Aida Yepes

El apresurado mundo desde siempre ha impuesto apremio, sin importar la brevedad de la vida. Todo es urgencia: ¡date prisa!, ¡al grano!, ¡que estás esperando! Exclamaciones van y vienen como si el devenir fuera una competencia o una carrera de locos.

La impulsividad lleva a conductas precipitadas y en muchas ocasiones no se tiene en cuenta los pros y los contrasde las decisiones.Muchos se mueven por orgullo, por el deseo de sobresalir y el interés de tenerlo todo, como si la existencia estuviera limitada a cavar trincheras y marcar territorios, sin disimular la tendencia manifiesta de dominar a otros y someterlos a sus órdenes.

Las relaciones están regentadas por estándares impuestos: la premura, el acoso.En este contexto el afán es entones inevitable: ¿qué cosas generan mayor apresuramiento?, ¿a qué se le está dando mayor prioridad? Sólo se ven afanes impulsivos y deseos de adelantar acontecimientos. En estas horas de vértigo, viviendo con déficit de tiempo, la sociedad remolinea en ondas de mortificación, de desesperación, de agitación e incluso de menosprecio. Las personas y las instituciones caen en actitudes desesperadas con negligencias y resultados perniciosos.

En este orden de ideas, pero sobre la vertiente opuesta, quien es paciente tiende a desarrollar la capacidad para ver con claridad el origen de los problemas; percibe destellos contemplativos; actúa con madurez; controla situaciones; su espíritu esta esclarecido como las aguas calmas; ve la realidad tal como es; afronta la vida de una forma optimista y tranquila y acepta lo que no se puede cambiar.

Con este juego de palabras no se sugiere una propuesta de lentitud ante el afán, solo se pretende una descripción de cómo el mundo agitado está llevando a la humanidad a un despeñadero inevitable. De ahí la necesidad legitima e incluso conveniente de llevar esta dualidad al plano político, porque el proceso electoral actual, o mejor la disputa presidencial, está convertida en una ciénaga, el afán por el poder no guarda racionalidad: no se ve candidato alguno salvándose de una carrera plagada de culpas, errores y manipulaciones que podrían llevar al declive la participación democrática y al ascenso la polarización de la sociedad.

Candidatos allá y candidatos acá en un afán desmesurado por recolectar votos: unos apoyándose en la ética y otros balanceándose en la demagogia. ¿Quiénes se ufanan de la ética?, ¿quiénes representan la demagogia? Y frente a esa balanza donde aparentemente se equilibran las fuerzas, se advierten dos visiones contrapuestas colmadas de inconsistencias y falsedades deslumbrantes. Definitivamente les importa más el poder que los perjuicios que puedan ocasionar.

Confrontando estas circunstancias se concluye: los afanes frente al ejercicio del Derecho al Voto solo sirven para propiciar prácticas clientelistas y cercenar la posibilidad de conocer los candidatos más allá de sus carismas, mientras quien vota con ilusión y mística tiene presente que el sufragio es un acto sublime que implica decoro, autonomía yconciencia, y que quien tiene cierto grado de imperturbabilidad y madurez está llamado a ostentarsu dignidad y libertad en las urnas.

Es una verdad de apuño que “el afán por el poder no es más que el poder de los poderosos y la miseria de los débiles”.

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