidatos progresistas de la oposición que tenían bastantes posibilidades de triunfo como sucedió con Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán, ambos de extracción liberal y con programas reformistas, o con Pizarro León Gómez, candidato del antiguo movimiento guerrillero m-19 con un programa de reformas radicales, o con dos candidatos a la presidencia de la Unión Patriótica, frente electoral de la FARC-EP que entonces también se acogió a la legalidad vigente. Tampoco debe descartarse que se produzca un nuevo atropello a la victoria popularcomo sucedió cuando se robó la presidencia a Gustavo Rojas Pinilla, que ganó claramente en las urnas al candidato del sistema. La cuestión sería si en las actuales condiciones alguna de estas fórmulas funcionaría o si por el contrario solo agravaría la situación. Tampoco parece necesario el golpe militar tradicional pues en Colombia desde hace más de medio siglo los cuarteles ya hacen el rol represivo necesario en lo que interesa a la clase dominante dejando a los políticos el manejo formal de la situación. Eso es precisamente lo que acontece en estos momentos en que por un lado Duque llama a la calma y ofrece negociaciones mientras militares y policías (además de grupos paramilitares de “personas de bien”) reprimen de forma indiscriminada a los manifestantes arrojando un balance dramático de muertos, desaparecidos, mutilados, detenidos, heridos y mujeres violadas, tal como se practica en la guerra interna en este país desde hace décadas.

Dado el rol que juega Colombia en la estrategia de Estados Unidos y sus aliados, Washington solo hará reconvenciones formales, llamados a la calma y hasta aprovechará la enorme debilidad de Bogotá para ampliar su presencia en este país andino, convertido en la práctica en el “Israel de los Andes”, como se le denomina no sin fundamento.

Los retos que enfrenta el movimiento de protesta no son pocos. El primero es seguramente las dificultades de coordinar el Comité del Paro, que dio inicio al movimiento, con las múltiples expresiones de descontento popular que han ido surgiendo al calor de la lucha y que en este momento cubren prácticamente todo el territorio nacional. Constituyen, de hecho, varios millones de personas que han conseguido paralizar el país y obligado al gobierno de Duque a sentarse a negociar.  Pero por ese mismo motivo las reivindicaciones son múltiples y quienes intentan dar dirección a ese movimiento tienen la tarea de establecer prioridades en las exigencias y sobre todo analizar la real correlación de fuerzas que permita avances considerables ya que las mil reivindicaciones que ahora se levantan, todas ellas sin duda muy legítimas, en muchas ocasiones requieren un cambio de sistema, casi una verdadera revolución. En el fondo, exigen un gobierno diferente. Los participantes, tanto del Comité de Paro como de las demás organizaciones necesitan entonces generar mecanismos de diálogo interno, con el mayor grado posible de democracia a fin de elaborar esas prioridades y crear las instancias de organización indispensables. Colombia, hoy, revive tradicionales debates de la izquierda y de los movimientos populares que, casi siempre, se han visto abocados a combinar la democracia directa con la democracia delegada pues ni la primera por si sola garantiza la gestión adecuada del movimiento ni la segunda está exenta de los males del burocratismo, de la burocracia mal practicada.

Pero en toda batalla el ejército combatiente debe tener siempre, tanto la decisión valiente y abnegada de sus tropas de base –que llega hasta el sacrificio- como la inteligencia de sus cuadros dirigentes que propongan el momento preciso para el asalto final. Siempre son indispensables los generales que proponen -no que imponen- y sobre quienes recae la enorme responsabilidad de armonizar sus decisiones tácticas con el deseo mayoritario de las bases, y que deciden el momento adecuado para asaltar los cielos.

Este movimiento puede sin duda conseguir muchos objetivos; de hecho, ya los ha ganado. Puede además ser el caldo de cultivo que genere un amplio frente de oposición que barra en las próximas elecciones y permita que todas sus reivindicaciones actuales se conviertan en realidades tangibles. Tampoco entonces, desde el gobierno, la tarea será fácil pero al menos los sacrificios que la realidad imponga habrán valido la pena.

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