En la infancia de Lucas Yarumales, el ojo mágico del radio RCA Víctor de tubos de su casa, tuvo una mezcla de misterio y encanto especiales. Aún hoy puede describir el mueble: seis compartimientos con puertas arriba y abajo. Arriba, dos compartimientos, uno a la izquierda para discos en posición vertical de música clásica; otro,a la derecha donde se encontraba la manija en forma de estrella giratoriaque servía para ubicar las emisoras de onda corta y larga, y dar entrada al funcionamiento del tocadiscos Philips. Entre ellos, el agujero donde estaba el radio.Abajo, dos para álbumes de discos de música popular de 38, 45 y 78 revoluciones por minuto. En el tercero, a la derecha, el tocadiscos Philips. Las puertas tenían en sus marcos hule amarillo flexible.

Lucas encendía el radio y mientras calentaban los tubos, observaba cómo el ojo mágico, de tamaño menor que una bola de ping-pong, incrustado en el agujero de la parte superior izquierda del frontal del radio, le permitía girar la perilla de las emisoras,deslizar a derecha o izquierda el dial sobre el indicador numerado, ubicado en la parte baja del radio, y a medida que las dos franjas verde esmeralda y las dos grises, que dividían en cuatro partes iguales de noventa gradosla circunferencia del ojo mágico, saber cuándo la sintonía era perfecta.

Lucas se preguntaba de donde salían las voces de las personas que imaginaba pequeñas como nomos ytrató de encontrarlas: movió el mueble para mirar pero sólo descubrió la tapa que cubría el interior del radio. Alguna vez arriesgó ir más allá: aflojó los tornillos y sus pesquisas terminaron al ver tubos y sus cabezas de luces diminutas de diversos tamaños; la jungla de cables de colores entrecruzados y la plataforma que servía de soporte a la totalidad de las piezas. Por temor instintivoa una descarga fatal de energía eléctrica evitó manipular o limpiar el polvo del interior del aparato.

En las mañanas, la tía Margarita escuchaba noticias, y a veces en las tardes su música en la voz de los intérpretes preferidos: Margarita Cueto y Carlos Mejía; Alfonso Ortiz Tirado y Juan Arvizu; Pedro Vargas y Alberto Gómez, Alba del Castillo y Lucho Ramírez, Víctor Hugo Ayala, Juan Legido y Los Churumbeles de España, y Juan Pulido, entre otros, que aparecían en las carátulas de los discos de 78, 45 y 33 revoluciones por minuto, queconformaban su discoteca de más de 250 discos. Además, tenía preferencia por las obras de Mozart, Beethoven, Handel, Puccini, Bizet, Shakowski y Chopin. Recuerda los nombres de Mario Lanza, Enrico Caruso y Enrique Krauss, Alba del Castillo. Todo esto interrumpido de continuo por las radionovelas que escuchaba la abuela Mariana Esther sentada en su silla de mimbre, y ante la mirada atenta de Póker, el perro dálmata de la casa, que parecía llorar con ella las tragedias de El derecho de nacer. Por primera vez las lágrimas de la abuela le enseñaron a Lucas que las canciones y radionovelas generaban emociones, recuerdos tristes o felices en sus oyentes.

A la tía Margarita le gustaba acompañar con su voz hermosa y afinada las canciones de Margarita Cueto y Toña la Negra, pero no sólo ella cantaba en la familia: también, los tíos Manuel y Germán hacían dueto, pero su padre y el tío Víctor cantaban mejor. Al abuelo Juan Clímaco nunca lo escuchó cantar ni prestar atención al radio, porque sólo le interesaban el cateo de guacas, el esoterismo, los duendes, las brujas y dominar con oraciones extrañas los demonios de quienes lo visitaban convencidos de sus poderes sobrenaturales.

Aunque Lucas no recuerda los títulos de las canciones de su gusto, sí trozos de las letras que intentó cantar: “Oigo cuando muere la noche, una voz muy lejana que dice…”; “Muchilanga le dio a Bernabé…”; “A mí me llaman el negrito del Batey…”; “Aunque me cueste la vida, sigo buscando tu amor…”, “Oigo cuando muere la noche, una voz muy lejana”, escuchadas desde la ventana que miraba a los cafés El águila, Las olas y le producen, y aún hoy, nostalgia al imaginar lo narrado en aquellas letras.

Años más tarde, en la época escolar, cuando Lucas quiso escuchar la música de la discoteca familiar, aprendió la forma de encender la radiola compuesta del radio RCA Víctor y el tocadiscos Philips. El tocadiscos estaba conectado por cablesa la parte trasera del radio, por tanto, para escuchar los discos debía girar la manija que tenía el radio a un costado para que funcionara el tocadiscos; además, colocar los discos escogidos, meterlos en el mástil enclavado en la mitad del plato, y mantenerlos en posición horizontal por medio de un brazo móvil cuyo agujero ajustaba en la punta del mástil; moverla manija de las revoluciones y accionar la palanca de inicio para que el brazo con la aguja descendiera sobre los surcos, y escuchar las canciones. En este punto, Lucas observaba que el ojo mágico suspendía su funcionamiento, y quedaba de color gris, porque su brillo tenía que ver con el dial de las emisoras. Animado por el rápido aprendizaje aprovechaba las horas en que la tía salía de visita para escuchar hasta su regreso, las canciones de su agrado. Pero un día la tía llegó antes de la hora prevista y descubrió su afición, y lejos de molestarse, lo nombró su “pone discos”. En adelante, cada vez que la tía tomaba varias copas en compañía de Gonzalo, su marido, en el sofá o el comedor de la casa, Lucas se encargaba de buscar y colocar los temas solicitados entre la siete y once de la noche. Se volvió lanza discos oficialde la casa, y sólo escapaba al cargo cuando vencido por el sueño, el cansancio o lo avanzado de la noche, terminaba dormido en la butaca pequeña, y la tía lo reemplazaba, antes de despertarlo de improviso para ayudarla a llevar a Gonzalo, borracho y a medias despierto hasta la cama. La tía con el brazo de Gonzalo sobre el hombro, decía: “Ayúdeme, mijo. Cójalo de la correa y empújelo con cuidado del culo, bien despacio para que no se me caiga porque después no lo levanta ni el putas”.  Aún hoy, Lucas, en medio de sus infaltables adormecimientos, recuerda la voz de su tía haciendo dúo a los solistas, trío a los duetos, o cuarta voz a los tríos, y los ronquidos continuos, entrecortados, y los rugidos de león de un Gonzalo desgonzado hecho un muñeco sobre su silla, un nudo de carne vestida: brazos caídos a los lados, piernas abiertas, estirada una encogida la otra, y los zapatos torcidos, y los rezongos momentáneos que terminaban en resoplidos y frases inconexas de canciones.

A finales de 1959 su familia viajó a la ciudad de Cali. El radio RCA Víctor con el tocadiscos Philips ocupó sitio especial en el camión Dodge que recorrió la vieja ruta Armenia-Calarcá-Barcelona-Caicedonia-Sevilla-Uribe, donde empalmó hacia Cali. Un año después, por la muerte de la mamá de Lucas, la familia regresó a Armenia.

Entre los recuerdos musicales de sus andanzas por las calles de su ciudad, Lucas, asomado a la puerta de los cafés recordaba las voces de Lucho Ramírez con “…sin saber que existías te deseaba…” (Presentimiento) y de Pepe Quintero con “…nos quisimos tanto y tanto que no había otro querer…” (Lo que el viento se llevó”) y “…mi jaca galopa y corta el viento…”, escuchados también en las puertas de los cafés caleños por donde pasaba a diario llevando el porta comidas con el almuerzo y la comida, comprados en el restaurante Belalcázar, que funcionaba en un edificio cercano al barrio Obrero, donde los zapateros eran mayoría y no paraban de escuchar noticias y acompañar con sus voces desafinadas las canciones de Daniel Santos, Charli Figueroa, Tito Cortés, Sonora Matancera, y otros;sin camisa y en la puerta de sus casas donde martillaban y tenían a la vista de los transeúntes sus mesas de trabajo, mientras sus mujeres untaban pegante a las suelas, cantaban o embolaban los zapatos reparados, y bebían cerveza o aguardiente con sus parejas. Para aquella fecha, en Cali,Lucas ya prestaba atención a los textos de las canciones, y podría decir que tal vez la distancia entre sutierra y amigos, tuvo que ver con la sensación de nostalgia y ausencia que acompañaron su niñez.

De nuevo en Armenia,en una casa de bahareque con corredores hacia un pastizal callejero, ubicada en la calle 22 entrecarreras 19 y 20, el encanto dela vieja radiolaRCA Víctor-Philips alegró sus tardes al regreso de la escuela, hasta cuando la abuela, ocupada en el lavadero, la cocina o el planchadero, de repente recordaba la hora de sus radionovelas y cambiaba sin remordimientos la emisora, y a Lucas no le quedaba otra opción que escucharlas por fuerza.

Sólo le quedaban lossábados y domingos para escuchar música o la narración de los partidos de fútbol del deportico Cali, en la voz de Joaquín Marino López, y los cortes comerciales de un locutor de cuyo nombre no tiene memoria.

En esa época, siguiendo el ejemplo de la tía entró en contacto directo con el canto al tararear sus canciones preferidas, y atreverse a hacer la segunda voz.  En la escuela República del Ecuador, su profesor de grado segundo, Enrique Angulo, un hombre recogido, encogido y religioso, empleaba el recurso del estímulo y el premio en su sistema educativo: regalaba lápices, borradores y cuadernos a los alumnos que cantaran, recitaran, asistieran a misa y comulgaran. Aprovechando la confianza ganada en sus acompañamientos a los cantantes que escuchaba en la  radiola de ojo mágico, Lucas mejoró “su canto” y se atrevió a participar en un “concurso de canto” que organizó el  profesor Enrique para el acto de clausura, que como único jurado, lo declaró ganador del tercer puesto, y obtuvo como premio su primer pequeño diccionario. Lucas aún recuerda trozos de las poesías que debió aprender: “…cantadora sencilla de una gran pesadumbre, entre ocultos follajes la paloma torcaz” para recitar en las clases de lenguaje, de las canciones: “… cantan las mirlas por la mañana, su alegre canto al rayar el día…”, para la clase de canto; y cómo podía repetir trozos de las telenovelas que pasaban por las emisoras.

Entre los años 62 y 65 la familia vivió en una casa esquinera de la carrera 21 con calle 16, frente al sitio llamado hoy “boca del túnel”, en donde aumentó, en el año 63, suafición a la lectura. Allí, en una de las cuatro esquinas, la pequeña tienda-cantina llamada “Las Brisas”, no paraba su música en el día y parte de la noche; es decir que sus dueños, doña Lucila y don Moisés Martínez“obligaban” al vecindario a escuchar sus canciones preferidas: “La palmadita”, “La pollera colorá” y muchos tangos, “Remembranzas”, “Lejos de Ti”, y rancheras en la voz de reconocidos cantantes mejicanos, mismos que vio cantar en el teatro parroquial del padre Betancur, entre disparos, trompadas, tequila y serenatas de charros a mujeres en ventanales a media luz. Cuando debía ir por carne, frutas y verduras, y escuchaba camino de la galería, la música de las cantinas. “…eres muñeca de trapo con el cuerpo de aserrín…”; “…te fuiste de mi lado china hereje…”.

Tiempo después tomó por costumbre escaparse a gastar las horas libres de colegioparado durante horas a las puertas del café “La Bastilla” (calle 15 con carrera 20), para observar, aferrado al enrejado, a los jugadores de billar, y a escuchar la voz de Leo Dan, que disputaba las preferencias de los camioneros, yuqueros y plataneros, con las voces consagradas de Carlos Gardel  “…cuesta abajo en mi rodada mis ilusiones pasadas…”; Lucho Ramírez “…huellas que hay que seguir para poder vivir…”; Toña la Negra “… sólo cenizas quedarán de lo que fue nuestro amor…”; Javier Solís “…payaso soy un triste payaso…”, y otras voces que Lucas no permitió que se llevara el olvido.

En casa escuchaba programas de música moderna que la Voz de Armenia, ubicada en el Pasaje Lujiménez, transmitía al mediodía con la animación de Javier Ocampo Zapata, y en la Voz del Comercio noticias en la voz de Henry Pineda Rodríguez . Aprendió los nombres y trozos de algunas canciones de los mejicanos César Costa (“…Corazón loco…”), Alberto Vásquez (“… tu significas todo para mí…”) y Enrique Guzmán (“… quiero gritar, quiero implorar y ya no puedo…”), al lado de cantantes colombianos Oscar Golden, Harold, Los Yetis y el cantante quindiano del momento, Álvaro Román.

En el año 66 vivió en otra casa destartalada del barrio Berlín, en la carrera 21 entre calles 23 y 24, a media cuadra del antiguo Colegio Rufino José Cuervo. De entonces recuerda canciones románticas de Fernando Valades, andina colombiana de Jorge Villamil, los incesantes y repetitivos cánticos religiosos y palmoteos entre lecturas de pasajes bíblicos del pastor de un “templo” de cristianos frente a su casa, y las noches tristes, oscuras y sin amigos, de aquel sector.

Si bien en esta época la afición a la lectura aliviaba la tristeza, y la música le servía de refugio y evasión de la realidad, la música, las radionovelas del pirata Felipe el calabrés, protagonizada por Carlos Mejía Saldarriaga,Renzo, el gitano, Kadir el árabe, Chan-Li-Po, y El cosaco ruso, trasmitidas entonces en horarios que no se cruzaban con las clases en las escuelas República de Ecuador y Antonio José de Sucre y el colegio Rufino, le permitían imaginar las aventuras narradas. La voz emotiva de los actores era acompañada al fondo de la emisión por el despliegue de ruidos y gritos creados en el estudio radial.

Años más tarde, en este punto y hora, reconoce las ventajas de vivir en aquellos barrios a veces solitarios y silenciosos, las canciones y noticias escuchadas, en la escritura de los textos que escribe en la soledad de su cuarto, y conforman: El maletín de Lucas Yarumales.

Corría el año 67. El día en que la familia se mudó a la carrera 20, entre calles 13 y 14, fue su reencuentro con los recuerdos, los amigos, las canciones. La época más feliz de la juventud. Cuatro cuadras arriba, en la esquina de la calle 10 esperaban los “viejos” amigos del barrio La Cabaña, con quienes recordar los cantos navideños de la niñez, “…tutainatuturumatutainatuturamaina…”; “…zagalillos del valle del venid… pastorcillos monte llegad…”, “… vamos pastores vamos, vamos a Belén…”, y beber entre todos dos o tres cervezas,  conservan en Lucas su mensaje de “travesuras compartidas”.

La cercanía dela casa con lugares comunes reafirmó viejos y buenos recuerdos entre amigos del colegio y el barrio La Cabaña. Ese año bailó por primera vez fuera de su ciudad “… lucerito por qué has perdido tus raros encantos…”, en la voz de Gustavo “el loco” Quintero, con la estudiante de un colegio de Caicedonia, a donde fue con los compañeros del Rufino a disputar un partido de fútbol.

Llegaron los años sesentas, época en que los grandes baladistas Raphael, Sandro  y con ellos los grupos “Los Ángeles Negros”, “Los Terrícolas”; “Los Pasteles Verdes” y “Los Galos”; “Los Golpes” y “Los Iracundos”, al lado de Gustavo Quintero y Rodolfo Aicardi, dejaban escuchar sus canciones en la vieja radiola RCA Víctor-Philips.

La disciplina en casa era rígida. Recuerdaque en unas fiestas de Armenia se quedó fuera hasta un poco más de las doce de la noche, “pegado al enchinado” de la caseta “Matecaña”, mirando por entre las rendijas a Rodolfo y su grupo, y tuvo que pasar el resto de la noche escuchando su voz, mientras intentaba en vano dormir en un escaño de la Plaza de Bolívar”, porque el frío de la madrugada no lo permitió.

Poco antes del año 68, las radionovelas y telenovelas que en su niñez y adolescencia escuchó por fuerza no tuvieron espacio en su atención,  y otras preferencias musicales marcaron el rumbo auditivo de Lucas: la música moderna tronaba sin cansancio en las fuentes de soda, cafés y cantinas, y en la radiola RCA Víctor-Philips.

Esta noche de escritura, Lucas sabe que llegaráel momento de la despedida de los viejos amigos. Lucas abandonará la casa. El trabajo llegará, y con él nuevos amigos, noches de farra acompañadas de nuevas canciones, y sin radionovelas ni telenovelas.

Armenia, septiembre 9 de 1967, en el pupitre verde de pino.

FIN DE LA RADIOLA RCA VÍCTOR.

Años después, Lucas Yarumales, de visita ala pieza de inquilinato del tío Germán, desde la puerta escuchó las voces de Los Trovadores de Cuyo interpretando “Dónde andará”. Se sorprendió de ver sobre la mesa, que hacía de comedor yplanchadero, sin su compañero de toda la vida, y disuelto el “matrimonio” con el tocadiscos Philips, y sin muestras de rasguños ni descuido,el viejo radio RCA Víctor.

-¡¿Y esto tío?!-.

-Mi hermanita Margarita me lo regaló-.

-¿Y el tocadiscos?-

-No sé, mijo-.

Por muchos domingosde visita escucharon música de Los Trovadores de Cuyo, El Dueto de Antaño, Olimpo Cárdenas, y Lucho Bowen en el corredor del inquilinato que miraba hacia la construcción de la avenida 19, acompañados de sardina con arroz, ají, gaseosas y pan, y con el RCA Víctor a volumen tal, que los pocos conductores reducían la marcha para observarlos y escuchar canciones viejas.

Pasaron los años, el tío tuvo que llevar el radio al montepío, y Lucas no lo supo. Murió el tío y entre los papeles que dejó, Yarumales encontró la boleta de empeño en el bolsillo del saco viejo que el tío dejó colgado en un rincón, entre palas, regatones, azadones; y el fuelle enorme con que soplaba veneno por los agujeros de las  hormigas arrieras, en su trabajo por las fincas del Quindío, y al lado del radio transistor Sanyo que lo acompañó con canciones y noticias buenas y malas en sus correrías, inservible, pero conservaba las dos canaletas de madera unidasen forma de ele,que fueron adaptadas al Sanyo, y dentro de ellas las tres pilas Eveready que sirvieron de refuerzo a las del aparato,deshechas, sulfatadas. El lazo de cuero para colgarlo al hombro raído por las cucarachas. Lucas hizo cuentas de los intereses vencidos, y pese almonto abultado quiso rescatar el radio.

Amigo, no hay caso- dijo el dueño de la prendería Cintrón-. El señor que lo empeñó no volvió, y el aparato fue puesto en el estante de las ofertas. Se lo comieron los intereses. Le digo, no duró mucho ahí. No dio un brinco como dicen. Ni una semana… un radio de esos no se consigue fácil…

Camino de regresó, y mientras hacía trizas la boleta y las dispersaba en el pavimento, por la mente de Lucas Yarumalesdesfilaron sucesos que apenas recordaba, y le enseñaron a imaginar lo escuchado en la radio y leído en los libros; a leer e interpretar el silencio de los paisajes de su tierra y los insondables del alma. Sintió que a sus espaldas, la mirada esmeraldadel ojo mágico del radio lo perseguía, y le hacía guiños de recuerdos para que no lo olvidara.

 Armenia, diciembre 30 de 1982, primer aniversario de la muerte de tío Germán.

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